Homo insolitus 53: El profeta durmiente

Con permiso de benjamín Solari Parravicini y Baba Vanga, el profeta más conocido e influyente del siglo XX fue Edgar Cayce, un vidente y psíquico estadounidense que, tras entrar en un estado de trance autoinducido, era capaz de diagnosticar enfermedades y de ofrecer una cura a las personas enfermas que a él acudían. Además, durante sus miles de canalizaciones recibió información sobre el pasado perdido de la humanidad y sobre el futuro inmediato. Todo un Homo insolitus.

Cayce nació el 18 de marzo de 1877 en el seno de una familiar de granjeros que vivía al sur de Hopkinsville (Kentucky). Su madre recordaba que, siendo un niño, jugaba con unos seres invisibles a los que llamaba “la pequeña gente” y que hablaba con su difunto abuelo. Pero su primera experiencia mística tuvo lugar en mayo de 1889, a los doce años, cuando se le presentó una señora con alas que le dijo que sus oraciones serían respondidas y que le podía ayudar a ser lo que quisiese. El joven dijo que le gustaría ayudar a la gente, especialmente a los niños enfermos.

En marzo de 1900, con veintitrés años, enfermó de una grave laringitis que le hizo perder la voz y le impidió seguir trabajando como comercial en el negocio de seguros que había montado con su padre. Así fue como comenzó a trabajar de aprendiz para un fotógrafo local.

Apenas podía comunicarse, excepto con leves murmullos, hasta que en marzo de 1901 llegó a la ciudad un hipnotizador llamado Hart “The Laugh Man” que se ofreció para intentar sanar a Cayce delante de toda una multitud congregada en la Ópera de Hopkinsville. Aceptó y, después de entrar en un profundo trance, se produjo el milagro: Cayce volvió a hablar como si nada. Pero al despertarse perdió la voz de nuevo. Así que decidieron repetir la experiencia para ver si conseguían solucionar el problema, pero no tuvieron éxito. Hasta que un hipnotizador local, Al Layne, se ofreció a ayudarle. En una de las sesiones, Layne le preguntó si podía identificar la causa de su mal y la forma de curarlo. Cayce dio unas instrucciones muy precisas: aumentar la circulación sanguínea en el área de la garganta. Y eso hizo. En pleno trance, su pecho y su garganta su pusieron de un rojo brillante y, al despertar, había recuperado la voz. Fue su primera lectura psíquica, el 31 de marzo de 1901.

Aquello dejó sin palabras a los lugareños. Y en poco tiempo comenzó a ser asediado por enfermos de todo el condado, convencidos de que Cayce podía sanarles. Pronto se hizo popular en la zona y comenzó a recibir ofertas para entrar en el negocio de las medicinas alternativas. Además, aprendió a autohiptonizarse para entrar en trance. Su método era sencillo: se tumbaba en un sofá, con la corbata y los cordones de los zapatos sueltos, cruzaba las manos sobre su pecho y se provocaba el trance hipnótico. De ahí que fuese conocido como “El profeta durmiente”.

Le sobraba con saber el nombre y la dirección de una persona para “recibir” información sobre ella.

En 1923 conoció a Arthur Lammers, un impresor aficionado a la metafísica y a la filosofía que le animó a intentar responder algunas de las grandes preguntas fundamentales de la humanidad durante sus trances. Cayce aceptó y comenzó a recibir información de otros temas en sus lecturas: psicología, parapsicología, reencarnación, vida después de la muerte, antiguas civilizaciones, interpretación de los sueños, percepción extrasensorial, aspectos inéditos de las religiones, etcétera.

Sus lecturas le ordenaron, además, que se mudase a Virginia Beach (Virginia), cerca del mar, donde podría desarrollar sus prácticas médicas. Se instaló allí en 1925 y fundó la Association of National Investigations junto a su hermano y varios inversores, dedicada al estudio “científico” de las lecturas. Un año más tarde, el 11 de octubre de 1928, se inauguró su famoso hospital, situado en la misma playa de Virginia Beach.

Fue el mejor momento de su vida, y el más prolífico, ya que durante la década de 1930 realizó la mayor parte de sus lecturas. Pero desde agosto de 1944 su salud entró en un profundo declive. Padecía un edema pulmonar, pero un accidente cerebrovascular (a finales de septiembre) le terminó confinando en la cama. Falleció el 3 de enero de 1945.

Le sobrevivieron dos de sus tres hijos, Hugh Lynn y Edgar Evans, herederos de los registros de las más de 14.000 lecturas que Cayce hizo desde 1923. La mayoría (9603) tratan sobre la salud, pero también dedicó muchas (1920) a los misterios de la vida (la mente, el alma, la reencarnación, la astrología, los sueños) y a otros temas, como las antiguas civilizaciones, el desarrollo espiritual o la importancia de la meditación y la oración (unas 956).

Pero si algo le hizo tremendamente popular, en vida, fueron sus profecías, unas sobre el futuro inmediato de la humanidad, pero otras tantas dedicadas a un futuro lejano y sorprendente.

Algunas se cumplieron, como sus vaticinios sobre el Crack del 29, la Segunda Guerra Mundial, el papel que jugaría Adolf Hitler, el regreso de los judíos a su Tierra Prometida, o que Estados Unidos, tras el fin la guerra, se convertiría en el garante de la democracia internacional y del advenimiento de “un nuevo orden de paz”, cuatro años antes de que existiese oficialmente la ONU.

Pero no siempre acertó. Por ejemplo, no atinó cuando afirmó en 1939 que cincuenta años más tarde, hacia 1989, los fenómenos psíquicos y paranormales serían aceptados y estudiados por la ciencia. Ni acertó con su predicción de que se iba a producir una inversión de los polos,  ni con su advertencia de que China “será un día la cuna del cristianismo”.

Queda por saber si se cumple su previsión (anunciada el 29 de junio de 1936) de que volvería reencarnado en el año 2158 en la Nebraska del futuro.

Publicado el domingo 16-09-2018 en La Voz de Almería

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