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De héroe a falso culpable

El 27 de julio de 1996, pasada la medianoche, un artefacto explosivo estalló en el Centennial Olympic Park, un espacio abierto diseñado para que funcionase como plaza centra de los Juegos Olímpicos de verano que tuvieron lugar en Atlanta, Estados Unidos, en aquel año. Allí estaban reunidas miles de personas para un concierto del grupo Jack Mack & the Heart Attack.

Como consecuencia del atentado falleció Alice Hawthorne y hubo más de cien heridos —también murió de un infarto un cámara de televisión turco, Melih Uzunyol—. No se produjeron más víctimas gracias a que un anodino guardia de seguridad llamado Richard Jewell descubrió una mochila militar sospechosa debajo de un banco, cerca de una torre de iluminación, y alertó, nueve minutos después, a la policía. Jewell y sus compañeros comenzaron a despejar la plaza de gente y a preparar el terreno para los artificieros. Desafortunadamente, la bomba estalló antes de que todos los asistentes al evento hubiesen abandonado la plaza.

Richard Jewell, nuestro Homo insolitus de hoy, nacido en Danville, Virginia, el 17 de diciembre de 1962, fue considerado un héroe en un primer momento, pero tan solo cuatro días después del atentado los medios comenzaron a divulgar que las autoridades le estaban investigando como posible sospechoso. No andaban desencaminados. En efecto, el FBI llegó a la conclusión de que el terrorista debía ser un lobo solitario; consideraron que Jewell era una person of interest y comenzaron a investigarle. No tardó en extenderse la sospecha sobre él. Un tipo corpulento, con aspecto de bobalicón, soltero y que, pese a tener 33 años, vivía con su madre…

Nunca llegó a ser arrestado, pero ya era tarde. Los medios le hundieron en la miseria y su imagen quedó dañada inexorablemente.

Jewell dejó de ser sospechoso unos meses más tarde, en octubre de 1996; además, a principios de 1997 se produjeron dos nuevos atentados con bombas similares en una clínica abortista y en un club gay cerca de Atlanta. Poco después, un nuevo artefacto explotó en otra clínica, en esta ocasión de Birmingham, Alabama, matando a un guarda de seguridad. Gracias a las cámaras de seguridad y al testimonio de algún testigo, el FBI dio con un tal Eric Robert Rudolph, que se convirtió en el principal sospechoso. Por desgracia, este tipo inició una huida que duró más de cinco años y que le acabó convirtiendo en el fugitivo más buscado del país. Finalmente, fue detenido el 31 de mayo de 2003 en Murphy, Carolina del Norte, y en 2005 fue condenado a cuatro condenas de cadena perpetua por los cuatro atentados.

Durante los interrogatorios expresó que su motivación era política: quiso atentar contra las Olimpiadas porque consideraba que eran una expresión del socialismo internacional, y de camino, atacar al gobierno estadounidense por su permisividad con el aborto. Se trataba, en definitiva, de un fundamentalista cristiano de extrema derecha. Uno más.

Jewell, por otro lado, decidió demandar a varios medios de comunicación por difamación (entre otros, el New York Post, la NBC News y The Atlanta Journal-Constitution), así como a la empresa para la que había trabajado, Piedmont College, dado que su jefe en aquella época, Raymond Cleere, había contactado con el FBI proporcionándoles información falsa sobre este hombre. Ganó todos los juicios y fue indemnizado con bastante dinero (aunque las cuantías exactas no han trascendido). Además, en julio de 1997, Janet Reno, la fiscal general de Estados Unidos, le pidió disculpas públicamente y lamentó que se hubiese producido la dañina filtración a los medios.

