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Homo insolitus 35: De buscador de oro a Premio Nobel

¿Saben qué es el éter luminífero? Por si acaso no, lo explico. Antiguamente se creía que no existía el vacío, sino que todo el espacio aparentemente vació estaba ocupado por algo llamado éter, una sustancia material, invisible e indetectable que ni siquiera estaba sujeta a la gravedad. Y no hablo de leyendas mitológicas. Científicos de primer nivel, como Descartes, Newton o el mismísimo y omnipresente Nikola Tesla, estaban convencidos de su existencia. Solo así, pensaban, se podía explicar algo raro que pasa con la luz. Hasta no hace mucho se pensaba que era una onda, pero, de ser así,  ¿cómo era posible que se desplazase por el vacío? Las ondas han de producirse sobre algo. Por lo tanto, algo tiene que haber en el vacío. Y ese algo era el éter.

No me voy a poner muy pesado con cuestiones científicas, entre otras cosas porque soy de letras y llega un momento en el que estos conceptos se me escapan. Lo que realmente me interesa es la persona que a comienzos del siglo XX consiguió demostrar, sin querer, que el éter no existía, todo un Homo insolitus que, sorprendentemente, y como dice el título de hoy, comenzó siendo un buscador de oro.

Se llamaba Albert Abraham Michelson, era de origen judío y nació en 1852 en Strzelno, Polonia (aunque entonces era Prusia). Tres años después, sus padres, huyendo de la agitación política y el sentimiento antisemita, y atraídos por la Fiebre del oro de California, se marcharon a Estados Unidos en busca de fortuna. Tardaron en hacerlo pero, con la ayuda de toda la familia, y con el duro trabajo del futuro científico, lo consiguieron.

En 1865, a los trece años, nada más terminar la Guerra de Secesión, fue enviado a una escuela secundaria en San Francisco. Cuatro años después solicitó la admisión en la Academia Naval de los Estados Unidos, en Annapolis, pero fue rechazado. Así que, ni corto ni perezoso, le escribió una carta al presidente Ulysses S. Grant, nada más y nada menos, para que le echase una mano, conocedor de que tenía la facultad de otorgar algunas plazas a dedo. Debió caerle en gracia porque consiguió una entrevista con él en la mismísima Casa Blanca, en Washington D.C., y obtuvo la plaza que tanto ansiaba.

Se graduó cuatro años más tarde, destacando en todo lo relacionado con la óptica y la climatología. Y consiguió trabajo en la propia Academia Naval, como profesor de Física y Química. Ya por aquel entonces comenzó a interesarse en el problema de medir la velocidad de la luz, consiguiendo resultados realmente sensacionales. Sería el trabajo de toda su vida.

En 1883 aceptó un puesto como profesor en la Case School of Applied Science en Cleveland (Ohio), donde comenzó a desarrollar un potente y perfeccionado interferómetro, un aparato óptico que se emplea para medir cosas pequeñas con precisión mediante las interferencias que provocan. Un tiempo después, entre 1885 y 1887, Michelson, junto a su amigo Edward Morley, utilizó su interferómetro mejorado en un experimento que les acabaría convirtiendo en famosos. El objetivo era, entre otras cosas, demostrar la existencia del éter lumífero y medir cómo influía en la luz. En teoría, de existir esa misteriosa sustancia, la velocidad de la luz debería verse afectada por ella. Pero, tras dos años de cuidadosas mediciones, llegaron a la conclusión de que no, la velocidad de la luz siempre era la misma, era constante. Michelson fue el primero en demostrarlo. Como dijo William H. Cropper, se trata del resultado negativo en un experimento más famoso de la historia.

Una década después, un alemán llamado Max Planck rompió las normas de juego con su mecánica cuántica, que postulaba que la energía está compuesta por paquetes individualizados llamados cuantos. Era un concepto revolucionario: demostraba la teoría de Michelson de la ausencia del éter y explicaba cómo viajaba la luz por el vacío, ya que no era solo una onda, sino que estaba compuesta por partículas.

