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Homo insolitus 14: Contactado y Terrorista

El protagonista de hoy es un señor llamado Aladino Félix, un brasileño nacido en 1920 en Lorena (un municipio de la provincia brasileña de São Paulo), en el seno de una humilde familia rural que descendía por vía paterna de emigrantes judíos. Siendo un adolescente emigró para buscarse la vida y, por distintos avatares del destino, terminó combatiendo en la Segunda Guerra Mundial dentro de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos. Posteriormente, tras vivir durante un tiempo en Chicago, donde recibió cierta formación universitaria, regresó a su país, se casó, ejerció como «negro» para varias editoriales, comenzó a escribir… y a contactar con extraterrestres.

A lo largo de su vida utilizó diferentes seudónimos, como A. L. Pitigliani o Dino Kraspedon, con el que escribió todo un clásico de la literatura sobre el fenómeno ovni, Contatos com os Discos Voadores (1959). En esta obra explicó su primer contacto con los alienígenas, en noviembre de 1952, cuando visualizó cinco platillos volantes cerca de las montañas de Paraná. Poco después, aseguraba, unos humanoides le invitaron a subir a su aeronave, donde mantuvo una agradable conversación con el capitán extraterrestre, procedente, según le explicó, de una civilización que vivía en dos de los satélites de Júpiter, Io y Ganímedes. Lo curioso es que, en marzo de 1953, este ser se presentó en la puerta de su casa vestido como un sacerdote evangélico. Desde entonces se encontraron en infinidad de ocasiones. Gracias a ellos, Aladino/Kraspedon tuvo acceso a información alienígena inédita sobre el universo, la física y sus cacharros voladores, además de algunas profecías.

Por si fuera poco, su nuevo amigo le informó de la verdadera historia de la humanidad y le explicó que los dioses eran en realidad extraterrestres que, en un pasado remoto, estuvieron en nuestro planeta. Estas atrevidas propuestas las desarrolló en obras como Antigüidade dos Discos Voadores (1967), su libro cumbre, adelantándose en varios años a las propuestas de Charroux, Daniken y J. J. Benítez ―aunque en 1959 ya había introducido algunas ideas en O hebreu: libertador de Israel, asegurando que Yahvé y los ángeles de la Biblia eran extraterrestres.

Por supuesto, Jesús también lo era, ya que su madre había sido inseminada artificialmente por aquellos seres. Ni Espíritu Santo ni nada.

En definitiva, Aladino Félix aseguró durante años que estaba en contacto permanente con diversas poblaciones extraterrestres, a lo Adamsky, convirtiéndose en una celebridad en su país. Y no solo eso: afirmaba ser el mesías esperado por los judíos, la llave de una nueva era que se iniciaría con la inminente llegada de Yahvé.

Lo curioso es que, a finales de los años sesenta, terminó siendo detenido por liderar un grupo terrorista de extrema derecha que había perpetrado varios atentados en São Paulo. Sí.

Brasil, entre 1964 y 1985, padeció la represión y la censura de un régimen militar dictatorial camuflado ―a lo Maduro― que tuvo hasta cinco presidentes. El movimiento que lideró Aladino Félix tenía la clara intención de revertir la situación y tomar el poder, y así, en 1968, cometieron una serie de atentados terroristas, colocando varias bombas en diversos edificios oficiales, como la sede del Departamento de Orden Político y Social (DOPS), órgano clave de la represión del régimen, varias comisarías, el consulado americano o el edificio de la Bolsa de São Paulo.

No se sabe exactamente el alcance de sus atentados, ni si hubo fallecidos, ya que, en aquella misma época, había grupos terroristas de izquierdas que también estaban luchando contra el régimen militar. Es posible que muchas de sus acciones se atribuyesen erróneamente a la izquierda.

Al parecer, Aladino se había obsesionado con las profecías que el bueno de Nostradamus nos legó en sus Centurias. De hecho, llegó a la conclusión de que en aquellos crípticos poemas había una alusión a su persona. Y una buena noche, según explicó, se le apareció alguien que se definió como Jehová de los Ejércitos y le informó de que era su enviado para reunificar al pueblo elegido, Israel, y luchar contras las fuerzas del mal, capitaneadas por la Iglesia Católica y sus ayudantes, ¡los extraterrestres venusinos liderados por Lucifer!

