Homo insolitus 40: La dama de la lámpara

Hoy voy a hablaros de una mujer excepcional que, convencida de que cumplía órdenes de Dios, y gracias a sus excepcionales dotes para las matemáticas, y a sus novedosas ideas sobre la higiene, salvó cientos de vidas.

Se llamaba Florence Nightingale y nació en Florencia —de ahí su nombre— el 12 de mayo de 1820, cuando esta bella ciudad aún pertenecía al Gran Ducado de la Toscana —antes de la unificación de Italia, que se produjo a mediados del siglo XIX—, aunque se crío en la finca que sus padres tenías en el bucólico condado de Derbyshire (Inglaterra). Gracias a su pudiente posición pudo acceder a una selecta educación, y Florence, desde muy niña, destacó por sus extraordinarias capacidades para las matemáticas y, especialmente, para la estadística. De hecho, tenía una especial facilidad para registrar y clasificar cosas. Como verán a continuación, esto será esencial en su historia.

Su vida dio un giro algo perturbador en febrero de 1837, durante un viaje que hizo junto a sus padres y su hermana Frances Parthenope —llamada así por su lugar de nacimiento, un antiguo asentamiento griego cercano a Nápoles llamado Parthenopolis—, en el que, además de dedicarse a registrar en sus diarios todo tipo de datos sobre las ciudades y países que visitaba, tuvo una relevación divina. «Dios me habló y me llamó a su servicio. La voz no dijo qué tipo de servicio era». El misterio quedaría resuelto unos años más tarde, en 1844, cuando anunció a sus consternados padres que había tomado la decisión de dedicarse a la enfermería, lo último que se podía esperar de una joven doncella de clase media-alta. Florence, obstinada, y convencida de que tenía que aceptar el encargo divino, se empeñó en ello, hasta el punto de rechazar varias propuestas de matrimonio, para mayor indignación de sus padres.

Así, durante sus viajes por Europa y Egipto, comenzó a visitar hospitales, interesada como estaba en ver cómo se cuidaba a los enfermos. En 1850 tuvo una experiencia decisiva en Kaiserswerth, una comunidad luterana de Alemania, donde pudo vivir en la línea del frente cómo era la práctica médica en un hospital para enfermos marginados. Y finalmente, en 1853, su padre cedió, y Florence consiguió el cargo de superintendente en Institute for the Care of Sick Gentlewomen («Instituto para el cuidado de señoras enfermas») de Londres.

En octubre de ese mismo año estalló la guerra de Crimea, un conflicto bélico que enfrentó al Imperio ruso contra una coalición formada por el Imperio otomano, Francia y el Reino Unido, que inició la contienda por las ansias expansionistas de los rusos. Sidney Herbert, secretario de estado de guerra, y antiguo amigo de Florence, le encargó llevar a treinta y ocho enfermeras al hospital militar de Scutari, en la actual Estambul (Turquía). Llegaron en octubre de 1854. Era la primera vez que se permitía a mujeres colaborar en una guerra.

Lo primero que hizo fue ordenar a sus enfermeras adecentar y limpiar el hospital de campaña, una autentica pocilga, haciendo especial hincapié en la necesidad de alimentar lo mejor posible a los heridos. Hasta ese momento, los oficiales apenas habían prestado atención a nada de esto y la mortalidad era tremenda. Florence consiguió que el hospital fuese más eficiente, pero apenas se notó en el número de muertos. El primer invierno murieron cerca de cuatro mil soldados, pero, curiosamente, casi todos fallecieron de enfermedades contagiosas, más que de heridas de guerra. Florence descubrió que los heridos estaban bebiendo agua contaminada porque el centro estaba construido sobre una cloaca. En cuanto cambiaron el suministro de agua y limpiaron los vertederos, los muertos se redujeron de manera espectacular. Así, se convirtió en una ferviente defensora de la importancia de la higiene en los hospitales, algo que, como habrán imaginado, redujo significativamente el número de fallecidos. «El alto mando británico había logrado crear lo más cercano al infierno en la tierra», dijo en cierta ocasión.

Piensen que en aquellos tiempos, aunque ya se intuía la existencia de seres microscópicos causantes de muchos nuestros males, no se había establecido aún una relación científica entre la suciedad y las infecciones. Lo haría Louis Pasteur con su teoría de las enfermedades contagiosas, según la cual eran los microbios los auténticos culpables, y no los desequilibrios de los humores, como se creía tradicionalmente. Aquellos diminutos seres se propagaban con especial facilidad en condiciones de poca higiene, pero de esto se dieron cuenta unos años después de la guerra de Crimea, a mediados de la década de 1860.

El trabajo de Florence Nightingale mejorando las condiciones de vida de los heridos de guerra ingleses la llevó a las portadas de todos los periódicos de la Metrópoli, en los que solía aparecer un retrato de Florence llevando una lámpara de gas en mitad de una sala llena de pacientes. Pronto comenzó a ser conocida como «la dama de la lámpara» y se convirtió en toda una heroína nacional.

Pero su auténtica hazaña comenzó entonces. Aprovechando lo aprendido en el campo de batalla, consiguió convencer a la reina Victoria de la necesidad de mejorar las condiciones de salud e higiene del ejército y de los hospitales. Junto a dos importantes matemáticos ingleses (William Far y John Sutherland), realizó una detallada estadística sobre la mortalidad en Crimea, llegando a una conclusión indiscutible: cerca del 90% de las muertes fueron debidas a la falta de higiene. Presentó ante la prensa un curioso e intuitivo diagrama circular que ayudó al gran público a entender lo que quería decir; y gracias a ello consiguió reunir miles de libras de donaciones particulares, que le permitieron fundar en Londres la Escuela de Entrenamiento Nightingale (en julio de 1860). Además escribió varios libros en los que reflexionaba sobre como mejorar la ventilación, la limpieza y la organización de los hospitales. El más importante fue Notas sobre enfermería: qué es y qué no es, publicado en 1859, un libro esencial que tuvo una función tremenda: explicaba a la gente pobre cómo atender y cuidar a los familiares y amigos enfermos, hasta ese momento fuera del sistema de salud. Y no solo eso: creo un sistema de enfermeras a domicilio para las clases menos favorecidas, sentando un precedente de lo que sería la seguridad social británica (que no estableció hasta mediados del siglo XX). Aquellas enfermeras comenzaron a ser conocidas como «ruiseñores», ya que el apellido de Florence, Nigthingale, significa «ruiseñor».

Su trabajo, en definitiva, sentó las bases de la enfermería y ayudó a salvar miles, o millones, de vidas. Por eso no debe extrañarnos que el Día Internacional de la enfermería se celebre el 12 de mayo, el día de su nacimiento.

Por si fuera poco, fue una pionera feminista que luchó activamente por los derechos de las mujeres, llegando a escribir varios ensayos críticos con el papel que tenían en la sociedad inglesa. «¿Por qué la pasión, el intelecto y la actividad moral de las mujeres, si, en cambio, no hay un lugar en la sociedad donde puedan ejercerlas?», escribió en su libro Cassandra (1860). Toda una Homo insolitus.

Y todo esto lo hizo estando enferma y, casi siempre, en la cama: tras su regreso de Crimea comenzó a padecer depresiones crónicas y fuertes fiebres que le llevaron a sufrir, durante el resto de su vida, frecuentes periodos de postración, aunque consiguió contabilizar noventa primaveras.

Dejó este mundo el 13 de agosto de 1910, a los noventa años. Había cumplido su misión divina.

Publicado el domingo 01-04-2018 en La Voz de Almería

unnamed (1)

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *