Homo insolitus 32: El fabricante de lluvia

El 14 de enero de 1916 comenzó a llover en San Diego (California) y apenas paró durante dos semanas, provocando la mayor catástrofe natural que se recuerda en la zona, con decenas de personas fallecidas, varias presas colapsadas y miles de casas destrozadas. Lo curioso es que esto pasó unas semanas después de que el Consejo Municipal de San Diego acordarse pagar 10.000 dólares a un tal Charles Hatfield, que decía ser un moisture accelerator («acelerador de humedad»), si conseguía llenar en el plazo de un año el lago Morena, la principal reserva de agua de la ciudad, a unos 80 kilómetros de distancia. Las autoridades estaban alarmadas ante una sequía que se estaba prolongando más de lo normal, o al menos eso dijeron.

El tal Charles Hatfield era en realidad un simple vendedor ambulante de máquinas de coser nacido en Fort Scott (Kansas) en 1876, aunque vivía en San Diego, junto a su familia, desde 1886. ¿Cómo llegó a convertirse en un fabricante de lluvia? Hatfield ni cursó estudios ni tenía conocimientos especiales de química o meteorología, pero comenzó a fabricar lluvia a los veintidós años, en el rancho de su padre, tras leer War and the Weather, or the Artificial Production of Rain, un libro escrito por un ingeniero civil de Chicago llamado Edward Powers en 1871, que, partiendo de la convicción de que después de cada una de las grandes batallas de la Guerra de Secesión estadounidense hubo una fuerte tormenta, planteó que las explosiones, el calor y el humo de la pólvora facilitaban las precipitaciones. De hecho, Hatfield sabía que su propio gobierno había financiado unos experimentos que se llevaron a cabo en agosto de 1891 en Texas, inspirados en aquel libro. Eso sí, fueron un rotundo fracaso.

Tenía otra teoría: comprobó que las fuertes lluvias de las zonas costeras venían precedidas por tormentas de polvo, y pensó que, si se añadían partículas artificiales a las nubes, la humedad podría condensarse en forma de gotas de lluvia. Y así, en 1903, con veintisiete años, decidió comprobar si funcionaba su idea. Se subió a lo alto de la torre del molino de su granja y comenzó a llenar varias ollas de agua hirviendo a las que añadía una apestosa mezcla secreta de varias sustancias químicas. Gracias a los vapores resultantes, pensaba, aparecería la lluvia. Y así fue, al día siguiente comenzó a llover levemente. Aquello funcionaba.

Poco después, tras repetir con éxito decenas de pruebas más, firmó su primer contrato con un terrateniente de Los Ángeles. Desde entonces, fabricó lluvia, o lo intentó, en decenas de fincas y ciudades de Estados Unidos.

El método era siempre el mismo. Levantaba unas altas torres, de unos siete metros de altura, en las que instalaba unos tanques de evaporación llenos de su pócima secreta. No siempre tuvo éxito, pero las pocas veces que atinó ayudaron a que se convirtiese en toda una celebridad. De ahí que a finales de 1915 las autoridades de San Diego se pusiesen en contacto con él y le propusiesen el acuerdo que les comentaba antes. Eso sí, no se firmó ningún contrato por escrito, dado lo extravagante de la apuesta. Aun así, Hatfield, confiado, comenzó a instalar sus torres en las cercanías del lago Morena el 1 de enero, y los pocos días comenzó a liberar sus productos químicos.

Las primeras lloviznas cayeron el 10 de enero, pero Hatfield continuó arrojando humos pestosos. Y el 14 de enero, como veníamos diciendo, comenzó el diluvio, para gran regocijo del concejo municipal. Pero pronto se desató el caos. El río San Diego, que generalmente va seco, se desbordó varios kilómetros a cada lado, inundando miles de hectáreas de cultivo. Cientos de granjas y carreteras quedaron destruidas y se perdieron miles de cabezas de ganado y varias misiones históricas.

Pero lo peor estaba por venir. El 25 de enero llegó una tormenta todavía peor. El 27 de enero se rompió la presa Lower Otay, lanzando una gigantesca ola de doce metros hacia el valle del río San Diego, que ya llevaba desbordado diez días. Imaginen. Las ciudades de Otay y Las Salinas, así como miles de granjas, quedaron destruidas. Al día siguiente, otra presa cercana, la de Sweetwater, sucumbió y el agua liberada inundo miles de hectáreas del Mission Valley.

Entre el 14 y 30 de enero de 1916 llovió cuatro veces más que la media anual de un mes de enero en San Diego, ciudad característica por su sequía, y más que en todo el resto del año 1916. Los habitantes del condado estuvieron sin agua, sin electricidad y sin ferrocarril durante semanas. Hubo entre veinte y cincuenta fallecidos.

El lago Morena se llenó hasta rebosar. Hatfield no se percató de la catástrofe que estaba sucediendo, ya que llevaba varias semanas asentado, junto a su hermano, en el lago. Solo cuando vio que había cumplido el objetivo, decidió bajar hasta San Diego a por sus diez mil dólares.

No esperaba encontrar lo que se encontró.

Los lugareños, convencidos de que era culpa suya, estuvieron a punto de lincharle. Por si fuera poco, el Consejo Municipal se negó a pagarle, amparándose en que solo una parte del agua que se acumuló sobre la presa se le podía atribuir, y en que no había ningún contrato escrito. Hatfield reclamó en los tribunales, pero el fiscal le dijo que, en caso de aceptar que la lluvia había sido cosa suya, tenía que hacerse cargo de las responsabilidades derivadas de las brutales inundaciones, que por aquel entonces se calculaban en unos tres millones y medio de dólares. Aun así, Hatfield decidió continuar.

Finalmente, en 1938, veinte años después, un juez dictó sentencia y dejó claro que la lluvia había sido cosa de Dios y que Hatfield no había tenido nada que ver.

Y efectivamente, así parece que fue. Se sabe que cada cuatro o cinco años se producen lluvias torrenciales en aquella zona de California. ¿Era un estafador? Tampoco está claro. Parece ser que se lo tomaba en serio y que llegó a ser todo un experto meteorólogo amateur. Además, este desastre no le vino mal del todo. No cobró, pero se hizo famoso y, desde entonces, recibió un montón de encargos de regiones con sequía para que fabricase lluvia.

Falleció el 12 de enero de 1958, a los 82 años, en Pearblossom, California. Se llevó consigo la composición de su fórmula para hacer lluvia. A modo de homenaje, se construyó en su honor un pequeño monumento de granito conmemorativo con una placa tallada con la inscripción «Hatfield the Rainmaker» y un resumen de su historia… Todo un Homo insolitus.

Publicado el domingo 14-01-2018 en La Voz de Almería

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