Fue entonces cuando comenzó a usar los seudónimos de Dunatos Menorá y Sábado Dinotos, con el que escribió una misteriosa obra titulada As centúrias de Nostradamus (1965), en la que aseguraba que él era el Gran Monarca del que hablaba el profeta francés, aquel que, restauraría la justicia y la ley de Yahvé y daría el pistoletazo de salida a una nueva humanidad sin naciones y con un solo gobierno, dirigido, como no, por él, en el que solo tendrían cabida los judíos. Además, comenzó a realizar profecías sensacionales. Por ejemplo, en 1967, apareció en la televisión brasileña asegurando que Martin Luther King y Robert Kennedy serían asesinados, como, efectivamente, pasó. Es más, vaticinó que en 1968 se iba a producir una oleada terrorista en Brasil. ¡Vaticinio que se encargó personalmente de cumplir! Aunque no lo hizo solo, sino que consiguió reunir, a lo largo de los años, un grupo de adeptos que se creyeron sus delirantes ideas. Ya antes, en 1967, habían realizado algunos robos y pequeños atentados, pero la espiral de terror comenzó en marzo del año siguiente.

No tardó mucho en ser detenido: en agosto de 1968, le capturaron junto a dieciocho seguidores durante el atraco a un banco. Fue torturado y cantó por peteneras. Aunque consiguió escapar, terminó siendo atrapado de nuevo. Cuando salió de la cárcel en 1972, solo cuatro años después, todos sus seguidores le habían abandonado. El Gran Monarca había fracasado. Además, sus acciones armadas provocaron un aumento brutal de la represión de la dictadura militar.

Falleció en 1985. El mismo año en el que terminó el régimen militar y se inició la transición hacia la democracia. Se había ido todo un Homo insolitus.

Nueve años después, un jeta de noventa años llamado Oswaldo Oliveira Pedrosa, se presentó en varios congresos sobre ovnis afirmando que él era realmente Dino Kraspedon, el contactado. Una farsa clara, ya que existen, y existían, evidencias de que se tratada de Aladino Félix. Pero esta es otra historia.

Publicado el domingo 21-07-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 13: El arte marginal de un ermitaño

 

A mediados de abril de 1973, los caseros de un apartamento de Chicago entraron a su propiedad tras enterarse de la muerte de su inquilino. Se encontraron con algo tan inesperado como maravilloso: una habitación repleta de escritos y pinturas extrañísimas que durante décadas había acumulado el fallecido arrendatario, un vagabundo llamado Henry Darger, todo un Homo insolitus que merece la pena conocer.

Lo malo es que conocemos poquísimo sobre su vida. Nació en 1892, aunque el lugar se desconoce. Brasil, dicen algunos. Su familia debió tener graves problemas económicos, ya que su hermana menor fue entregada en adopción nada más nacer, en un parto en el que además falleció su madre. El propio Henry fue internado en un orfanato católico unos años después, en 1900, ya que su padre, sastre de profesión, tenía una enfermedad mental y no podía hacerse cargo de él.

Con el tiempo comenzó a mostrar graves problemas de comportamiento y atención, así que terminó siendo ingresado en el Lincoln Asylum, un manicomio de Chicago, donde permaneció hasta que a los dieciséis años consiguió escapar. Pero, cuando regresó a casa, comprobó que su padre había fallecido tres años antes. Estaba en la calle. Y allí vivió durante años, trabajando en lo que podía, buscándose la vida.

A principios de los años treinta se instaló en la habitación 851 del W. Webster Avenue, del North Side de Chicago, donde pasaría el resto de su vida, recluido y aislado. Solo salía al exterior para ir a misa, cinco veces al día, y para recoger periódicos y revistas de la basura. La única interrelación que tenía con los demás humanos era para hablar sobre el clima.

Cuarenta años más tarde, el 13 de abril de 1973, falleció, solo e inmundo, en un hospital de Chicago.

