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Homo insolitus 62: El devorador de hígados

No sé si conocerán ustedes la película Las aventuras de Jeremiah Johnson, una sensacional obra maestra que dirigió en 1972 el gran Sidney Pollack y que le permitió a Robert Redford hacer uno de sus mejores papeles. Como buen amante del cine de los años setenta, siempre sentí especial devoción hacia esta película, devoción que se convirtió en puro amor cuando descubrí que se trataba de una adaptación de la historia de un tipo real, todo un Homo insolitus que merece la pena conocer con cierto detalle.

Su nombre real era John Jeremiah Garrison Johnston, nació en 1824 en una pequeña aldea de Nueva Jersey llamada Little York, y se educó en el seno de una conflictiva familia (de cinco hermanos) marcada por el carácter violento de su padre, Isaac Garrison. Tanto es así que, en cuanto pudo, dejó el hogar familiar y, tras trabajar un tiempo en una granja, decidió enrolarse como grumete en un barco ballenero. Tenía solo trece años, pero ya mostraba pinceladas del duro carácter que le caracterizaría, carácter que se iría fraguando durante los cerca de doce años que trabajó cazando ballenas. Cansado de este oficio, no dejó el mar, sino que se alistó en la Marina, durante la guerra de Estados Unidos contra México, aunque terminó desertando —tras herir a un oficial en una pelea— y decidió lanzarse hacia el oeste en busca de fortuna.

Como sabrán, la mayor parte de lo que hoy son los Estados Unidos, desde las montañas Apalaches hasta la costa oeste, era un territorio virgen donde solo vivían los nativos americanos, a los que poco a poco fueron arrinconando —y exterminando— los colonos europeos. Con la independencia del país del Reino Unido, comenzó una lenta pero constante conquista que terminó en 1848 con la adquisición de California. Aun así, aunque en el mapa tenía el país unas fronteras similares a las actuales, más de la mitad de aquellas tierras permanecían inexploradas. Hasta allí se dirigieron millones de europeos en busca de fortuna, sobre todo cuando en aquel mismo año, 1848, se descubrió oro en California y Oregón.

Fue en este contexto donde nuestro protagonista, después de cambiar su apellido por Johnson —recuerden, había desertado de la Marina—, tomó contacto con la terrible vida del hombre de frontera. Atraído en un primer momento por la fiebre del oro, se dirigió hasta la costa oeste, hacia California, pero, como tantos otros, no tuvo suerte. Lo intentó también en Montana, pero tampoco triunfó. Tuvo que buscarse la vida como pudo, trabajando como leñador, como vendedor de pieles, como fabricante y comerciante de whisky e, incluso, como explorador para el ejército a las órdenes del mítico general Miles Nelson.

Cuenta la leyenda que Jeremiah, tras instalarse en Montana, se casó con Cisne, una joven de la tribu salish, con la que tuvo un hijo y con la que se estableció en una cabaña en el bosque. Pero la desgracia tocó a su puerta cuando un fatídico día, mientras Jeremiah se encontraba ausente, su familia fue asesinada por una partida de indios crow. Fue el comienzo de una espiral de sangre y venganza. Jeremiah juró acabar con todos los crows que se encontrase. Y no solo eso. Juró que se comería sus hígados, órgano al que daban mucha importancia los nativos de aquella zona, ya que pensaban que resulta indispensable para el pase a la otra vida.

No tardó en pasar a ser conocido como John “el devorador de hígados” Johnson (John Liver-Eating Johnson). Los nativos le temían como si se tratase del mismísimo espíritu del mal hecho hombre.

Pero todo esto es un mito. Las crónicas exageraron en extremo sus “hazañas”, adjudicándole historias protagonizadas por otros, aunque sí que es cierto que era un tipo extremadamente violento, a lo que tampoco ayudaba su afición por la bebida ni su 1,80 de altura. Ni protagonizó una vendetta personal contra los indios crow (al contrario, se llevaba bien con ellos), ni se aficionó a comerse sus hígados, ni llegó a casarse nunca…

En realidad, el origen de esta leyenda procede de una historia bien diferente: al parecer, en 1868, durante una refriega con los indios sioux en la que se vio involucrado junto a varios leñadores, Jeremiah apuñaló a uno en el costado y, tras sacar el cuchillo, le ofreció a uno de sus compañeros de tropelías un cachito de hígado.

