Homo insolitus 51: Washoe

 

Nuestra Homo insolitus de hoy no pertenece al género homo, pero casi, ya que nosotros, los humanos, compartimos con su especie, el chimpancé común, un 98,70% de nuestro ADN. Somos primos lejanos, separados en algún momento lejano de hace unos seis millones de años, millón arriba, millón abajo. Y no, no procedemos de ellos, sino que tenemos antepasados comunes.

Se llamaba Washoe, era una chimpancé hembra, nació en el oeste de África en 1965 y, siendo aún un bebé, fue capturado por los militares estadounidenses del programa espacial para sus experimentos con simios.

En 1967 entraron en acción Allen y Beatrix Gardner, un matrimonio de psicólogos cognitivos que trabajaba en la Universidad de Nevada (en Reno). Algunos científicos llevaban un tiempo intentando conseguir que los chimpancés aprendiesen a emitir sonidos parecidos a los humanos. Por ejemplo, Keith y Cathy Hayes consiguieron que un chimpancé llamado Viki pronunciase las palabras “mum” (mamá), “dad” (papá), “cup” (taza) y “up” (arriba). Realmente era muy poco, pero la culpa no era de los científicos ni de Viki. Los chimpancés no tienen faringe, lo que imposibilita que puedan emitir sónicos vocálicos.

Pero los Gardner tuvieron la brillante idea de cambiar la perspectiva: en vez de intentar que los chimpancés hablasen, plantearon la idea de desarrollar su lenguaje corporal innato y el movimiento natural de sus manos.

Y lo intentaron con Washoe, que recibió ese nombre, precisamente, del condado en el que se encuentra la Universidad de Nevada (Condado de Washoe). La adoptaron cuando tenía solo diez meses (el 21 de junio de 1966) y la criaron durante un tiempo como si se tratase de un cachorro humano, hasta el punto de compartir con ellos comida y casa. De hecho, durante cerca de tres años, convivió con el hijo de la misma edad de los Gardner.

El objetivo era que Washoe aprendiese el ASL (American Sign Language, “lengua de signos americana”), y para ello se esforzaron en que todos los miembros de la familia se comunicasen en este lenguaje. Un par de años más tarde comprobaron que Washoe no solo era capaz de aprender los signos mediante condicionamiento activo, sino también observando y estudiando cómo los empleaban sus cuidadores. Así aprenden el lenguaje de signos los niños sordomudos y así aprendió la joven chimpancé.

Washoe llegó a utilizar, con el paso de los años, más de trescientas palabras del lenguaje de signos. Y lo que es más sorprendente, aprendió a construir frases sencillas y a mezclar las palabras para expresar nuevos significados que no había aprendido. Por ejemplo, Washoe detestaba los rábanos picantes y para expresarlo creó la combinación “comida daño llorar”. Al contrario, llamaba a la sandía “fruta caramelo”.

Expresaba sus emociones, pedía perdón, hacía bromas e, incluso, mentía. Tenía hasta un gesto para su nombre, formando con los dedos una uve doble.

En 1970 tuvieron que desplazarse al Instituto de Estudios de Primates de la Universidad de Oklahoma, donde les acompañó otro matrimonio de científicos (Roger y Deborah Fouts). Allí Washoe conoció a otros chimpancés, aunque en un primer momento sufrió un cierto shock al comprobar que no era una humana. Les llamaba “bichos negros”. Pero con el paso del tiempo comenzó a enseñarles a sus congéneres el lenguaje de signos.

Especialmente llamativo es el caso de Loulis, una hembra que fue adoptada por Washoe cuando tenía solo diez meses. Tres años después, Loulis empleaba unas veintiocho palabras que había aprendido de su madre adoptiva, y un par de años más tarde controlaba cerca del doble. Esto nos lleva a una conclusión importante: aprendió menos signos que su madre, que fue instruida por humanos, lo que indica que solo adquirió los conceptos que necesitaba o entendía.

Lo más interesante es que el pequeño grupo de chimpancés (formado por Washoe, Loulis y los machos Tatu y Dar) se comunicaba mediante signos incluso en ausencia de los humanos. Además, reinterpretaron algunas palabras. Por ejemplo, a partir del signo correspondiente a “heces” generalizaron a la palabra “sucio”, y poco después comenzaron a utilizar ese signo para expresar su enojo cuando alguno de sus cuidadores les negaba algo.

Un caso especialmente curioso tuvo lugar cuando una de las cuidadoras de Washoe faltó unos días al trabajo después de sufrir un aborto natural. A su regreso, la joven fue a disculparse con la chimpancé, que se solía enfadar cuando alguno de “los suyos” faltaba, y le explicó lo que había sucedido con signos: “mi bebé murió”. Washoe, después de pensarlo un rato, respondió tocando su mejilla y fingiendo secar su dedo como si hubiese mojado con una lagrima, como haría un humano.

Pero los chimpancés no lloran. Había aprendido que los humanos, cuando sufren, sí que lo hacen.

Por supuesto, el alcance del aprendizaje de Washoe y sus colegas chimpancés fue limitado. Sus capacidades máximas nunca fueron mayores que las de un niño de dos años. Además, sus discursos se limitaban a peticiones concretas y expresiones de estados emocionales. Nunca emplearon estos conocimientos adquiridos para coordinar ninguna actividad colectiva, por ejemplo.

Desde 1980, Washoe vivió en el campus de la Universidad Central de Washington, en las instalaciones del Chimpanzee and Human Communications Institute. Allí falleció el 30 de octubre de 2007, a los cuarenta y dos años. En su lecho de muerte estuvo acompañada por sus cuidadores humanos y por sus tres camaradas chimpancés.

Con el paso del tiempo, algunas voces críticas plantearon que el experimento no había sido tan exitoso como parecía. Otros proyectos parecidos, en efecto, no dieron el mismo resultado, aunque parece que era debido a que no se reprodujeron las mismas circunstancia vitales y de aprendizaje que se dieron en el caso de Washoe. Aun así, la mayoría de investigadores considera que los chimpancés están “cableados” de serie para comunicarse y tienen capacidades para desarrollar lenguajes muy básicos. Estos experimentos, hoy en día muy mal vistos por las nuevas concepciones éticas del colectivo científico, demostraron que los chimpancés son capaces de adquirir los principios rudimentarios de la mucho más desarrollada comunicación humana.

Es muy posible que el origen de nuestra capacidad para el lenguaje proceda de ese “cableado” que los chimpancés tienen y que desarrollan en determinadas circunstancias.

Sea como fuere, el desarrollo del lenguaje y, especialmente, del habla, permitió a los humanos convertirse en lo que son. O fueron…

Publicado el domingo 24-06-2018 en La Voz de Almería

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