Fue en este preciso momento cuando comenzó esta alucinante historia: su casero, un conocido fotógrafo llamado Nathan Lerner, al abrir la habitación, descubrió un cuarto atiborrado de periódicos y revistas antiguas, libros recortados, basura acumulada y, lo más desconcertante de todo, unas enormes acuarelas que repetían un motivo de lo más perturbador: imágenes de niñas desnudas con alas de mariposa perseguidas por soldados armados con bayonetas.  Y no solo eso. Entre toda aquella marabunta apareció un enorme libro, de 15.154 páginas, que se complementaba con las citadas acuarelas. El título era de lo más extraño: The story of the Vivians girls, in what is known as the Realms of the Unreal, of the Glandeco-Angelinian War Storm, caused by the Child Slave RebellionLa historia de las niñas Vivians, en lo que se conoce como los reinos de los Irreal, sobre la guerra-tormenta glandeco-angelicana, causada por la Rebelión de los Niños Esclavos»). Ahí queda eso.

El desconcertante libro contaba la historia de un gigantesco planeta, alrededor del cual orbita el nuestro, habitado por cristianos, principalmente católicos. Las niñas Vivians eran las siete princesas hermafroditas de la Cristiana Nación de Abbiennia, hijas de Robert Vivian, el antiguo monarca, que encabezaron una cruenta rebelión contra el régimen de esclavitud infantil impuesto por los Glandelinianos (con un increíble parecido a los soldados confederados de la Guerra Civil Americana), que estaban empeñados en someterlas. Así, con la ayuda de las princesas, los niños esclavos se levantaron en armas contra los tiranos torturadores y asesinos.

Darger, curiosamente, dejó dos finales: en uno vencían los niños y en el otro los tiranos.

En el libro, y en sus pinturas, mostraba sin reparo a muchas niñas total o parcialmente desnudas, aunque casi siempre con órganos sexuales masculinos. Algunos estudiosos han planteado que esto se debía a que Darger nunca había tenido relaciones sexuales, posiblemente por temor a copular con su hermana pequeña, dada en adopción nada más nacer, y que por eso no sabía bien como era el aparato sexual femenino. Otros, en cambio, plantean que se trataba de algún tipo de perversión sexual extraña, o que el diminuto pene de las niñas estaba inspirado en el Niño Jesús que veía en sus diarias visitas a la iglesia…

Además, en sus acuarelas se mostraban escenas de una violencia inusitada y bastante explícita. Hay batallas, peleas, escabrosas torturas, empalamientos y vísceras al descubierto. Quizás se trataba de una manifestación de sus violentas pulsiones subconscientes. O igual expresaba así sus traumas de juventud en orfanatos y psiquiátricos. O ambas cosas.

Eso sí, todo parece indicar que la gestación de esta obra tuvo como inspiradora a una niña de cinco años, Elsie Paroubek, que fue estrangulada en Chicago en el año 1911. Darger guardó durante años un recorte de la fotografía de la niña que apareció en el Chicago Daily News, y se sabe que se la enseñaba a la gente por la calle, aunque terminó perdiéndola. De ahí que, según algunos, se decidiese a escribir y dibujar su monumental obra, incorporando a la niña asesinada como Annie Aronburg, la líder de la primera rebelión de los niños esclavos…

Su biógrafo oficial, el historiador de arte y psicoterapeuta canadiense John McGregor, que durante años estudió su vida y su arte, especula en la obra Henry J. Darger: in the Realms of Unreal (2002) que Darger era un asesino en serie en potencia, llegando a insinuar que quizás fue el asesino de la pequeña. No parece probable, pero por fechas es posible. Además, el crimen nunca se resolvió.

Pero aún hay más: en aquel apartamento atiborrado y extraño, se encontraron otras obras suyas. En una de ellas, The history of my life, terminada en 1968, dedica 206 paginas a contar su propia vida, y las 4.600 restantes a contar un surrealista relato de un tornado que destruye un pueblo entero ―McGregor plantea que, siendo un niño, presenció, precisamente, la destrucción de un pueblo llamado Countrybrown, donde estuvo un tiempo, por un tornado―. Quizás esto explique otro de aquellos libros, The book of weather reports, una recopilación de los partes meteorológicos de Chicago durante diez años llena de comentarios críticos dirigidos a los hombres del tiempo… Por último, escribió una segunda obra de ficción llamada Crazy House: Further Adventures en Chicago, una especie de secuela de The story of the Vivians girls.

Fue enterrado en el cementerio de All Saints, en Des Plaines (Illinois). En su lápida pone: «Artista y protector de niños».

