El falso asesino

El 8 de marzo de 1993, Thomas Quick, un enfermo mental de 42 años que estaba internado en una clínica psiquiátrica de Säter, Suecia, tras ser detenido por atracar vestido de Papa Noel a un banquero de su pueblo, confesó que había asesinado y violado a un niño de 11 años llamado Johan Asplund, del que no se sabía nada desde su desaparición, el 7 de noviembre de 1980.

Las autoridades comenzaron a investigar al asesino confeso para verificar su historia y, aunque el cadáver del joven Asplund no apareció, consideraron que su declaración era tan rica y explícita que tenía que ser cierta.

No quedó aquí el asunto. A lo largo de los siguientes años llegó a autoinculparse de 39 asesinatos, a cual más atroz y despiadado. Aseguraba haber violado a todas sus víctimas, haber desmembrado a muchas e, incluso, haberse comido a alguna.

Se convirtió en el más terrible asesino en serie de Suecia y fue condenado por ocho de aquellos crímenes.

Pero todo cambió el 2 de junio de 2008 cuando Quick, todavía recluido en Säter, se desdijo de todo gracias a la labor de un periodista, Hannes Råstam, que durante años estuvo obsesionado con aquella historia y con las múltiples contradicciones que fue encontrando entre las declaraciones de este señor y la evidencia material: no seguía un modus operandi, no usaba armas, no atacaba al mismo tipo de personas y, lo más sorprendente, no había ninguna pista que demostrase su participación ni ningún testigo. Todo se construyó en base a sus declaraciones.

Ni siquiera se llamaba así, sino que su nombre real era Sture Bergwall.

Llama la atención que el fiscal general del Estado por aquel entonces, un tal Christer Van der Kwast, tardase un año en presentar cargos contra él. Por si fuera poco, como posteriormente se supo, adornó sus declaraciones gracias a la información que recibía de sus propios terapeutas, que le intentaban ayudar a recordar con datos aportados por la propia policía.

Hoy se sabe que algunas de las confesiones fueron manipuladas. Bergwall se equivocaba una y otra vez, y en detalles tan importantes como el color del pelo de sus víctimas o el tiempo que hacía el día del supuesto crimen. Pero daba igual. Si algo contradecía la evidencia, los propios terapeutas y policías le corregían, él se desdecía y reconstruía la historia. Es más, esto mismo fue presentado como evidencia de que todo lo que decía era cierto. Los psiquiatras explicaban sus incoherencias como fruto de la ansiedad y como un intento inconsciente de borrar de su memoria aquellos terribles recuerdos.

Así, si bien el autoinculpado puso lo suyo, esto no hubiera ido a más de no ser por la connivencia entre la fiscalía, la policía y los psiquiatras, que se encargaron de interrogarle de forma bastante dudosa y de drogarle de manera industrial.

De hecho, en un momento determinado, algunos agentes cuestionaron cómo era posible que hubiera cometido sus asesinatos empleando 13 métodos diferentes, algo insólito en un asesino en serie. Fueron apartados de la investigación.

Todas las condenas han sido retiradas.

Como dice su abogado, Thomas Olsson, «Todos los casos fueron construidos igual: sin pruebas biológicas, sin huellas, sin rastros de ADN, sin testigos, sin evidencias». Con sus confesiones fue bastante, lo que deja claro que su defensor en aquella época, Claes Borgström, actuó con una torpeza y un poca profesionalidad extraordinarias. Algunos de los crímenes que reconoció ni siquiera estaban basados en sucesos reales…

Pero, ¿por qué hizo este Homo insolitus esto? Bergwall había sido un toxicómano toda su vida. Cuando le preguntaron por qué había mentido, dijo, sin ningún tapujo, que «fue una manera de conseguir ansiolíticos legalmente» y que aquello «le permitió tener la sensación de pertenecer a algo». «Me gustaba ver que se interesaban por mí», llegó a decir.

23 años después de su ingreso en Säter fue puesto en libertad sin cargos. En la actualidad vive en un lugar secreto con una identidad falsa.

Ojo, el tipo tampoco era un santo. Con 19 años ya fue detenido por abusar de un chico de 14; y poco después, por apuñalar a un amante de una noche. También es cierto que sufrió abusos sexuales por parte de su padre, siendo tan solo un crío de 4 años…

El fiscal general Christer Van der Kwast, hoy un anciano, sigue pensando que alguno de esos crímenes sí los cometió.

Por desgracia, los verdaderos asesinos nunca fueron encontrados y ningún terapeuta ni ningún policía de los que investigaron su caso han recibido algún tipo de castigo por su actuación.

Publicado el domingo 24-11-2019 en La Voz de Almería

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