Homo insolitus 64: El mago de los cohetes

En 1942, Jack Parsons inventó el primer combustible sólido y moldeable para cohetes, inaugurando así una senda que llevaría a perfeccionar, unos años después, a la conquista del espacio y a la fabricación de mortíferas de guerra. Además, Parsons colaboró en la fundación del Laboratorio de Propulsión a Chorro, junto al Instituto de Tecnología de California (más conocido como Caltech), claro antecedente de la posterior NASA. Sus contribuciones nos han permitido poner robots en Marte, tomar muestras del polvo de la cola de algún cometa y enviar sondas más allá de los confines del Sistema Solar. Lo curioso es que Parsons también estaba muy interesado en el ocultismo. Tanto que llegó, incluso, a unirse al grupo ocultista que fundó el británico Aleister Crowley… Todo un Homo insolitus que merece la pena conocer con cierto detalle.

John Whiteside Parsons nació en Los Ángeles en 1914. No brilló en la enseñanza secundaria, pero si mostró desde pequeño un interés por la lectura y la ciencia ficción. Tampoco tenía demasiadas dotes sociales, pero construyó una fuerte amistad con su vecino Edward S. Forman, con el que compartía su afición por el espacio y con el que comenzó a fabricar, siendo aún niños, los primeros cohetes.

Se propuso estudiar química en la Escuela Universitaria de Pasadena y consiguió graduarse en 1933, pero nunca pudo dar el siguiente paso y, aunque se matriculó en la Universidad de Stanford, no aguanto ni un mes por sus problemas económicos.

Mientras tanto, había continuado experimentando junto a su amigo Ed. Querían acabar con las burlas que muchos científicos, y el propio gobierno de los Estados Unidos, habían realizado sobre la tecnología de los cohetes espaciales. Lo veían como algo propio de la ciencia ficción y de las revistas pulp a lo Amazing Stories. Lo curioso es que fue precisamente esto lo que atrajo a estos dos inquietos jóvenes.

Esta inquietud le llevó a dirigirse en marzo de 1935, junto a su amigo y cómplice Ed, convertido en un mecánico experto, hasta Caltech, con la intención de captar a algún científico para su causa. Lo consiguieron: un tal Frank Malina, recién graduado, estaba trabajando como asistente en un túnel de viento, realizando estudios sobre los motores de propulsión para aviones. Malina se interesó por sus propuestas y pronto comenzaron a trabajar juntos. En febrero de 1936 formaron un trío que fue conocido, de forma despectiva, como El escuadrón suicida.

Malina, como científico que era, se centró más en los aspectos teóricos, pero Parsons y Forman, desde el primer momento, se dedicaron a confeccionar modelos de cohetes. No lo consiguieron. Eso sí, durante los tres primeros años no contaron con presupuesto alguno y tuvieron que pagar todos los gastos de su bolsillo, teniendo que trabajar casi siempre durante las noches o los fines de semana.

Por aquella misma época, finales de la década de 1930, cuando rondaba los 24 años, Parsons comenzó a frecuentar las reuniones del Ordo Templi Orientis (OTO), una sociedad ocultista creada por Aleister Crowley que llegó a tener gran difusión en la zona de Los Ángeles. Allí, entre misas gnósticas, encuentros sexuales comunitarios y orgías etílicas, se fue iniciando en la filosofía Thelema de Crowley, cuyo principio básico era «haz lo que quieras que sea la totalidad de la Ley».

Sus compañeros no vieron con buenos ojos su acercamiento a estas extrañas actividades, pero, por otro lado, cada vez quedaba más claro que era un genio fabricando combustibles para cohetes. Alguno de ellos recuerda como solía cantar el Hymn to Pan de Crowley antes de encender sus prototipos…

Finalmente, en 1941, tras conseguir sus primeros éxitos, Parsons y sus colegas fundaron la Aerojet Engineering Corporation, con la intención de vender cohetes para el ejército. Triunfaron. Y dos años más tarde, ya en plena Segunda Guerra Mundial, ayudó a fundar el Laboratorio de Propulsión a Chorro.

Por aquella misma época se convirtió en el líder del OTO en la costa oeste, carteándose a menudo con un anciano Crowley, que por aquel entonces tenía 72 años —falleció el 1 de diciembre de 1947—. Todo esto nos puede parecer extraño, y de hecho, lo era. Pero no para Parsons, que veía sus actividades con los cohetes como el camino perfecto para que los humanos fuesen capaces de explorar el universo y contactar, por fin, con las esquivas divinidades.

De hecho, con el dinero que ganó gracias a la venta de cohetes, compró una enorme mansión de madera en Pasadena que se convirtió en el centro de operaciones de OTO —recibió el nombre de The Parsonage—. Allí se mezclaban científicos interesados en la propulsión a chorro con sacerdotisas vestidas solo con túnicas. Por supuesto, no faltaban las drogas en aquella casa.

Claro, su creciente excentricidad tenía un precio. No estaba bien visto que alguien que trabajaba en un tema tan delicado se dedicase en su tiempo libre a la magia. Y, finalmente, en 1943, decidió vender sus acciones de Aerojet (por 20000 dólares) y abandonó sus estudios sobre cohetes, al menos de forma oficial.

Por si fuera poco, fue bastante amigo de L. Ronald Hubbard, el fundador de la Iglesia de la Cienciología. Pero la cabra tira al monte, y en julio de 1946, Hubbard, con la excusa de una inversión lucrativa en una empresa textil, le timó 20000 dólares. Fue el comienzo del final. Desahuciado y sin un dólar, trabajó en una gasolinera, aunque esporádicamente rentabilizaba sus conocimientos científicos fabricando explosiones para películas de Hollywood.

Podría haber dado muchísimo más juego, de no ser porque falleció como consecuencia de una explosión que se produjo en el laboratorio de su casa en junio de 1952, cuando tenía solo 37 años. Cuando llegaron las ambulancias y la policía, Parsons aún vivía, aunque la explosión le había arrancado media cara, haciendo visible su cráneo, y el brazo derecho.

En el suelo encontraron cientos de planos de cohetes mezclados con dibujos ocultistas y pentagramas.

Publicado el domingo 20-01-2019 en La Voz de Almería

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