Homo insolitus 30: Me tapas el sol

«Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro» o «el único medio de conservar el hombre su libertad es estar siempre dispuesto a morir por ella». Alguien capaz de soltar semejantes genialidades se merece un Homo insolitus. Pero el autor de estos dos aforismos hizo algunos méritos más. Se trata, por si no lo habían adivinado, de uno de los filósofos más interesantes de la antigüedad, nada más y nada menos que Diógenes de Sínope, aquel que decidió vivir en un tonel, que se masturbaba en público, comía carne cruda y se pronunciaba a favor del incesto y del canibalismo. Diógenes el Cínico.

Lamentablemente, como el tipo decidió no legar ningún escrito para la posteridad, y como muy pocos hablaron sobre su vida y obra, apenas conocemos nada sobre él. Y lo poco que conocemos se debe al capitulito que su tocayo Diógenes Laercio le dedicó en su Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres y a alguna que otra leyenda no del todo contrastada.

Así, se sabe que nació en Sínope, una colonia griega situada en la orilla sur del Mar Negro, hacia el año 412 a. C. Su padre, un tal Hicesias, fue un falsificador de moneda y contaba con su hijo como cómplice, según el propio Diógenes expresó. No duró mucho su actividad criminal y, tras ser descubiertos, nuestro protagonista se vio obligado a huir de Sínope. «Ellos me condenan a irme y yo les condeno a ellos a quedarse», fue su irónico comentario.

Tras deambular un tiempo por Esparta y Corinto, acompañado de Manes, un esclavo que hacía las labores de criado, puso sus pies en Atenas. Nada más llegar, Manes le abandonó y Diógenes, con su humor característico, afrontó su mala suerte diciendo: «Si Manes puede vivir sin Diógenes, ¿por qué Diógenes no va a poder sin Manes?»

En Atenas encontró un maestro en el filósofo Antístenes (444-365 a. C.), un discípulo y amigo de Sócrates que, tras la muerte de este, fundó una escuela en el santuario y gimnasio de Cinosargo. Del nombre de este lugar, que significaba «perro ágil», surgiría el mote que posteriormente tendría esa escuela y sus seguidores: los cínicos, del griego κυνικος (kynicos, «similar a un perro»). En resumidas cuentas, su doctrina principal era que la felicidad y el bien se conseguían viviendo una vida simple, apegada a la naturaleza y, sobre todo, autónoma. Despreciaban las riquezas y los lujos y se centraban en ver la vida pasar, tranquilamente. El cinismo tuvo bastante presencia en el mundo griego y llegó a ejercer cierta influencia con la llegada del Imperio romano. De hecho, alguno ha llegado a proponer que Jesús de Nazaret era un filósofo cínico, pero esa es otra historia…

Antístenes rechazó en un primer momento a Diógenes e incluso empleó la violencia para apartarle de su lado, pero lo terminó admitiendo en vista de su insistencia. «No hay un bastón lo suficientemente duro para que me aparte de ti, mientras piensa que tengas algo que decir», le dijo.

En poco tiempo Diógenes había superado a su maestro en reputación y austeridad, llevando al extremo el modo de vida anacoreta, el rechazo de todo lo mundano y el desprendimiento absoluto de todo lo innecesario. Además, se mostró abiertamente crítico y militante contra las instituciones, los valores tradicionales y el sistema de clases ateniense. Se consideraba ciudadano del mundo y veía absurdo todo aquello. De hecho, tanto despreciaba lo mundano, que, considerando que los hombres obedecen a sus deseos como los esclavos a sus amos, renunció también al amor y al sexo, aunque consideraba que el coito era una necesidad física.

Así, este «Sócrates delirante», como le llamaba Platón, caminaba descalzo, iba siempre rodeado de perros, se masturbaba en el Ágora―en una ocasión le apercibieron por ello, a lo que respondió sonriente: «¡Ojalá, frotándome el vientre, el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!»―, dormía en los pórticos de los templos, envuelto solo en su capa, y vivía en un tonel. Se dice que terminó deshaciéndose de su escudilla cuando vio beber agua a un muchacho con el hueco de sus manos, y que iba con un candil por las calles de Atenas, a plena luz del día, gritando «busco un hombre honesto!».

Diógenes y Alejandro Magno, parodia de Edwin Landseer (1848).

 

Existen un montón de anécdotas sobre su vida y conducta que nos pueden ayudar a entender como pensaba este señor, que, más que hablar filosofía, vivía la filosofía. Por ejemplo, se cuenta que en cierta ocasión, mientras asistía a una lección de un discípulo de Zenón de Elea, un filósofo que negaba el cambio y el movimiento (como su maestro Parménides), se levantó, se puso a caminar y dijo aquello de «el movimiento se demuestra andando». Otro día, un adinerado ateniense le invitó a un banquete en su despampanante mansión, poniéndole como única norma que no escupiera en el suelo para no mancharlo. Diógenes, tras aclararse la garganta con unas efectivas gárgaras, le escupió en toda la cara y le espetó que no había encontrado otro sitio más sucio para hacerlo.

Otra leyenda, narrada por Menipo de Gadara, otro cínico, cuenta que Diógenes, en un viaje a Egina, fue capturado por unos piratas y vendido como esclavo. Cuando fue puesto en venta, le preguntaron qué sabía hacer y respondió «Mandar. Comprueba si alguien quiere comprar un amo». Al parecer fue comprado por un tal Xeniades de Corinto, quien le hizo libre de nuevo y le convirtió en tutor de sus hijos, pasando el resto de su vida en Corinto.

Allí, durante la celebración de los Juegos Ístmicos, se dice que tuvo un encontronazo con el mismísimo Alejandro Magno, que estaba interesado en conocer al filósofo antes de emprender sus aventuras conquistadoras por Asia ―recuerden que había sido educado por Aristóteles―. El joven macedonio se acercó, se le presentó y le preguntó si podía hacer algo por él, a lo que Diógenes respondió «Sí, tan solo que te apartes porque me tapas el sol». Alejandro, maravillado, dijo: «De no ser Alejandro, habría deseado ser Diógenes».

Sobre la muerte de Diógenes circulan muchas versiones. Unos plantean que se murió de una indigestión tras jalarse un pulpo vivo. Otros que por culpa de un bocado de un perro. Y otros, los más imaginativos, plantean que simplemente decidió morir. Y con dejar de respirar la bastó. Incluso se dice que sus últimas palabras fueron: «Cuando me muera echadme a los perros. Ya estoy acostumbrado».

¡Ah1, por cierto, según la leyenda, murió el mismo día que Alejandro, aunque este en Babilonia y el filósofo en Corinto. Lástima que no se sepa seguro qué día murió el famoso conquistador…, aunque sí el año, el 323 a. C.

Publicado el domingo 17-12-2017 en La Voz de Almería

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