Homo insolitus 2: Un Papa dimite

El 4 de abril de 1292 falleció el papa Nicolás IV ―el primer papa franciscano―, dejando vacante la silla de San Pedro. Al día siguiente se convocó un conclave para elegir al nuevo pontífice que estuvo formado por tan solo doce cardenales. Pero, debido a una serie de enfrentamientos personales y familiares entre los electores, no se pusieron de acuerdo. Casi dos años después, en marzo de 1294, Carlos II de Anjou, rey de Nápoles, comenzó a presionar para que llegasen a un acuerdo y se ocupase por fin la sede papal. No tuvo éxito. Así que el monarca se puso en contacto con un conocido eremita napolitano llamado Pietro Angeleri di Murrone y le invitó a que escribiera a los cardenales para que terminasen con aquel impasse. 254C6EC8E3344C3638C11A4C363160El tal Pietro aceptó y a finales de junio de 1294 envió una carta en la que afirmaba que Dios le había revelado que los indecisos cardenales serían castigados si continuaban demorándose. «Maldito el día», debió pensar posteriormente Murrone, ya que el decano de los cardenales, Latino Malabranca Orsini, le nominó a él, precisamente, para el papado.

 

Unos días después, el 5 de julio de 1294, aquel ermitaño, totalmente ajeno a todas las intrigas de la curia romana, fue elegido papa, para sorpresa suya, ya que se enteró de la buena nueva cuando fueron a buscarle a la cueva en la que vivía. Aunque dudó en un primer momento, terminó aceptado y, a sus ochenta y cinco años, se convirtió en papa con el nombre de Celestino V.

¿Por qué eligieron a un anacoreta para dirigir a la cristiandad? Fue la única forma que encontraron para romper el vacío de poder de la Iglesia; además, este señor había fundado una pequeña y prestigiosa fraternidad de monjes eremitas y se había ganado fama de santidad por sus maneras de vivir.

De hecho, aunque había sido ordenado sacerdote en Roma, siempre estuvo alejado de los líos del clero y se dedicó a la vida monacal, tras entrar con tan solo diecisiete años en la Orden de San Benito. Pero sus tendencias ascetas le llevaron a convertirse en un anacoreta y a retirarse, hacia 1239, a una cueva, cerca del monte Morrone, donde vivió en absoluta soledad durante cinco años. De este lugar tomó su sobrenombre.

 

Poco después, hacia 1244, fundó su propia comunidad, con sede en la Ermita del Espíritu Santo de Maiella di Roccamorice (cerca de Pescara, Italia). Y allí, durante las siguientes cuatro décadas, Pietro di Murrone vivió de una manera pobre, austera y sencilla, al margen de todos los problemas y trifulcas en las que andaban inmersos los papas, la curia romana y varios monarcas europeos. Alejado del mundanal ruido. Lo curioso es que su movimiento creció como la pólvora y en poco tiempo había ya 14 monasterios, y cerca de 300 monjes, que seguían sus principios.

Pero tuvo que abandonar aquella maravillosa soledad mística para conocer de primera mano la bochornosa realidad de los gerifaltes del clero. De hecho, nada más ser nombrado papa, rechazó los símbolos del poder imperial y se propuso regresar a la modestia y simplicidad del cristianismo original. Poco pudo hacer. Los poderes mundanos acabaron con él.440px-Eremo_di_Sant'Onofrio_al_Morrone2

Carlos II se convirtió en su guardián y le instaló en su capital, Nápoles, para consternación de la curia romana. Además, le manipuló para que ordenase a sus cardenales favoritos para que ocupasen los cargos de poder de los Estados Pontificios. Por si fuera poco, Celestino V favoreció a su propia congregación de eremitas y a los franciscanos espirituales, a los que colocó directamente bajo la obediencia papal. Es decir, aprovechó su llegada al poder para transformar la corrupta cúpula de la Iglesia y acercarla a las órdenes monacales.

Cuando el papa tomó conciencia de que estaba siendo manipulado por Carlos II, y cuando comprendió que no tenía ni idea de cómo liderar a la cristiandad y que la Iglesia no estaba dispuesta a aceptar sus reformas, tomó una decisión sorprendente. El 13 de diciembre de 1294, tras cinco meses de pontificado, presentó su dimisión, alegando que estaba muy mayor, que no tenía ni los conocimientos ni la preparación necesaria y que quería regresar a su vida de ermitaño.

Diez días después, un nuevo cónclave, mucho más decidido, eligió a un nuevo papa: Benedicto Ceatani, conocido desde entonces como Bonifacio VIII. Este, por miedo a que se produjese un enfrentamiento con el monarca napolitano y con los seguidores de Celestino V, decidió llevárselo a Roma, sede de nuevo del papado. Pero Pietro consiguió escapar y huyó hasta su antigua cueva en el monte Morrone. Allí permaneció durante varios meses, hasta que se vio obligado a huir. Tras andar varias semanas por los bosques de Apulia, llegó al mar y se embarcó rumbo a Dalmacia, pero una desafortunada tormenta hizo que el barco naufragara cerca de la costa de Vieste, donde fue detenido. Todo un Homo insolitus

Unos días más tarde fue encarcelado en una minúscula celda del Castillo de Fumone (en Anagni, a unos 65 kilómetros de Roma), donde terminó falleciendo diez meses después, el 19 de mayo de 1296, supuestamente por causas naturales. Tenía 95 años. Muchos estudiosos han planteado que fue asesinado, ya que su cráneo tenía un agujero en la zona occipital. La Iglesia realizó una investigación, tal y como reconoció el 20 de agosto de 1998, pero los resultados nunca han visto la luz.

En definitiva, fue el primer papa que dimitió. Después lo hicieron dos más: Gregorio XII, en 1415, y Benedicto XVI, en 2013. Aun así, en 1313 fue canonizado por Clemente V, el pontífice que traicionó a los templarios… Qué cosas.

Por cierto, Dante, en La Divina Comedia, puso al pobre de Pietro di Morone en el infierno de los pusilánimes, por cobarde.

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Publicado el domingo 30-04-2017 en La Voz de Almería

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