Homo insolitus 33: La primera poetisa negra

El 11 de julio de 1761 la nave de esclavos Phillis atracó en Avery Wharf, Boston (Massachusetts). Dos días después, The Boston Gazette publicaba el siguiente anuncio: «Recién importados, de África, un buen número de esclavos jóvenes de primera categoría, traídos desde Windward Coast [entre las modernas Liberia y Costa de Marfil], serán vendidos a bordo del barco por el capitán Gwin, en el puerto de New-Boston». En aquel cargamento humano venía una niña, posteriormente conocida como Philis Wheatley, que con el tiempo se convertiría en la primera poetisa negra de Estados Unidos y en una de las primeras mujeres que publicó un libro en las colonias inglesas en América. Toda una Homo insolitus a la que pretendo rendir homenaje hoy.

Piensen, por un lado, que aquellas colonias existían desde hace apenas cincuenta años atrás: en 1607 se levantó el primer asentamiento en Virginia, y en 1620, el segundo, en la bahía de Massachusetts, al norte de la costa este. Si bien la colonia de Virginia tenía un carácter puramente económico, la del norte, paradójicamente, fue fundada por puritanos protestantes ingleses que huían de las persecuciones de Inglaterra y que cruzaron el charco en busca de libertad, la misma libertad que, desde un primer momento, negaron a los nativos americanos (que masacraron sin piedad cuando dejaron de ser útiles) y a los esclavos africanos, mano de obra gratuita que contribuyó al éxito de las colonias, tanto en el norte como en el sur.

Philsis Wheatley, nuestra protagonista, llegó al norte, al puerto de Boston, futura capital del estado de Massachusetts, cuando tenía unos siete años de edad. Allí fue comprada por el matrimonio formado por John y Susannah Wheatley como esclava doméstica. Pero los Wheatleys educaron a Phillis (a la que llamaron así por el barco en el que vino) como a sus dos hijos, Mary y Nathaniel: le enseñaron inglés, latín y griego, así como ciertas nociones de geografía y astronomía, y, por supuesto, le convirtieron al cristianismo.

La joven mostró especial predilección por la literatura, tanto que en 1667, con tan solo trece años, el Newport Mercury publicó un poema suyo, On the Death of the Rev. Mr. George Whitefield, la historia de dos hombres que casi se ahogan en el mar. Sobra decir que era el primer poema publicado por una esclava. Y vinieron muchos más.

Seis años más tarde, en 1773, volvió a hacer historia con la publicación de su primer libro, Poems on Various Subjects, Religious and Moral («Poemas sobre diversos temas, religiosos y morales»), una colección compuesta por treinta y tres poemas. Se convirtió en la primera afroamericana esclava en publicar un libro, y en la tercera mujer en hacerlo en las colonias. Eso sí, el libro tuvo que ser editado en Londres, ya que en Boston nadie quiso hacerlo.

Pero, para que vean el nivel, el libro incluía un prefacio en el que diecisiete hombres de Boston daban fe que efectivamente había escrito aquellos poemas. Uno de los firmantes fue John Hancock, un comerciante estadounidense que poco después se convirtió en presidente del Segundo Congreso Continental, además de ser la primera persona que firmó la Declaración de Independencia (1776). Es decir, todo un activista por los derechos de los colonos americanos en su lucha por la emancipación contra la madre patria, Inglaterra. De nuevo la paradoja: hombres que luchaban por su libertad pero que defendían la esclavitud en la misma tierra que querían liberar.

De hecho, la propia Wheatley fue una ferviente defensora de la independencia y escribió varios poemas en honor del comandante del Ejército Continental de las colonias durante la Guerra de Independencia, George Washington, futuro primer presidente de Estados Unidos. Tres años después, en 1776, éste le invito a visitarlo en su sede en Cambridge (Massachusetts), todo un hito.

No debería extrañarnos que muchos esclavos apoyasen la causa independentista de sus amos blancos. Pensaban, ilusos, que, si se conseguía, su situación iba a mejorar. No fue así. Al contrario. Pero durante un tiempo hubo cierta esperanza, como muestra uno de los propios poemas de Phillis: «Fue la Gracia la que me trajo desde mi tierra pagana; la que enseñó a mi ignorante alma a entender que hay un Dios, que hay un Salvador. Antes ni busqué ni sabía de la redención. Algunos ven a nuestra oscura raza con ojo desdeñoso, su color es un hito diabólico, dicen, pero, recordad, cristianos, los negros, tanto como Caín,  pueden ser refinados, y unirse al angélico tren».

Se presentaba, en resumidas cuentas, como una buena cristiana que luchaba contra la hipocresía social y racial de los esclavistas, que hacía suyo aquello de «ama al prójimo como a ti mismo» y que luchaba junto a ellos por la libertad de las colonias.

Pero no se pierdan un detalle que antes comenté brevemente: diecisiete hombres tuvieron que firmar para que quedase claro que aquel libro había sido escrito por una mujer, que, para más inri, era esclava. Es más, antes de que reconociesen su autoría, fue sometida a un duro interrogatorio, delante del mismísimo gobernador de Massachusetts (Thomas Hutchinson), para probar que, de hecho, había escrito sus poemas y poseía conocimientos de religión, mitología y latín.

Sea como fuere, su situación difería mucho de la del resto de esclavos de las colonias, no solo porque recibió educación y cariño por parte de los Wheatley, que incluso le dieron el permiso y los medios para viajar a Londres y publicitar su libro, sino porque consiguió comprar su libertad tras la muerte de Susannah Wheatley en 1774. De hecho, estuvo viviendo junto a su amo y sus hijos hasta 1778, cuando se casó con un afroamericano libre de Boston, John Peters, con el que llego a tener tres hijos, aunque dos de ellos murieron siendo niños, entre otras cosas por la pobreza constante y por las epidemias de viruela que arrasaban las colonias cada cierto tiempo.

No mucho después, su marido le abandonó. Phillis tuvo que dejar sus poemas y se vio obligada a trabajar en el servicio doméstico para algunas familias bostonianas. Ni siquiera pudo publicar un segundo volumen de poesías que tenía preparado porque nadie quiso apostar por su obra, aunque sí publicó, en 1781, un poema titulado Freedom and Peace, que expresaba sus esperanzas para los nuevos Estados Unidos de América.

Finalmente, el 5 de diciembre de 1784, Phillis Wheatley, la primera poetisa negra, falleció. Tenía solo treinta y un años. Su tercer hijo, el único que le quedaba, murió unas horas después.

Su segundo volumen de poesías nunca fue encontrado.

Máximo respeto.

Publicado el domingo 21-01-2018 en La Voz de Almería

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