Imaginen cómo debieron afectar estas infundadas acusaciones a un señor como Jewell, un tipo serio, servicial, tímido, sin demasiados amigos y entregado a su trabajo como guarda de seguridad. Anteriormente, tras dejar los estudios, que nunca le fueron del todo bien, había sido mecánico y carcelero en la comisaría del condado de Habersham, Georgia, a principios de los noventa, antes de ascender a alguacil poco tiempo después. Finalmente, en 1995 comenzó a trabajar como guarda en el campus universitario Piedmont College, trabajo que dejó en mayo de 1996 para irse a vivir con su madre a Atlanta y comenzar a trabajar para la organización de las Olimpiadas.

Tras aquella terrible experiencia, continuó trabajando como guarda de seguridad en varias ciudades del estado de Georgia. Además, conoció a Dana, una trabajadora social que terminó convirtiéndose en su esposa.  Sin embargo, no mucho tiempo después, el 29 de agosto de 2007, falleció. Tenía tan solo 44 años.

El héroe más grande de los Juegos Olímpicos de 1996 no ganó medallas ni rompió ningún récord.

Publicado el domingo 15-12-2019 en La Voz de Almería

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El espía que cambió el mundo

No todos los espías son como James Bond o como nos ha contado el cine en cientos de películas. De hecho, seguramente, ninguno es así. Hoy les vengo a hablar, precisamente, de un espía de lo más curioso, en primer lugar, por ser español, y en segundo lugar, y sobre todo, porque se puede decir, sin duda alguna, que ayudó a cambiar el mundo.

Conocí esta historia gracias al magnífico libro Avernum, de mi amigo José Apolo. En esta obra, centrada en varios personajes extraordinarios de la historia, se hablaba largo y tendido de nuestro Homo insolitus de hoy. Su nombre era Joan Pujol, y, al contrario que estos galanes típicos del cine de espías, era un señor bajito, tirando a feote, bastante corto de vista y de todo menos glamuroso y seductor. Claro que esto no fue impedimento para que fuese un espía cojonudo, gracias, sobre todo, a su perseverancia, su inteligencia y su poquita vergüenza. Y es que, este señor, tipical spanish, fue el responsable de que millones de personas salvasen su vida.

Pujol nació en Barcelona, el 14 de febrero de 1912, en el seno de una familia acomodada de la burguesía catalana. Durante su juventud se movió entre el ambiente liberal barcelonés, y, al estallar la Guerra Civil, optó por esconderse en casa de unos amigos. Pero el escondite solo le sirvió durante un tiempo, ya que finalmente fue detenido por las milicias republicanas. ¿El castigo? Fue enviado al frente, y encima a uno de los frentes más chungos, la Batalla del Ebro. Pero, haciendo gala de la tremenda habilidad que le caracterizaría con el tiempo, logró escaparse y cruzar las líneas hasta unirse a las tropas del general Franco.

No tardaron en darse cuenta de que estaba en el bando equivocado. Así que un buen día de 1940, tuvo la osada idea de presentarse en la embajada británica y ofrecerse para ser agente doble. Con dos narices. No le hicieron ni caso, pero la negativa no le hizo desfallecer. Así que se puso a darle vueltas a la cabeza, elaboró un increíble plan y se ofreció en esta ocasión a los alemanes. Estos sí que le hicieron caso. Y fue reclutado para el espionaje germano.

Aseguró a los alemanes que conocía a la perfección Gran Bretaña y sus costumbres, y que pasaría totalmente desapercibido a la hora de moverse en los terrenos por los que fluía la inteligencia. Y eso que nunca había estado allí… Así que en julio de 1941 fue enviado como espía a suelo británico.

En realidad, su plan era otro: jamás llego a Londres y Lisboa fue su destino real. Gracias a una guía de viajes de la ciudad de Londres, un mapa y una guía de trenes, se inventó los informes sobre movidas militares que enviaba a los servicios secretos alemanes. Y todo se lo inventaba. No había un solo dato que fuese real.

