Homo insolitus 43: Los Hermanos Collyer

Cada cierto tiempo aparece alguna noticia en la prensa que habla de acaparadores extremos que se dedican a acumular durante años cantidades ingentes de basura en sus casas. Es lo que se conoce como síndrome de Diógenes, una afección psicológica que consiste en eso, en acumular compulsivamente objetos que, para la persona en cuestión, tienen algún sentido y, por ese motivo, los atesora, unas veces de forma ordenada y otras en un absoluto y poco higiénico caos. Difícil explicar las causas, aunque tiene que ver con el aislamiento social, la depresión o la propia demencia. Existen varios casos emblemáticos de este peculiar fenómeno, aunque, sin duda, uno de los más interesantes es este del que os voy a hablar hoy: la fascinante historia de los hermanos Homer y Langley Collyer, dos neoyorquinos que murieron asesinados por las propias trampas que habían colocado en su particular museo de la inmundicia para impedir que los forasteros entrasen.

Procedían de una de las familias más antiguas de la ciudad, los Collyer. Sus padres fueron Herman Livingston Collyer, un conocido ginecólogo, y Susie Cage, una antigua cantante de ópera. Homer, el mayor, nació en 1881 y estudio derecho en la Universidad de Columbia, profesión que ejerció hasta 1933. Langley, nacido en 1885, también estudió en Columbia (Ingeniería), aunque se dedicó a dar conciertos de piano, llegando a actuar incluso en el Carnegie Hall.

Vivieron juntos durante décadas en una casa tres plantas de piedra rojiza en Harlem, en el número 2078 de la Quinta Avenida (esquina con la Calle 128), a la que se habían trasladado sus padres en 1909, y donde vivieron tras el divorcio de ellos, en 1919, junto a su madre. Diez años después, tras la muerte de esta, los hermanos heredaron todo. Por aquella época aun socializaban. Homer seguía trabajando como abogado, y Langley trabajaba como vendedor de pianos.

Pero en 1933, Homer se quedó ciego por culpa de unas hemorragias en los ojos, y su hermano decidió hacerse cargo de sus cuidados. Convencido de que podía curarse gracias a la vitamina C, le alimentó durante años con una dieta compuesta por cien naranjas semanales, pan negro y crema de cacahuete. Además, comenzó a guardar los periódicos día tras día, para que, cuando recuperase la vista, pudiera leerlos. Fue el comienzo de su aislamiento, que se vio acrecentado por la creciente paranoia racial de ambos, molestos porque Harlem se estaba poblando de afroamericanos procedentes del sur. Langley decidió salir de casa solo por las noches y solo para comprar comida o coger cosas de la basura.

En 1937 decidieron cortar el teléfono porque, según explicó posteriormente Langley, no tenían nadie con quien hablar. Al año siguiente les cortaron el gas, la electricidad y el agua, por no pagar, y desde entonces vivieron a oscuras, sin calefacción y sin agua caliente. Cocinaban con queroseno.

En agosto de 1942, una periodista llamada Helen Worden se interesó por ellos y consiguió hablar con Langley una noche. Le preguntó si era cierto que tenían un bote de remos en el ático y un Ford T en el sótano. Langley respondió que sí, que se trataba de la canoa y del antiguo coche de su padre, un personaje bastante excéntrico ya que, según comentó, iba cada día al trabajo en la dichosa canoa. Además, explicó que estaba al cuidado de su hermano, que no podía moverse porque, además de perder la visión, se había quedado paralítico por culpa del reuma, y que vestía con ropas raídas para disimular su riqueza.

El artículo de Worden, publicado en el New York World-Telegram, convirtió a los Collyer en unas leyendas vivas. Pero también tuvo consecuencias: comenzaron a difundirse rumores sobre sus macabras actividades nocturnas y sus tesoros ocultos. Llegó a afirmarse que vivían sobre montañas de dinero porque no creían en los bancos, empezaron a ser hostigados por sus vecinos y sufrieron varios robos.

Después de que unos vándalos destrozasen sus ventanas a pedradas, las taparon con maderas, quedando absolutamente incomunicados del exterior. Fue entonces cuando Langley, desarrollando sus habilidades en ingeniería, comenzó a poner trampas explosivas por si a algún valiente se le ocurría entrar en la casa.

En noviembre de 1942, el Bowery Saving Bank comenzó los procedimientos de desahucio por el impago de la hipoteca de la casa durante tres años. Cuando la policía se presentó en la casa, encontraron a Langley en un hueco entre la basura. Ni corto ni perezoso, sacó su talonario y firmó un cheque por el importe de 6700 dólares que debían.

Cinco años después, el 21 de marzo de 1947, la policía recibió una llamada anónima que informaba de la muerte de un hombre en la casa. Después de forzar la entrada, y tras abrirse camino por un maremágnum de cajas llenas de periódicos y muebles apilados, a través de los túneles que los propios hermanos habían ideado, encontraron el cadáver de Homer sentado en una silla y vestido solo con un albornoz. La autopsia dejó claro que había muerto de inanición unas diez horas antes. Pero, por mucho que buscaron, no pudieron dar con el otro hermano, del que sospechaban que había sido el que había avisado a las autoridades.

Diez días más tarde, el 31 de marzo, un juez ordenó que se vaciase la casa. Encontraron más de veinticinco mil libros (solo de derecho había unas dos mil quinientas obras), centenares de listines telefónicos, cofres llenos de objetos sin usar (cientos de metros de sedas, porcelanas, cuberterías), docenas de tapices, alfombras y máquinas de coser, seis trenes de juguete, decenas de carritos de muñecas, cientos de paraguas, trece relojes de armario, cinco violines y 14 pianos de cola, entre otros muchos instrumentos musicales, y algo realmente perturbador: varios órganos humanos conservados en escabeche.

Langley ni siquiera asistió al funeral de su hermano, celebrado el 1 de abril. Aparecieron rumores que indicaban que había sido visto en Atlantic City, Maine y Delaware. Pero nada. No aparecía.

Dos días más tarde, el 3 de abril, se informó de que se habían retirado más de 50 toneladas de cosas. Otros cinco días después, y tras retirar una cantidad similar, encontraron el cuerpo de Langley, enterrado bajo una montaña de papel. Había muerto tras enredarse en uno de sus cables trampa explosivos. Estaba solo a tres metros de donde se había encontrado a Homer. Su cuerpo, en avanzado estado de descomposición, había sido casi roído por completo por las ratas.

El forense dictaminó que llevaba muerto cerca de un mes.

El 9 de abril se ordenó la demolición de la mansión, que fue destruida tres meses más tarde. Desde entonces, en aquel lugar se construyó un pequeño parque (un pocket park, «parque de bolsillo»), que aún se puede visitar.

Homer y Langley vivieron durante años en unos nidos que se construyeron sobre las pilas de basura, casi a ras del techo.

Aunque la mayoría de artículos que había en la casa no tenían valor, se hizo una valoración de unos 91000 dólares con lo que sí servía, una fortuna para la época. Cincuenta y seis personas, casi todos primos, reclamaron la herencia. Se lo repartieron, tras una decisión judicial, entre veintitrés herederos reales.

Publicado el domingo 22-04-2018 en La Voz de Almería

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