Homo insolitus 45: Omnia reliquit servare rempublicam

En el condado de Hamilton, en el estado de Ohio, se encuentra la ciudad de Cincinnati, una de las más importantes del medio oeste de Estados Unidos. La historia que les voy a contar hoy guarda relación con el origen del nombre de esta localidad, que en los tiempos de la conquista del oeste (mediados del siglo XIX) llegó a ser una de las ciudades más pobladas y prósperas del interior del país.

Cincinnati fue fundada en 1788 por varios colonos que se asentaron entre los ríos Little Miami y Great Miami, al norte del río Ohio, convirtiéndose en la primera ciudad fundada después de la Revolución americana (que concluyó con la independencia de Estados Unidos respecto a Gran Bretaña).

Un año después se levantó allí Fort Washington, en honor al presidente libertador, y en 1790, un tal Arthur St. Clair, gobernador del Territorio del Noroeste (que comprendía todas las tierras al oeste de Pensilvania y al noroeste del río Ohio), le puso el nombre de Cincinnati en honor a la Sociedad de los Cincinnatis, de la que era presidente, una sociedad fundada en 1783 por Henry Knox con la intención de preservar los ideales y la camaradería de los oficiales que habían combatido en el Ejército Continental contra Inglaterra durante la Guerra Revolucionaria.

Lo curioso es que esta sociedad, y por extensión la ciudad, recibió ese nombre por Lucio Quincio Cincinato (Cincinnatus en latín, que significa «de pelo rizado»), un patricio romano de la familia Quintia que vivió entre el año 519 y el 439 a.C. y que, asqueado por los trapicheos y los tejemanejes de los políticos romanos, se negó a participar en la vida política y se marchó a vivir en su finca, al oeste del río Tíber.

Como era un hombre prestigioso y de demostrado honor, fue llamado por el Senado romano en el año 460 a.C. y recibió el cargo de cónsul de reemplazo para mediar en un conflicto entre tribunos y plebeyos que, entre otras consecuencias, terminó con la muerte de uno de sus hijos. Pero Cincinato, en vez de intentar vengarse por la muerte de su vástago, renunció al cargo y regresó a su vida rural.

Dos años después, en el año 468 a.C., fue llamado de nuevo para ayudar contra la invasión de los ecuos y los volscos, que habían ocupado posiciones en el este del futuro imperio, y fue nombrado dictador, una magistratura extraordinaria que el Senado romano otorgaba en momentos de crisis con la intención de dotar de todo el poder en una sola persona de forma temporal (seis meses como mucho). Al parecer, un grupo de senadores fue a buscarle a su granja y se lo encontraron arando. Cincinato aceptó y en solo dieciséis días consiguió parar la invasión. Pero, para sorpresa de todos, dimitió como dictador y volvió a sus campos.

En el año 439 a.C. fue llamado de nuevo por su hermano, el cónsul Tito Quincio Capitolino, cuando ya contaba ochenta años, y fue nombrado, por segunda vez, dictador, con la intención de frenar las insanas maquinaciones de Espurio Melio, que había intentado dar un golpe de estado. Lo volvió a hacer, y renunció de nuevo al cargo, pero poco después falleció.

Si bien existen bastantes dudas sobre la veracidad de esta historia, contada entre otros por Tito Livio (en el tercer libro de su Ad Urbe Condita), Cincinato se convirtió en toda una leyenda para los romanos. No en vano, le entregaron en bandeja el poder supremo de Roma en dos ocasiones, y en las dos ocasiones renunció estoicamente por su falta de ambición personal y su exorbitante integridad. Era el arquetipo perfecto del romano con virtus. Todo un Homo insolitus.

Un caso parecido al bueno de George Washington, considerado un Cincinato de los días de la Revolución americana, ya que, como había hecho siglos atrás el patricio romano, renunció a seguir dirigiendo el Ejército continental después de la contienda, el 23 de diciembre de 1783, y regresó a su granja de Mount Vernon, en Virginia. Cuatro años después, le convencieron para que se reintegrase en la arena política, fue nombrado presidente (el primero del país) y después de dos legislaturas (entre 1789 y 1797), renunció de nuevo, regresó una vez más a sus tierras y se dedicó, entre otras cosas, a destilar bebidas espirituosas.

Dos años más tarde, el 14 de diciembre de 1799, falleció en su granja por culpa de un constipado que se complicó.

Lord Byron (1788-1824), en su Oda de a Napoleón (1814), dedicada a criticar con dureza al francés, aclamó a Washington como «el Cincinato del oeste, a quien la envidia no se atrevió a odiar». Por ese motivo la Sociedad de los Cincinnati, cuyo primer presidente fue Washington, eligió ese nombre. De hecho, su propio lema lo dejaba claro: Omnia reliquit servare rempublicam («Renunció a todo para salvar a la República»). Pretendían honrar así a los civiles que sirvieron heroicamente en la contienda por la independencia y que, una vez terminada la batalla, regresaron a sus tierra para construir un nuevo país.

Publicado el domingo 06-05-2018 en La Voz de Almería

 

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