Su obra, sorprendentemente, ha pasado a la historia como una de las más importantes de lo que se ha dado en llamar el outsider art o arte marginal, siendo una de las joyas del American Folk Art Museum de Nueva York. Curioso porque, al parecer, Henry Darger le había insistido a su casero para que, en caso de que algún día le pasase algo, destruyera todo lo que hubiese en el apartamento.

Publicado el domingo 14-07-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 12: “Y decidimos empezar aquí…”

1 de febrero de 1960. Greensboro, una pequeña localidad del estado de Carolina del Norte. Cuatro jóvenes afroamericanos, Joseph McNeil, Franklin McCain, Ezell Blair, Jr. y David Richmond, estudiantes de la Universidad Agrícola y Técnica de aquel estado, entraron en un bareto de la cadena Woolworth, situado en el 132 de la Elm Street. Lo que en un principio podría parecer una acción sin importancia terminó convirtiéndoles en héroes del movimiento por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos.

Los Cuatro de Greensboro, como serían conocidos desde entonces, se sentaron en la barra de aquel bar, algo prohibido para los negros en aquel entonces, obligados a consumir de pie por las absurdas y fanáticas normas segregacionistas. Los camareros, negros también, se negaron a servirles su pedido y le pidieron que se fuesen. Pero no lo hicieron. Se quedaron allí sentados hasta que cerró el establecimiento.

No lo hicieron.

Pero, antes de marcharse pacíficamente, avisaron de que volverían al día siguiente con toda la universidad para protestar contra aquellas absurdas leyes que, en algunos estados estadounidenses, dividían el mundo en dos, dejando la mejor tajada para los blancos, claro está.

Dicho y hecho. Al día siguiente se presentaron allí veintitantos estudiantes afroamericanos, se sentaron en la barra y pidieron sus consumiciones. Como pueden imaginar, tampoco fueron atendidos. Uno de los chicos, Blair, le comentó a un reportero por qué habían decidido actuar de aquella forma: «Es hora de que alguien despierte y cambie la situación», dijo. «Y decidimos empezar aquí». Se esperaba una revuelta, pero no pasó nada. Los estudiantes, viendo que no les atendían los camareros, sacaron sus libros y sus apuntes y se pusieron a estudiar en la misma barra. Hasta que acabó el día y se cerró el bar.

Quedaron para el día siguiente… y se presentaron cerca de sesenta personas, con la novedad de que se unieron a la pacifica protesta cuatro estudiantes blancas. Aunque, todo sea dicho, también aparecieron algunos miembros del Ku Klux Klan. Afortunadamente, no la liaron.

Al día siguiente ya eran trescientos manifestantes…

Se había iniciado una pequeña revolución pacífica, The Sit-It Movement, como fue conocido el movimiento que, de forma incendiaria, se fue contagiando por otras localidades de Carolina del Norte y a otros estados sureños. Dos meses después se habían realizado actos similares en 54 ciudades de nueve estados, con más de setenta mil participantes. Además, las protestas se extendieron a otros ámbitos, como las piscinas públicas, las bibliotecas o los museos, que, aunque parezca mentira, tenían también normas segregacionistas.

Finalmente, el 25 de julio de 1960, la cadena de restauración Woolworth se vio obligada a suspender aquellas prácticas racistas en muchos de sus locales. No piensen que lo hicieron por moral ni porque habían visto la luz. Claudicaron porque en unos cuantos meses la empresa había perdido 200.000 dólares de la época. La pela es la pela. Pero ni siquiera la avaricia consiguió que en otros lugares, como Nashville (Tennessee) o Jackson (Mississippi), tomasen medidas similares. De ahí que tres años después, el 28 de mayo de 1963, dos estudiantes y un profesor del Tougaloo College realizasen una nueva sentada-protesta contra otro local de la misma cadena en Jackson, una nueva acción que terminó siendo bochornosamente conocida, entre otras cosas porque en este caso la movida no fue tan pacifica: durante tres horas, los blanquitos locales, cobijados por el departamento de policía y por varios agentes del FBI, que no intervinieron en ningún momento, acosaron a los tres manifestantes, les insultaron y humillaron, les tiraron por encima todo lo que tenían a mano (kétchup, mostaza, azúcar, sal), les golpearon e, incluso, les quemaron con cigarrillos. Y eso que de aquellos tres solo uno era de color… Anne Moody, una de las estudiantes…

¿Sirvió de algo? Sí. El movimiento iniciado por los Cuatro de Greensboro, como tantos otros pequeños gestos simbólicos que, en aquellos años convulsos, protagonizaron los descendientes de los esclavos estadounidenses, sirvió de algo, aunque tampoco de mucho.

