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Homo insolitus 22: La esposa del Cordero

A principios del siglo XIX, una señora de 63 años aseguró que había engendrado, de forma milagrosa y sin perder su virginidad, a una criatura que con su nacimiento daría inicio al apocalipsis y al fin de los tiempos. Se llamaba Joanna Southcott y esta es su historia.

Nació en Gittisham, una pequeña localidad inglesa del Condado de Devonshire, en 1750. Sus padres fueron unos humildes granjeros que no pudieron ofrecerle ningún tipo de educación, así que el destino implacable la condujo a la servidumbre y le llevó a trabajar como sirviente en varias casas de la zona.

Desde pequeña mostró unos sentimientos religiosos que rozaban el fanatismo, algo no demasiado raro en aquella época. Con tan solo quince años protagonizó su primera experiencia mística: una noche estaba junto a la cama de un señor para el que trabajaba, un anciano quisquilloso y moribundo conocido por su ateísmo y sospechoso de haber vendido su alma al diablo, cuando el tipo se incorporó y comenzó a decir que al otro lado de su ventana estaban «los perros negros del infierno» y que podía escuchar «los gritos angustiosos de los condenados». Joanna, atónita ante el sorprendente espectáculo, comenzó a notar, según describió años después, como el Espíritu Santo bramaba por sus venas, y decidió exorcizar al anciano, al grito de «Satanás, te ordeno en nombre de la palabra viva de Dios que te alejes y dejes en paz para siempre esta alma». Dicho y hecho. El moribundo, tras escuchar aquello, se desplomó y falleció en paz.

Su vida continuó sin ningún sobresalto, y sin conocer varón, hasta que en 1792, a los cuarenta y dos años, comenzó de nuevo a escuchar voces sobrenaturales. La primera vez, según explicó, después de oír varios golpes en las paredes de su casa, una voz le dijo: «Joanna Southcott, el Señor Dios se está despertando de su sueño y va a sacudir la tierra; habrá guerra y rumores de guerras. Las naciones se levantarán contra las naciones y los reinos contra los reinos. Habrás pestes, hambres y terremotos. La señal del Hijo del Hombre aparecerá en los cielos y Él vendrá sobre las nubes con poder e inmensa gloria. Vigila entonces, porque no sabréis la hora en que vendrá el Señor». La Providencia le había elegido como mensajera. Desde entonces comenzó a transcribir los extraños y crípticos mensajes proféticos que recibía en su mente y se acostumbró a sellarlos, argumentando que solo debían leerse una vez que las supuestas profecías se hubiesen cumplido.

Poco a poco fue captando seguidores, pero el pelotazo lo dio cuando consiguió convencer al obispo de Exeter de su don, tras vaticinar la muerte de su antecesor en el cargo con un mes de antelación. El vicario le animó para que publicase sus escritos, y Joanna le hizo caso y en 1801 publicó una recopilaciones de sus profecías con el título The Strange Effects of Faith, with Remarkable Prophecies… of Things which are to come («El extraño efecto de la fe, con profecías importantes… o de las cosas que vendrán»).

Además, comenzó a afirmar que era un enigmático personaje que aparece en el Apocalipsis de San Juan: «Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; estaba encinta, y gritaba, estando de parto y con dolores de alumbramiento» (Apocalipsis 12, 1-2). Una especie de «nueva Eva» o una nueva Virgen María, aunque a ella le gustaba denominarse como «la esposa del Cordero», que lideraría a los 144.000 elegidos que, según el último libro del Nuevo Testamento, se salvarían en el día del juicio final.

En 1802, comenzó a reclutar elegidos en Londres. Para conseguir la salvación en el día del arrebato bastaba con pagar unos cuantos chelines. Lucrarse no estaba reñido con la inminencia del fin del mundo.

