Homo insolitus 37: El primero que saltó el muro

Ese hombre que ven en la foto es Hans Conrad Schumann, un soldado del Frente Popular Alemán (Nationale Volksarmee) que ha sido considerado el primer desertor de la extinta República Democrática Alemana (RDA) una vez comenzada la construcción del Muro de Berlín. Fue el primero en saltarlo, hazaña que le convirtió en todo un arquetipo de la libertad, aunque, como explicaré a continuación, nunca se sintió del todo libre. Esta esta es su historia

Schumann nació en 1942 en Luetewitzh, un bonito pueblo de Sajonia, en plena Segunda Guerra Mundial, y, después de una infancia anodina, hacia 1960 decidió alistarse en la policía estatal y solicitó el traslado a Berlín. Por aquel entonces aún no se había comenzado a construir el muro. Tras la contienda, Alemania había quedado dividida en cuatro zonas controladas por las cuatro potencias que había luchado contra Hitler: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la URRS. Conforme estos países se fueron distanciando, en parte debido a la política expansionista de Stalin, la situación en el país se fue volviendo cada vez más tensa, lo que llevó a que en 1949 se fundase la RDA, bajo el control directo de la Unión Soviética.

La frontera con la otra Alemania, la República Federal de Alemania, tuvo su máxima expresión en el tristemente famoso Muro de Berlín, aquel bochornoso tabique que separó el país en dos durante veintiocho años, construido para evitar el éxodo masivo hacia la zona occidental. Su construcción comenzó el 13 de agosto de 1961, dentro del Berlín Oriental. Dos días después, nuestro protagonista, Schumann, fue destinado a la esquina de las calles Ruppiner y Bernauer, con la misión de proteger y controlar el desarrollo de las incipientes obras. En aquel momento el muro era solo una alambrada de púas. Estando allí, los alemanes del lado occidental comenzaron a gritarle que saltase y huyese y Schumann, tras cerciorarse de que no estaba a tiro de ninguno de sus compañeros, y después de darle muchas vueltas, decidió saltar la valla, dejando caer su fusil. Un coche de la policía de la RFA, pendiente de lo que estaba pasando, se encargó de llevárselo y ponerle a salvo. «Tenía mucho miedo. Despegué, salté y entré al automóvil. En tres o cuatro segundos todo había terminado». Lo primero que hizo fue pedir un bocadillo. Había hambre.

Por allí andaba Peter Leibing, un fotógrafo alemán de veinte años que trabajaba para la agencia Contiepress de Hamburgo y que inmortalizó el momento en una serie de fotografías que pasaron a formar parte de la historia, sobre todo esta que acompaña nuestro Homo insolitus de hoy, una imagen que se convirtió en símbolo de la libertad, tras aparecer en las portadas de los periódicos de medio mundo, pero que también se empleó como apología del capitalismo. Por cierto, el otro señor que aparece en la fotografía, a la izquierda de Schumann, fue el anónimo responsable de una pequeña grabación cinematográfica del sorprendente salto. El vídeo está disponible en YouTube, y, todo sea dicho, cuando una vez en movimiento la escena, la épica de la proeza pierde algunos puntos. Pero bueno…

Schumann, tras permanecer varios días en un centro de refugiados, se estableció en Baviera a finales de septiembre. Al poco tiempo comenzó a recibir cartas de sus padres, que le imploraban para que regresase. No lo hizo, aunque estuvo a punto. Menos mal, porque, como años después se supo, aquellas cartas habían sido dictadas por la Stasi, la terrible policía de la RDA.

Nunca se sintió libre del todo. Ni feliz. Aunque se casó y tuvo un hijo, había dejado en el este a su familia y a todos sus amigos. Su vida, de lo más monótona, la pasó trabajando en la factoría Audi de Ingolstadt, donde estuvo cerca de dos décadas.

Veintiocho años después, el 9 de noviembre de 1989, asistió con la alegría a la caída del muro. Ahora era libre de verdad. Un par de semanas después regresó a su tierra, a Sajonia, pero solo encontró el rechazo de los que se habían quedado allí. Nadie quería hablarle.

Schumann participó en algunos eventos durante el proceso de reunificación de Alemania, convertido en una estrella efímera y aclamados por multitudes. Su imagen se convirtió en todo un símbolo, como la del miliciano de la foto de Capa o la de los marines que izaron la bandera yanqui en Iwo Jima. Y sigue siéndolo. Todavía se pueden encontrar camisetas con Schumann saltando el muro. Hasta ahí una escultura en su honor en la calle Bernauer de Berlín.

Pero la fama fue efímera y el regreso a la cotidianidad terminó en tragedia. No todo era tan bonito. Finalmente, el 20 de junio de 1998, víctima de una profunda depresión, acrecentada por sus problemas con el alcohol, se ahorcó de un árbol cerca de la ciudad de Kipfenberg, la ciudad en la que había vivido todo aquel tiempo. Tenía solo cincuenta y seis años. Fue su esposa quién le encontró.

No fue el único que saltó el muro, pero sí uno de los pocos que vivió para contarlo. Algunas cifras indican que unos dos mil quinientos lo lograron, pero cerca de trescientos, comprobados, dejaron su vida en el intento. El último fue un joven de veintiún años llamado Chris Gueffroy, que lo intentó durante la madrugada del 6 de febrero de 1989, nueve meses antes de la caída.

Murió de dos tiros en la misma frontera.

Publicado el domingo 25-02-2018 en La Voz de Almería

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