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Con todos ustedes, “El círculo del misterio”

Es un honor anunciar la inminente salida de una colección de libros en la que, durante meses, hemos estado trabajando el gran Alberto Cerezuela, director de la editorial Círculo Rojo, y un servidor. Se trata de una apuesta genuina y diferente, realizada desde Almería, mediante el sello de edición tradicional Guante Blanco, con la que queremos acercar al gran público una serie de temas y autores que tienen mucho que decir. En principio, la colección estará formada por trece títulos, que irán apareciendo mensualmente, a excepción de los primeros, que saldrán a la venta a comienzos de marzo.

Y ahora, en primicia, las dos primeras portadas de El círculo del misterio:

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Homo insolitus 37: El primero que saltó el muro

Ese hombre que ven en la foto es Hans Conrad Schumann, un soldado del Frente Popular Alemán (Nationale Volksarmee) que ha sido considerado el primer desertor de la extinta República Democrática Alemana (RDA) una vez comenzada la construcción del Muro de Berlín. Fue el primero en saltarlo, hazaña que le convirtió en todo un arquetipo de la libertad, aunque, como explicaré a continuación, nunca se sintió del todo libre. Esta esta es su historia

Schumann nació en 1942 en Luetewitzh, un bonito pueblo de Sajonia, en plena Segunda Guerra Mundial, y, después de una infancia anodina, hacia 1960 decidió alistarse en la policía estatal y solicitó el traslado a Berlín. Por aquel entonces aún no se había comenzado a construir el muro. Tras la contienda, Alemania había quedado dividida en cuatro zonas controladas por las cuatro potencias que había luchado contra Hitler: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la URRS. Conforme estos países se fueron distanciando, en parte debido a la política expansionista de Stalin, la situación en el país se fue volviendo cada vez más tensa, lo que llevó a que en 1949 se fundase la RDA, bajo el control directo de la Unión Soviética.

La frontera con la otra Alemania, la República Federal de Alemania, tuvo su máxima expresión en el tristemente famoso Muro de Berlín, aquel bochornoso tabique que separó el país en dos durante veintiocho años, construido para evitar el éxodo masivo hacia la zona occidental. Su construcción comenzó el 13 de agosto de 1961, dentro del Berlín Oriental. Dos días después, nuestro protagonista, Schumann, fue destinado a la esquina de las calles Ruppiner y Bernauer, con la misión de proteger y controlar el desarrollo de las incipientes obras. En aquel momento el muro era solo una alambrada de púas. Estando allí, los alemanes del lado occidental comenzaron a gritarle que saltase y huyese y Schumann, tras cerciorarse de que no estaba a tiro de ninguno de sus compañeros, y después de darle muchas vueltas, decidió saltar la valla, dejando caer su fusil. Un coche de la policía de la RFA, pendiente de lo que estaba pasando, se encargó de llevárselo y ponerle a salvo. «Tenía mucho miedo. Despegué, salté y entré al automóvil. En tres o cuatro segundos todo había terminado». Lo primero que hizo fue pedir un bocadillo. Había hambre.

Por allí andaba Peter Leibing, un fotógrafo alemán de veinte años que trabajaba para la agencia Contiepress de Hamburgo y que inmortalizó el momento en una serie de fotografías que pasaron a formar parte de la historia, sobre todo esta que acompaña nuestro Homo insolitus de hoy, una imagen que se convirtió en símbolo de la libertad, tras aparecer en las portadas de los periódicos de medio mundo, pero que también se empleó como apología del capitalismo. Por cierto, el otro señor que aparece en la fotografía, a la izquierda de Schumann, fue el anónimo responsable de una pequeña grabación cinematográfica del sorprendente salto. El vídeo está disponible en YouTube, y, todo sea dicho, cuando una vez en movimiento la escena, la épica de la proeza pierde algunos puntos. Pero bueno…

Schumann, tras permanecer varios días en un centro de refugiados, se estableció en Baviera a finales de septiembre. Al poco tiempo comenzó a recibir cartas de sus padres, que le imploraban para que regresase. No lo hizo, aunque estuvo a punto. Menos mal, porque, como años después se supo, aquellas cartas habían sido dictadas por la Stasi, la terrible policía de la RDA.