Por si fuera poco, en 1813, a la edad de 63 años, comunicó que el mensajero angelical que llevaba años hablándole le había informado de que iba a dar a luz un niño, el mesías esperado del que hablaba el Apocalipsis, y se atrevió incluso a anunciar la fecha exacta de su llegada: el 19 de octubre de 1814. Poco después comunicó, en un libro titulado Third Book of Wonders (1813), que había sido fecundada por la divinidad, ya que ni estaba casada ni había conocido varón, aunque justificaba su castidad porque muchos años antes, en 1794, la voz celestial le había dicho que debía mantener pulcro su útero para alguien especial…

Imaginen. Se convirtió en la comidilla de Londres. Los escépticos se burlaban de toda esta pantomima; los periódicos progresistas publicaron tiras cómicas burlándose de las pretensiones de la profetisa, mientras que los medios conservadores discutían sobre las cuestiones científicas del milagro; y sus discípulos, encantados con la buena nueva, recaudaron cientos de libras para comprar una cunita especial y todo lo necesario para recibir al mesías por todo lo alto

Pero, cuando llegó el 19 de octubre, la multitud fanatizada que esperaba impaciente en la puerta de la casa de Joanna Southcott se dio con un canto en los dientes. No hubo parto. Para mayor desconcierto, la vidente propuso una nueva fecha: el 24 de diciembre, día de Nochebuena. Pero tampoco hubo parto. Tres días más tarde de la fecha señalada, el 27 de diciembre, murió, dejando a sus seguidores completamente atónitos.

En la autopsia, que ella misma había autorizado en vida, se descubrió que no estaba encinta, y que lo que tenía realmente era un tumor en el útero. Pero sus seguidores pensaron, que algo había pasado. Quizás las garras del maligno se habían apoderado de la criatura… El caso es que varios médicos habían certificado que estaba embarazada. Seis de los nueve que la visitaron, para ser exactos.

Fue enterrada el 1 de enero de 1815.

Pero aún hay más: Joanna afirmó haber introducido en un cofre cerrado unas cuentas revelaciones secretas de especial interés para Gran Bretaña que solo podrían ser leídas tras su muerte, cuando veinticuatro obispos de la Iglesia anglicana aceptasen su mensaje. Nada fácil. La caja fue pasando de mano en mano hasta que en 1927 llegó a manos de un personaje que bien merece su propio Homo insolitus: Harry Price, director del Laboratorio Nacional de Investigación Psíquica, una heterodoxa organización dedicada a investigar asuntos paranormales, auspiciada por la Universidad de Londres, que fundó él mismo en 1823. Price, conocido como «el Cazador de Fantasmas»,  tomó varias radiografías del interior de la misteriosa caja y pudo ver que contenía unos cuantos manuscritos garabateados, un gorro de dormir de señora, una pistola, un cubilete, un monedero, un par de libros y un billete de lotería. Pero, convencido de que en aquellos papeles estaban las profecías de Southcott, organizó un evento público para abrir la caja, aunque, desafortunadamente, solo acudió uno de los más de ochenta obispos que había invitado (el de Grantham). Aun así, desobedeciendo los deseos de la profetisa, procedió a abrirla. Se había equivocado. No había ninguna profecía.

Los seguidores de esta señora, los Southcottians, afirman desde entonces que esa caja era falsa y que la auténtica la custodian ellos, a la espera de que veinticuatro obispos se pongan de acuerdo para abrirla. Lo han intentado varias veces. El 8 de mayo de 1939, por ejemplo, se publicó una carta en el Sunday Times en el que apelaban a la Iglesia de Inglaterra para que les hiciese y así poder abrir la caja, advirtiendo de que una negativa podría ocasionar una catástrofe. No aceptaron. Unos meses más tarde, el 1 de septiembre, el Reino Unido declaraba la guerra a la Alemania de Hitler…

 

Publicado el domingo 15-10-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 21: Puño Olímpico

16 de octubre de 1968. Juegos Olímpicos de México. Tommie C. Smith, un joven afroamericano nacido en Tennessee en 1944, ganó la final de los 200 metros con un tiempo de 19.83 segundos ―la primera vez que se bajaba de los veinte―. Detrás llegaron el australiano Peter Norman y John Carlos, otro joven afroamericano. Todo un éxito para la delegación olímpica de Estados Unidos. La sorpresa se produjo cuando, durante la ceremonia de entrega de medallas, mientras sonaba el himno de su país, los dos jóvenes americanos, oro y bronce respectivamente, agacharon la cabeza con solemnidad y levantaron un puño cubierto con un guante negro, el característico gesto del movimiento Black Power.

Smith, además, llevaba un pañuelo negro alrededor de su cuello, clara referencia a la lucha de su gente por la igualdad, y los pies descalzos, aunque con calcetines, para protestar por la pobreza; y  Carlos se desabrochó el chándal como muestra de solidaridad con todos los obreros de Estados Unidos. Norman, el australiano que se llevó la medalla de plata, se unió a la causa y se colocó, como sus dos compañeros de podio, una insignia del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos.