Pero Michelson logró algo más: consiguió el metro perfecto e inmutable. Me explico: el metro es una unidad de medida creada por la Academia de Ciencia de Francia en 1792 y fue definida en aquel momento como la diezmillonésima parte de la distancia que separa el polo del ecuador a través de la superficie de la Tierra (10.000 kilómetros). Eso era un metro. Un siglo y pico después, dado que la anterior definición no era del todo precisa, se decidió adoptar un patrón inmutable. Así, se creó un metro estándar de platino e iridio que, desde entonces, se conserva en los subterráneos de la Oficina de Pesos y Medidas (en Sèvres, París). Pero, ¿y si la barra sufría alguna alteración al cabo de los años? La materia, aunque lentamente, va cambiando con el tiempo.

Michelson resolvió el problema: empleó luz emitida por cadmio metálico incandescente para determinar cuántas longitudes de onda había en el metro estándar. Su resultado: 1.553.393,3 longitudes de onda. ¿Qué quiere decir esto? Pues que cualquier otro científico, empleando el mismo método, podría reproducir un metro perfecto. Y no solo eso: consiguió una nueva definición. Un metro es 1.553.393,3 veces la longitud de onda emitida por el cadmio metálico. Esta idea fue el modelo que en 1983 se empleó para la definición actual, vigente desde 1983: la distancia que recorre la luz en el vacío durante un intervalo de 1/299.792.458 segundos. Os puede parecer una tontería, pero a mí estas cosas me encantan.

Gracias a todo esto, su carrera avanzó como la espuma. En 1889, fue contratado como profesor por la Universidad de Clark (Worcester, Massachusetts), y en 1892, como jefe del departamento de Física de la Universidad de Chicago.

Y finalmente, en 1907 recibió el Premio Nobel de Física por sus instrumentos de precisión óptica y las investigaciones espectroscópicas y metrológicas realizadas con su ayuda. Fue el primer estadounidense en ganar el Premio Nobel de una ciencia. Lo curioso es que en aquella ocasión no hubo ceremonia de entrega pública porque dos días antes había fallecido el rey de Suecia, Óscar II, lo que provocó la cancelación de los fastos.

Un merecido reconocimiento para alguien que comenzó a intrigarse por los complicados mecanismos de este universo mientras buscaba oro. Veinticinco años después, a los 78 años, falleció en su casa de Pasadena, California.

Publicado el domingo 11-02-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 34: El desgraciado maestro de Chaplin

Todos ustedes conocen a Charlot, el personaje que el gran Charles Chaplin creó e interpretó en decenas de películas. Ya saben, aquella especie de vagabundo con aspecto y modales de aristócrata. Lo que quizás no sepan es que Chaplin se inspiró en un personaje muy parecido que había interpretado, unos años antes, un actor francés llamado Maximilien Gabriel Leuvielle (1883-1925), más conocido como Max Linder, un Homo insolitus que llegó a ser la estrella cinematográfica más grande del mundo, hasta que el puesto le fue arrebatado, precisamente, por Chaplin, quien confesaría ser discípulo suyo. Como pueden imaginar, aquello no pudo terminar bien.

Nació en 1883, en el seno de una rica familia judía dedicada a la producción de vinos, en el pueblo de Saint-Loubès, en el suroeste de Francia. Con dieciséis años, no contento con el porvenir rural que le esperaba, decidió seguir la senda de su hermano Maurice, que iba camino de convertirse en la futura estrella del rugby nacional que terminó siendo, y se marchó a estudiar teatro a la cercana Burdeos. Fue el inicio de una carrera teatral relativamente exitosa que en 1904 le llevó a la capital gala, París. El conservatorio nacional le rechazó, pero Maximilien comenzó trabajar como actor cómico en algunos teatros parisinos, hasta que en 1905 consiguió entrar en los Estudios Pathé, en Vincennes, gracias a un compañero que le presentó a Ferdinand Zecca, el gran pionero del cine mudo. Comenzó a rodar películas aquel mismo año con el nombre artístico de Max Linder.