Nunca se sintió libre del todo. Ni feliz. Aunque se casó y tuvo un hijo, había dejado en el este a su familia y a todos sus amigos. Su vida, de lo más monótona, la pasó trabajando en la factoría Audi de Ingolstadt, donde estuvo cerca de dos décadas.

Veintiocho años después, el 9 de noviembre de 1989, asistió con la alegría a la caída del muro. Ahora era libre de verdad. Un par de semanas después regresó a su tierra, a Sajonia, pero solo encontró el rechazo de los que se habían quedado allí. Nadie quería hablarle.

Schumann participó en algunos eventos durante el proceso de reunificación de Alemania, convertido en una estrella efímera y aclamados por multitudes. Su imagen se convirtió en todo un símbolo, como la del miliciano de la foto de Capa o la de los marines que izaron la bandera yanqui en Iwo Jima. Y sigue siéndolo. Todavía se pueden encontrar camisetas con Schumann saltando el muro. Hasta ahí una escultura en su honor en la calle Bernauer de Berlín.

Pero la fama fue efímera y el regreso a la cotidianidad terminó en tragedia. No todo era tan bonito. Finalmente, el 20 de junio de 1998, víctima de una profunda depresión, acrecentada por sus problemas con el alcohol, se ahorcó de un árbol cerca de la ciudad de Kipfenberg, la ciudad en la que había vivido todo aquel tiempo. Tenía solo cincuenta y seis años. Fue su esposa quién le encontró.

No fue el único que saltó el muro, pero sí uno de los pocos que vivió para contarlo. Algunas cifras indican que unos dos mil quinientos lo lograron, pero cerca de trescientos, comprobados, dejaron su vida en el intento. El último fue un joven de veintiún años llamado Chris Gueffroy, que lo intentó durante la madrugada del 6 de febrero de 1989, nueve meses antes de la caída.

Murió de dos tiros en la misma frontera.

Publicado el domingo 25-02-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 36: La mujer que barría el desierto

Al sur de Perú, en una meseta desértica de unos 500 kilómetros cuadrados que se extiende entre la pampa de Huayurí y el valle de Nazca, se encuentran las famosas líneas de Nazca, unos enigmáticos geoglifos que han fascinado e intrigado tanto a arqueólogos e historiadores como a los aficionados al tema ovni. Sus autores, los antiguos miembros de la cultura Nazca, además de hacer miles de líneas rectas que recorren el desierto a lo largo de kilómetros, realizaron unas setenta figuras de enormes dimensiones, que, según se ha dicho siempre, solo podían ser vistas desde el cielo, aunque muchas se pueden apreciar desde las laderas cercanas.

Tenemos claro, más o menos, cómo las hicieron, pero el misterio sigue siendo el motivo. Acometer una obra de esta envergadura implica un nivel de organización social bastante alto, así como un enorme costo en tiempo y recursos. ¿Por qué emplearlos en esto? No lo tenemos claro, aunque hipótesis hay muchas.

Algún día les hablaré largo y tendido de este apasionante enigma, pero hoy toca hablar de una persona, toda una Homo insolitus, que dedicó gran parte de su vida a intentar entenderlo y, lo que es más importante, a preservar los misteriosos geoglifos de Nazca: se trata de Victoria María Reiche Grosse Neuman, una alemana nacida en Dresde en 1903 a la que tenemos mucho que agradecer.

No conocemos demasiado sobre su infancia, pero sí sabemos que cursó estudios universitarios y que obtuvo el título de magisterio en matemáticas, física, filosofía y geografía en 1928. Tres años después, en 1931, se enteró de que el cónsul alemán en Cuzco estaba buscando una institutriz que cuidase de sus niños y decidió probar fortuna. Fue así como llegó al Perú, el país que le acogería durante el resto de su vida ―tras un efímero regreso a Alemania en 1936.

En 1937 se instaló en Lima y comenzó a trabajar como profesora y traductora de alemán e inglés. Dos años después se unió al equipo del doctor Paul Kosok, un antropólogo estadounidense de la Universidad de Long Island que estaba interesado en investigar las líneas de Nazca, recientemente descubiertas gracias a los primeros vuelos en avión. Kosok pensó en un primer momento que podrían haber servido como canales de riego, pero pronto llegó a la conclusión de que esa no era la explicación ―eran demasiado poco profundas―, sobre todo porque esto no explicaba las fascinantes y gigantescas figuras de animales, ni las alineaciones astronómicas, que él mismo había descubierto.