Estados Unidos tardó unos años más en acabar con las leyes segregacionistas, presentes desde finales del siglo XIX, una vez abolida la esclavitud. Una trampa racista que consiguió eliminar los derechos de los negros estadounidenses, garantizados por su constitución, con la hábil estrategia del «Separated but Equal», separados pero iguales.

Y fue como consecuencia de otro acto heroico: la desmedida represión que las fuerzas de seguridad aplicaron contra unos manifestantes pacíficos en el famoso puente Edmund Pettus de Selma, Alabama, el 7 de marzo de 1965, en un marcha que marcó un hito y que lideró el gran Martin Luther King Jr. El presidente Lyndon Johnson se vio obligado, ante la avalancha de protestas, a modificar la constitución para abolir la discriminación racial y la segregación. Entre otras cosas, la nueva ley permitió que muchos afroamericanos pudiesen votar, por fin, en algunos de los estados más segregacionistas. En 1965, ojo.

Y todo comenzó por el pequeño desafío de cuatro hombres, de cuatro maravillosos Homo insolitus. Aunque, siendo estrictos, fue una mujer la que verdaderamente inició el movimiento por la defensa de los derechos civiles en Estados Unidos, una mujer que diez años antes, en 1955, se negó a ceder su asiento en un autobús a un blanco… pero esa es otra historia de la que algún día hablaremos.

Publicado el domingo 09-07-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 11: El libro sin puntos del emperador de EEUU

Nuestro Homo insolitus de esta semana fue un señor que nació, sin duda alguna, con los dioses de su parte. Se llamaba Timothy Dexter, vivió entre 1748 y 1806, y, además de ser treméndamente afortunado, como pronto veremos, fue un personaje de lo más excéntrico. Todo un Homo insolitus que merece la pena conocer.

Nació en el corazón de Nueva Inglaterra, en Malden (Massachusetts), en el seno de una familia humilde que no pudo costear sus estudios, dedicándose desde niño a trabajar en el campo, como sus padres, hasta que a los 16 años se inició en el noble oficio de peletero. Y no le fue mal. De hecho, un tiempo después, tras cumplir los veinte, se trasladó a Newburyport (también en Massachusetts) y montó su propio taller de cuero. Además de enamorar a una viuda rica, Elizabeth Frothingham, que se convirtió desde entonces en mecenas de sus atrevidos negocios.

Su primer trapicheo fue tremendo: antes del final de la Guerra de Independencia contra Inglaterra, en 1783, Dexter se hizo con enormes cantidades de la Continental currency, la moneda que el autoproclamado Congreso colonial había comenzado a emitir. Durante la contienda, la moneda se depreció de forma tremenda (tanto que se decía «no vale ni un Continental»), entre otras cosas porque los ingleses se dedicaron a falsificarla a gran escala, y a repartirla por toda Nueva Inglaterra, para aumentar aún más su depreciación. Lo curioso es que, tras el fin de la guerra, una vez que las comunicaciones comerciales con Inglaterra se restauraron, y después de que se decidiese que se podía cambiar por bonos de la Unión, el valor de la moneda subió como la espuma, permitiendo a Dexter amasar una auténtica fortuna, que rápidamente invirtió en comprar una pequeña flota de barcos con la que inició su empresa de exportación a las Indias Occidentales y Europa.

Esta fue la tónica habitual: pese a que sus negocios parecían condenados al fracaso, siempre acababa triunfando. En cierta ocasión, alguien le recomendó vender unas cacerolas planas con mango, empleadas para calentar las camas en Nueva Inglaterra, en las regiones tropicales de las Indias Occidentales. ¿Quién iba a comprar aquello en una zona tan cálida? Tragó con aquella mala recomendación. Pero el negocio le salió redondo porque consiguió venderlas como cucharones a los productores de melaza. Es más, en aquellas mismas tierras logró colocar varias toneladas de mantas de lana a los mercaderes locales, que no las podían vender allí, pero sí en Siberia, región con la que solían comerciar. Y mucho más: ganó dinero a espuertas vendiendo barbas de ballena para la elaboración de corsés rígidos; y triunfó exportando gatos a varias islas del Caribe, a modo de efectivos agentes raticidas.