Es verdad que unos años antes de esta última anécdota, en el invierno de 1863, se unió a la caballería de la Unión para luchar contra los rebeldes sureños durante la Guerra de Secesión; pero también es cierto que solo estuvo cinco días porque, nada más cobrar su primera paga, se lo gastó en bebidas y decidió huir, aunque unas semanas después volvió a alistarse. Sea como fuere, en 1865, una vez finalizada aquella guerra fratricida, tras recibir sendos disparos en una pierna y en un hombro, regresó a Montana, buscándose la vida como proveedor de bienes y maderas para los buscadores de oro. Desde entonces sus enfrentamientos con los sioux y los lakota fueron continuos. De hecho, participó en algunas masacres famosas. Aunque, por otro lado, hacia negocios con ellos, vendiéndoles whisky y armas.

Pero, hacia la década de 1870, cuando ya contaba más de cincuenta primaveras, y tras trabajar esporádicamente como conductor de diligencias, como explorador, como actor en un show de circo, e, incluso, como Marshall en Red Lodge, Montana, construyó una cabaña en los bosques de esta última localidad y se retiró del mundanal ruido. Allí pasó más de una década.

Finalmente, en 1899, decidió terminar sus días en una residencia para veteranos de la Guerra de Secesión de Santa Mónica, California.

El 21 de enero de 1900 dejaba este mundo.

Publicado el domingo 16-12-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 61: El ¿verdadero? padre del cine

Siempre se ha dicho que el cine fue inventado por un par de hermanos franceses que el 28 de diciembre de 1895 proyectaron la que se considera la primera película de la historia, La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir (Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir). Ya saben, los hermanos Auguste y Louis Lumière. Esto es cierto en parte. Es verdad que estos hermanos, que patentaron su cinematógrafo el 13 de febrero de aquel mismo año, fueron los primeros en grabar y proyectar en público una cinta. Pero también es cierto que antes que ellos hubo varias personas que plantearon inventos similares. Otro francés, Charles-Emile Reynaud, patentó en 1888 un ingenio llamado praxinoscopio que venía ser una versión primigenia del cinematógrafo, aunque nunca consiguió proyectar imágenes reales, sino animaciones. Tres años después, Thomas Alva Edison, junto a su colaborador William Laurie Dickson, ideó un ingenio capaz de grabar y reproducir imágenes en movimiento, el kinetoscopio, aunque solo podía ser disfrutado de uno en uno. Por eso no se considera cine.

Pero hubo otro francés, todo un Homo insolitus, que, con bastante justicia, puede ser considerado como el padre del cine, aunque siempre con los necesarios matices. Se trata de Louis Aimé Augustin Le Prince, nacido en 1841, cuya historia merece la pena ser reseñada brevemente.

Le Prince conoció en su juventud de Louis Daguerre, el creador del daguerrotipo y uno de los padres de la fotografía. Fue así como nació su amor y su interés por intentar aprehender la realidad y, de hecho, llegó a ganarse la vida como fotógrafo. Hasta que en 1866, John Whitley, un amigo de la universidad (estudió Química), le ofreció un trabajo en un empresa de ingeniería de Leeds, Inglaterra. Le Prince se estableció allí, se casó con Elizabeth Whitley, hermana de su amigo, y unos años después, en 1871, montó junto a ella una escuela de artes en la que se prestaba especial atención a la fotografía. Cuatro años más tarde comenzó a obsesionarse, como tantos otros, por la posibilidad de captar imágenes en movimiento.