Maria Reiche quedó prendada con aquel misterio. Tanto es así que en 1949, cuando Kosok abandonó Perú, continuó su trabajo por su cuenta. Pasaría en Nazca el resto de su vida, descubriendo un montón de figuras nuevas que habían sido enterradas por las arenas del tiempo. Y no solo eso: convencida de que no solo había que investigar y desenterrar aquellos fascinantes geoglifos, sino que era necesario protegerlos de las inclemencias del árido clima de la región y de la acción humana, se instaló en una pequeña cabaña abandonada en pleno desierto, donde vivió durante unos quince años, totalmente entregada a su causa, sin electricidad, sin agua y sin ningún tipo de comodidad.

Sola, y equipada solo con un cepillo, una cinta métrica, un sextante, una brújula y una escalera de mano, se dedicó durante años a estudiar las líneas y, literalmente, a barrerlas. Al principio, los lugareños se reían de ella. Le llamaban «la mujer que barría el desierto». Con el tiempo la llegaron a adorar casi como a una santa.

Para María Reiche no existía misterio alguno sobre los autores de aquella maravilla, los antiguos habitantes de la zona, ni sobre la forma en que fueron construidas. El misterio, como decíamos, estaba en el motivo. Y pronto planteó una hipótesis: tras estudiar la figura del flamenco, de unos 300 metros, constató que estaba orientada hacia el Sol naciente durante el solsticio de invierno (en el hemisferio sur). Así, en su primera obra sobre el tema, Los dibujos gigantescos en el suelo de las Pampas de Nasca y Palpa: Descripción y ensayo de interpretación, de 1948, planteó que las líneas de Nazca representaban el calendario más grande del mundo y que había una relación clara entre ellas y los astros. Pensaba que los antiguos peruanos habían realizado todo aquello para conocer cuándo empezaba cada estación, cuál era la mejor época para cosechar y en qué época podían llegar las siempre escasas precipitaciones.

Encontró numerosas evidencias que le hicieron defender esa teoría durante años. De hecho, llegó a ser la explicación más aceptada, aunque en la actualidad se cree que respondían más bien a prácticas religiosas destinadas a que los dioses propiciaran la lluvia, aunque con claras relaciones astronómicas y astrológicas.

Desde que se instaló en la zona no permitió que cruzara la zona ningún tipo de vehículo y no dudó enfrentarse, incluso, al gobierno peruano, que en los años cincuenta quiso desarrollar plantaciones de algodón en las pampas.

Gracias a su iniciativa se creó en 1968 la Corporación de Reconstrucción y Fomento de Ica, dedicada a cuidar y mantener los geoglifos, previendo que un futuro podrían ser fuente de atracción turística. Le plantearon a María que escribiese un libro sobre su historia con las líneas. Y lo hizo. Ese mismo año se publicó El secreto de la pampa. Los fondos obtenidos fueron íntegramente a su causa..

Pero, como consecuencia del boom del fenómeno ovni y las delirantes teorías de los alienígenas ancestrales, que pusieron de moda autores como Erich Von Daniken o Robert Charroux, los turistas fueron llegando a la zona. Y destruyéndola. Maria, preocupada, intentó que las autoridades mediasen para evitar daños en los geoglifos. Como no lo consiguió, pagó de su propio bolsillo a varios vigilantes, gracias a la ayuda de su hermana Renate, y construyó una torre mirador de 74 metros de altura, desde la que los turistas puedan ver la obra sin deteriorarla.

En 1992, después de llevar sesenta años en el país, adquirió la nacionalidad peruana, otorgada por el gobierno peruano a la ilustrísima «dama de las Pampas» en reconocimiento a su arduo trabajo de investigación y preservación de las Pampas. Dos años después la UNESCO las reconoció como patrimonio de la humanidad. Entre medías, publicó Contribuciones a la Geometría y Astronomía en el Perú antiguo (1993), un amplio resumen de sus cuatro décadas de investigación.

El 8 de junio de 1998, cuando contaba 95 primaveras, falleció de un cáncer de ovarios. Hacía años que sufría Parkinson y una ceguera casi total. Pero jamás dejo sus líneas.

Sus restos descansan, junto con los de su hermana, en un mausoleo construido junto a la Casa Museo que la albergó en el desierto más desolado de la Tierra durante varios años.