No tuvo demasiado éxito al principio, aunque participó en decenas de películas para la Pathé, entre ellas, algunas de Georges Méliès. El momento le llegó cuando la superestrella de esta productora, un tal René Gréhan, hoy en día desconocido, se piró para unirse a la empresa rival, la Éclair de Charles Jourjon, creada ese mismo año, 1907.

El tal Gréhan llevaba un tiempo representando a un personaje cómico llamado Gontran, una especie de héroe tonto desmedrado con pinta de dandi. Linder le tomó el relevo y, tomando a Gontran como punto de partida, creó un personaje nuevo, una especie de alter ego llamado Max, hijo de buena familia, no muy listo pero simpático y buena gente, que se acaba siempre librando de los malos pasos donde se había metido, en unas aventuras cómicas imposibles y alocadas. Eso sí, no hacía acrobacias, ni abusaba de gestos exagerados. Era, por así decirlo, un tipo normal, algo pijo y torpón, metido en follones.

El personaje, además, era un galán: joven, guapo, elegante, con su sombrero de seda, sus zapaticos de charol y su eterno bastón. No es de extrañar que atrajese al cine al público femenino, ni que más de una ocasión se liase algún tumulto durante alguna de sus apariciones públicas.

El caso es que su primera peli como Max, Les debuts d’un patineur (Max patinador), estrenada en diciembre de 1907, fue un fracaso. No entendieron al personaje. Pero Linder fue poco a poco matizándolo y, finalmente, consiguió llegar al público. Se reían de él porque representaba el perfecto arquetipo del advenedizo con aspiraciones de gran señor, papel que, de alguna, casi todos representamos.

Así, cuando el éxito llegó, fue espectacular, lo que explica que en 1912 fuese el actor mejor pagado de Francia, además de ser reconocido en el mercado internacional. Fue, posiblemente, la primera gran estrella del cine mundial. Llegó a cobrar, en 1912, un millón de francos, una barbaridad si partimos de que el salario medio en la Francia de principios del siglo XX era de solo cien francos.

Y eso que a finales de 1910, una apendicitis que se complicó estuvo a punto de acabar con él. De hecho, algunos periódicos le dieron por muerto. Pero regresó y con más fuerza que nunca, ya que a partir de entonces comenzó a interesarse por la dirección de películas, actividad en la que se mostró igualmente diestro, poniendo su nombre en decenas de ellas entre 1911 y 1914: N’embrassez pas votre bonne (No beséis a vuestra criada, 1914), Max et la quinquina (Victima de la quina, 1911), Le mariege de Max (El casamiento de Max ,1911) o Max toreador (1913); por citar solo algunas de las más conocidas.

Pero en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y todo se fue al traste. Max intentó alistarse, pero solo se le permitió ser conductor de despachos entre París y el frente. En 1915, en plena contienda, se extendió el rumor de que había muerto en las trincheras, lo que provocó una autentica conmoción en toda Francia. Finalmente, dejó la guerra, después de una neumonía que le dejó bastante tocado durante unos meses, y en 1916 se marchó a Estados Unidos, tras recibir la llamada de George K. Spoor, presidente de los Estudios Essanay, que hasta unos meses antes tenía en plantilla a Chaplin.

Pero no tuvo el éxito esperado y dos años después, tras rodas solo tres películas, regresó a su país. Aun así, hubo una segunda intentona de triunfar en América, realizando en 1922 una película que tuvo cierto éxito, The Three Must-Get-Theres (Los Tres Mosqueteros). Pero ya nunca pudo recuperar la fama de antaño, entre otras cosas por la omnipresente figura de Chaplin, que, con su personaje Charlot, arrasaba en los cines del país. Y lo curioso es que Charlot venía a ser una versión del personaje de Linder: un vagabundo con aspecto aristocrático venido a menos. Es más, algunas de las tramas de Chaplin son calcadas a las de las películas de Linder.

Su carrera iba en declive, algo en lo que tuvo mucho que ver su decadencia personal, víctima de fuertes estados depresivos que intentaba subsanar con el consumo de drogas. Cada vez fue a peor.

El 31 de octubre de 1925 culminó un extraño plan suicida que había pactado con su esposa, Jean Peter, con la que llevaba dos años casado: le cortó las venas a la dama antes de hacerlo consigo mismo. Un año antes, a comienzos de 1924 ya lo habían intentado en un hotel de Viena con barbitúricos…

Titulares de periódicos. Y olvido.

