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Homo insolitus 46: El primer latin lover

Mucho antes que Antonio Banderas triunfase en Hollywood, otro Antonio, madrileño en vez de malagueño, se convirtió en el primer actor de este país nuestro en triunfar en la Meca del Cine. Se trata de Antonio Moreno y en su extensa, aunque no demasiado brillante carrera, llegó a currar con D. W. Griffith, Alfred Hitchcock o John Ford, que se dice pronto…

En realidad se llamaba Antonio Garrido Monteagudo Moreno, aunque usaba el nombre artístico de Antonio Moreno y en Hollywood era conocido como “Toni Moreno”. Nació en Madrid en 1887, aunque se crio en Andalucía, tierra nuestra, concretamente en Sevilla, adonde se trasladó tras la muerte de su padre, militar profesional, y en Algeciras. Desde chiquitillo mostró poco interés por el colegio y los estudios. Y tampoco mostró mucho por trabajar. Así que cuando le comentó a su madre la idea de marcharse a buscarse la vida a los Estados Unidos, junto a dos amigos, no dudo en darle el visto bueno. Y eso que tenía solo quince años cuando cruzó al otro lado del charco.

Comenzó trabajando en bares y restaurantes de la ciudad de Boston (Massachusetts), sin demasiado interés por el cine, hasta que en 1910 tuvo la fortuna de conseguir un papel de extra, gracias a su agraciado físico, en la compañía teatral de Maude Adams, la actriz más popular de Broadway por aquella época. Junto a ella tuvo la oportunidad de interpretar un papel importante en la obra Two Women, de 1910, y consiguió vivir durante un tiempo del teatro, aunque su dicción, marcada por un fuerte acento español, no le permitía crecer como artista. En cambio, en el cine, que por aquel entonces aún era mudo, no importaba cómo hablase.

Su primera película fue Lola’s Promise, dirigida en 1912 por el gran D. W. Griffith para la Biograph, en la que actuaba una de las grandes estrellas del cine mudo, la diva Mary Pickford. Ese mismo año apareció en otras películas de Griffith, como An Unseen Enemy y Two Daughters of Eve protagonizadas por Lillian Gish y Mae Marsh, o So Near, Yet So Far, de nuevo con Mary Pickford.

En 1913 se pasó a la Vitagraph, para la que llegaría a hacer cerca de cincuenta películas —hay que recordar que las pelis de aquella época eran todas cortos o mediometrajes—, y poco a poco fue afianzando su imagen de latin lover, en menosprecio, quizá, de su calidad artística. De hecho, fue Antonio Moreno el que abrió una senda que luego recorrerían, con bastante más éxito, Rodolfo Valentino y Ramón Novarro.

En 1917 firmó con la Pathé, para la que protagonizó varios seriales cinematográficos, como The house of the hate, junto a Pearl White. Pero no estaba muy satisfecho con el camino que estaba tomando su carrera, así que cambió de nuevo de estudio y se marchó a la Paramount. Acertó, ya que, aunque empezó haciendo papeles secundarios, pronto consiguió algunos grandes papeles.

En 1922 rodó My American wife, dirigida por Sam Wood, y coprotagonizada por Gloria Swanson; y en 1923, Look Your Best, dirigida por Rupert Hughes; Lost and Found on a South Sea Island, de Raoul Walsh; y The Spanish Dancer (La bailarina española) dirigida por Herbert Brenon, y coprotagonizada por Pola Negri.

Ese mismo año se casó con una viuda multimillonaria llamada Daisy Canfield Danziger, de la que se divorciaría diez años después. Durante su vida matrimonial vivieron en una grandísima mansión, Crestmount House, por la que pasaron estrellas del tamaño de Buster Keaton, Errol Flynn o Mary Pickford.

Para 1924 ya era una estrella bastante conocida y reconocida, gracias a su aspecto latino seductor, a su simpatía y a sus dotes artísticas. Esto le permitió dar un nuevo salto, que le llevó al mayor estudio de aquellos tiempos, la Metro Goldwyn Mayer, con la que hizo sus mejores obras, como, por ejemplo The Tempress, dirigida en 1926 por Fred Niblo, con Greta Garbo como protagonista; Mare nostrum, dirigida ese mismo año por Rex Ingram junto a Alice Terry y rodada en diversas ciudades europeas, entre ellas el propio Madrid; o It (Ello), dirigida por Clarence G. Badger en 1927, secundando, atención, por Gary Cooper y Clara Bow. Fueron sus días de gloria.

Pero todo tiene su fin. Y la carrera de Antonio Moreno se vio afectada por dos crueles giros del destino: por un lado, la llegada del sonoro, en 1929, un cataclismo que destruyó la carrera de muchísimos actores y actrices y que afectó especialmente a los extranjeros con marcados acentos. Por otro lado, la efímera moda de los latin lovers también se acabó.