«¡Todo era por Nazca! Si cien vidas tuviera, las daría por Nazca. Y si mil sacrificios tuviera que hacer, los haría, si por Nazca fuera».

Publicado el domingo 18-02-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 35: De buscador de oro a Premio Nobel

¿Saben qué es el éter luminífero? Por si acaso no, lo explico. Antiguamente se creía que no existía el vacío, sino que todo el espacio aparentemente vació estaba ocupado por algo llamado éter, una sustancia material, invisible e indetectable que ni siquiera estaba sujeta a la gravedad. Y no hablo de leyendas mitológicas. Científicos de primer nivel, como Descartes, Newton o el mismísimo y omnipresente Nikola Tesla, estaban convencidos de su existencia. Solo así, pensaban, se podía explicar algo raro que pasa con la luz. Hasta no hace mucho se pensaba que era una onda, pero, de ser así,  ¿cómo era posible que se desplazase por el vacío? Las ondas han de producirse sobre algo. Por lo tanto, algo tiene que haber en el vacío. Y ese algo era el éter.

No me voy a poner muy pesado con cuestiones científicas, entre otras cosas porque soy de letras y llega un momento en el que estos conceptos se me escapan. Lo que realmente me interesa es la persona que a comienzos del siglo XX consiguió demostrar, sin querer, que el éter no existía, todo un Homo insolitus que, sorprendentemente, y como dice el título de hoy, comenzó siendo un buscador de oro.

Se llamaba Albert Abraham Michelson, era de origen judío y nació en 1852 en Strzelno, Polonia (aunque entonces era Prusia). Tres años después, sus padres, huyendo de la agitación política y el sentimiento antisemita, y atraídos por la Fiebre del oro de California, se marcharon a Estados Unidos en busca de fortuna. Tardaron en hacerlo pero, con la ayuda de toda la familia, y con el duro trabajo del futuro científico, lo consiguieron.

En 1865, a los trece años, nada más terminar la Guerra de Secesión, fue enviado a una escuela secundaria en San Francisco. Cuatro años después solicitó la admisión en la Academia Naval de los Estados Unidos, en Annapolis, pero fue rechazado. Así que, ni corto ni perezoso, le escribió una carta al presidente Ulysses S. Grant, nada más y nada menos, para que le echase una mano, conocedor de que tenía la facultad de otorgar algunas plazas a dedo. Debió caerle en gracia porque consiguió una entrevista con él en la mismísima Casa Blanca, en Washington D.C., y obtuvo la plaza que tanto ansiaba.

Se graduó cuatro años más tarde, destacando en todo lo relacionado con la óptica y la climatología. Y consiguió trabajo en la propia Academia Naval, como profesor de Física y Química. Ya por aquel entonces comenzó a interesarse en el problema de medir la velocidad de la luz, consiguiendo resultados realmente sensacionales. Sería el trabajo de toda su vida.

En 1883 aceptó un puesto como profesor en la Case School of Applied Science en Cleveland (Ohio), donde comenzó a desarrollar un potente y perfeccionado interferómetro, un aparato óptico que se emplea para medir cosas pequeñas con precisión mediante las interferencias que provocan. Un tiempo después, entre 1885 y 1887, Michelson, junto a su amigo Edward Morley, utilizó su interferómetro mejorado en un experimento que les acabaría convirtiendo en famosos. El objetivo era, entre otras cosas, demostrar la existencia del éter lumífero y medir cómo influía en la luz. En teoría, de existir esa misteriosa sustancia, la velocidad de la luz debería verse afectada por ella. Pero, tras dos años de cuidadosas mediciones, llegaron a la conclusión de que no, la velocidad de la luz siempre era la misma, era constante. Michelson fue el primero en demostrarlo. Como dijo William H. Cropper, se trata del resultado negativo en un experimento más famoso de la historia.

Una década después, un alemán llamado Max Planck rompió las normas de juego con su mecánica cuántica, que postulaba que la energía está compuesta por paquetes individualizados llamados cuantos. Era un concepto revolucionario: demostraba la teoría de Michelson de la ausencia del éter y explicaba cómo viajaba la luz por el vacío, ya que no era solo una onda, sino que estaba compuesta por partículas.