Seguro que conocen ustedes esta imagen, convertida, como es normal, en uno de los símbolos de la lucha por los derechos y las libertades civiles y contra la segregación racial, un movimiento especialmente activo en Estados Unidos, sobre todo tras el asesinato de Martin Luther King el 4 de abril, solo cinco meses antes, y de Robert Kennedy, la gran esperanza blanca, el 5 de junio de aquel mismo año.

¿Qué creen ustedes que pasó después del simbólico gesto de estos tres heroicos Homo insolitus? Las consecuencias fueron terribles. La multitud presente en el estadio de México D. F. les abucheó. Por si fuera poco, el presidente del Comité Olímpico Internacional, un tal Avery Brundage, consideró que era un gesto inadecuado, una «deliberada y violenta infracción de los principios fundamentales del espíritu olímpico», ya que supuestamente no se permitían proclamas políticas, y decidió expulsar a los dos atletas de las Olimpiadas, llegando a prohibirles el acceso a la villa olímpica. El Comité Olímpico Estadounidense pidió disculpas, pero protestó en un primer momento, aunque finalmente, por miedo a que todos sus deportistas fueran expulsados, acabó aceptando a regañadientes la sanción a Smith y Carlos, en un acto de cobardía sin límites. Se sabe, incluso, que el embajador estadounidense solicitó su expulsión del país, aunque el gobierno mexicano se negó.

La cosa venía de atrás. Tommie Smith era miembro del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos, un colectivo que llevaba tiempo luchando para que se boicotease a Sudáfrica y Rhodesia por sus políticas segregacionistas y para que el tal Brundage dimitiese. No es para menos. Este señor, nacido en Detroit en 1887, llevaba siendo presidente del COI desde 1952, pero era un personaje polémico porque durante las olimpiadas de Berlín de 1936 había sido presidente del Comité Olímpico Estadounidense, oponiéndose con fervor al boicot que muchos países habían anunciado como protesta por la llegada de Hitler al poder y su actitud con el pueblo judío. Al parecer, sentía cierta simpatía por el nuevo régimen alemán y mucho desprecio por los judíos. Por supuesto, no hizo ninguna objeción en contra del saludo nazi durante aquellas olimpiadas. Se ve que no lo veía como una «violenta infracción de los principios fundamentales del espíritu olímpico»… ¡Ah! Sudáfrica y Rhodesia, pese a que durante un tiempo parecía que iban a participar en los juegos, fueron vetadas por temor a un boicot masivo del Bloque del Este y de la URSS.

Por si fuera poco, pese a que muchos medios y colectivos liberales se solidarizaron con los dos jóvenes afroamericanos, fueron vapuleados al llegar a su país y sus carreras deportivas fueron destruidas tras ser apartados de todas las competiciones nacionales e internacionales. Además, tanto ellos como sus familias recibieron amenazas de muerte. Smith, tras jugar un tiempo en la Liga de Futbol Americano con un equipo mediocre, los Cincinnati Bengals, terminó siendo entrenador en un colegio de Ohio. De nada sirvió que se sacase la carrera de Sociología. Carlos tuvo mejor fortuna y, tras jugar un tiempo en la Liga canadiense de Futbol, se involucró en el Comité Olímpico de Estados Unidos y ayudó a celebrar las Olimpiadas de los Ángeles de 1984, pero su carrera prometía mucho más.

Norman, el australiano, fue el más castigado. Las autoridades olímpicas de su país no le perdonaron aquel acto y le impidieron competir en los juegos de 1972. Además, los medios de comunicación australianos le atacaron sin piedad, acusándole injustamente de comunista y antisistema. Curiosamente, como sus dos compañeros, tuvo una carrera en otro deporte, ya que jugó durante años en el equipo de futbol de West Brunswick. Pero, tras una grave lesión, que le retiró del deporte a mediados de los años ochenta, se enganchó al alcohol y a los calmantes.

Falleció el 3 de octubre de 2006. Durante su funeral, Smith y Carlos, rindiendo honor a aquel blanco que se había unido a su lucha, ayudaron a llevar su ataud. Seis años después, el parlamento australiano le pidió perdón de forma oficial.