No fue fácil. Le llevó más de diez años, pero en 1886 consiguió terminar, mientras vivía en Nueva York por asuntos laborales, su primera cámara, un ingenio dotado con 16 objetivos que resultó ser un fracaso. No cesó en su empeñó, y dos años más tarde, patentó una segunda cámara, dotada ya con un solo objetivo. Y en esta ocasión sí que triunfó. El 14 de octubre de 1888 grabó en Leeds lo que se conoce como Roundhay Garden Scene (La escena del Jardín Roundhay), una toma de solo dos segundos, la primera de las cuatro tomas que se conservan de las rodadas por Le Prince (Accordion Player, Man Walking Around the Corner y Traffic Crossing Leeds Bridge, todas de dos segundos)

Lo había conseguido, pero aún era necesario perfeccionar tanto el método de rodaje como la proyección. Pero, siendo estrictos, había grabado en una película fotográfica imágenes en movimiento.

En 1890 decidió cruzar de nuevo el charco y presentar su invento en Nueva York, donde residía su mujer —un año antes habían obtenido la doble nacionalidad—. Pero antes de marchar fue a reunirse con su hermano en Dijon, Francia. Y es en este preciso momento donde comienza el misterio. Tres días después, tras visitar a su hermano, el 16 de septiembre de 1890, tomó el tren de regreso a París, pero nunca llegó a su destino. Nadie le vio bajarse. No se encontró su equipaje. Se había esfumado.

Tanto la policía francesa como la británica se lanzaron en su búsqueda, pero nunca apareció y, lo que es más inquietante, no se encontró ninguna pista. Pronto, como es normal, surgieron las especulaciones. Su familia estaba convencida de que alguien había acabado con él para arrebatarle su invento, pero otros pensaban que había desaparecido por voluntad propia o que había huido junto a un amante varón para ocultar su homosexualidad.

Nunca se supo. La policía le dio por muerto siete años después, en 1897. Un año más tarde, uno de sus hijos, Adolphe, testificó contra Edison argumentando que le había robado el invento a su padre. La sentencia tuvo una importancia tremenda ya que, aunque Edison fue absuelto, se le prohibió el monopolio de sus kinestocopios, lo que abrió la puerta a la llegada del cinematógrafo de los Lumière a América. Lo raro es que poco tiempo después Adolphe fue asesinado de un disparo y nunca se supo ni el motivo ni se descubrió al culpable.

La cuestión quedó en el olvido hasta hace unos años… Por un lado, en 2003, se encontró una fotografía en los archivos de la policía parisina de un hombre ahogado, en 1890, que se parecía mucho a Le Prince. Por si fuera poco, en 2008, algunos medios (como la revista Materials Today) se hicieron eco de una anotación en el cuaderno personal de Edison que decía lo siguiente: “Eric me ha llamado hoy desde Dijon. Está hecho. Prince ya no existe”… Aunque no está claro que se trate de un cuaderno auténtico del controvertido inventor y empresario estadounidense.

El misterio continúa. Pero lo que si debemos tener claro es que en 1888 Le Prince fue el primero en grabar imágenes en movimiento. Sí, no es cine propiamente dicho porque nunca se proyectaron sus breves tomas, pero nadie duda de que, si no hubiese desaparecido, con total seguridad lo habría conseguido antes que los Lumière.

Publicado el domingo 02-12-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 60: El trágico fotógrafo de la tragedia

El 26 de marzo de 1993, el New York Times publicó una terrible imagen de una niña sudanesa famélica con un buitre que parecía mirarle amenazante, como esperando el momento oportuno para hacerse con su presa. La fotografía fue obra de un fotógrafo sudafricano llamado Kevin Carter, que acabó ganando el premio Pulitzer, precisamente, gracias a esta impactante instantánea. Lo que pocos saben es que Carter se suicidó un año después, en 1994, cuando tenía solo 34 años.

Carter nació el 13 de septiembre de 1960 en Johannesburgo, en pleno Apartheid, y con tan solo 23 años comenzó a trabajar como reportero gráfico para  The Johannesburg Star, medio para el que realizó algunos reportajes sensacionales sobre las atrocidades del régimen racista sudafricano, con el cada vez se mostraba más crítico, pese a haber nacido, precisamente, en una familia blanca y privilegiada.

Diez años después, en 1993, se marchó a Sudán junto al también fotógrafo Joao Silva con la intención de informar sobre la guerra civil que se estaba desarrollando en aquel país y sobre la terrible hambruna que estaba asolando a sus gentes —dentro de la operación Lifeline Sudan organizada por UNICEF y otras agencias humanitarias—. Después de aterrizar en Nairobi, se trasladaron hasta la ciudad de Ayod. Y fue allí donde sucedió todo.