Hasta que en los sesenta su hija Maud Linder se esforzó por conseguir que su padre fuese reconocido como lo que fue, el padre del cine cómico, auténtico maestro y ejemplo de Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd.

Publicado el domingo 04-02-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 33: La primera poetisa negra

El 11 de julio de 1761 la nave de esclavos Phillis atracó en Avery Wharf, Boston (Massachusetts). Dos días después, The Boston Gazette publicaba el siguiente anuncio: «Recién importados, de África, un buen número de esclavos jóvenes de primera categoría, traídos desde Windward Coast [entre las modernas Liberia y Costa de Marfil], serán vendidos a bordo del barco por el capitán Gwin, en el puerto de New-Boston». En aquel cargamento humano venía una niña, posteriormente conocida como Philis Wheatley, que con el tiempo se convertiría en la primera poetisa negra de Estados Unidos y en una de las primeras mujeres que publicó un libro en las colonias inglesas en América. Toda una Homo insolitus a la que pretendo rendir homenaje hoy.

Piensen, por un lado, que aquellas colonias existían desde hace apenas cincuenta años atrás: en 1607 se levantó el primer asentamiento en Virginia, y en 1620, el segundo, en la bahía de Massachusetts, al norte de la costa este. Si bien la colonia de Virginia tenía un carácter puramente económico, la del norte, paradójicamente, fue fundada por puritanos protestantes ingleses que huían de las persecuciones de Inglaterra y que cruzaron el charco en busca de libertad, la misma libertad que, desde un primer momento, negaron a los nativos americanos (que masacraron sin piedad cuando dejaron de ser útiles) y a los esclavos africanos, mano de obra gratuita que contribuyó al éxito de las colonias, tanto en el norte como en el sur.

Philsis Wheatley, nuestra protagonista, llegó al norte, al puerto de Boston, futura capital del estado de Massachusetts, cuando tenía unos siete años de edad. Allí fue comprada por el matrimonio formado por John y Susannah Wheatley como esclava doméstica. Pero los Wheatleys educaron a Phillis (a la que llamaron así por el barco en el que vino) como a sus dos hijos, Mary y Nathaniel: le enseñaron inglés, latín y griego, así como ciertas nociones de geografía y astronomía, y, por supuesto, le convirtieron al cristianismo.

La joven mostró especial predilección por la literatura, tanto que en 1667, con tan solo trece años, el Newport Mercury publicó un poema suyo, On the Death of the Rev. Mr. George Whitefield, la historia de dos hombres que casi se ahogan en el mar. Sobra decir que era el primer poema publicado por una esclava. Y vinieron muchos más.

Seis años más tarde, en 1773, volvió a hacer historia con la publicación de su primer libro, Poems on Various Subjects, Religious and Moral («Poemas sobre diversos temas, religiosos y morales»), una colección compuesta por treinta y tres poemas. Se convirtió en la primera afroamericana esclava en publicar un libro, y en la tercera mujer en hacerlo en las colonias. Eso sí, el libro tuvo que ser editado en Londres, ya que en Boston nadie quiso hacerlo.

Pero, para que vean el nivel, el libro incluía un prefacio en el que diecisiete hombres de Boston daban fe que efectivamente había escrito aquellos poemas. Uno de los firmantes fue John Hancock, un comerciante estadounidense que poco después se convirtió en presidente del Segundo Congreso Continental, además de ser la primera persona que firmó la Declaración de Independencia (1776). Es decir, todo un activista por los derechos de los colonos americanos en su lucha por la emancipación contra la madre patria, Inglaterra. De nuevo la paradoja: hombres que luchaban por su libertad pero que defendían la esclavitud en la misma tierra que querían liberar.

De hecho, la propia Wheatley fue una ferviente defensora de la independencia y escribió varios poemas en honor del comandante del Ejército Continental de las colonias durante la Guerra de Independencia, George Washington, futuro primer presidente de Estados Unidos. Tres años después, en 1776, éste le invito a visitarlo en su sede en Cambridge (Massachusetts), todo un hito.

