Homo insolitus 50: El primer médico sin fronteras

A mediados de febrero de 1937, las tropas de los militares sublevados tomaron la ciudad de Málaga, hasta entonces uno de los bastiones de la república. Como consecuencia, miles de malagueños huyeron por el único camino que les quedaba: la carretera que unía Málaga con Almería. Queipo de Llano, general jefe del ejército sublevado en el sur, dio órdenes de bombardear por tierra, mar y aire a los refugiados que huían. El resultado fue el mayor éxodo que se produjo durante la Guerra Civil Española, y la mayor matanza, aunque aún no sabemos exactamente cuánta gente fue asesinada por las hordas fascistas.

Y no lo sabemos porque este triste episodio, conocido como la Desbandá de Málaga, acabó condenado al olvido de la historia. Unos, los carniceros, porque eran conscientes de que habían bombardeado a civiles indefensos; otros, los republicanos que nada hicieron, por la vergüenza de no haber ayudado a esas gentes. Y permaneció allí, en el olvido, hasta que en los años ochenta comenzó a hablarse de este drama en los ambientes académicos.

Lo poco que sabemos de la Desbandá procede de la evidencia documental que se ha encontrado en los archivos y del testimonio de los testigos. Es aquí donde entra en acción nuestro Homo insolitus de hoy, un médico canadiense que terminó siendo el primer cronista de la Desbandá.

Se llamaba Henry Norman Bethune y colaboró con las unidades médicas de las fuerzas republicanas, dentro del batallón Mackenzie-Papineau (integrado por comunistas y anarquistas de Canadá).

Antes de lanzarse a la Guerra de España, Bethune, nacido en 1890 en una pequeña localidad llamada Gravenhurts (Ontario), fue leñador, médico durante la Primera Guerra Mundial, acomodado propietario de un hospital privado en Detroit, que atendía de forma gratuita a las personas sin recursos, y jefe de cirujanos en el hospital Sacre-Coeur de Montreal.

Su especialidad era la cirugía torácica, disciplina en la que había profundizado tras enfermar de tuberculosis en 1924. Estaba convencido de que su misión era acabar con esta enfermedad y, aunque no lo consiguió, publicó numerosos artículos sobre nuevas técnicas y mejoras en cirugía basadas en sus propias investigaciones. De hecho, hoy en día se siguen empleando las pinzas costales Bethune, uno de los instrumentos que él mismo confeccionó.

En 1935, tras visitar la Unión Soviética para dar una conferencia médica, quedó encantado con los logros de la revolución bolchevique y se alistó en el Partido Comunista de Canadá. Llegó a proponer al gobierno de su país la creación de una seguridad social universal.

Un año después, enterado del golpe militar en España, decidió que era necesario echar una mano, dejó su trabajo, y, como otros tantos canadienses, cruzó el charco y se vino a luchar. Llegó a España el 3 de noviembre de 1936 y al poco tiempo creó en Madrid un servicio móvil de transfusión de sangre que se encargaba de recoger la sangre de los donantes, en un camión refrigerado,  y de transportarla a cualquiera de los frentes. Imaginen la de vidas que pudo salvar.

Unos meses más tarde, decidió desplazarse hacia Málaga, cargado de sangre almacenada, con la intención de prestar sus servicios en la defensa de la ciudad. Llegó a Almería el 10 de febrero, y allí se enteró de que Málaga y Motril habían caído, así que decidió tomar el camino para socorrer a los refugiados. Encontró un panorama infernal a unos ochenta kilómetros de Almería.

“Una muchedumbre de personas y animales ocupaba todo el ancho de la carretera. La llanura se extendía tan lejos como la vista podía alcanzar y por ella serpenteaba una hilera de 30 kilómetros de seres humanos […] Yacían hambrientos en los campos, atenazados, moviéndose solamente para mordisquear alguna hierba. Sedientos, descansando sobre las rocas o vagando temblorosos sin rumbo”.

Junto a sus ayudantes Hazen Sise y Thomas Worsley consiguió salvar la vida de cientos de heridos gracias a las transfusiones de sangre in situ que llevaba tiempo practicando. Y no solo eso. Viendo que los bombardeos contra aquellas gentes desprotegidas no cesaban, estuvo tres días seguidos trasladando a los heridos más graves hasta Almería en su ambulancia. “Decidimos transportar a las familias que tuviesen más niños y a los niños sin padres, que eran incontrolables. Llevábamos a 30 o 40 personas en cada viaje”.

Poco después, describió su dramática experiencia en un pequeño librito de unas 60 páginas que se tituló El crimen de la carretera Málaga-Almería. La obra iba acompañada con veintiséis fotografías que realizó junto a su compañero Hazen Sise durante aquellos días. Son las únicas fotografías que existen de este suceso.

Años después, los malagueños quisieron rendirle un merecido homenaje y levantaron una placa en su honor en el Paseo de los Canadienses, situado en el extremo oriental de la ciudad Málaga, en dirección a Almería, erigido como homenaje a Bethune el 7 de febrero de 2006.

Pero la historia posterior es, si cabe, más sorprendente. En junio de 1937, descontento con la burocrática organización que los rusos habían impuesto al ejército republicano, regresó a Canadá y se dedicó a recaudar fondos en su país y en Estados Unidos para luchar contra el fascismo en España. Y unos meses después, en enero de 1938, se marchó a China con la intención de unirse al ejército rojo que estaba luchando contra Japón en la llamada Segunda Guerra Chino-Japonesa. Ejerció como cirujano de campaña, salvo cientos de vidas con sus transfusiones, realizó tareas de formación para los poco preparados médicos locales y escribió varios manuales ilustrados para doctores y enfermeras.

En noviembre de 1939, mientas realizaba una intervención, se cortó accidentalmente en un dedo, con tan mala suerte que la herida, a la que en un principio no dio demasiada importancia, derivó en una infección que terminó con su vida pocos días después, el 12 de noviembre de 1939, siete meses después de finalizar la Guerra Civil Española.

El mismísimo Mao Zedong le dedicó un libreto titulado En memoria de Norman Bethune, publicado en 1940, pero incluido posteriormente en el voluminoso Libro Rojo que se acabó convirtiendo en la Biblia del maoísmo. Por este motivo no es de extrañar que Bethune siga siendo en la actualidad uno de los occidentales más admirados en China, con decenas de calles y estatuas erigidas en su honor.

Publicado el domingo 17-06-2018 en La Voz de Almería

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