Homo insolitus 36: La mujer que barría el desierto

Al sur de Perú, en una meseta desértica de unos 500 kilómetros cuadrados que se extiende entre la pampa de Huayurí y el valle de Nazca, se encuentran las famosas líneas de Nazca, unos enigmáticos geoglifos que han fascinado e intrigado tanto a arqueólogos e historiadores como a los aficionados al tema ovni. Sus autores, los antiguos miembros de la cultura Nazca, además de hacer miles de líneas rectas que recorren el desierto a lo largo de kilómetros, realizaron unas setenta figuras de enormes dimensiones, que, según se ha dicho siempre, solo podían ser vistas desde el cielo, aunque muchas se pueden apreciar desde las laderas cercanas.

Tenemos claro, más o menos, cómo las hicieron, pero el misterio sigue siendo el motivo. Acometer una obra de esta envergadura implica un nivel de organización social bastante alto, así como un enorme costo en tiempo y recursos. ¿Por qué emplearlos en esto? No lo tenemos claro, aunque hipótesis hay muchas.

Algún día les hablaré largo y tendido de este apasionante enigma, pero hoy toca hablar de una persona, toda una Homo insolitus, que dedicó gran parte de su vida a intentar entenderlo y, lo que es más importante, a preservar los misteriosos geoglifos de Nazca: se trata de Victoria María Reiche Grosse Neuman, una alemana nacida en Dresde en 1903 a la que tenemos mucho que agradecer.

No conocemos demasiado sobre su infancia, pero sí sabemos que cursó estudios universitarios y que obtuvo el título de magisterio en matemáticas, física, filosofía y geografía en 1928. Tres años después, en 1931, se enteró de que el cónsul alemán en Cuzco estaba buscando una institutriz que cuidase de sus niños y decidió probar fortuna. Fue así como llegó al Perú, el país que le acogería durante el resto de su vida ―tras un efímero regreso a Alemania en 1936.

En 1937 se instaló en Lima y comenzó a trabajar como profesora y traductora de alemán e inglés. Dos años después se unió al equipo del doctor Paul Kosok, un antropólogo estadounidense de la Universidad de Long Island que estaba interesado en investigar las líneas de Nazca, recientemente descubiertas gracias a los primeros vuelos en avión. Kosok pensó en un primer momento que podrían haber servido como canales de riego, pero pronto llegó a la conclusión de que esa no era la explicación ―eran demasiado poco profundas―, sobre todo porque esto no explicaba las fascinantes y gigantescas figuras de animales, ni las alineaciones astronómicas, que él mismo había descubierto.

Maria Reiche quedó prendada con aquel misterio. Tanto es así que en 1949, cuando Kosok abandonó Perú, continuó su trabajo por su cuenta. Pasaría en Nazca el resto de su vida, descubriendo un montón de figuras nuevas que habían sido enterradas por las arenas del tiempo. Y no solo eso: convencida de que no solo había que investigar y desenterrar aquellos fascinantes geoglifos, sino que era necesario protegerlos de las inclemencias del árido clima de la región y de la acción humana, se instaló en una pequeña cabaña abandonada en pleno desierto, donde vivió durante unos quince años, totalmente entregada a su causa, sin electricidad, sin agua y sin ningún tipo de comodidad.

Sola, y equipada solo con un cepillo, una cinta métrica, un sextante, una brújula y una escalera de mano, se dedicó durante años a estudiar las líneas y, literalmente, a barrerlas. Al principio, los lugareños se reían de ella. Le llamaban «la mujer que barría el desierto». Con el tiempo la llegaron a adorar casi como a una santa.

Para María Reiche no existía misterio alguno sobre los autores de aquella maravilla, los antiguos habitantes de la zona, ni sobre la forma en que fueron construidas. El misterio, como decíamos, estaba en el motivo. Y pronto planteó una hipótesis: tras estudiar la figura del flamenco, de unos 300 metros, constató que estaba orientada hacia el Sol naciente durante el solsticio de invierno (en el hemisferio sur). Así, en su primera obra sobre el tema, Los dibujos gigantescos en el suelo de las Pampas de Nasca y Palpa: Descripción y ensayo de interpretación, de 1948, planteó que las líneas de Nazca representaban el calendario más grande del mundo y que había una relación clara entre ellas y los astros. Pensaba que los antiguos peruanos habían realizado todo aquello para conocer cuándo empezaba cada estación, cuál era la mejor época para cosechar y en qué época podían llegar las siempre escasas precipitaciones.

Encontró numerosas evidencias que le hicieron defender esa teoría durante años. De hecho, llegó a ser la explicación más aceptada, aunque en la actualidad se cree que respondían más bien a prácticas religiosas destinadas a que los dioses propiciaran la lluvia, aunque con claras relaciones astronómicas y astrológicas.

Desde que se instaló en la zona no permitió que cruzara la zona ningún tipo de vehículo y no dudó enfrentarse, incluso, al gobierno peruano, que en los años cincuenta quiso desarrollar plantaciones de algodón en las pampas.

Gracias a su iniciativa se creó en 1968 la Corporación de Reconstrucción y Fomento de Ica, dedicada a cuidar y mantener los geoglifos, previendo que un futuro podrían ser fuente de atracción turística. Le plantearon a María que escribiese un libro sobre su historia con las líneas. Y lo hizo. Ese mismo año se publicó El secreto de la pampa. Los fondos obtenidos fueron íntegramente a su causa..

Pero, como consecuencia del boom del fenómeno ovni y las delirantes teorías de los alienígenas ancestrales, que pusieron de moda autores como Erich Von Daniken o Robert Charroux, los turistas fueron llegando a la zona. Y destruyéndola. Maria, preocupada, intentó que las autoridades mediasen para evitar daños en los geoglifos. Como no lo consiguió, pagó de su propio bolsillo a varios vigilantes, gracias a la ayuda de su hermana Renate, y construyó una torre mirador de 74 metros de altura, desde la que los turistas puedan ver la obra sin deteriorarla.

En 1992, después de llevar sesenta años en el país, adquirió la nacionalidad peruana, otorgada por el gobierno peruano a la ilustrísima «dama de las Pampas» en reconocimiento a su arduo trabajo de investigación y preservación de las Pampas. Dos años después la UNESCO las reconoció como patrimonio de la humanidad. Entre medías, publicó Contribuciones a la Geometría y Astronomía en el Perú antiguo (1993), un amplio resumen de sus cuatro décadas de investigación.

El 8 de junio de 1998, cuando contaba 95 primaveras, falleció de un cáncer de ovarios. Hacía años que sufría Parkinson y una ceguera casi total. Pero jamás dejo sus líneas.

Sus restos descansan, junto con los de su hermana, en un mausoleo construido junto a la Casa Museo que la albergó en el desierto más desolado de la Tierra durante varios años.

«¡Todo era por Nazca! Si cien vidas tuviera, las daría por Nazca. Y si mil sacrificios tuviera que hacer, los haría, si por Nazca fuera».

Publicado el domingo 18-02-2018 en La Voz de Almería

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