No debería extrañarnos que muchos esclavos apoyasen la causa independentista de sus amos blancos. Pensaban, ilusos, que, si se conseguía, su situación iba a mejorar. No fue así. Al contrario. Pero durante un tiempo hubo cierta esperanza, como muestra uno de los propios poemas de Phillis: «Fue la Gracia la que me trajo desde mi tierra pagana; la que enseñó a mi ignorante alma a entender que hay un Dios, que hay un Salvador. Antes ni busqué ni sabía de la redención. Algunos ven a nuestra oscura raza con ojo desdeñoso, su color es un hito diabólico, dicen, pero, recordad, cristianos, los negros, tanto como Caín,  pueden ser refinados, y unirse al angélico tren».

Se presentaba, en resumidas cuentas, como una buena cristiana que luchaba contra la hipocresía social y racial de los esclavistas, que hacía suyo aquello de «ama al prójimo como a ti mismo» y que luchaba junto a ellos por la libertad de las colonias.

Pero no se pierdan un detalle que antes comenté brevemente: diecisiete hombres tuvieron que firmar para que quedase claro que aquel libro había sido escrito por una mujer, que, para más inri, era esclava. Es más, antes de que reconociesen su autoría, fue sometida a un duro interrogatorio, delante del mismísimo gobernador de Massachusetts (Thomas Hutchinson), para probar que, de hecho, había escrito sus poemas y poseía conocimientos de religión, mitología y latín.

Sea como fuere, su situación difería mucho de la del resto de esclavos de las colonias, no solo porque recibió educación y cariño por parte de los Wheatley, que incluso le dieron el permiso y los medios para viajar a Londres y publicitar su libro, sino porque consiguió comprar su libertad tras la muerte de Susannah Wheatley en 1774. De hecho, estuvo viviendo junto a su amo y sus hijos hasta 1778, cuando se casó con un afroamericano libre de Boston, John Peters, con el que llego a tener tres hijos, aunque dos de ellos murieron siendo niños, entre otras cosas por la pobreza constante y por las epidemias de viruela que arrasaban las colonias cada cierto tiempo.

No mucho después, su marido le abandonó. Phillis tuvo que dejar sus poemas y se vio obligada a trabajar en el servicio doméstico para algunas familias bostonianas. Ni siquiera pudo publicar un segundo volumen de poesías que tenía preparado porque nadie quiso apostar por su obra, aunque sí publicó, en 1781, un poema titulado Freedom and Peace, que expresaba sus esperanzas para los nuevos Estados Unidos de América.

Finalmente, el 5 de diciembre de 1784, Phillis Wheatley, la primera poetisa negra, falleció. Tenía solo treinta y un años. Su tercer hijo, el único que le quedaba, murió unas horas después.

Su segundo volumen de poesías nunca fue encontrado.

Máximo respeto.

Publicado el domingo 21-01-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 32: El fabricante de lluvia

El 14 de enero de 1916 comenzó a llover en San Diego (California) y apenas paró durante dos semanas, provocando la mayor catástrofe natural que se recuerda en la zona, con decenas de personas fallecidas, varias presas colapsadas y miles de casas destrozadas. Lo curioso es que esto pasó unas semanas después de que el Consejo Municipal de San Diego acordarse pagar 10.000 dólares a un tal Charles Hatfield, que decía ser un moisture accelerator («acelerador de humedad»), si conseguía llenar en el plazo de un año el lago Morena, la principal reserva de agua de la ciudad, a unos 80 kilómetros de distancia. Las autoridades estaban alarmadas ante una sequía que se estaba prolongando más de lo normal, o al menos eso dijeron.

