Homo insolitus 38: Astronomía zetética

Astronomía Zetética.

Parece mentira, pero de un tiempo a esta parte han aparecido numerosos personajes en la jungla de Internet que afirman que la Tierra es plana. Sí. Podríamos pensar que hemos caído en una trampa por culpa de la maldita ley de Poe, según la cual, sin la clara indicación del autor, es prácticamente imposible discernir si una afirmación es una sincera expresión de extremismo o una parodia del extremismo. Pero no, no es una parodia. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, sabiendo lo que sabemos, existan personas absolutamente convencidas de que de nuestro planeta no es esférico? Dejando aparte este fascinante enigma, hay que dejar claro que todo esto procede de un curioso personaje que a mediados del siglo XIX se enfrentó a la ciencia imperante y propuso esta atrevida teoría de la Tierra plana. Todo un Homo insolitus.

Se llamaba Samuel Birley Rowbotham, nació en Manchester (Inglaterra) en 1816, en el seno de una pudiente familia burguesa, y desde joven mostró gran interés por la Biblia y se mostró bastante escéptico con las modernas propuestas de los científicos, que, presuntuosos, creían poder explicarlo todo. Siendo un adolescente, abrazó las ideas socialistas de Robert Owen, uno de los pioneros del movimiento obrero en el Reino Unido, y a los diecinueve años decidió unirse a su proyecto utópico, ayudando a crear la comuna socialista de Cambridshire, en Las Fens (este de Inglaterra).

Un par de años después, en 1838, realizó un experimento en el río Old Bedford, un canal artificial de drenaje, construido a comienzos del siglo XVII, que tenía una extensión de unos 38 kilómetros y era prácticamente plano —tanto que se le conoce como The Bedford Level (el nivel de Belford)—. Rowbotham eligió un tramo de seis millas con la intención de ver si la Tierra realmente era curva. Si lo fuese, un barco en un extremo de aquel tramo no sería visible para otro en el otro extremo. La curvatura lo ocultaría. Y eso es lo que hizo: colocó un telescopio a veinte centímetros de altura sobre el agua y miró atentamente como un barco se alejaba por el canal. Lo curioso es que lo podía seguir viendo después de pasar aquellas seis millas. Por lo tanto, había conseguido demostrar que la Tierra era plana. Con un par. Claro, desconocía que esto se debía a la refracción atmosférica, un curioso fenómeno que se produce cuando la luz atraviesa la atmosfera, curvándose de manera que se puede ver algo que ya no está. Algo fácilmente comprobable, ya que se produce en cada ocaso, cuando el Sol se oculta por el horizonte: la refracción hace que se siga viendo aunque geométricamente está fuera de nuestra línea de visión.

Aun así, durante años, Rowbotham se dedicó a repetir el experimento y a dar conferencias de forma ambulante hablando sobre sus propuestas. Y poco después, en 1849, publicó un folleto de 16 páginas que se tituló Astronomía Zetética: una descripción de los numerosos experimentos que demuestran que la superficie del mar es un plano perfecto y que la Tierra no es un globo, en el que defendía a capa y espada una sorprendente y desconcertante cosmogonía llamada «Zetetic Astronomy» («Astronomía Zetética»), que, pensaba, era una explicación del mundo mucho más válida que la de los científicos.

Como evidencia aportó sus pruebas experimentales en el canal de Bedford, aunque, sobre todo, se amparó en indicios tomados de la Biblia.  La clave estaría en estos versículos del Génesis: «Entonces dijo Dios: “Júntense en un lugar las aguas que están debajo de los cielos, y que aparezca lo seco”. Y fue así. Y llamó Dios a lo seco tierra, y al conjunto de las aguas llamó mares. Y vio Dios que era bueno» (1, 9-10). Partiendo de la firme convicción de que el agua de los ríos y mares, cuando estaba inmóvil, era plana, dedujo que la tierra firme, que se asentaba según el texto bíblico sobre las «aguas inferiores», también lo era. Es decir, pensaba que bajo los continentes también había agua, «el Gran Abismo».

Así, nuestro planeta, según la astronomía Zetética, no era esférico, sino que tenía la forma de un disco plano.

Por otro lado, afirmaba que en el centro del disco terrestre estaba lo que, erróneamente, llamamos Polo Norte. Alrededor suyo estaban el resto de continentes, que a su vez estaban rodeados por los océanos. Y estos estaban limitados por un muro de hielo que cubría todo el exterior del disco terrestre, bajo el que se encontraba el Infierno, una inmensa cavidad gobernada por el fuego, de donde procedía la lava que expulsaban los volcanes. Eso sí, aunque lo tenía claro, no se atrevía a proponer una profundidad determinada, del mismo modo que no se mojó en las alturas del Cielo.

Por si fuera poco, aseguraba que el Sol, la Luna y las estrellas estaban a escasos cientos de millas sobre la superficie de la Tierra, más o menos a la distancia que va desde el centro, el Polo Norte, hasta el cabo de Buena Esperanza. Por lo tanto, todas estas luminarias celestes debían tener un tamaño mucho más pequeño del que se había pensado… La evidencia procedía, de nuevo, de la Escrituras: en este caso se hacía eco de la cronología de la Creación propuesta por Usher, que daba a la Tierra una antigüedad de unos 6000 años. Esto impedía que fuesen ciertas las osadas afirmaciones de los científicos que planteaban que las estrellas estaban a enormes distancias, tan enormes que la luz que emitían tarda miles de años en llegar hasta nosotros. Obviamente, como la creación no tiene más de seis mil años, la luz que vemos tiene que proceder de objetos mucho más cercanos…

Además, pensaba que la Tierra permanecía estática en mitad de la nada. Es decir, negaba los movimientos de rotación y traslación, ya que, en su surrealista cosmología, era el Sol el que orbitaba en torno al centro del disco terrestre (el Polo Norte) y siempre a una altura constante, es decir, en una órbita circular y concéntrica sobre la enorme planicie.

Por lo tanto, la Tierra está quieta, y el Sol, la Luna y las demás luminarias se mueven alrededor suyo.

Estas extravagantes propuestas, por extraño que pueda parecernos, gozaron de cierta popularidad, especialmente entre los cristianos más fundamentalistas, y llegó a tener numerosos seguidores. Claro, también recibió críticas despiadadas por parte de los pocos científicos que le prestaron atención.

Sus intereses fueron cambiando durante años, centrándose, ya en su vejez, en vender elixires de la eterna juventud, a base de fósforo libre, con el alias de Doctor Samuel Birley («Dr. Birley’s Syrup of Free Phosphorus»), que comercializaban algunos de sus seguidores. Falleció el 23 de diciembre de 1884, a los 68 años, como consecuencia del rápido deterioro físico que padeció tras caerse un par de meses antes al bajarse de un carruaje. Poco pudo hacer por él el fósforo libre…

No pudo disfrutar de este contemporáneo y delirante resurgir del terraplanismo.

Publicado el domingo 04-03-2018 en La Voz de Almería

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