Carter explicó que observó la escena (según dijo una niña haciendo sus necesidades), la fotografió y no volvió a saber nada más de aquella niña. No se enteró de si el buitre se la comió o si logró sobrevivir. Eso sí, esperó un rato para intentar captar una toma aun mejor, con el buitre abriendo sus alas, pero no lo consiguió.

Unas horas después, Carter y Silva se marcharon a otro lugar de Sudán para continuar con su trabajo. Y unos días más tarde, el 26 de marzo, el New York Times compró la fotografía y la empleó para ilustrar un reportaje sobre la contienda africana escrito por Donatella Lorch. El impacto fue tremendo. Cientos de personas contactaron con el diario para informarse sobre qué había pasado con la joven de la imagen. A todos les dijeron que, según Carter, no pasó nada. El buitre se fue.

La imagen fue entendida como un símbolo de lo que estaba sucediendo en muchos países africanos: la niña representaba a la empobrecida y hambrienta población y el buitre al capitalismo… y Carter, como aséptico captador de la imagen representaba la indiferencia del resto de la sociedad. De hecho, fue criticadísimo por no haber hecho nada por ayudar a la joven en tan terrible situación. Muchos consideraron que el auténtico carroñero era él. Y no lo llevó demasiado bien…

Esto, junto con la muerte de un compañero y amigo, Ken Oosterbroek el 18 de abril de 1994, mientras cubría un tiroteo en Johannesburgo, hizo que entrase en una profunda depresión; aunque parece ser que ya la venía arrastrando desde un tiempo antes, debido, entre otros factores, a sus problemas con las drogas y a una personalidad algo desordenada.

El 27 de julio de 1994 Carter, unas semanas después de regresar a Sudáfrica, condujo hasta Parkmore, una zona cercana a Johannesburgo donde jugaba de pequeño. Aparcó el coche en un descampado, metió una manguera en el tubo de escape y colocó el otro extremo en la ventana del lado del conductor. Murió de intoxicación por monóxido de carbono. Tenía 33 años.

Esto dijo en su nota de suicidio:

“Estoy deprimido […] sin teléfono […] dinero para el alquiler […] dinero para la manutención de los hijos […] dinero para las deudas […] ¡¡¡dinero!!! […] Estoy atormentado por los recuerdos vividos de los asesinatos y los cadáveres y la ira y el dolor […] del morir del hambre ó los niños heridos, de los locos del gatillo fácil, a menudo de la policía, de los asesinos verdugos […] Me ido a unirme con Ken, si soy yo el afortunado. KC.”

Cuatro meses antes le habían concedido el Premio Pulitzer de fotografía.

João Silva, el fotógrafo que le acompañó en Sudán, contó un tiempo después una versión diferente de los hechos. La chica de la imagen estaba ya siendo atendido por los organismos humanitarios —lleva en su mano derecha, como pueden comprobar, una pulsera de plástico de la estación de comida de la ONU—. Además, la fotografía no mostraba la realidad. El buitre estaba a unos diez metros y no estaba pendiente de la criatura. Carter manipuló los objetivos de su cámara para que pareciese que estaba mucho más cerca.

Catorce años después, en el año 2007, un equipo de periodistas viajó al lugar y logró constatar que el pequeño había conseguido sobrevivir a la hambruna y a la guerra, aunque terminó falleciendo en 2003 por culpa de unas fiebres.

Su nombre era Kong Nyong.

Y en realidad era un niño.

