Homo insolitus 22: La esposa del Cordero

A principios del siglo XIX, una señora de 63 años aseguró que había engendrado, de forma milagrosa y sin perder su virginidad, a una criatura que con su nacimiento daría inicio al apocalipsis y al fin de los tiempos. Se llamaba Joanna Southcott y esta es su historia.

Nació en Gittisham, una pequeña localidad inglesa del Condado de Devonshire, en 1750. Sus padres fueron unos humildes granjeros que no pudieron ofrecerle ningún tipo de educación, así que el destino implacable la condujo a la servidumbre y le llevó a trabajar como sirviente en varias casas de la zona.

Desde pequeña mostró unos sentimientos religiosos que rozaban el fanatismo, algo no demasiado raro en aquella época. Con tan solo quince años protagonizó su primera experiencia mística: una noche estaba junto a la cama de un señor para el que trabajaba, un anciano quisquilloso y moribundo conocido por su ateísmo y sospechoso de haber vendido su alma al diablo, cuando el tipo se incorporó y comenzó a decir que al otro lado de su ventana estaban «los perros negros del infierno» y que podía escuchar «los gritos angustiosos de los condenados». Joanna, atónita ante el sorprendente espectáculo, comenzó a notar, según describió años después, como el Espíritu Santo bramaba por sus venas, y decidió exorcizar al anciano, al grito de «Satanás, te ordeno en nombre de la palabra viva de Dios que te alejes y dejes en paz para siempre esta alma». Dicho y hecho. El moribundo, tras escuchar aquello, se desplomó y falleció en paz.

Su vida continuó sin ningún sobresalto, y sin conocer varón, hasta que en 1792, a los cuarenta y dos años, comenzó de nuevo a escuchar voces sobrenaturales. La primera vez, según explicó, después de oír varios golpes en las paredes de su casa, una voz le dijo: «Joanna Southcott, el Señor Dios se está despertando de su sueño y va a sacudir la tierra; habrá guerra y rumores de guerras. Las naciones se levantarán contra las naciones y los reinos contra los reinos. Habrás pestes, hambres y terremotos. La señal del Hijo del Hombre aparecerá en los cielos y Él vendrá sobre las nubes con poder e inmensa gloria. Vigila entonces, porque no sabréis la hora en que vendrá el Señor». La Providencia le había elegido como mensajera. Desde entonces comenzó a transcribir los extraños y crípticos mensajes proféticos que recibía en su mente y se acostumbró a sellarlos, argumentando que solo debían leerse una vez que las supuestas profecías se hubiesen cumplido.

Poco a poco fue captando seguidores, pero el pelotazo lo dio cuando consiguió convencer al obispo de Exeter de su don, tras vaticinar la muerte de su antecesor en el cargo con un mes de antelación. El vicario le animó para que publicase sus escritos, y Joanna le hizo caso y en 1801 publicó una recopilaciones de sus profecías con el título The Strange Effects of Faith, with Remarkable Prophecies… of Things which are to come («El extraño efecto de la fe, con profecías importantes… o de las cosas que vendrán»).

Además, comenzó a afirmar que era un enigmático personaje que aparece en el Apocalipsis de San Juan: «Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; estaba encinta, y gritaba, estando de parto y con dolores de alumbramiento» (Apocalipsis 12, 1-2). Una especie de «nueva Eva» o una nueva Virgen María, aunque a ella le gustaba denominarse como «la esposa del Cordero», que lideraría a los 144.000 elegidos que, según el último libro del Nuevo Testamento, se salvarían en el día del juicio final.

En 1802, comenzó a reclutar elegidos en Londres. Para conseguir la salvación en el día del arrebato bastaba con pagar unos cuantos chelines. Lucrarse no estaba reñido con la inminencia del fin del mundo.

Por si fuera poco, en 1813, a la edad de 63 años, comunicó que el mensajero angelical que llevaba años hablándole le había informado de que iba a dar a luz un niño, el mesías esperado del que hablaba el Apocalipsis, y se atrevió incluso a anunciar la fecha exacta de su llegada: el 19 de octubre de 1814. Poco después comunicó, en un libro titulado Third Book of Wonders (1813), que había sido fecundada por la divinidad, ya que ni estaba casada ni había conocido varón, aunque justificaba su castidad porque muchos años antes, en 1794, la voz celestial le había dicho que debía mantener pulcro su útero para alguien especial…

Imaginen. Se convirtió en la comidilla de Londres. Los escépticos se burlaban de toda esta pantomima; los periódicos progresistas publicaron tiras cómicas burlándose de las pretensiones de la profetisa, mientras que los medios conservadores discutían sobre las cuestiones científicas del milagro; y sus discípulos, encantados con la buena nueva, recaudaron cientos de libras para comprar una cunita especial y todo lo necesario para recibir al mesías por todo lo alto

Pero, cuando llegó el 19 de octubre, la multitud fanatizada que esperaba impaciente en la puerta de la casa de Joanna Southcott se dio con un canto en los dientes. No hubo parto. Para mayor desconcierto, la vidente propuso una nueva fecha: el 24 de diciembre, día de Nochebuena. Pero tampoco hubo parto. Tres días más tarde de la fecha señalada, el 27 de diciembre, murió, dejando a sus seguidores completamente atónitos.

En la autopsia, que ella misma había autorizado en vida, se descubrió que no estaba encinta, y que lo que tenía realmente era un tumor en el útero. Pero sus seguidores pensaron, que algo había pasado. Quizás las garras del maligno se habían apoderado de la criatura… El caso es que varios médicos habían certificado que estaba embarazada. Seis de los nueve que la visitaron, para ser exactos.

Fue enterrada el 1 de enero de 1815.

Pero aún hay más: Joanna afirmó haber introducido en un cofre cerrado unas cuentas revelaciones secretas de especial interés para Gran Bretaña que solo podrían ser leídas tras su muerte, cuando veinticuatro obispos de la Iglesia anglicana aceptasen su mensaje. Nada fácil. La caja fue pasando de mano en mano hasta que en 1927 llegó a manos de un personaje que bien merece su propio Homo insolitus: Harry Price, director del Laboratorio Nacional de Investigación Psíquica, una heterodoxa organización dedicada a investigar asuntos paranormales, auspiciada por la Universidad de Londres, que fundó él mismo en 1823. Price, conocido como «el Cazador de Fantasmas»,  tomó varias radiografías del interior de la misteriosa caja y pudo ver que contenía unos cuantos manuscritos garabateados, un gorro de dormir de señora, una pistola, un cubilete, un monedero, un par de libros y un billete de lotería. Pero, convencido de que en aquellos papeles estaban las profecías de Southcott, organizó un evento público para abrir la caja, aunque, desafortunadamente, solo acudió uno de los más de ochenta obispos que había invitado (el de Grantham). Aun así, desobedeciendo los deseos de la profetisa, procedió a abrirla. Se había equivocado. No había ninguna profecía.

Los seguidores de esta señora, los Southcottians, afirman desde entonces que esa caja era falsa y que la auténtica la custodian ellos, a la espera de que veinticuatro obispos se pongan de acuerdo para abrirla. Lo han intentado varias veces. El 8 de mayo de 1939, por ejemplo, se publicó una carta en el Sunday Times en el que apelaban a la Iglesia de Inglaterra para que les hiciese y así poder abrir la caja, advirtiendo de que una negativa podría ocasionar una catástrofe. No aceptaron. Unos meses más tarde, el 1 de septiembre, el Reino Unido declaraba la guerra a la Alemania de Hitler…

 

Publicado el domingo 15-10-2017 en La Voz de Almería

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