Homo insolitus 12: “Y decidimos empezar aquí…”

1 de febrero de 1960. Greensboro, una pequeña localidad del estado de Carolina del Norte. Cuatro jóvenes afroamericanos, Joseph McNeil, Franklin McCain, Ezell Blair, Jr. y David Richmond, estudiantes de la Universidad Agrícola y Técnica de aquel estado, entraron en un bareto de la cadena Woolworth, situado en el 132 de la Elm Street. Lo que en un principio podría parecer una acción sin importancia terminó convirtiéndoles en héroes del movimiento por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos.

Los Cuatro de Greensboro, como serían conocidos desde entonces, se sentaron en la barra de aquel bar, algo prohibido para los negros en aquel entonces, obligados a consumir de pie por las absurdas y fanáticas normas segregacionistas. Los camareros, negros también, se negaron a servirles su pedido y le pidieron que se fuesen. Pero no lo hicieron. Se quedaron allí sentados hasta que cerró el establecimiento.

No lo hicieron.

Pero, antes de marcharse pacíficamente, avisaron de que volverían al día siguiente con toda la universidad para protestar contra aquellas absurdas leyes que, en algunos estados estadounidenses, dividían el mundo en dos, dejando la mejor tajada para los blancos, claro está.

Dicho y hecho. Al día siguiente se presentaron allí veintitantos estudiantes afroamericanos, se sentaron en la barra y pidieron sus consumiciones. Como pueden imaginar, tampoco fueron atendidos. Uno de los chicos, Blair, le comentó a un reportero por qué habían decidido actuar de aquella forma: «Es hora de que alguien despierte y cambie la situación», dijo. «Y decidimos empezar aquí». Se esperaba una revuelta, pero no pasó nada. Los estudiantes, viendo que no les atendían los camareros, sacaron sus libros y sus apuntes y se pusieron a estudiar en la misma barra. Hasta que acabó el día y se cerró el bar.

Quedaron para el día siguiente… y se presentaron cerca de sesenta personas, con la novedad de que se unieron a la pacifica protesta cuatro estudiantes blancas. Aunque, todo sea dicho, también aparecieron algunos miembros del Ku Klux Klan. Afortunadamente, no la liaron.

Al día siguiente ya eran trescientos manifestantes…

Se había iniciado una pequeña revolución pacífica, The Sit-It Movement, como fue conocido el movimiento que, de forma incendiaria, se fue contagiando por otras localidades de Carolina del Norte y a otros estados sureños. Dos meses después se habían realizado actos similares en 54 ciudades de nueve estados, con más de setenta mil participantes. Además, las protestas se extendieron a otros ámbitos, como las piscinas públicas, las bibliotecas o los museos, que, aunque parezca mentira, tenían también normas segregacionistas.

Finalmente, el 25 de julio de 1960, la cadena de restauración Woolworth se vio obligada a suspender aquellas prácticas racistas en muchos de sus locales. No piensen que lo hicieron por moral ni porque habían visto la luz. Claudicaron porque en unos cuantos meses la empresa había perdido 200.000 dólares de la época. La pela es la pela. Pero ni siquiera la avaricia consiguió que en otros lugares, como Nashville (Tennessee) o Jackson (Mississippi), tomasen medidas similares. De ahí que tres años después, el 28 de mayo de 1963, dos estudiantes y un profesor del Tougaloo College realizasen una nueva sentada-protesta contra otro local de la misma cadena en Jackson, una nueva acción que terminó siendo bochornosamente conocida, entre otras cosas porque en este caso la movida no fue tan pacifica: durante tres horas, los blanquitos locales, cobijados por el departamento de policía y por varios agentes del FBI, que no intervinieron en ningún momento, acosaron a los tres manifestantes, les insultaron y humillaron, les tiraron por encima todo lo que tenían a mano (kétchup, mostaza, azúcar, sal), les golpearon e, incluso, les quemaron con cigarrillos. Y eso que de aquellos tres solo uno era de color… Anne Moody, una de las estudiantes…

¿Sirvió de algo? Sí. El movimiento iniciado por los Cuatro de Greensboro, como tantos otros pequeños gestos simbólicos que, en aquellos años convulsos, protagonizaron los descendientes de los esclavos estadounidenses, sirvió de algo, aunque tampoco de mucho.

Estados Unidos tardó unos años más en acabar con las leyes segregacionistas, presentes desde finales del siglo XIX, una vez abolida la esclavitud. Una trampa racista que consiguió eliminar los derechos de los negros estadounidenses, garantizados por su constitución, con la hábil estrategia del «Separated but Equal», separados pero iguales.

Y fue como consecuencia de otro acto heroico: la desmedida represión que las fuerzas de seguridad aplicaron contra unos manifestantes pacíficos en el famoso puente Edmund Pettus de Selma, Alabama, el 7 de marzo de 1965, en un marcha que marcó un hito y que lideró el gran Martin Luther King Jr. El presidente Lyndon Johnson se vio obligado, ante la avalancha de protestas, a modificar la constitución para abolir la discriminación racial y la segregación. Entre otras cosas, la nueva ley permitió que muchos afroamericanos pudiesen votar, por fin, en algunos de los estados más segregacionistas. En 1965, ojo.

Y todo comenzó por el pequeño desafío de cuatro hombres, de cuatro maravillosos Homo insolitus. Aunque, siendo estrictos, fue una mujer la que verdaderamente inició el movimiento por la defensa de los derechos civiles en Estados Unidos, una mujer que diez años antes, en 1955, se negó a ceder su asiento en un autobús a un blanco… pero esa es otra historia de la que algún día hablaremos.

Publicado el domingo 09-07-2017 en La Voz de Almería

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