Solo le contaba a los alemanes lo que estaban deseando oír; psicológicamente, les estaba ganando la partida por goleada. En cambio, no conseguía convencer a los británicos de su utilidad como agente doble. Así que en 1942 ideó un plan para demostrarles su valía: comunicó a los alemanes que un convoy aliado se encontraba a punto de partir rumbo a Malta. Claro, el convoy nunca llegó, y Garbo lo justificó explicando que se había producido un cambio de planes de última hora por parte del mando militar aliado, algo bastante común. La jugada llegó a oídos del MI-6, el servicio secreto británico, que pudo verificar que un solo hombre había sido capaz de movilizar a la armada de Hitler. Fliparon con Pujol y le ficharon, tomando el nombre de Garbo por sus dotes interpretativas.

Una vez en suelo británico, informó a los alemanes de que su red había sido ampliada con cuatro nuevos agentes imaginarios. Por supuesto, para no levantar sospechas, las informaciones que enviaba a los nazis no siempre eran falsas. Con el tiempo, Garbo aumentó su nómina de agentes imaginarios hasta veinticinco. Cada uno con una personalidad, una vida familiar y una manera de hablar diferentes. Eran personajes realmente bien trabajados y bastante complejos. Cientos de informes secretos y miles de mensajes emitidos vía radio llegaron hasta los alemanes casi a diario. Y todos ellos salieron de la lúcida mente de Garbo.

Imaginen el nivel del trabajo realizado, tanto que en 1944 fue condecorado por su majestad el rey Jorge VI de Inglaterra, el del Discurso del rey, con la Orden del Imperio Británico. Y para colmo, a la vez, también recibió de los alemanes la Cruz de Hierro por sus servicios al III Reich.

Pero lo mejor estaba por venir. Cuando las fuerzas aliadas comenzaron a diseñar la invasión de Europa, tomaron conciencia de lo importante que era despistar a los nazis para que no se enterasen del lugar en el que iban a desembarcar, Normandía. El objetivo era hacer creer al mando alemán que los aliados desembarcarían en Calais, a unos 250 km de distancia.

La labor de Garbo fue determinante. Utilizando todo su ingenio, consiguió que, mediante informaciones contradictorias y todo tipo de ardides, los alemanes desviaran un gran contingente de sus tropas hasta Calais.

Ya saben cómo continúa la historia.

Tras la guerra, como es lógico, Garbo no tuvo más remedio que verse obligado a fingir su propia muerte, así que fue trasladado a Venezuela bajo una identidad falsa y con la idea de comenzar una nueva vida.

Ni siquiera su mujer y sus hijas tuvieron noticias de él hasta cuarenta años más tarde, en los años ochenta, cuando fue localizado por un periodista de investigación británico. Poco tiempo después, tras conocerse su historia, fue recibido y aclamado como un auténtico héroe en una visita que realizó a la capital británica. En España no nos enteramos de su historia hasta poco antes de su fallecimiento, el 10 de octubre de 1988.

Publicado el domingo 08-12-2019 en La Voz de Almería

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El falso asesino

El 8 de marzo de 1993, Thomas Quick, un enfermo mental de 42 años que estaba internado en una clínica psiquiátrica de Säter, Suecia, tras ser detenido por atracar vestido de Papa Noel a un banquero de su pueblo, confesó que había asesinado y violado a un niño de 11 años llamado Johan Asplund, del que no se sabía nada desde su desaparición, el 7 de noviembre de 1980.

Las autoridades comenzaron a investigar al asesino confeso para verificar su historia y, aunque el cadáver del joven Asplund no apareció, consideraron que su declaración era tan rica y explícita que tenía que ser cierta.

No quedó aquí el asunto. A lo largo de los siguientes años llegó a autoinculparse de 39 asesinatos, a cual más atroz y despiadado. Aseguraba haber violado a todas sus víctimas, haber desmembrado a muchas e, incluso, haberse comido a alguna.

Se convirtió en el más terrible asesino en serie de Suecia y fue condenado por ocho de aquellos crímenes.

