Homo insolitus 3: El ciclista que dijo no al nazismo

Esta la historia de uno de esos héroes desconocidos que antepusieron la coherencia y el honor a su propia supervivencia; uno de esos grandes Homo insolitus que lucharon contra la barbarie con fuerza, valor y coherencia. Se llamaba Albert Richter, fue ciclista, nació en Colonia (Alemania) en 1912 y acabó pasando a la historia, a la pequeña historia… A la que mola.

Richter, como sus hermanos, recibió educación musical, que compaginaba con su trabajo en el taller de figuras en miniatura de su padre y con sus estudios elementales. Pero además, desde pequeño mostró un gran interés por el deporte, especialmente por el ciclismo. A los 16 años, en secreto, evitando que se enterase su padre, que calzaba un mal genio, comenzó a competir, hasta que una desafortunada lesión en la clavícula provocada por un accidente hizo que todo se descubriese.

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En aquellos tiempos, como bien sabrán, Alemania estaba entrando en una etapa ignominiosa de su historia: el mensaje racista, totalitario y terrible del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) de Adolf Hitler había conseguido calar entre los alemanes que, crecidos bajo la humillación que supuso la derrota en la Primera Guerra Mundial y el injusto, para ellos, Tratado de Versalles, se agarraron a esta nefasta opción política. Además, pese a que el NSDAP perdió las elecciones de 1932, consiguió alcanzar el poder gracias a una oleada de revueltas violentas que debilitaron a aquel inestable gobierno y lo llevaron al colapso. Finalmente, el jefe de estado, Paul von Hindenburg, terminó pactando con Hitler, quien fue nombrado canciller el 30 de enero de 1933.

Unas nuevas elecciones, en las que no participó el Partido Comunista, prohibido por la falsa acusación de haber incendiado el Reichstag, les otorgaron el control del Parlamento. Así, tras aprobar una serie de leyes que, en la práctica, despojaron al propio parlamento de sus poderes. nació el Tercer Reich y comenzó la barbarie.

Pues bien, durante aquellos años convulsos, Albert Richter, que ya había decidido dedicarse profesionalmente al ciclismo, comenzó a destacar gracias al empeño que puso y a la ayuda de su entrenador y representante, Ernest Berliner, un conocido ex campeón de ciclismo de origen judío.  Y lo hizo en París, ciudad en la que existía gran afición al ciclismo en pista, como en el resto de Europa, donde acabó triunfando y convirtiéndose en uno de los más importantes velocistas del mundo, junto al belga Jef Scherens y al francés Louis Gérardin, que, además de rivales, fueron sus grandes amigos ―eran denominados «los Tres Mosqueteros»―. Así, Richter ganó el Gran Premio de París, celebrado en julio de 1932, y el Campeonato del Mundo Amateur de Roma, en septiembre de ese mismo año; además, fue segundo en el  Campeonato Mundial de Ciclismo de Leipzig (1934), y tercero en todos los mundiales en pista desde 1933 a 1938.

«El alemán de ocho cilindros», como le llamaban los franceses, se acabó haciendo tremendamente famoso en Alemania, donde ganó durante varios años seguidos el campeonato alemán de velocidad, y su figura, pese al propio protagonista, se acabó convirtiendo en un símbolo del poderío de la raza aria, como sucedió con otros grandes deportistas alemanes de la época.

Pero Richter siempre se mantuvo coherente y nunca ocultó su desprecio hacia el rumbo político y social que estaba tomando su país con el avance del nazismo. No participó en los Juegos Olímpicos de 1936, que supusieron un desastre para el mundo y todo un baño de masas para Hitler y sus deportistas ―que arrasaron en el medallero―, aunque asistió como celebridad. Pero se negó a realizar el saludo nazi, como hizo en otros muchos eventos.

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Del mismo modo, siempre rehusó llevar el traje oficial, con la omnipresente esvástica, cuando competía por su país: seguía compitiendo con la vieja águila imperial en el pecho. Existen algunas imágenes de la época que muestran estos pequeños actos de honor que hoy, posiblemente, no sabríamos apreciar, pero que mostraban un valor y un coraje extremos.

Además, se negó a sustituir a su entrenador, Ernst Berliner. Y eso que desde 1934 le prohibieron trabajar con él por sus raíces judías, pero Richter continuó a su vera en los campeonatos que se celebraban fuera del país. Un tiempo después, cuando la barbarie nazi se fue extendiendo, Berliner se vio obligado a huir del país para evitar que le capturase la Gestapo. Y Richter, no solo le apoyó, sino que se marchó con él a competir en Francia.

Pero en septiembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial y todo se complicó: el estado alemán le exigió incorporarse a filas, planteándole que podía convertirse en un espía que desde los velódromos europeos informase servicialmente al Reich de lo que pasaba en los países del entorno. Richter se negó y decidió huir del país rumbo a Suiza, acompañado solo por su bicicleta, un par de esquíes, dos maletas y un poco de dinero.

Desafortunadamente, fue delatado por algún maldito bastardo y la Gestapo le detuvo en la frontera a finales de 1939.

Fue ejecutado el 2 de enero en la cárcel de Lörrach. Los nazis, siempre dispuestos a manipular la verdad, dijeron que había sido un suicidio, que Richter se había terminado avergonzando de su amistad con los judíos y que purgó su culpa ahorcándose. Pero no había sido así. Le asesinaron.

Su entrenador y amigo, Berliner, volvió a Alemania tras la guerra con la intención de que se investigará la muerte del ciclista, pero no tuvo éxito.

Finalmente, la historia reparó el daño y limpió el nombre de Albert, al que terminaron dedicando, a modo de homenaje póstumo, un velódromo que se inauguró en 1997 en su Colonia natal.

Gracias, querido Richter.

Publicado el domingo 7-05-2017 en La Voz de Almería

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