Homo insolitus 4: El hombre que quiso matar a Bin Laden

El 1 de mayo de 2011 Osama Bin Laden fue ejecutado durante una acción militar del ejército de Estados Unidos en Pakistán. Dos días más tarde, los medios se hicieron eco de algo increíble: un tal Gary Faulkner, oriundo de Greeley, Colorado, reclamaba una cuarta parte de los 27 millones de dólares de recompensa que había prometido el gobierno estadounidense por una información fiable sobre el paradero del terrorista. Aseguraba que había jugado «un importante papel en esta impresionante operación, haciéndole bajar de las montañas y bajar a los valles».

«Asusté a la ardilla y la hice salir de su agujero, asomó la cabeza y la capturaron», dijo.

El tipo había saltado a la palestra unos meses antes, el 13 de junio de 2010, cuando la policía le detuvo mientras intentaba cruzar la frontera entre Pakistán y Afganistán. Iba vestido con la tradicional túnica paquistaní y lucía una larga y descuidada barba, con el objetivo de pasar desapercibido entre los lugareños. No cayó en que las Ray-Ban y las robustas botas de militar que llevaba le delatarían. Tampoco ayudó su rostro.

Además, iba equipado con una simple pistola china de calibre 30, una espada samurái, unas esposas de plástico, un mapa, una pequeña china de hachís, un equipo de visión nocturna para aficionados, varios libros de literatura cristiana y la Biblia del Rey Jacobo.

Todo un Homo insolitus.

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Faulkner, que tenía en aquel entonces 52 años, aseguraba que estaba allí con el objetivo de capturar a Bin Laden y llevarlo a Estados Unidos para que se hiciera justicia, aunque reconoció que no le hubiese importado cortarle la cabeza y vengar a sus víctimas él mismo. Llevaba tiempo intentándolo, ya que, según confesó a la policía pakistaní, era la quinta vez que viajaba hasta aquella región controlada por los talibanes, donde se pensaba que podía estar el terrorista.

Terminó siendo liberado sin cargos. Afirmó que las autoridades locales conocían sus planes y que su captura había sido un montaje: no querían que atrapase a Bin Laden porque querían hacerlo ellos. Como es normal, la policía investigó el estado mental de aquel señor, pero no encontraron nada anómalo. Sus propios familiares reconocieron que no estaba loco, sino que era un individuo profundamente religioso y muy patriótico y que «pensaba que debía hacerse y que podía lograrlo». Efectivamente, no tenía ningún problema mental diagnosticado, aunque sí una extensa carrera delictiva: pasó doce años en la cárcel, entre 1981 y 1995, por dos hurtos y varias intentonas de robo. Y había sido detenido en cuatro ocasiones más por delitos menores.

No había recibido ningún tipo de entrenamiento militar, ni conocía técnicas de espionaje, ni había estado nunca en aquella región, ni tenía la más mínima idea de los idiomas locales. Su hermano pequeño, el médico de cabecera Scott Faulkner, conocedor de sus tropelías y portavoz de la familia, afirmó que tenía cierta formación en artes marciales y que le gustaban muchos las espadas… Además, aseguró que el bueno de Gary había conseguido localizar la cueva en la que se escondía Bin Laden y que había estado a punto de contactar con él.

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Sí que tenía una grave enfermedad renal y necesitaba diálisis, lo cual es bastante curioso, porque su objetivo, Bin Laden, sufría una dolencia similar. El propio Faulkner afirmó que esperaba haber usado la máquina de diálisis del terrorista de haber conseguido atraparle…

Su obsesión comenzó desde el día en que se comenzó a señalar a Bin Laden como el culpable de los atentados del 11-S. Aquel día decidió que tenía que atraparle. En un primer momento pensó que la mejor forma de llegar era en barco, así que en 2004 compró uno y se echó al mar: partió desde San Diego rumbo al oeste, con la intención de atravesar el Pacífico. Según explicó, estuvo 21 días en el mar, hasta que una tormenta le arrojó hacia las costas de México. Fue su primer intento fallido. Al año siguiente se hizo con otro bote, pero un accidente con el mástil hizo que se dislocase el hombro. Así que lo vendió, compró un billete de avión y se marchó por primera vez a Pakistán, en la primavera de 2005. Viajó cinco veces más, y la última le pillaron. Aseguraba que se había ido acercando cada vez más a su objetivo, gracias a su intuición, a la información privilegiada que poseía y a la ayuda de Dios.

Faulkner afirmó que se había enterado de la muerte de Bin Laden cuando estaba a punto de conseguir un avión ultraligero con el que pretendía llegar a Afganistán. Ya antes había pensado utilizar un ala delta para llegar hasta la supuesta cueva, pero tuvo que cambiar de plan tras unas desastrosas pruebas que hizo en un acantilado cercano al Mar Muerto (Israel). Tres costillas rotas y el hombro dislocado. Volvió a intentarlo al año siguiente. Se destrozó las piernas.

Sea como fuere, tras su detención tuvo sus merecidos minutos de fama. Pero pasó y llegó el olvido. Se dedicó un tiempo a gestionar un complejo de apartamentos en Greely, Colorado. Y de nuevo se metió en algunos problemas legales que le llevaron a prisión durante unos meses…

Por cierto, no sabemos si alguien cobró alguna vez el dinero prometido por el gobierno estadounidense, ya que los informantes podían permanecer en el anonimato…

Soy un poco de todo: he hecho crack, he hecho crank, he hecho coca, he hecho yerba, he hecho de todo ahí fuera. He estado en la cárcel, ha naufragado, explotado, disparado, apuñalado. Mi historia no comienza aquí, sino que comenzó cuando tenía cinco años, la primera vez que intenté hacerle un puente a un coche.

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Publicado el domingo 14-05-2017 en La Voz de Almería

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