El tal Charles Hatfield era en realidad un simple vendedor ambulante de máquinas de coser nacido en Fort Scott (Kansas) en 1876, aunque vivía en San Diego, junto a su familia, desde 1886. ¿Cómo llegó a convertirse en un fabricante de lluvia? Hatfield ni cursó estudios ni tenía conocimientos especiales de química o meteorología, pero comenzó a fabricar lluvia a los veintidós años, en el rancho de su padre, tras leer War and the Weather, or the Artificial Production of Rain, un libro escrito por un ingeniero civil de Chicago llamado Edward Powers en 1871, que, partiendo de la convicción de que después de cada una de las grandes batallas de la Guerra de Secesión estadounidense hubo una fuerte tormenta, planteó que las explosiones, el calor y el humo de la pólvora facilitaban las precipitaciones. De hecho, Hatfield sabía que su propio gobierno había financiado unos experimentos que se llevaron a cabo en agosto de 1891 en Texas, inspirados en aquel libro. Eso sí, fueron un rotundo fracaso.

Tenía otra teoría: comprobó que las fuertes lluvias de las zonas costeras venían precedidas por tormentas de polvo, y pensó que, si se añadían partículas artificiales a las nubes, la humedad podría condensarse en forma de gotas de lluvia. Y así, en 1903, con veintisiete años, decidió comprobar si funcionaba su idea. Se subió a lo alto de la torre del molino de su granja y comenzó a llenar varias ollas de agua hirviendo a las que añadía una apestosa mezcla secreta de varias sustancias químicas. Gracias a los vapores resultantes, pensaba, aparecería la lluvia. Y así fue, al día siguiente comenzó a llover levemente. Aquello funcionaba.

Poco después, tras repetir con éxito decenas de pruebas más, firmó su primer contrato con un terrateniente de Los Ángeles. Desde entonces, fabricó lluvia, o lo intentó, en decenas de fincas y ciudades de Estados Unidos.

El método era siempre el mismo. Levantaba unas altas torres, de unos siete metros de altura, en las que instalaba unos tanques de evaporación llenos de su pócima secreta. No siempre tuvo éxito, pero las pocas veces que atinó ayudaron a que se convirtiese en toda una celebridad. De ahí que a finales de 1915 las autoridades de San Diego se pusiesen en contacto con él y le propusiesen el acuerdo que les comentaba antes. Eso sí, no se firmó ningún contrato por escrito, dado lo extravagante de la apuesta. Aun así, Hatfield, confiado, comenzó a instalar sus torres en las cercanías del lago Morena el 1 de enero, y los pocos días comenzó a liberar sus productos químicos.

Las primeras lloviznas cayeron el 10 de enero, pero Hatfield continuó arrojando humos pestosos. Y el 14 de enero, como veníamos diciendo, comenzó el diluvio, para gran regocijo del concejo municipal. Pero pronto se desató el caos. El río San Diego, que generalmente va seco, se desbordó varios kilómetros a cada lado, inundando miles de hectáreas de cultivo. Cientos de granjas y carreteras quedaron destruidas y se perdieron miles de cabezas de ganado y varias misiones históricas.

Pero lo peor estaba por venir. El 25 de enero llegó una tormenta todavía peor. El 27 de enero se rompió la presa Lower Otay, lanzando una gigantesca ola de doce metros hacia el valle del río San Diego, que ya llevaba desbordado diez días. Imaginen. Las ciudades de Otay y Las Salinas, así como miles de granjas, quedaron destruidas. Al día siguiente, otra presa cercana, la de Sweetwater, sucumbió y el agua liberada inundo miles de hectáreas del Mission Valley.

Entre el 14 y 30 de enero de 1916 llovió cuatro veces más que la media anual de un mes de enero en San Diego, ciudad característica por su sequía, y más que en todo el resto del año 1916. Los habitantes del condado estuvieron sin agua, sin electricidad y sin ferrocarril durante semanas. Hubo entre veinte y cincuenta fallecidos.

El lago Morena se llenó hasta rebosar. Hatfield no se percató de la catástrofe que estaba sucediendo, ya que llevaba varias semanas asentado, junto a su hermano, en el lago. Solo cuando vio que había cumplido el objetivo, decidió bajar hasta San Diego a por sus diez mil dólares.

No esperaba encontrar lo que se encontró.