Brundage, por otro lado, continuó como presidente del COI hasta 1972, justo después de las Olimpiadas de Munich, en las que se produjo el conocido atentado contra la delegación israelí a manos de insurgentes palestinos que terminó con doce muertos. Brundage, en vez de cancelar los Juegos Olímpicos, como quizás hubiese sido lo justo, decidió que el espectáculo debía continuar. Muchos vieron esto como una muestra más de su antisemitismo…

Para terminar, una curiosidad: si se fijan en la foto, Smith, lleva el guante negro en la mano derecha, pero Carlos lo lleva en la izquierda. Esto se debe a que Carlos se olvidó sus guantes en la Villa Olímpica, y se tuvo que poner la otra pareja del guante derecho de Smith…

Publicado el domingo 08-10-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 20: El cazador de fraudes paranormales

Hoy toca hablar de James Randi, un ilusionista que durante años se encargó de engañar a la gente con sus trucos de magia ―en eso consiste―, hasta que un buen día decidió dedicarse a desenmascarar fraudes paranormales y a exponer a los charlatanes que usaban trucos de magia para fingir que tenían poderes sobrenaturales, entre ellos el mismísimo Uri Geller, del que se acabó convirtiendo en archienemigo.

Randall James Hamilton Zwinge vino al mundo un 7 de agosto de 1928, en Toronto, Canadá. Y, según explicó posteriormente, desde pequeño se enamoró del mundo de la magia. Tanto es así que, con tan solo diecisiete años, dejó los estudios y comenzó a actuar como prestidigitador, escapista y mentalista en clubs y locales de su ciudad. Poco después comenzó a usar el pintoresco nombre artístico “The Amazing Randi”, y poco a poco se fue haciendo conocido gracias a sus apariciones en varios medios televisivos, desarrollando una carrera artística parecida a la del gran Harry Houdini (1874-1926), al que imitó en más de una cosa.

Pero siempre fue honesto. “El mago es un actor interpretando el rol de un hechicero… es un personaje”. Consciente de esto, tomó la decisión de que, tras retirarse como mago, recorrería el mundo señalando a todo aquel que tirase de trucos de magia para fingir tener poderes sobrenaturales, especialmente los que aseguraban ser psíquicos o médiums.

“Todos, absolutamente todos, astrólogos, psíquicos, videntes, futurólogos, todos utilizan habilidades que son bien conocidas por nosotros los magos. Los magos las hemos utilizado durante cientos de años pero la diferencia radica en que hay personas que las usan para su provecho, no para entretener, sino para quitarte tu dinero, tu seguridad o en algunas ocasiones, incluso la vida.”

Mucho tiempo atrás, hacia 1943, con solo quince años, había desenmascarado a su primera víctima, el sacerdote de una parroquia de Toronto, que solía pasar una cesta en la que los feligreses depositaban sobres, con sus nombres escritos en el exterior, que contenían las súplicas que querían dirigir a Dios. Después, el párroco cogía uno de los sobres y, sin abrirlo, adivinaba el contenido del escrito, para asombro de todos los allí presentes. Nadie dudaba de su clarividencia, excepto el joven Randi, que había cazado la trampa. Cuando el charlatán escogía el primer sobre, preguntaba por su compinche y mencionaba una petición falsa. El predicador aprovechaba la ocasión para abrir el auténtico primer sobre, haciendo creer que era el de su cómplice, y memorizaba el contenido real. Y así seguía hasta desvelar las peticiones de todos sus feligreses. Randi subió al púlpito y mostró la técnica, pero, sorprendentemente, los parroquianos se negaron a escucharle. Es más, se indignaron y llamaron a la policía que, en vez de detener al cura, detuvo al muchacho.

Fue el inicio de una carrera a la que se lanzó de lleno a partir de los setenta, tras abandonar la magia. A lo largo de sus giras y shows televisivos expuso decenas de fraudes, identificando en numerosas ocasiones los trucos de quienes decían tener poderes paranormales y mostrando cómo hacerlos. Eso sí, no fue el primero en hacerlo. Ya antes, el mago británico John Nevil Maskelyne (1839-1917) escribió algún tratado sobre cómo hacían sus trucos los ocultistas, al igual que su principal inspiración, Houdini.

