Homo insolitus 23: El hombre que pudo cambiar la historia

«El hecho de que varias naciones tengan bombas atómicas desembocará inevitablemente en una mentalidad neurótica que hará que, dominados por el miedo, todos estén prestos a apretar el gatillo».

Como saben, nadie apretó el gatillo, aunque durante décadas, durante aquello que se conoció como «Guerra Fría», el mundo estuvo a punto de desaparecer por culpa de la proliferación de armas nucleares. Cuando nuestro Homo insolitus de hoy escribió esta advertencia, en julio de 1946, solo unos meses después del fin de la Segunda Guerra Mundial y del lanzamiento de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki, parecía que iba a ser inminente. O al menos así pensaba Henry A. Wallace, antiguo Vicepresidente con Franklin D. Roosevelt. Wallace vislumbró lo que se acabaría convirtiendo en la Guerra Fría antes que nadie y advirtió de lo que podía pasar. No le hicieron caso, pese a lo atinadas que eran sus predicciones… Y eso que por aquel entonces solo Estados Unidos tenía la Bomba.

Wallace, nacido en una pequeña aldea llamada Orient (Iowa) en 1888, fue agrónomo antes que político y llegó a crear algunas variedades de cereales que le llevaron al éxito empresarial tras montar un par de exitosas compañías de semillas. En 1933 dio el salto a la política tras ser nombrado por Roosevelt Secretario de Agricultura, al igual que su padre, Henry Cantwell Wallace, que ocupó años atrás el mismo cargo. Fue una pieza clave del famoso New Deal, ayudando a reconstruir la economía primaria del país tras el Crack del 29 y a reducir el capitalismo laissez-faire que había provocado el colapso.

Aunque también era considerado un bicho raro, tanto por su  enfermiza pasión por el desarrollo científico de la agricultura como por sus relaciones con Nicholas Roerich, la teosofía y la masonería. Es más, gracias a su insistencia, el Gran Sello de Estados Unidos y la pirámide truncada con el «ojo que todo lo ve» aparecieron en los billetes de un dólar de 1935, clara referencia al Gran Arquitecto del Universo de los masones. Nada raro en aquel país…

El momento cumbre le llegó cuando Roosevelt, que veía en él a su futuro sucesor, le pidió que le acompañase en su tercera candidatura a la presidencia como segundo de a bordo. Ganaron y ambos fueron nombrados el 20 de enero de 1941.

El mundo lleva un año y pico en guerra. Inglaterra y la URSS se enfrentaban a la Alemania de Hitler, aliada con el Imperio de Japón (en aquel momento toda una superpotencia militar). Estados Unidos entró en la contienda el 7 de diciembre de 1941, tras el ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor, pero la guerra duraría casi cuatro años más.

Wallace comenzó a ganarse enemigos por su postura de cercanía y comprensión con la Unión Soviética. Tenía claro que los rusos estaban realizando una tremenda labor conteniendo a las tropas de Hitler en Europa, con un coste de millones de vidas humanas, y que Estados Unidos debía aceptar que otras visiones del mundo y de la economía eran compatibles con el American Way of Life. Wallace era pacifista, antiimperialista y antifascista, y contemplaba con repulsa las actividades secretas de su gobierno en algunos países de su influencia, además de criticar con dureza a las empresas estadounidenses que se habían lucrado vendiendo armas y materias primas al Tercer Reich. Era, en definitiva, un humanista que creía que otro mundo era posible. Estas palabras suyas, tomadas de un discurso que dio en mayo de 1942, nos permitirán hacernos una idea de su pensamiento:

«Algunos han hablado del “siglo americano”. Pero yo digo que el siglo que saldrá de esta guerra puede y debe ser el siglo del hombre corriente. […] Los carteles internacionales que sirven a la codicia norteamericana y a la ambición de poder alemana deben desaparecer. La marcha hacia la libertad de los pasados ciento cincuenta años ha sido una gran revolución del pueblo. Hemos vivido ya la Revolución americana de 1775, la Revolución francesa de 1792, las revoluciones latinoamericanas de la época bolivariana, la Revolución alemana de 1848 y la Revolución rusa de 1917. Todas hablan para el hombre corriente. […] La revolución del pueblo está en marcha».

A pesar de su atrevida sensatez, y pese a ser uno de los demócratas más populares (una encuesta de Gallup de 1944 dio como resultado que un 57% de los estadounidenses le quería como presidente), las manos negras del poder comenzaron a conspirar contra él. Así, durante la Convención Nacional Demócrata de 1944, los sectores más derechistas del partido decidieron que no debía acompañar a Roosevelt en su cuarta presidencia, eligiendo como candidato, con artimañas bastante sucias, a un personaje que hasta entonces había sido un mindundi senador de Misuri, sin apenas carrera política y sin estudios, Harry S. Truman.

Roosevelt ganó de nuevo, pero lamentablemente falleció solo tres meses después de su nombramiento, el 12 de abril de 1945. Truman se convirtió, en un sorprendente giro del destino, en Presidente de Estados Unidos.

Wallace, tras verse obligado a dimitir como Secretario de Comercio, cargo de segunda al que le había condenado el nuevo presidente, fue el principal enemigo de la política exterior del nuevo gobierno estadounidense. Pensaba que era mejor aliarse con la URSS y tenía claro que no había que proseguir con la investigación de la bomba atómica, ya que la rendición de Japón parecía inminente. No sirvió de nada. El 6 y el 9 de agosto, solo tres meses después de que Truman tomase el poder, ordenó lanzar dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El objetivo real era meter miedo a los rusos. Y lo consiguió.

Nunca cesó en su empeño de acabar con la incipiente escalada bélica con la URSS. En 1946, tras marcharse del Partido Demócrata, anunció su candidatura a la presidencia con el Partido Progresista. En su programa incluía la creación de un sistema universal de salud y la necesidad de hacer la paz con los rusos, además de abogar por la abolición de la segregación racial. Tanto es así que incluyó en sus listas a varios candidatos afroamericanos, dando incluso mítines con ellos en algunos estados del sur. Fue atacado con huevos y tomates y, muchas veces, tuvo que salir huyendo de algún mitin.

Fracasó. Las derechas norteamericanas le acusaron de comunista pro-soviético y ejecutaron una agresiva campaña en su contra que se acabó materializando en el desastre de las elecciones de 1948. Wallace solo obtuvo un 2,3 % de los votos. Para más inri, volvió a ganar Truman, con un 51,1 %. La Guerra Fría era inevitable.

Fue el fin de la vida política del hombre que podía haber cambiado el mundo. Quién sabe qué hubiese pasado si hubiera conseguido convertirse en vicepresidente en 1944, venciendo al belicoso y anticomunista Truman. Quizás las bombas nunca hubiesen caído sobre Japón. Quizás no hubiese existido la Guerra Fría.

Wallace, tras el desastre de 1948, regresó a la tranquilidad de los campos y a sus investigaciones agrícolas. Años después apoyó a los republicanos, votó por Eisenhower en 1956 y se reunió en secreto con Nixon en 1960. Cinco años más tarde, el 18 de noviembre de 1965, fallecía en su granja de Connecticut.

Publicado el domingo 22-10-2017 en La Voz de Almería

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