 

Publicado el domingo 18-11-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 59: «Hágalo»

“Hágalo”, le dijo en una ocasión una señora llamada Rosa Parks a un conductor de autobús que le ordenó que cediese su asiento a un blanco bajo la amenaza de llamar a la policía en caso de no hacerlo. Ya hace tiempo les hablé del increíble gesto de valentía de otros Homo insolitus, los Cuatro de Greensboro, uno de tantos actos reivindicativos que desde mediados de los cincuenta protagonizaron los negros en Estados Unidos, hartos ya de la dichosa segregación racial. Un caso bastante conocido es el que nos ocupa hoy, el “Montgomery Bus Boycott”, o Boicot de los Autobuses de Montgomery. Vamos a ver qué pasó…

Todo comenzó un uno de diciembre de 1955, cuando una costurera afroamericana de 43 años, llamada Rosa Parks, que iba sentada tranquilamente en un autobús de la compañía Montgomery, se negó a ceder su asiento a un señor blanco que estaba sin sitio. Por aquel entonces, los autobuses estaban señalizados con una línea: los blancos se sentaban delante y los negros, que eran el 75% de los usuarios, detrás, al fondo. No solamente eran humillados por tener que sentarse en sitios distintos, sino que para poder montarse en el bus tenían que pagar al conductor, bajarse y volver a entrar por la puerta trasera para dirigirse al lugar reservado para los negros.

Rosa se sentó en los asientos del medio, que podían ser usados por los negros si no había blancos que los “necesitasen”. Cuando se llenó esa parte, el conductor, James F. Blake, le ordenó,  junto a otros tres negros, que dejasen sus lugares a un blanco que acaba de subir, a pesar que había aun sitios disponibles. “Éste ni siquiera había pedido el asiento”, dijo después Parks en una entrevista posterior que concedió a la BBC. Los otros se levantaron, pero ella permaneció inmóvil.

El conductor llamó a la policía, que acabó deteniendo a Rosa, acusada de haber perturbado el orden público. Pasó la noche en prisión y quince días después fue condenada a pagar una multa de 15 dólares.

El caso es que Rosa no era solo una costurera anónima, como ha pasado a la leyenda, sino que antes de este incidente ya estaba plenamente involucrada en el Movimiento por los Derechos Civiles de los negros estadounidenses: desde 1949 era asesora de una asociación para promover el bienestar de este colectivo, la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP), algo que no quita importancia a su tremendo y simbólico acto.

Sea como fuere, desde la noche de su detención se inició una campaña de boicot contra la empresa de autobuses. Esa misma noche, la jefa del Consejo Político de la Mujer, Jo Ann Robinson, profesora en Alabama, imprimió y distribuyó un folleto a toda la comunidad negra de Montgomery que decía lo siguiente:

“Otra mujer fue arrestada y encarcelada por no querer levantarse del asiento que ocupaba en el autobús, para cederle el lugar a una persona de tez blanca. Es la segunda vez desde el caso de Claudette Colvin que una mujer de color es arrestada por tal motivo. Esto tiene que dejar de suceder. La gente de color también tiene derechos, y si dejasen de usar el sistema de autobuses, tal sistema no podría seguir operando. Tres cuartas partes de los pasajeros de autobús son negros, y de todas formas somos arrestados, o tenemos que viajar parados así haya asientos vacíos enfrente nuestro. De no hacer nada en pos de detener estos arrestos, van a continuar sucediendo. La próxima vez podrías ser tú, o tu hija, o tu madre. El juicio de esta mujer será el lunes. De tal forma, pedimos a cada negro que se rehúse a viajar en autobús este lunes en protesta a este arresto y juicio. No tomes autobuses al trabajo, ni a la ciudad, ni a la escuela, ni a ningún lugar el lunes. Puedes faltar al colegio un día si no tienes otra forma de ir que no sea el autobús. También puedes permanecer fuera de la ciudad, sólo por un día. En caso de que trabajes, toma un taxi o bien, camina. Pero por favor, niños y adultos, no usen el autobús el lunes”.

Así el Consejo Político de la Mujer fue el primer órgano en proponer el boicot. La comunidad negra, inmediatamente, lo secundó también. Y se organizaron de una forma maravillosa: la mayor parte se desplazaron andando, pero también usaron un sistema de coches compartidos, con dueños de coches voluntarios o con ellos mismos conduciendo a los demás a los diferentes destinos. Los taxistas negros cobraron solo diez centavos, lo que costaba un ticket de bus, a los clientes negros (cuando las autoridades locales se enteraron de esto, se ordenó multar a cualquier taxista que cobrara menos de 45 centavos). Además de utilizar bicicletas o, incluso, montar mulas.