Los lugareños, convencidos de que era culpa suya, estuvieron a punto de lincharle. Por si fuera poco, el Consejo Municipal se negó a pagarle, amparándose en que solo una parte del agua que se acumuló sobre la presa se le podía atribuir, y en que no había ningún contrato escrito. Hatfield reclamó en los tribunales, pero el fiscal le dijo que, en caso de aceptar que la lluvia había sido cosa suya, tenía que hacerse cargo de las responsabilidades derivadas de las brutales inundaciones, que por aquel entonces se calculaban en unos tres millones y medio de dólares. Aun así, Hatfield decidió continuar.

Finalmente, en 1938, veinte años después, un juez dictó sentencia y dejó claro que la lluvia había sido cosa de Dios y que Hatfield no había tenido nada que ver.

Y efectivamente, así parece que fue. Se sabe que cada cuatro o cinco años se producen lluvias torrenciales en aquella zona de California. ¿Era un estafador? Tampoco está claro. Parece ser que se lo tomaba en serio y que llegó a ser todo un experto meteorólogo amateur. Además, este desastre no le vino mal del todo. No cobró, pero se hizo famoso y, desde entonces, recibió un montón de encargos de regiones con sequía para que fabricase lluvia.

Falleció el 12 de enero de 1958, a los 82 años, en Pearblossom, California. Se llevó consigo la composición de su fórmula para hacer lluvia. A modo de homenaje, se construyó en su honor un pequeño monumento de granito conmemorativo con una placa tallada con la inscripción «Hatfield the Rainmaker» y un resumen de su historia… Todo un Homo insolitus.

Publicado el domingo 14-01-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 31: ¿Jesús?

¿Nació Jesús en Belén de Judea, como dijo el evangelista Mateo, debido a que la familia tenía que registrarse en un censo ordenado por el gobierno romano? ¿O nació en Nazaret, como parece testimoniar el otro evangelista que escribió sobre su nacimiento, Lucas? De ser cierto el episodio de los Reyes Magos, la estrella de Belén y la matanza de los inocentes ordenada por Herodes el Grande, ¿por qué solo lo contó Mateo? ¿Es que Lucas no conocía una historia que, de haber sido cierta, sería conocida por los seguidores de Jesús?

¿Fue virgen la Virgen María? ¿Cómo es posible que solo dos de los cuatro biógrafos canónicos hablasen de esto mientras que los otros dos, Juan y Marcos (el más antiguo de ellos), no dijeron ni una palabra? ¿Acaso no sabían algo tan importante? ¿Qué fue del Padre Putativo, José, del que no se vuelve a hablar nada más en ninguno de los Evangelios? ¿Tuvo Jesús hermanos, pese a la creencia católica de que María fue siempre virgen? ¿Por qué los dos evangelistas de la infancia aportaron genealogías distintas de Jesús?

¿Qué hizo Jesús entre su infancia y el comienzo de sus predicaciones? ¿Cómo explicar que ninguno de los evangelistas se hiciese eco de sus años de Juventud, adolescencia y madurez? ¿Es que no lo sabían? ¿Por qué todos, a excepción de los dos que hablaron brevemente sobre su nacimiento, comienzan sus narraciones con el bautismo de Jesús en el Jordán a manos de Juan el Bautista? Dicho esto, ¿quién fue este señor? ¿Es posible que fuese el maestro de Jesús? De ser así, ¿por qué necesitaba el hijo de Dios un maestro? ¿Por qué aceptó ser bautizado cuando este rito, tal y como dice Marcos, se hacía para redimir los pecados? ¿Tenía el hijo de Dios pecados? ¿Es posible que Jesús, durante un tiempo, fuese el rival de Juan y que montase un culto paralelo al del Bautista? Si el papel de este era anunciar la llegada del que habría de venir, el Mesías, ¿por qué había juanistas incluso después de la muerte de Jesús? ¿Es que no hicieron caso al maestro cuando les anunció quién era realmente el Mesías? ¿O es que nada de esto es así y Juan jamás reconoció a Jesús como el esperado?

