Homo insolitus 62: El devorador de hígados

No sé si conocerán ustedes la película Las aventuras de Jeremiah Johnson, una sensacional obra maestra que dirigió en 1972 el gran Sidney Pollack y que le permitió a Robert Redford hacer uno de sus mejores papeles. Como buen amante del cine de los años setenta, siempre sentí especial devoción hacia esta película, devoción que se convirtió en puro amor cuando descubrí que se trataba de una adaptación de la historia de un tipo real, todo un Homo insolitus que merece la pena conocer con cierto detalle.

Su nombre real era John Jeremiah Garrison Johnston, nació en 1824 en una pequeña aldea de Nueva Jersey llamada Little York, y se educó en el seno de una conflictiva familia (de cinco hermanos) marcada por el carácter violento de su padre, Isaac Garrison. Tanto es así que, en cuanto pudo, dejó el hogar familiar y, tras trabajar un tiempo en una granja, decidió enrolarse como grumete en un barco ballenero. Tenía solo trece años, pero ya mostraba pinceladas del duro carácter que le caracterizaría, carácter que se iría fraguando durante los cerca de doce años que trabajó cazando ballenas. Cansado de este oficio, no dejó el mar, sino que se alistó en la Marina, durante la guerra de Estados Unidos contra México, aunque terminó desertando —tras herir a un oficial en una pelea— y decidió lanzarse hacia el oeste en busca de fortuna.

Como sabrán, la mayor parte de lo que hoy son los Estados Unidos, desde las montañas Apalaches hasta la costa oeste, era un territorio virgen donde solo vivían los nativos americanos, a los que poco a poco fueron arrinconando —y exterminando— los colonos europeos. Con la independencia del país del Reino Unido, comenzó una lenta pero constante conquista que terminó en 1848 con la adquisición de California. Aun así, aunque en el mapa tenía el país unas fronteras similares a las actuales, más de la mitad de aquellas tierras permanecían inexploradas. Hasta allí se dirigieron millones de europeos en busca de fortuna, sobre todo cuando en aquel mismo año, 1848, se descubrió oro en California y Oregón.

Fue en este contexto donde nuestro protagonista, después de cambiar su apellido por Johnson —recuerden, había desertado de la Marina—, tomó contacto con la terrible vida del hombre de frontera. Atraído en un primer momento por la fiebre del oro, se dirigió hasta la costa oeste, hacia California, pero, como tantos otros, no tuvo suerte. Lo intentó también en Montana, pero tampoco triunfó. Tuvo que buscarse la vida como pudo, trabajando como leñador, como vendedor de pieles, como fabricante y comerciante de whisky e, incluso, como explorador para el ejército a las órdenes del mítico general Miles Nelson.

Cuenta la leyenda que Jeremiah, tras instalarse en Montana, se casó con Cisne, una joven de la tribu salish, con la que tuvo un hijo y con la que se estableció en una cabaña en el bosque. Pero la desgracia tocó a su puerta cuando un fatídico día, mientras Jeremiah se encontraba ausente, su familia fue asesinada por una partida de indios crow. Fue el comienzo de una espiral de sangre y venganza. Jeremiah juró acabar con todos los crows que se encontrase. Y no solo eso. Juró que se comería sus hígados, órgano al que daban mucha importancia los nativos de aquella zona, ya que pensaban que resulta indispensable para el pase a la otra vida.

No tardó en pasar a ser conocido como John “el devorador de hígados” Johnson (John Liver-Eating Johnson). Los nativos le temían como si se tratase del mismísimo espíritu del mal hecho hombre.

Pero todo esto es un mito. Las crónicas exageraron en extremo sus “hazañas”, adjudicándole historias protagonizadas por otros, aunque sí que es cierto que era un tipo extremadamente violento, a lo que tampoco ayudaba su afición por la bebida ni su 1,80 de altura. Ni protagonizó una vendetta personal contra los indios crow (al contrario, se llevaba bien con ellos), ni se aficionó a comerse sus hígados, ni llegó a casarse nunca…

En realidad, el origen de esta leyenda procede de una historia bien diferente: al parecer, en 1868, durante una refriega con los indios sioux en la que se vio involucrado junto a varios leñadores, Jeremiah apuñaló a uno en el costado y, tras sacar el cuchillo, le ofreció a uno de sus compañeros de tropelías un cachito de hígado.

Es verdad que unos años antes de esta última anécdota, en el invierno de 1863, se unió a la caballería de la Unión para luchar contra los rebeldes sureños durante la Guerra de Secesión; pero también es cierto que solo estuvo cinco días porque, nada más cobrar su primera paga, se lo gastó en bebidas y decidió huir, aunque unas semanas después volvió a alistarse. Sea como fuere, en 1865, una vez finalizada aquella guerra fratricida, tras recibir sendos disparos en una pierna y en un hombro, regresó a Montana, buscándose la vida como proveedor de bienes y maderas para los buscadores de oro. Desde entonces sus enfrentamientos con los sioux y los lakota fueron continuos. De hecho, participó en algunas masacres famosas. Aunque, por otro lado, hacia negocios con ellos, vendiéndoles whisky y armas.

Pero, hacia la década de 1870, cuando ya contaba más de cincuenta primaveras, y tras trabajar esporádicamente como conductor de diligencias, como explorador, como actor en un show de circo, e, incluso, como Marshall en Red Lodge, Montana, construyó una cabaña en los bosques de esta última localidad y se retiró del mundanal ruido. Allí pasó más de una década.

Finalmente, en 1899, decidió terminar sus días en una residencia para veteranos de la Guerra de Secesión de Santa Mónica, California.

El 21 de enero de 1900 dejaba este mundo.

Publicado el domingo 16-12-2018 en La Voz de Almería

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