Por todo el país las iglesias negras comenzaron a recaudar pasta para financiar el boicot, recolectando, asimismo, calzado nuevo para reemplazar los viejos y gastados zapatos de los ciudadanos negros de Montgomery, muchos de los cuales preferían caminar a cualquier lado en vez de tomar los autobuses.

Indignado y hastiado, un joven y desconocido pastor bautista llamado Martin Luther King, que un año antes, en 1954, se había convertido en pastor de una iglesia bautista en Montgomery, cuando aún tenía 25 años, organizó una oleada de protestas contra la segregación en los autobuses públicos de Montgomery.

King llegó a ser detenido, junto a otros 156 manifestantes, por “obstaculizar” el paso de un autobús. Se le ordenó pagar una multa de 500 dólares o 386 días de cárcel. Terminó pasando dos semanas en la cárcel. Comentó lo siguiente sobre el arresto: “Yo estaba orgulloso de mi crimen, fue el crimen de experimentar con mi gente una protesta no violenta contra la injusticia”.

El movimiento, que duró 382 días, se fue poniendo cada vez más tenso y violento, hasta el punto de que la casa de King fue incendiada el 30 de enero del 56, así como las de otros líderes y algunas iglesias negras. Los treinta mil afroamericanos que participaron hicieron marchas de hasta nueve kilómetros, y, cuando les preguntaban cómo se sentían, algunos respondían: “Mis pies, cansados. Mi alma, ¡liberada!”.

El boicot terminó gracias a una decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos del 13 de noviembre de 1956 que declaró ilegal la segregación en los autobuses, restaurantes, escuelas y otros lugares públicos. El 20 de diciembre, una ordenanza municipal  permitió por fin a los pasajeros negros de Montgomery sentarse donde quisieran.

Parks, que falleció en 2005 a los 92 años, continuó luchando durante el resto de su vida por los derechos civiles de los afroamericanos. En 1999, recibió la Medalla de Oro del Congreso de los EEUU. Luther King, como sabrán, se convirtió en el principal líder de la causa afroamericana hasta su asesinato, el 4 de abril de 1968.

Publicado el domingo 11-11-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 58: El beato Simonino

El 23 de marzo de 1475, jueves santo, desapareció en Trento (Italia) un niño de dos años y medio llamado Simonino, hijo de un peluquero llamado Andrea Lomferdorm, de origen alemán. Fue hallado muerto tres días después, en pleno domingo de resurrección, en las aguas de un canal cercano a unas casas habitadas por las tres únicas familias judías que había en Trento. Poco después, un monje franciscano llamado Bernardino da Feltre comenzó a afirmar que el niño había sido asesinado por los judíos locales con la intención de beber su sangre para celebrar la Pascua. Unos días más tarde, fue más allá y aseguró que el cadáver del niño había sido encontrado en el sótano de una de las casas de aquellas gentes, cerca de la Iglesia de los santos Pedro y Pablo.

Cuando los rumores llegaron a oídos del obispo de Trento, Giovanni IV Hinderbach, éste no dudó en ordenar que toda la comunidad judía, compuesta por unos treinta miembros, fuese interrogada para esclarecer los hechos. Tras varias semanas de torturas e interrogatorios, todos confesaron y reconocieron el crimen y se llegó a la conclusión de que se había tratado de un asesinato ritual: habían desangrado al pobre Simonino con la intención de usar su sangre para amasar el típico pan sin levadura que los judíos consumen en la Pascua. Y no solo eso: mutilaron varias partes de su cuerpo mientras aún vivía y le crucificaron cabeza abajo.

Todo acabó con los quince miembros de la familia que vivía en la casa en la que supuestamente se había encontrado el cadáver quemados en la hoguera tras ser declarados culpables.

No tuvieron en cuenta la posibilidad de que se tratase de un trágico accidente, ni que las heridas encontradas en el cadáver podían haber sido causadas por las ruedas de los molinos en los sótanos de la vivienda de Samuel de Núremberg, el patriarca de aquella familia, en cuya casa se encontraba la sinagoga local, al que consideraron el artífice de toda la trama.