Una de las víctimas más conocidas de nuestro Homo insolitus fue el ilusionista Uri Geller, la superestrella psíquica del momento (en España obtuvo gran fama tras aparecer en el programa Directísimo de José María Íñigo, en 1975), famoso por doblar cucharas con la mente, truco que Randi reprodujo ante las cámaras varias veces. De hecho, en el programa del famoso Johnny Carson (The Tonight Show) preparó una prueba con el objetivo de demostrar que Geller no tenía poderes, sino que tiraba de magia. Y así fue, el mentalista israelí fracasó ante millones de telespectadores, aduciendo que en el aire había malas vibraciones. Por si fuera poco, a mediados de los ochenta escribió un libro en el que exponía todos sus trucos, La magia de Uri Geller.

Curiosamente, pese a sus demostraciones, quedó profundamente desmotivado porque la gente, pese a todo, seguía creyendo en los charlatanes. Querían creer. Quizás por esto, en 1996, fundó la Fundación Educativa James Randi, dedicada a examinar las afirmaciones paranormales en condiciones controladas de experimentación. Es más, mediante esta asociación, ofreció un premio de un millón de dólares a cualquiera que pudiera demostrar evidencia de cualquier poder paranormal, supernatural u oculto, siempre bajo estrictos criterios de observación. Nadie lo ha conseguido.

Por si fuera poco, se convirtió en un empedernido enemigo de la medicina homeopática, que consideraba un bulo, y de otras terapias alternativas, así como de la astrología, los videntes, los lectores de aura, los zahories, los sanadores evangelistas y, por supuesto, los que aseguraban hablar con fantasmas…

Pero hay una historia muy curiosa relacionada con su vida privada que ha salido a la luz hace relativamente poco tiempo: en el año 2010 reconoció públicamente que era homosexual. Lo curioso es que lo hizo después de que saliese a la luz el oscuro pasado de su pareja, sentimental y profesional, de las últimas décadas, un pintor venezolano llamado Deyvi Pena que durante años había tomado la identidad de un pobre profesor de Nueva York llamado José Luis Álvarez. Pobre porque el José Luis Álvarez real tuvo numerosos problemas provocados por el suplantador. Impuestos a su nombre procedentes de Florida, problemas para renovar su permiso de conducir y el pasaporte, embargos, etcétera.

Cuando le localizaron, asumió su culpabilidad y, aunque podía haber sido expulsado del país, consiguió, gracias a los abogados de Randi, que la condena se quedase en cien días de servicios sociales. ¿Conocía nuestro protagonista esta historia? No se sabe, aunque todo parece indicar que sí, pese a que durante todos estos años ha evitado pronunciarse al respecto y se ha limitado a lanzar balones fuera cuando le preguntaban. Es comprensible. Eso sí, de haberlo sabido, el mago reconvertido en destapamentirosos acabó siendo cazado en una gran mentira.

Sea como fuere, en la actualidad vive una plácida jubilación en Florida, esperando a que la parca se lo lleve un buen día.

Por cierto, en alguna ocasión comentó que su deseo era ser cremado y que sus cenizas fuesen sopladas en los ojos de Uri Geller.

Publicado el domingo 01-10-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 19: La gran estafa de la Nueva Francia

Antes de la Revolución Industrial, las islas del Pacífico no eran demasiado atractivas para las grandes potencias europeas, pero, a partir del último cuarto del siglo XIX, con el desarrollo de los barcos a vapor, Europa comenzó a interesarse. En este contexto sucedió uno de los mayores fraudes modernos que, desafortunadamente, dejó un saldo de miles de estafados y, lo que es peor, algunas decenas de fallecidos. Y todo por culpa de un estrafalario noble francés, ambicioso como pocos, que hacia 1880 se hizo de oro vendiendo parcelas de una colonia francesa en el Pacífico sur que no existía, La Nouvelle France (Nueva Francia), pesé a que nunca visitó, ni mucho menos ocupó, la isla real donde se asentaba, Nueva Irlanda, en la actual Papúa Nueva Guinea.

Se llamaba Charles Marie Bonaventure du Breil de Rays, nació el dos de enero de 1832 en Lorient, en la Bretaña francesa y, aunque heredó el título de Marqués de Rays, en realidad fue un modesto aristócrata de segunda, casi un hidalgo, que solo disponía de un castillo, unas pocas tierras y algunas rentas; de ahí que, con tan solo diecinueve años, decidiese hacer fortuna viajando por el mundo, pero nunca consiguió triunfar. Así que en 1869 regresó a Francia, se casó y tuvo cinco hijos.

