Homo insolitus 24: El hacha contra el alcohol

Las bebidas alcohólicas estuvieron prohibidas en Estados Unidos entre 1920 y 1933, aunque, curiosamente, no el consumo, que era considerado un derecho individual. Seguro que conocen algo sobre esta época gracias a las películas de gangsters. La culpa la tuvo un tipo llamado Andrew Volstead, presidente de una comisión judicial organizada por la Casa Blanca para tratar este espinoso asunto y principal redactor de la Ley Volstead, más conocida como Ley Seca. Pensaban, algo ingenuamente, que el alcohol era el culpable de gran parte de los males de la sociedad yanqui y que los podrían solucionar prohibiéndolo. El propio Volstead vislumbraba un futuro utópico cuando se consiguiese destruir la masiva embriaguez:

«El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno».

Estaba terriblemente equivocado. Pero se entiende. Hacía años que diversos movimientos sociales luchaban contra el demonio del alcohol, entre los que cabe destacar la American Temperance Society (Sociedad Norteamericana por la Templanza), que se fundó en Estados Unidos en 1826 y se benefició del renovado interés que el país sentía por la moralidad y la religión. En doce años llegó a tener ocho mil agrupaciones locales y más de un millón y medio de miembros.

Pues bien, en el extremo más fanático de este movimiento se encontraba nuestra Homo insolitus de hoy. Las mujeres estadounidenses fueron especialmente activas contra el alcohol, ya que eran las más perjudicadas por el alcoholismo (de sus maridos), que llevaba a que la violencia doméstica fuese masiva y endémica. Carrie Nation, nuestra protagonista de hoy, la señora de la foto, una mujer que hacha en mano invadía tabernas y destruía todo lo que allí encontraba para combatir al demonio de la bebida, fue el mejor exponente de este movimiento por la templanza.

Nacida como Carrie Amelia Moore el 25 de noviembre de 1846, en el sur, en Kentucky, comenzó a luchar contra los males del alcohol tras un desastroso primer matrimonio con un tal Charles Gloyd, un alcohólico con el que se casó en 1867 y que falleció menos de un año después, dejando a su viuda embarazada. Deshecha, decidió rehacer su vida, obtuvo la licencia para poder ejercer como maestra, y en 1877, diez años más tarde, se casó en segundas nupcias con un abogado y sacerdote texano llamado David Nation, dueño de una plantación de algodón en Houston (Texas). Carrie abandonó su apellido de soltera y pasó a llamarse Carrie A. Nation, nombre que formaba un bonito juego de palabras, ya que en inglés «carry a nation» se puede traducir libremente como «cuidar a una nación».

Una década después, en 1889, la familia se trasladó a Kansas. Allí, Carrie, aparte de administrar un hotel, comenzó a relacionarse con una rama de la American Temperance Society coordinada por mujeres. Al principio se limitada a asistir a las reuniones y a repartir propaganda por las calles pero con el paso del tiempo, ya en el nuevo siglo, su nivel de convencimiento de las maldades del alcohol colmó el vaso y pasó a la acción. La señora, que medía un metro y ochenta centímetros, nada normal para su época, se convirtió en el azote de los viciosos. Comenzó a liarla en todos los bares y tabernas del condado. Mientras recitaba frases de la Biblia, destrozaba las botellas de whisky y los barriles de cerveza a hachazos, convencida como estaba de que cumplía órdenes divinas. De hecho, consideraba que era una especie de «bulldog que corre a los pies de Jesús, ladrando a lo que él rechaza».

Claro, aquellas llamativas y violentas acciones contra los tugurios de Kansas y Misuri tuvieron consecuencias: entre 1900 y 1910 fue detenida unas treinta veces, pero casi siempre salía indemne con el pago de una multa, que solía sufragar con el dinero obtenido mediante donaciones y por la venta de unos pins en forma de hacha, modelos a escala de aquéllas con las que imponía su ley de sobriedad, y de unos botones con la inscripción «A Home defender» («Un defensor del hogar»).

La Asociación de Mujeres Cristianas Abstemias erigió en su honor una placa con una inscripción que decía: «Fiel a la causa de la abstinencia, hizo lo que pudo». Pero, siendo rigurosos, no fue la única. Otras muchas mujeres de estados sureños, especialmente de Kansas y Texas, se dedicaron a destruir bares desde mediados del siglo XIX. De hecho, Kansas fue el primer estado en el que se prohibió el alcohol (en 1881), aunque costó mucho aplicar allí la ley, lo que llevó a un incremento en la actividad de estos colectivos por la templanza.

Carrie A. Nation falleció en Leavenworth (Kansas) el 9 de junio de 1911. Nueve años después se impuso la desastrosa Ley Seca. No se consiguió frenar el problema del alcoholismo. Al revés, el problema se agudizó porque el alcohol se continuó produciendo y distribuyendo de forma clandestina, lo que produjo un incremento espectacular del crimen organizado y un descenso tremendo en la calidad de las bebidas. El pastel a repartir entre los mafiosos era enorme, ya que la prohibición había multiplicado el precio del alcohol, lo que a su vez agravaba el problema de los alcohólicos. Así, gracias a la prohibición se amasaron fortunas enormes, fortunas que apenas palidecieron con el Crack del 29 (ya que su dinero era ilegal) y que dejaron un reguero de sangre tremendo. Por si fuera poco, la población carcelaria se disparó, pasando de cuatro mil reclusos en 1920 a 26.859 en 1932. Hacer cumplir aquella ambiciosa ley costaba carísimo. Así, el presidente Roosevelt, dos meses después de tomar posesión de su cargo, derogó la Ley Volstead.

¿Lo único bueno de la Ley Seca? El Jazz.

Publicado el domingo 29-10-2017 en La Voz de Almería

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