Pero todo cambió el 2 de junio de 2008 cuando Quick, todavía recluido en Säter, se desdijo de todo gracias a la labor de un periodista, Hannes Råstam, que durante años estuvo obsesionado con aquella historia y con las múltiples contradicciones que fue encontrando entre las declaraciones de este señor y la evidencia material: no seguía un modus operandi, no usaba armas, no atacaba al mismo tipo de personas y, lo más sorprendente, no había ninguna pista que demostrase su participación ni ningún testigo. Todo se construyó en base a sus declaraciones.

Ni siquiera se llamaba así, sino que su nombre real era Sture Bergwall.

Llama la atención que el fiscal general del Estado por aquel entonces, un tal Christer Van der Kwast, tardase un año en presentar cargos contra él. Por si fuera poco, como posteriormente se supo, adornó sus declaraciones gracias a la información que recibía de sus propios terapeutas, que le intentaban ayudar a recordar con datos aportados por la propia policía.

Hoy se sabe que algunas de las confesiones fueron manipuladas. Bergwall se equivocaba una y otra vez, y en detalles tan importantes como el color del pelo de sus víctimas o el tiempo que hacía el día del supuesto crimen. Pero daba igual. Si algo contradecía la evidencia, los propios terapeutas y policías le corregían, él se desdecía y reconstruía la historia. Es más, esto mismo fue presentado como evidencia de que todo lo que decía era cierto. Los psiquiatras explicaban sus incoherencias como fruto de la ansiedad y como un intento inconsciente de borrar de su memoria aquellos terribles recuerdos.

Así, si bien el autoinculpado puso lo suyo, esto no hubiera ido a más de no ser por la connivencia entre la fiscalía, la policía y los psiquiatras, que se encargaron de interrogarle de forma bastante dudosa y de drogarle de manera industrial.

De hecho, en un momento determinado, algunos agentes cuestionaron cómo era posible que hubiera cometido sus asesinatos empleando 13 métodos diferentes, algo insólito en un asesino en serie. Fueron apartados de la investigación.

Todas las condenas han sido retiradas.

Como dice su abogado, Thomas Olsson, «Todos los casos fueron construidos igual: sin pruebas biológicas, sin huellas, sin rastros de ADN, sin testigos, sin evidencias». Con sus confesiones fue bastante, lo que deja claro que su defensor en aquella época, Claes Borgström, actuó con una torpeza y un poca profesionalidad extraordinarias. Algunos de los crímenes que reconoció ni siquiera estaban basados en sucesos reales…

Pero, ¿por qué hizo este Homo insolitus esto? Bergwall había sido un toxicómano toda su vida. Cuando le preguntaron por qué había mentido, dijo, sin ningún tapujo, que «fue una manera de conseguir ansiolíticos legalmente» y que aquello «le permitió tener la sensación de pertenecer a algo». «Me gustaba ver que se interesaban por mí», llegó a decir.

23 años después de su ingreso en Säter fue puesto en libertad sin cargos. En la actualidad vive en un lugar secreto con una identidad falsa.

Ojo, el tipo tampoco era un santo. Con 19 años ya fue detenido por abusar de un chico de 14; y poco después, por apuñalar a un amante de una noche. También es cierto que sufrió abusos sexuales por parte de su padre, siendo tan solo un crío de 4 años…

El fiscal general Christer Van der Kwast, hoy un anciano, sigue pensando que alguno de esos crímenes sí los cometió.

Por desgracia, los verdaderos asesinos nunca fueron encontrados y ningún terapeuta ni ningún policía de los que investigaron su caso han recibido algún tipo de castigo por su actuación.