Unos cuantos años más tarde, en 1877, su vida dio un giro radical, cuando comenzó a anunciarse como el futuro gobernador de La Nouvelle France, un imperio imaginario del Pacífico sur formado por tierras que aún no habían sido controladas por ninguna potencia europea ―en 1843, Francia se había hecho con Tahití y con varios archipiélagos de la zona, que formaron la llamada Polinesia francesa; quizás por este motivo no extrañó tanto la propuesta del marqués.

Todo empezó con una pequeña nota que apareció publicada el 17 de julio de 1877 en el Petit-Journal parisino: «Colonia libre de Port-Breton, tierras a 5 francos la hectárea. Fortuna rápida y asegurada sin salir de su país. Para más información, diríjanse a M. du Breil de Rays, cónsul de Bolivia, en el castillo de Quimerc’h en Bannalec». El éxito fue inmediato.

La supuesta Colonia Libre de Port-Breton, el epicentro de la futura Nouvelle France, se encontraba en Nueva Irlanda. De Rays lo publicitó como si se tratase de una colonia floreciente, con un clima maravilloso ―similar al de la Riviera francesa en primavera―, estupendas carreteras, excelentes comunicaciones marítimas, y una tierra de cultivo fértil y trabajable; además de amplios terrenos para poder construir fábricas y factorías comerciales, mano de obra barata formada por chinos, indios y malayos, y una población autóctona amaba y hospitalaria. Además, contaba con el apoyo de la Iglesia Católica, ya vendía la aventura como una cruzada misionera por los mares del sur.

Miles de inversores franceses, a cambio de un módico precio, compraron terrenos de la Nueva Francia. En total, se ha estimado que recaudó unos 9 millones de francos, una cifra absolutamente descomunal para la época. Y más aún si tenemos en cuenta que la isla de Nueva Irlanda solo tenías unas 8500 hectáreas, muchas menos de las que vendió De Rays. Solo en la primera tirada vendió cien mil.

El fraude no quedó aquí. Había llegado el momento de pasar a la acción y enviar contingentes humanos para lanzar el proyecto de colonización. Así, entre 1879 y 1881, De Rays organizó cuatro expediciones de colonos, engatusando a cientos de pobres diablos de Francia, Bélgica, Italia y España, que, convencidos de que iban a encontrar fortuna, se lanzaron a la deriva: a cambio de 1800 francos de oro por persona, y del compromiso de permanecer allí durante al menos cinco años, obtendrían quince hectáreas de terreno y una casa de cuatro habitaciones, así como transporte y manutención durante los primeros seis meses. Todo eran ventajas.

La primera expedición partió el 14 de septiembre de 1879, con 82 colonos a bordo, que no solamente sufrieron un viaje penoso, en condiciones inhumanas, sin apenas comida, sin médicos y con una tripulación que les agredía, sino que además lo que encontraron al llegar a Port-Breton, el 20 de enero de 1880, no podía ser más desolador: ni había ninguna ciudad, ni existía el maravilloso imperio de Nueva Francia, ni había fábricas, ni nada. Aquello no era el paraíso prometido, sino una isla tropical y selvática con un clima hostil, una tierra difícil de cultivar y un montón de enfermedades. Un infierno. Seis de ellos trataron de huir en una barcaza, con tan mala suerte que llegaron a las islas de Bougainville, donde cayeron en manos de una tribu de caníbales. Solo uno sobrevivió, y gracias a que se acabó integrando en la tribu…

El segundo barco partió desde Barcelona en marzo de 1880 con 135 colonos a bordo, la mayor parte soldados carlistas en busca del exilio, y llegó a finales de agosto sin ninguno de ellos, ya que todos habían abandonado el navío en Singapur, como protesta por la mano dura de la tripulación.

El tercer viaje terminaría siendo tristemente famoso debido a su trágico desenlace. En esta ocasión consiguieron convencer a unos 250 italianos, junto a otros 79 aspirantes a colonos de otros lugares. Partieron el 9 de julio de 1880, de nuevo desde Barcelona. El 14 de octubre de 1880 llegaron a su destino, después de un terrible viaje. Solo encontraron los restos abandonados de las expediciones anteriores. Pese a que en esta ocasión sí que se lanzaron a un esfuerzo colonizador, levantando algunas casas modestas de madera y cañas y cultivando algunos campos, no sirvió de nada. Las enfermedades, la escasa y mala alimentación, y las lluvias eternas, acabaron llevándose la vida de 123 colonos en menos de dos meses.