El papa del momento, Sixto IV (1414-1484), intentó detener la historia y prohibió en un primer momento el culto al niño asesinado, pero el obispo Hinderbach, en vez de claudicar, se encargó de difundir más noticias falsas sobre judíos que bebían sangre de niños cristianos. Y no solo eso: beatificó a Simonino (que pasó a ser conocido como el beato Simonino) y le atribuyó decenas de milagros. Y, aunque el papa se negó a aprobarlo, el culto a Simonino se extendió como la pólvora, gracias sobre todo a Michele Carcano (1427-1484), un conocido presbítero que influyó en la Santa Sede y consiguió convencer al propio papa.

Tanto es así que en 1588, ciento trece años después, el papa Sixto V reunió una comisión cardenalicia y repitió el juicio que, como habrán imaginado, concluyó con idéntico resultado: Simonino fue asesinado por los judíos de Trento. Y no solo eso, Sixto V canonizó al bebé, admitió el culto local de Simonino y se concedieron indulgencias a los peregrinaban para ver sus reliquias en la Iglesia de los santos Pedro y Pablo de Trento, donde se conservaba su cuerpo hasta hace poco. Un tiempo después, en 1755, otro papa, Benedicto XIV, reafirmó la validez del juicio y la santidad de Simonino; y tres años más tarde se levantó una capilla en el lugar del supuesto crimen (la casa de Samuel, que hacía las veces de Sinagoga) y otra en la casa del niño.

Los restos del pequeño cuerpo fueron sometidos a procedimientos de embalsamamiento por el conocido médico trentino Ippolito Guarinoni (1637), mientras que la capilla que desde 1475 albergaba sus restos fue renovada con estucos y pinturas de gusto barroco.

Desde entonces, el beato Simonino se convirtió en el santo al que se dirigían los fieles trentinos para rogar por sus hijos. Además, cada diez años se realizaba una solemne procesión en la que se paseaba por la ciudad el cuerpo de Simonino junto a los supuestos instrumentos que se utilizaron para su asesinato (utensilios de carnicero, agujas para extraer sangre).

Finalmente, el 28 de octubre de 1965, durante el Concilio Vaticano II, se revisó el caso a instancias del papa Pablo VI y se decidió suprimir el culto, ya que la principal evidencia aportada, las confesiones de la propia familia judía, carecía de validez porque se habían conseguido mediantes torturas. El arzobispo de Trento, a regañadientes, aceptó la decisión, pese a que se trataba de una tradición muy extendida en su diócesis, y declaró también la inocencia de los judíos, casi quinientos años después. Así, se prohibió la veneración de sus reliquias, que fueron retiradas del templo en el que se custodiaban para evitar las peregrinaciones, así como las misas en su nombre y la solemne procesión, recogida hasta entonces por el Martirologio Romano (se incluyó su nombre en 1584 por orden del papa Gregorio XIII).

No fue el único santo medieval, por cierto, cuyo culto fue suprimido en el Concilio Vaticano II. También cayeron, entre otros, san Cristóbal de Licia, san Valentín de Roma —el de los enamorados— y Dominguito de Val, un niño de Zaragoza con una historia muy parecida a la de Simonino (según la tradición, fue asesinado por los judíos el 31 de agosto de 1250). De hecho, existen otros casos parecidos, todos relacionados con el antijudaísmo cristiano medieval, como el Santo Niño de La Guardia (Toledo, siglo XV), Hugh de Lincoln (Inglaterra, siglo XIII) o Andreas Oxner (Innsbruck, 1462).

Para terminar, hay que aclarar que aunque estás leyendas partían de la clara intención de atacar a las comunidades judías, a las que siglos después se seguía culpando de la muerte de Jesús —injustamente, ya que la crítica histórica ha demostrado que fue ejecutado por los romanos, posiblemente acusado de sedición—, sí que existen evidencias de que en algunas comunidades extremistas asquenazis —así se llamaba a los judíos que se asentaron en Europa Central— se realizaron algunas tropelías contra cristianos, aunque nada parecido a estas acusaciones sin fundamento histórico.

 

Imagen: Martirio del Beato Simónino , Palazzo Salvadori, Trento.

Publicado el domingo 04-11-2018 en La Voz de Almería

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