Publicado el domingo 24-11-2019 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 64: El mago de los cohetes

En 1942, Jack Parsons inventó el primer combustible sólido y moldeable para cohetes, inaugurando así una senda que llevaría a perfeccionar, unos años después, a la conquista del espacio y a la fabricación de mortíferas de guerra. Además, Parsons colaboró en la fundación del Laboratorio de Propulsión a Chorro, junto al Instituto de Tecnología de California (más conocido como Caltech), claro antecedente de la posterior NASA. Sus contribuciones nos han permitido poner robots en Marte, tomar muestras del polvo de la cola de algún cometa y enviar sondas más allá de los confines del Sistema Solar. Lo curioso es que Parsons también estaba muy interesado en el ocultismo. Tanto que llegó, incluso, a unirse al grupo ocultista que fundó el británico Aleister Crowley… Todo un Homo insolitus que merece la pena conocer con cierto detalle.

John Whiteside Parsons nació en Los Ángeles en 1914. No brilló en la enseñanza secundaria, pero si mostró desde pequeño un interés por la lectura y la ciencia ficción. Tampoco tenía demasiadas dotes sociales, pero construyó una fuerte amistad con su vecino Edward S. Forman, con el que compartía su afición por el espacio y con el que comenzó a fabricar, siendo aún niños, los primeros cohetes.

Se propuso estudiar química en la Escuela Universitaria de Pasadena y consiguió graduarse en 1933, pero nunca pudo dar el siguiente paso y, aunque se matriculó en la Universidad de Stanford, no aguanto ni un mes por sus problemas económicos.

Mientras tanto, había continuado experimentando junto a su amigo Ed. Querían acabar con las burlas que muchos científicos, y el propio gobierno de los Estados Unidos, habían realizado sobre la tecnología de los cohetes espaciales. Lo veían como algo propio de la ciencia ficción y de las revistas pulp a lo Amazing Stories. Lo curioso es que fue precisamente esto lo que atrajo a estos dos inquietos jóvenes.

Esta inquietud le llevó a dirigirse en marzo de 1935, junto a su amigo y cómplice Ed, convertido en un mecánico experto, hasta Caltech, con la intención de captar a algún científico para su causa. Lo consiguieron: un tal Frank Malina, recién graduado, estaba trabajando como asistente en un túnel de viento, realizando estudios sobre los motores de propulsión para aviones. Malina se interesó por sus propuestas y pronto comenzaron a trabajar juntos. En febrero de 1936 formaron un trío que fue conocido, de forma despectiva, como El escuadrón suicida.

Malina, como científico que era, se centró más en los aspectos teóricos, pero Parsons y Forman, desde el primer momento, se dedicaron a confeccionar modelos de cohetes. No lo consiguieron. Eso sí, durante los tres primeros años no contaron con presupuesto alguno y tuvieron que pagar todos los gastos de su bolsillo, teniendo que trabajar casi siempre durante las noches o los fines de semana.

Por aquella misma época, finales de la década de 1930, cuando rondaba los 24 años, Parsons comenzó a frecuentar las reuniones del Ordo Templi Orientis (OTO), una sociedad ocultista creada por Aleister Crowley que llegó a tener gran difusión en la zona de Los Ángeles. Allí, entre misas gnósticas, encuentros sexuales comunitarios y orgías etílicas, se fue iniciando en la filosofía Thelema de Crowley, cuyo principio básico era «haz lo que quieras que sea la totalidad de la Ley».

Sus compañeros no vieron con buenos ojos su acercamiento a estas extrañas actividades, pero, por otro lado, cada vez quedaba más claro que era un genio fabricando combustibles para cohetes. Alguno de ellos recuerda como solía cantar el Hymn to Pan de Crowley antes de encender sus prototipos…

Finalmente, en 1941, tras conseguir sus primeros éxitos, Parsons y sus colegas fundaron la Aerojet Engineering Corporation, con la intención de vender cohetes para el ejército. Triunfaron. Y dos años más tarde, ya en plena Segunda Guerra Mundial, ayudó a fundar el Laboratorio de Propulsión a Chorro.