Poco después, el 20 de febrero de 1881, los supervivientes decidieron tomar el India y se marcharon rumbo a Australia. Pero en el camino hicieron escala en Nouméa, una colonia penitenciaria francesa de Nueva Caledonia. Las autoridades locales declararon que el barco no estaba en condiciones de navegar y le negaron el permiso para salir del puerto. Los italianos decidieron apelar al cónsul italiano en Australia para que les ayudase, y éste logró que las autoridades australianas se hicieran cargo del grupo de supervivientes, 217 colonos, que llegaron a Sídney el 7 de abril de 1881.

Lo curioso es que, tras pasar un tiempo buscándose la vida como jornaleros, acabaron instalándose, en 1882, en una pequeña zona despoblada de la región de Nueva Gales del Sur que se llamó New Italy (Nueva Italia), donde, a lo largo de los años, han continuado viviendo los descendientes de aquellos valientes.

Por último, se fletó una cuarta expedición, que partió a bordo del Nouvelle-Bretagne el 7 de marzo de 1881. Se estima que el marqués, entre las cuatro expediciones, recaudó unos siete millones de francos. De Rays no fue nunca a Nueva Irlanda. Pero sí a España, tras huir de Francia, en enero de 1880, cuando estalló el escándalo de sus fraudes. Terminó siendo arrestado en Madrid en julio de 1882.

Casi dos años más tarde, el 2 de enero de 1884, fue condenado a cuatro años de prisión, al pago de 3000 francos de multa y a la venta de todas sus posesiones, incluido su castillo, por fraude. Se retiraron los cargos por homicidio, cuando estaba más que claro que más de un centenar de personas habían fallecido por su culpa.

Tras su liberación, se fue tranquilamente a su Bretaña natal y terminó falleciendo el 29 de julio de 1893. Todo un Homo insolitus.

 

Publicado el domingo 24-09-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 18: Los amantes de Vendôme

El 8 de noviembre de 1954, una joven francesa llamada Denise Labbé ahogó a su hija de dos años en un barreño de agua con lejía. El crimen, como es lógico, conmovió a Francia, especialmente cuando se supo que la homicida había actuado inducida por su amante. Se trató de una perturbadora y siniestra prueba de amor…

Denise nació el 17 de marzo de 1926 en la pequeña aldea de Melesse, cerca de Rennes, en la Bretaña francesa. En 1940, cuando solo tenía catorce años, su padre, el cartero del pueblo, se suicidó lanzándose a un canal, preocupado, al parecer, por la invasión alemana. La joven Denise tuvo que dejar sus estudios y ponerse a trabajar como empleada de hogar o costurera, aunque, cuando pudo, asistió a clases nocturnas en la Universidad de Rennes para intentar labrarse un futuro mejor.

No le faltaron amoríos en aquella ciudad universitaria, aunque el más importante fue un médico con el que llevó a convivir durante un tiempo, hasta que el tipo decidió marcharse voluntariamente a la guerra de Indochina, conflicto que duraría cerca de una década y que terminó con la perdida de la joya de la corona colonial francesa (en 1954). Lo que no sabía Denise es que estaba embarazada de una niña que nacería en ausencia de su padre.

Poco antes, la ambiciosa joven había conseguido un puesto como secretaria en el Instituto Nacional de Estadística de París. Iba poco a poco prosperando, por eso, cuando regresó su amante de la guerra, un par de años después, alcoholizado y deprimido, no dudó en abandonarle a su suerte y criar sola a su hija, la pequeña Catherine. Todo iba a las mil maravillas hasta que conoció a un joven estudiante de filosofía, tres años más joven que ella, llamado Jacques Algarron, del que se enamoró perdidamente.

Algarron, nacido en París el 26 de enero de 1930, era el hijo bastardo de un anciano comandante de infantería de setenta años y de su amante de treinta. En 1952, tras una adolescencia algo disoluta, decidió ingresar en la Academia Militar de Saint-Cyr, en la Bretaña francesa, para hacer carrera. Era un joven inteligente y culto, y un apasionado de la filosofía que admiraba casi con devoción la obra de Friedrich Nietzsche y su teoría del superhombre. De hecho, estaba convencido de que era uno de aquellos hombres del mañana que había anunciado el filósofo alemán.