Quizás su temeridad más grande fue enviar una gran partida de carbón a la principal productora de carbón de Inglaterra, Newcastle. Apuntaba a ruina, pero dio la casualidad de que sus barcos llegaron en el preciso momento en que la ciudad estaba desabastecida de carbón por una huelga de los mineros y el precio estaba por las nubes…

Todos aquellos éxitos comerciales le hicieron inmensamente rico. Aun así no pudo ganarse un puesto entre la alta sociedad de Nueva Inglaterra, que siempre le vio como un paría venido a más, ni vivió una vida plácida junto a su mujer y su único hijo.

Tampoco ayudó su excéntrica manera de vivir, que se manifestó en todo su esplendor en una casa gigantesca, con vistas al mar, que se compró en Newburyport, y que decoró de una forma bochornosamente «hortera»… Aparte de levantar varios minaretes, una cúpula coronada por un águila dorada y un mausoleo para sí mismo, decoró los jardines exteriores con más de cuarenta estatuas de madera que colocó sobre unas columnas y que representaban, a tamaño real, a grandes personajes como Adán y Eva, George Washington, el almirante Nelson, Luis XVI, Napoleón y, por supuesto, él mismo. De hecho, su efigie lucía una orgullosa inscripción: «Soy el primero desde el Este, el primero desde el Oeste, y el mayor filósofo en el Mundo Occidental». Con un par.

Sus delirios megalómanos iban in crescendo. Llegó a presentar a su ama de llaves, Lucy, negra, como la hija de un príncipe africano; se autoproclamó «Sir» y reunió una extraña corte compuesta, entre otros, por las más caras meretrices de la ciudad, una astróloga que leía los posos del té (Miss Hooper), un gigante retrasado mental (en calidad de bufón) y un poetastro venido a menos que vendía morralla en el puerto.

Incluso llegó a difundir entre los visitantes la noticia de la muerte de su mujer, advirtiéndolos de que la señora borracha y malhumorada que iba y venía por la casa era en realidad un espíritu…

Pero lo mejor estaba por llegar: cuando contaba 50 abriles, escribió su autobiografía, pese a su completa falta de conocimientos gramaticales, a la que puso el fascinante título de A Pickle for the Knowing Ones or Plain Truth in a Homespun Dress («Un pepino para los que saben o La pura verdad en un vestido de andar por casa»), en la que, aparte de hablar de política, de religión y de su mujer, hablaba de sí mismo en unos términos tan delirantemente ególatras que, en cierto pasaje, llegó a proponer lo increíblemente positivo que sería su persona para un eventual cargo de emperador de Estados Unidos. Y no solo eso: aquel libro tenía 8.847 palabras y 33.864 letras, pero ni un solo signo de puntuación. Además, estaba repleto de faltas de ortografía e insertaba las mayúsculas de forma aleatoria, lo que dificultaba mucho más, si cabe, una lectura que ya costaba seguir debido a una narrativa desconcertante y deshilachada.

En un primer momento, Dexter regaló el libro a sus allegados, pero, siguiendo con la tónica, terminó llamando la atención de la gente y se vendió como rosquillas, tanto que se llegaron a publicar hasta ocho ediciones. No queda claro el motivo.

Dexter, que tenía un sentido del humor maravilloso, tuvo la brillante idea (no puede ser calificada de otra forma) de incluir en la segunda edición una página extra con doce líneas compuestas solamente por signos de puntuación, para que los lectores «salpimentasen el libro como quieran», en respuesta a las quejas de algunos sosos que no habían entendido nada (Ver imagen).

Tampoco entendieron su última broma: tenía curiosidad por lo que diría la gente sobre él después su muerte, así que se le ocurrió fingir su fallecimiento y preparó su propio funeral. Asistieron 3000 personas, que se fueron bastante mosqueadas tras descubrirse la farsa. Su mujer no soltó ni una lágrima. Dexter, indignado ante la poca pena que había despertado, se presentó en el acto y dejó a todos de piedra. Un cachondo.