Por aquella misma época se convirtió en el líder del OTO en la costa oeste, carteándose a menudo con un anciano Crowley, que por aquel entonces tenía 72 años —falleció el 1 de diciembre de 1947—. Todo esto nos puede parecer extraño, y de hecho, lo era. Pero no para Parsons, que veía sus actividades con los cohetes como el camino perfecto para que los humanos fuesen capaces de explorar el universo y contactar, por fin, con las esquivas divinidades.

De hecho, con el dinero que ganó gracias a la venta de cohetes, compró una enorme mansión de madera en Pasadena que se convirtió en el centro de operaciones de OTO —recibió el nombre de The Parsonage—. Allí se mezclaban científicos interesados en la propulsión a chorro con sacerdotisas vestidas solo con túnicas. Por supuesto, no faltaban las drogas en aquella casa.

Claro, su creciente excentricidad tenía un precio. No estaba bien visto que alguien que trabajaba en un tema tan delicado se dedicase en su tiempo libre a la magia. Y, finalmente, en 1943, decidió vender sus acciones de Aerojet (por 20000 dólares) y abandonó sus estudios sobre cohetes, al menos de forma oficial.

Por si fuera poco, fue bastante amigo de L. Ronald Hubbard, el fundador de la Iglesia de la Cienciología. Pero la cabra tira al monte, y en julio de 1946, Hubbard, con la excusa de una inversión lucrativa en una empresa textil, le timó 20000 dólares. Fue el comienzo del final. Desahuciado y sin un dólar, trabajó en una gasolinera, aunque esporádicamente rentabilizaba sus conocimientos científicos fabricando explosiones para películas de Hollywood.

Podría haber dado muchísimo más juego, de no ser porque falleció como consecuencia de una explosión que se produjo en el laboratorio de su casa en junio de 1952, cuando tenía solo 37 años. Cuando llegaron las ambulancias y la policía, Parsons aún vivía, aunque la explosión le había arrancado media cara, haciendo visible su cráneo, y el brazo derecho.

En el suelo encontraron cientos de planos de cohetes mezclados con dibujos ocultistas y pentagramas.

Publicado el domingo 20-01-2019 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 63: Una heroína liberal

Mariana Pineda nació y murió en Granada. Nació el 1 de septiembre de 1804 en el seno de una familia atípica. Su padre, Mariano de Pineda, granadino, capitán de barco y caballero calatravo, nunca se casó con su madre, María de los Dolores Muñoz, sevillana. Se desconoce el motivo, aunque sabemos que, antes de nacer Mariana, tuvieron a una hija en Sevilla que falleció al poco tiempo de nacer; y que la relación nunca fue placida. Tanto es así que, cuando Mariana tenía solo un año, su padre consiguió su tutela. No duró mucho, ya que el hombre padecía una enfermedad crónica que pronto acabaría con su vida. La joven niña quedó al cargo de su tío paterno, que a su vez la cedió a una pareja que trabajaba para él, José de Mesa y Úrsula de la Presa. Fueron estos los que criaron a Mariana… Y los que se apoderaron de las posesiones que había heredado de su padre; posesiones que nunca recuperó.

Si complicada fue su infancia, debido a su condición de hija no reconocida, más complicada fue su adolescencia. Se casó con tan solo quince años con un ex militar llamado Manuel de Peralta, con el que tendría dos hijos, José María (1820) y Úrsula María (1821). Poco tiempo después de nacer el segundo, enviudó. Tenía solo dieciocho años.