Se conocieron en una sala de fiestas durante la celebración del 1 de mayo de 1954. Denise tenía veintiocho años y una niña de dos; Algarrón, veinticinco y dos hijos no reconocidos―de casta le viene al galgo―. Solos dos bailes sirvieron para que prendiera la llama. Fue el comienzo de una tórrida y explosiva relación en la que rápidamente asumieron papeles distintos. Ella, una enamorada sumisa; él, un violento y manipulador amante. Además, llevaron sus encuentros sexuales al límite, jugando con otras parejas, realizando orgías o practicando el sadomasoquismo, en parte por el profundo afecto que Algarron sentía por la obra del Marqués de Sade.

Había mucho de enfermizo en aquello. En alguna ocasión, Denise llegó a escribirle a su amante: «Los arañazos de mi espalda están empezando a sanar, como desesperadamente tuve la ocasión de comprobar esta mañana». Habían creado una extraña y desigual relación basada en el dominio. Tanto es así que solo un par de meses después, el 7 de agosto de 1954, Alcarron le comentó a Denise que el verdadero amor había que demostrarlo mediante la entrega absoluta, incluso si se tenía que llegar al extremo de tener que matar a alguien para demostrarlo, una perversa manera de ver las relaciones amorosas que recordaba a la filosofía de Nietzsche, aunque tremendamente malinterpretada por Alcarron, que de alguna manera andaba buscando una especie de superpareja. «Que el hombre tema a la mujer cuando ama. Entonces ella es capaz de realizar cualquier sacrificio, y todo lo demás resulta sin valor», había dicho alguna vez el sabio alemán.

La primera orden cruel que aceptó Denise fue la de abortar, nada más comunicarle a su amante que estaba embarazada. Pero no era bastante. El 29 de agosto le preguntó, durante una cena en un restaurante parisino, si estaría dispuesta a matar a su hija Cathy como muestra de amor supremo. Denise aceptó, aunque con ciertas reservas.

El 22 de septiembre intentó arrojar a su hija desde la ventana del piso de su madre, pero le fallaron las fuerzas. Una semana después, la tiró a un canal, pero se arrepintió y pidió ayuda para rescatarla. El 16 de octubre lo volvió a intentar por tercera vez, tirándola a un río, pero de nuevo consiguieron salvar a la niña. «Mi madre siempre está con Catherine. Te puedo asegurar que no va a ser fácil», le escribió a su amante…

Finalmente, el 8 de noviembre, mientras pasaba unos días con su madre y su hermana en Vendôme, lo consiguió: introdujo a la niña en un profundo barreño de metal, lleno de lejía, y la mató.

Una vez completado el crimen mandó una postal a su amante con este escueto mensaje: «Catherine ha muerto. Espero verte pronto». Cuando Algarron recibió la noticia (según testimonio de Denise) exclamó: «Estoy desilusionado; ahora me doy cuenta de que aquello no significaba nada para mí». Claro, a él lo que le importaba era el poder. Todo aquello sobre el sacrificio de los amantes era pura palabrería.

Recuerden, solo llevaban juntos desde el mes de mayo.

Denise, siguiendo consejos de su abogado, dijo que había sido un accidente, que el bebé se había caído en el barreño. Pero no la creyeron y fue arrestada. Le acusaron de asesinato y por los tres intentos anteriores. Como es normal, se defendió culpando a su amante. «Soy la amante de Jacques Algarron, teniente de la Academia de Artillería de Chalons-sur-Marne. Él fue quien me obligó a matar a mi hija para probarle que le amaba», reconoció.

A finales de mayo de 1956 se celebró el juicio. Denise fue condenada, aunque con atenuantes, a cadena perpetua, esquivando la pena de muerte. Algarron fue condenado, como responsable de haber provocado el crimen, a veinte años de trabajos forzados. Durante el juicio se descubrió, gracias a una de las testigos, una antigua amante del criminal, que llevaba tiempo buscando a una mujer influenciable y sumisa para poder moldearla y manipularla a su antojo. La encontró en Denise. Desafortunadamente.

Publicado el domingo 17-09-2017 en La Voz de Almería

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