Murió, de verdad, poco después, en octubre de 1806, a los 59 años. Su majestuosa mansión acabó convirtiéndose en la biblioteca municipal de Newburyport…

Publicado el domingo 02-07-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 10: “¡Imposible! Tal vez, pero ver es creer”

El 25 de junio de 1947, hace setenta años justos, el diario East Oregonian de Pendleton (Oregón) publicó una escueta noticia, de solo 191 palabras, con un inquietante titular: «Impossible! Maybe, But Seein’ Is Believin’, Says Flyer» («“¡Imposible! Tal vez, pero ver es creer”, dice el aviador»). Según la breve nota, el día anterior, a las 3 de la tarde, un tal Kenneth Arnold, piloto civil, estaba volando en busca de un avión militar desaparecido cuando vio algo increíble en las cercanías del monte Rainier (Estado de Washington): nueve aeronaves, con forma de platillo y extremadamente brillantes, volando en formación, a gran velocidad («unas 1200 millas por hora») y a una altitud, según calculó, de entre 9500 y 10000 pies.

Fue el pistoletazo de salida para la ufología moderna, aunque ya se venía hablando en los tabloides de aeronaves y de luces en el cielo desde varias décadas atrás. Pero aquel día los objetos volantes no identificados entraron por la puerta grande en el maravilloso mundo de las anomalías de la ciencia y lo desconocido, en el maravilloso mundo del misterio.

Ken Arnold, el alucinado testigo, tenía por aquel entonces 32 años, y vivía, junto a su Esposa, Doris, y sus dos hijas pequeñas, en Boise, una localidad del cercano Estado de Idaho. Tras una época en la universidad, donde estuvo a punto de convertirse en jugador de futbol profesional, de no ser por una desafortunada lesión de rodilla que se lo impidió, aprendió a pilotar aviones y montó un pequeño negocio de materiales para incendios: the Great Western Fire Control Supply Company. Además, trabajaba realizando viajes con su avión CallAir A-2 para el servicio forestal de su ciudad y para cualquiera que le pagaba. Era, en definitiva, un señor respetado, y aparentemente honesto, y llevaba miles de horas de vuelo, lo que hacía que su historia resultara bastante creíble. Además, en ningún momento pensó que se tratase de aeronaves fabricadas por extraterrestres, sino que dedujo, con bastante lógica, que podría tratarse de algún prototipo militar secreto. De hecho, su primera decisión fue presentar un informe en la oficina del FBI de Pendleton, pero, al encontrarla cerrada, se dirigió al editor del Eastern Oregonian.

Al día siguiente, 26 de junio, se publicó una nueva entrevista en este diario, realizada por el periodista William Bequette, de Associated Press, y titulada Boise Flyer Maintains He Saw ‘Em, («Piloto de Boise asegura que les vio»), en la que el testigo entró en más detalles: Arnold volaba en su avión desde Chehalis rumbo a Yakima (ambas localidades del Estado de Washington), cuando tomó un desvió en la inmediaciones del monte Rainier para buscar los restos de un avión militar que se había estrellado unos meses antes, el 10 de diciembre de 1946, con 32 marines a bordo (había una recompensa de 5000 dólares para el que lo encontrara). Y allí fue donde vio lo que describió como aeronaves a reacción, grandes como un avión de cuatro motores, que volaban formando algo que describió como «la cola de una cometa china» y se movían como un platillo lanzado contra el agua. De aquí surgió el término flying saucers, tradicionalmente adjudicado al tal Bequette, aunque realmente él no fue el primero en utilizarlo.

Solo cuatro días después, el 28 de junio de 1947, el Idaho Statesman se hacía eco de la noticia, asegurando que Arnold los había descrito literalmente como flying saucers. Habían nacido los platillos volantes… Aunque su forma no tenía nada que ver con la tradicional imagen que ha pasado al inconsciente colectivo. Según explicó en aquella entrevista del 26 de junio, aquellos artefactos eran planos como un molde para pastel pero tenían una forma parecida a la de un murciélago con las alas desplegadas, una especie de media luna.