Pero Michelson logró algo más: consiguió el metro perfecto e inmutable. Me explico: el metro es una unidad de medida creada por la Academia de Ciencia de Francia en 1792 y fue definida en aquel momento como la diezmillonésima parte de la distancia que separa el polo del ecuador a través de la superficie de la Tierra (10.000 kilómetros). Eso era un metro. Un siglo y pico después, dado que la anterior definición no era del todo precisa, se decidió adoptar un patrón inmutable. Así, se creó un metro estándar de platino e iridio que, desde entonces, se conserva en los subterráneos de la Oficina de Pesos y Medidas (en Sèvres, París). Pero, ¿y si la barra sufría alguna alteración al cabo de los años? La materia, aunque lentamente, va cambiando con el tiempo.

Michelson resolvió el problema: empleó luz emitida por cadmio metálico incandescente para determinar cuántas longitudes de onda había en el metro estándar. Su resultado: 1.553.393,3 longitudes de onda. ¿Qué quiere decir esto? Pues que cualquier otro científico, empleando el mismo método, podría reproducir un metro perfecto. Y no solo eso: consiguió una nueva definición. Un metro es 1.553.393,3 veces la longitud de onda emitida por el cadmio metálico. Esta idea fue el modelo que en 1983 se empleó para la definición actual, vigente desde 1983: la distancia que recorre la luz en el vacío durante un intervalo de 1/299.792.458 segundos. Os puede parecer una tontería, pero a mí estas cosas me encantan.

Gracias a todo esto, su carrera avanzó como la espuma. En 1889, fue contratado como profesor por la Universidad de Clark (Worcester, Massachusetts), y en 1892, como jefe del departamento de Física de la Universidad de Chicago.

Y finalmente, en 1907 recibió el Premio Nobel de Física por sus instrumentos de precisión óptica y las investigaciones espectroscópicas y metrológicas realizadas con su ayuda. Fue el primer estadounidense en ganar el Premio Nobel de una ciencia. Lo curioso es que en aquella ocasión no hubo ceremonia de entrega pública porque dos días antes había fallecido el rey de Suecia, Óscar II, lo que provocó la cancelación de los fastos.

Un merecido reconocimiento para alguien que comenzó a intrigarse por los complicados mecanismos de este universo mientras buscaba oro. Veinticinco años después, a los 78 años, falleció en su casa de Pasadena, California.

Publicado el domingo 11-02-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 34: El desgraciado maestro de Chaplin

Todos ustedes conocen a Charlot, el personaje que el gran Charles Chaplin creó e interpretó en decenas de películas. Ya saben, aquella especie de vagabundo con aspecto y modales de aristócrata. Lo que quizás no sepan es que Chaplin se inspiró en un personaje muy parecido que había interpretado, unos años antes, un actor francés llamado Maximilien Gabriel Leuvielle (1883-1925), más conocido como Max Linder, un Homo insolitus que llegó a ser la estrella cinematográfica más grande del mundo, hasta que el puesto le fue arrebatado, precisamente, por Chaplin, quien confesaría ser discípulo suyo. Como pueden imaginar, aquello no pudo terminar bien.

Nació en 1883, en el seno de una rica familia judía dedicada a la producción de vinos, en el pueblo de Saint-Loubès, en el suroeste de Francia. Con dieciséis años, no contento con el porvenir rural que le esperaba, decidió seguir la senda de su hermano Maurice, que iba camino de convertirse en la futura estrella del rugby nacional que terminó siendo, y se marchó a estudiar teatro a la cercana Burdeos. Fue el inicio de una carrera teatral relativamente exitosa que en 1904 le llevó a la capital gala, París. El conservatorio nacional le rechazó, pero Maximilien comenzó trabajar como actor cómico en algunos teatros parisinos, hasta que en 1905 consiguió entrar en los Estudios Pathé, en Vincennes, gracias a un compañero que le presentó a Ferdinand Zecca, el gran pionero del cine mudo. Comenzó a rodar películas aquel mismo año con el nombre artístico de Max Linder.

No tuvo demasiado éxito al principio, aunque participó en decenas de películas para la Pathé, entre ellas, algunas de Georges Méliès. El momento le llegó cuando la superestrella de esta productora, un tal René Gréhan, hoy en día desconocido, se piró para unirse a la empresa rival, la Éclair de Charles Jourjon, creada ese mismo año, 1907.