¿Cuál fue el mensaje de Jesús? ¿Predicó el fin del mundo y la instauración inminente del Reino de Dios, como parece describirse en los Evangelios, o, en cambio, vino para morir y resucitar, sacrificándose voluntariamente para el perdón de nuestros pecados, como afirmaba Pablo de Tarso? ¿Era realmente el Mesías esperado de los judíos? Si lo era, ¿por qué fracasó? Si no, ¿cuál era su papel? ¿Su mensaje iba dirigido a su pueblo, al pueblo judío, o a toda la humanidad? Si iba dirigido a toda la humanidad, ¿por qué no lo dejaron claro los evangelistas? ¿Acaso su movimiento fue más bien político, como algunos han planteado? ¿Pretendió ser el rey de los judíos o fue solo un reformista crítico con los poderes fácticos de su tierra, aliados de la pagana roma?

¿Por qué le mataron como le mataron? ¿Fueron culpables los judíos de su muerte? En ese caso, ¿es justo que le condenasen por blasfemia, al pretender ser el Hijo de Dios, y por amenazar con destruir el templo de Jerusalén? Dado que no pudieron condenarle a muerte los judíos por temas legales, ¿por qué cambiaron las acusaciones para que los gobernantes romanos de Judea le incriminasen? ¿Es posible que Jesús cometiese sedición, delito penado según el derecho romano con la crucifixión? Solo eso explicaría esa muerte, pero, ¿por qué? ¿Acaso amenazaba a Roma con un movimiento puramente religioso? Aun siendo también político, ¿llegó a suponer una amenaza? ¿Le mataron para evitar algún tipo de insurrección?

¿Por qué huyeron todos los apóstoles tras la detención de Jesús? ¿Cómo es posible que ninguno estuviese presente durante su muerte, a excepción de María Magdalena y el discípulo amado, tradicionalmente identificado con Juan el Evangelista? ¿Quién era el discípulo amado? ¿Quién fue María Magdalena? ¿Cómo podemos explicar que una persona que está presente durante los momentos cumbres de la historia de Jesús sea tan desconocida? ¿Por qué los evangelistas apenas dieron datos sobre ella? ¿Es posible que la omisión se deba a que todo el mundo sabía quién era? ¿Fue prostituta, como durante siglos defendió la Iglesia? ¿Fue la esposa de Jesús, como de un tiempo a esta parte se ha especulado? ¿Tuvieron hijos? De haber sido su esposa, ¿explicaría esto el silencio de los evangelistas sobre su persona? ¿Quisieron ocultar este matrimonio? ¿Por qué?

Natividad (Guido de Siena, hacia 1270)

 

¿Por qué terminaba el Evangelio de Marcos, el más antiguo, como terminaba? ¿Cómo es posible que, si quitamos los últimos doce versículos, añadidos posteriormente, termine este texto con la llegada de María Magdalena y las otras dos mujeres a la tumba vacía? ¿Por qué este evangelista no introdujo ninguna escena de Jesús resucitado? ¿Acaso no conocía ninguna? ¿Por qué Lucas y Mateo, que se limitaron a ampliar y corregir teológicamente el texto de Marcos, introdujeron varias escenas que no parecen casar del todo bien entre sí? ¿De dónde las sacaron? ¿Es que no las conocía Marcos?

¿Resucitó Jesús o, como han planteado algunos descreídos, alguien robó su cuerpo para hacerlo parecer? ¿Es posible, como han propuesto otros, que no muriese realmente en la cruz y que todo fuese un montaje? ¿Alguien consiguió sanarle cuando parecía que había fallecido? ¿Es posible que la resurrección fuese más bien algo espiritual, algo que vivieron intensamente sus convencidos discípulos tras el shock de la cruz?

Y para terminar, ¿cómo es posible que tres siglos después de su muerte la Iglesia católica terminase abrazándose con el Imperio romano, verdugo de Jesús y perseguidor de los cristianos durante todos aquellos años? ¿Cómo es posible que aquel bello mensaje de amar al prójimo como a uno mismo, el mandamiento esencial de Jesús, haya sido totalmente ignorado e incumplido, incluso por los mismos que se encargaban de enseñarlo? ¿Qué pensaría Jesús si regresase y viese en qué se ha convertido su movimiento?

Publicado el domingo 23-12-2017 en La Voz de Almería

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