Justo en aquella época, España estaba viviendo una época convulsa que ha pasado a la historia como el Trienio Liberal. Resumiendo: Fernando VII regresó, aclamado, en 1814, y lo primero que hizo fue cargarse las reformas políticas y legislativas de la constitución de Cádiz de 1812, la Pepa, restableciendo así el Antiguo Régimen y el poder absoluto del monarca. Los liberales se vieron obligados a huir, aunque desde la sombra orquestaron varios intentos de derrocar al Borbón. Él último de ellos, dirigido por el teniente coronel Rafael de Riego, tuvo lugar el día de año nuevo de 1820. Este golpe militar, conocido como el Pronunciamiento de Riego, triunfó y dio pasó al citado Trienio Liberal. Fernando VII se vio obligado a jurar la Pepa y a suprimir la Inquisición, que aún existía. Pero no duró mucho. Francia decidió que había que ayudar al monarca y, gracias a los Cien Mil Hijos de San Luis, Fernando VII fue repuesto, se dieron por finalizados estos tres años de efervescencia liberal y comenzó la Década Ominosa (1823-1833).

Pues bien, Mariana abrazó con entusiasmo esta causa y, después del trágico desenlace, simbolizado a la perfección por el ahorcamiento público de Riego, se dedicó durante años a ayudar a los liberales perseguidos. Por esa misma época se casó con el abogado José de la Peña, padre de la que sería su tercera hija, Luisa (1829).

A finales de la década de 1820 parecía inminente un levantamiento liberal generalizado en Andalucía, encabezado por el general José María Torrijos. Se llegó incluso a fijar una fecha: el 20 de marzo de 1831. Pero Francisco Calomarde, ministro de Justicia de Fernando VII, estaba al tanto y logró evitar el golpe. Así, el 18 de marzo, dos días antes, Mariana Pineda fue detenida, acusada de colaborar con la insurrección.

En su casa de Granada encontraron una bandera a medio bordar, “señal indubitada del alzamiento que se forjaba”.

No la llevaron presa, sino que fue retenida en su propio domicilio. Craso error. Tres días después consiguió escapar disfrazada de anciana, pero el guarda que estaba encargado de su custodia consiguió detenerla. Fue entonces cuando la encerraron en el convento de las Arrecogidas (prostitutas) Santa María Egipcíaca.

Las autoridades tenían claro que no se trataba de una dirigente del frustrado golpe, pero la retuvieron con la esperanza de que cantara y les dijera los nombres de los implicados. No lo hizo. “Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios”, dijo.

Y fue juzgada. ¿El motivo? La dichosa bandera, “el signo más decisivo y terminante de un alzamiento contra la soberanía del Rey N.S. y su gobierno monárquico y paternal”. No sabemos cómo era aquella bandera. Según el expediente, era un paño morado con un triángulo en el centro, en cuyos lados aparecían tres palabras bordadas en rojo, igualdad, libertad y ley, y algunas letras sueltas que no pudieron identificarse.

Le acusaron de rebelión contra España y el monarca, delito que estaba castigado con la muerte. La defensa planteó que no se trataba de una bandera liberal, sino de una enseña masónica. Como las mujeres no podían pertenecer a la masonería, solo se le podía acusar de relacionarse con una secta prohibida, pero no de rebelión. En efecto, esa bandera tenía mucho que ver con la masonería: los colores morados y verde corresponden al grado 22 (Caballero de la Real Hacha) del rito escocés rectificado; y el triángulo es un icono claramente masónico.

Pero claro, los masones estaban relacionados con los movimientos liberales subterráneos de aquella época, así que de poco sirvió esta defensa. Al contrario.

Fue condenada a muerte.

Se le ejecutó en el Campo del Triunfo, mediante el terrible garrote vil, el 26 de mayo de 1831. Tenía 26 años de edad. Granada lloró su muerte.

No tardó en convertirse en una mártir y en un símbolo de la lucha por la libertad.

Algunas fuentes consideran que en realidad todo fue un montaje y que la policía introdujo la bandera en casa de Mariana para poder acusarla de cómplice de la frustrada rebelión liberal. Es bastante posible.

 

¡Oh! Qué día tan triste en Granada,
que a las piedras hacía llorar
al ver que Marianita se muere
en cadalso por no declarar.

Publicado el domingo 13-01-2019 en La Voz de Almería

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