El tal Gréhan llevaba un tiempo representando a un personaje cómico llamado Gontran, una especie de héroe tonto desmedrado con pinta de dandi. Linder le tomó el relevo y, tomando a Gontran como punto de partida, creó un personaje nuevo, una especie de alter ego llamado Max, hijo de buena familia, no muy listo pero simpático y buena gente, que se acaba siempre librando de los malos pasos donde se había metido, en unas aventuras cómicas imposibles y alocadas. Eso sí, no hacía acrobacias, ni abusaba de gestos exagerados. Era, por así decirlo, un tipo normal, algo pijo y torpón, metido en follones.

El personaje, además, era un galán: joven, guapo, elegante, con su sombrero de seda, sus zapaticos de charol y su eterno bastón. No es de extrañar que atrajese al cine al público femenino, ni que más de una ocasión se liase algún tumulto durante alguna de sus apariciones públicas.

El caso es que su primera peli como Max, Les debuts d’un patineur (Max patinador), estrenada en diciembre de 1907, fue un fracaso. No entendieron al personaje. Pero Linder fue poco a poco matizándolo y, finalmente, consiguió llegar al público. Se reían de él porque representaba el perfecto arquetipo del advenedizo con aspiraciones de gran señor, papel que, de alguna, casi todos representamos.

Así, cuando el éxito llegó, fue espectacular, lo que explica que en 1912 fuese el actor mejor pagado de Francia, además de ser reconocido en el mercado internacional. Fue, posiblemente, la primera gran estrella del cine mundial. Llegó a cobrar, en 1912, un millón de francos, una barbaridad si partimos de que el salario medio en la Francia de principios del siglo XX era de solo cien francos.

Y eso que a finales de 1910, una apendicitis que se complicó estuvo a punto de acabar con él. De hecho, algunos periódicos le dieron por muerto. Pero regresó y con más fuerza que nunca, ya que a partir de entonces comenzó a interesarse por la dirección de películas, actividad en la que se mostró igualmente diestro, poniendo su nombre en decenas de ellas entre 1911 y 1914: N’embrassez pas votre bonne (No beséis a vuestra criada, 1914), Max et la quinquina (Victima de la quina, 1911), Le mariege de Max (El casamiento de Max ,1911) o Max toreador (1913); por citar solo algunas de las más conocidas.

Pero en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y todo se fue al traste. Max intentó alistarse, pero solo se le permitió ser conductor de despachos entre París y el frente. En 1915, en plena contienda, se extendió el rumor de que había muerto en las trincheras, lo que provocó una autentica conmoción en toda Francia. Finalmente, dejó la guerra, después de una neumonía que le dejó bastante tocado durante unos meses, y en 1916 se marchó a Estados Unidos, tras recibir la llamada de George K. Spoor, presidente de los Estudios Essanay, que hasta unos meses antes tenía en plantilla a Chaplin.

Pero no tuvo el éxito esperado y dos años después, tras rodas solo tres películas, regresó a su país. Aun así, hubo una segunda intentona de triunfar en América, realizando en 1922 una película que tuvo cierto éxito, The Three Must-Get-Theres (Los Tres Mosqueteros). Pero ya nunca pudo recuperar la fama de antaño, entre otras cosas por la omnipresente figura de Chaplin, que, con su personaje Charlot, arrasaba en los cines del país. Y lo curioso es que Charlot venía a ser una versión del personaje de Linder: un vagabundo con aspecto aristocrático venido a menos. Es más, algunas de las tramas de Chaplin son calcadas a las de las películas de Linder.

Su carrera iba en declive, algo en lo que tuvo mucho que ver su decadencia personal, víctima de fuertes estados depresivos que intentaba subsanar con el consumo de drogas. Cada vez fue a peor.

El 31 de octubre de 1925 culminó un extraño plan suicida que había pactado con su esposa, Jean Peter, con la que llevaba dos años casado: le cortó las venas a la dama antes de hacerlo consigo mismo. Un año antes, a comienzos de 1924 ya lo habían intentado en un hotel de Viena con barbitúricos…

Titulares de periódicos. Y olvido.

Hasta que en los sesenta su hija Maud Linder se esforzó por conseguir que su padre fuese reconocido como lo que fue, el padre del cine cómico, auténtico maestro y ejemplo de Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd.

Publicado el domingo 04-02-2018 en La Voz de Almería

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