Todo esto provocó un terremoto para Arnold y su familia. Se hizo famoso de la noche a la mañana. Los periodistas se peleaban por entrevistarle y recibió en pocas semanas miles de cartas de interesados en saber más sobre su fantástica experiencia. Todo el país comenzó a hablar de flying saucers («platillos volantes»). Y no solo eso: durante los siguientes días se produjeron un montón de avistamientos de platillos volantes a lo largo de todo el Midwest estadounidense. Lo curioso es que no se parecían a los objetos que había visto Arnold. Los testigos vieron platillos volantes, como esos de los que hablaba la prensa…

Mi gran amigo ufólogo José Antonio Caravaca, no lo podía haber expresado mejor cuando le pregunté sobre esta cuestión: «La tremenda  repercusión del avistamiento de Kenneth Arnold no puede interpretarse sin tenerse en cuenta el inusitado contexto político/social donde se produjo. La finalización de la Segunda Guerra Mundial, las enormes expectativas de futuro que se abrían,  junto al temor de un nuevo y definitivo conflicto bélico,  fueron un excelente caldo de cultivo para que la narración, aparentemente anecdótica de este piloto civil sobre nueve extrañas aeronaves se convirtieran en un auténtico fenómeno social».

En un primer momento, los militares no prestaron demasiada atención, pero, cuando se produjeron nuevos avistamientos, pasaron a la acción, decidieron estudiar el caso y entrevistar a Ken Arnold. Así, el 12 de julio de 1947, se reunió con el capitán William Davidson y el teniente Frank Brown, ambos oficiales del servicio de inteligencia de la Air Force. La conclusión fue clara: el ejército desconocía qué eran aquellos misteriosos artefactos y negaba que se tratase de algún tipo de arma o aeronave experimental. Debía tratarse de algún tipo de globo meteorológico, como dijeron posteriormente sobre el famoso incidente ovni de Roswell (que se produjo antes, el 14 de junio de 1947, aunque no saltó a la luz hasta varias semanas después, el 8 de julio). Curioso, porque el avistamiento de Arnold, y los cientos que se produjeron después, llevaron a la creación del Sign Proyect, a finales de 1947, la primera investigación oficial del gobierno de Estados Unidos sobre los no identificados…

¿Eran aeronaves de procedencia extraterrestre? Muchos pensaron que sí. Los más escépticos consideraron otras posibilidades: desde nubes de nieve compactas a gotitas de agua en la ventana del avión de Arnold, pasando por fragmentos de meteoritos o pelicanos blancos americanos, las aves más grandes de Norteamérica.

Moisés Garrido, también amigo y ufólogo, lo tiene claro: «sabemos además que por sus características se trataban más bien de prototipos experimentales secretos, probablemente un modelo conocido como Northrop YB-49, o en su defecto, un prototipo alemán recuperado tras la Segunda Guerra Mundial, el Horten Ho-IX. Así que, aunque hay avistamientos reales de OVNIs, resulta muy curioso que el primer avistamiento oficial hoy podamos explicarlo perfectamente. Aun así, quienes nos dedicamos a la ingrata investigación ufológica, celebramos dicho aniversario con mucha ilusión». Algo parecido me comentó otro amigo ufólogo, Pedro P. Canto, que considera posible que se tratase «de prototipos experimentales del Chance Vought F4U Corsair fighters, difícilmente detectables desde el suelo, ya que los bajos de la aeronave están pintados de azul. Creo que la interpretación de su avistamiento debería seguir esa línea».

O quizás la explicación sea otra… Como defiende Caravaca, Arnold pudo haber leído un artículo publicado en el número de enero de 1947 de la revista Popular Science, muy conocida por aquella época, dedicado a las novedades en maquinarias contra incendios, su actividad laboral. Pues bien, en aquel mismo número se hablaba de unos futuristas prototipos del ejército estadounidense, los XB-35, que guardaban un inquietante parecido con lo que aseguraba haber presenciado Arnold, aunque supuestamente no iban a estar fabricados hasta varias años más tarde. ¿Es posible que lo viese realmente fuesen nueve de estos Xb-35? ¿O puede tratarse de una distorsión provocada, como defiende Caravaca, por algún desconocido agente externo que manipula la mente de los testigos de avistamientos ovnis? Esto, queridos amigos, es otra historia…

Mencionar, a modo de conclusión, que Arnold se interesó por el fenómeno ovni tras su asombrosa experiencia, llegando, incluso, a escribir un libro junto a Raymond Palmer, The comingo of the Saucers: A Documentary Report on Sky Objects That Have Mystified the World, publicado en 1952, para posteriormente acabar desencantado con todo esto de los ovnis.

Sea como fuere, gracias, Mr. Arnold. ¡Y feliz cumpleaños, ufólogos!

Publicado el domingo 25-06-2017 en La Voz de Almería

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