De todos modos ya tenía sus añicos, cuarenta y dos para ser exactos, y había gozado de bastante éxito, popularidad y dinero. Además, no dejó el cine: se dedicó durante unos años a doblar películas al español y trabajó en varias dobles versiones, un sistema que funcionó durante unos años en Hollywood y que consistía en rodar la misma película en varios idiomas y con actores distintos. Intentó también lanzarse como director, y llegó a realizar la primera película sonora mexicana, Santa (1931), pero no tuvo demasiado éxito. Y llegó un momento en el que tuvo claro que solo podía continuar en el mundo del cine con actor de reparto. Y eso hizo. Trabajó en un sinfín de producciones, tuvo la oportunidad de ponerse a las órdenes de algunos de los grandes directores de los años cuarenta y cincuenta y acabó participando en algunas de las películas más grandes de la historia: The Spanish Main (Los piratas del mar Caribe), dirigida en 1943 por Frank Borzague; Notorious (Encadenados, 1946, Alfred Hitchcock); Captain from Castille (Capitán De Castilla, 1947, Henry King); Creature from the Black Lagoon (La Mujer y El Monstruo, 1954, Jack Arnold); o The searchers (Centauros Del Desierto, 1956, John Ford).

Ojo, nunca dejó España del todo. Durante su época dorada viajaba a menudo para visitar a su madre; además, en enero de 1936 rodó en nuestro país María de la O, junto a Carmen Amaya. Eso sí, tras la Guerra Civil, y tras la muerte de su madre, no regresó nunca más.

A principios de los sesenta, tras varios años de retiro, la salud comenzó a fallarle, hasta que el 15 de febrero de 1967, a los 79 años, un ataque de apoplejía se lo llevó por delante. Está enterrado en el Forest Lawn Memorial Park de Glendale, Los Angeles, California.

Publicado el domingo 13-05-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 45: Omnia reliquit servare rempublicam

En el condado de Hamilton, en el estado de Ohio, se encuentra la ciudad de Cincinnati, una de las más importantes del medio oeste de Estados Unidos. La historia que les voy a contar hoy guarda relación con el origen del nombre de esta localidad, que en los tiempos de la conquista del oeste (mediados del siglo XIX) llegó a ser una de las ciudades más pobladas y prósperas del interior del país.

Cincinnati fue fundada en 1788 por varios colonos que se asentaron entre los ríos Little Miami y Great Miami, al norte del río Ohio, convirtiéndose en la primera ciudad fundada después de la Revolución americana (que concluyó con la independencia de Estados Unidos respecto a Gran Bretaña).

Un año después se levantó allí Fort Washington, en honor al presidente libertador, y en 1790, un tal Arthur St. Clair, gobernador del Territorio del Noroeste (que comprendía todas las tierras al oeste de Pensilvania y al noroeste del río Ohio), le puso el nombre de Cincinnati en honor a la Sociedad de los Cincinnatis, de la que era presidente, una sociedad fundada en 1783 por Henry Knox con la intención de preservar los ideales y la camaradería de los oficiales que habían combatido en el Ejército Continental contra Inglaterra durante la Guerra Revolucionaria.

Lo curioso es que esta sociedad, y por extensión la ciudad, recibió ese nombre por Lucio Quincio Cincinato (Cincinnatus en latín, que significa «de pelo rizado»), un patricio romano de la familia Quintia que vivió entre el año 519 y el 439 a.C. y que, asqueado por los trapicheos y los tejemanejes de los políticos romanos, se negó a participar en la vida política y se marchó a vivir en su finca, al oeste del río Tíber.

Como era un hombre prestigioso y de demostrado honor, fue llamado por el Senado romano en el año 460 a.C. y recibió el cargo de cónsul de reemplazo para mediar en un conflicto entre tribunos y plebeyos que, entre otras consecuencias, terminó con la muerte de uno de sus hijos. Pero Cincinato, en vez de intentar vengarse por la muerte de su vástago, renunció al cargo y regresó a su vida rural.

Dos años después, en el año 468 a.C., fue llamado de nuevo para ayudar contra la invasión de los ecuos y los volscos, que habían ocupado posiciones en el este del futuro imperio, y fue nombrado dictador, una magistratura extraordinaria que el Senado romano otorgaba en momentos de crisis con la intención de dotar de todo el poder en una sola persona de forma temporal (seis meses como mucho). Al parecer, un grupo de senadores fue a buscarle a su granja y se lo encontraron arando. Cincinato aceptó y en solo dieciséis días consiguió parar la invasión. Pero, para sorpresa de todos, dimitió como dictador y volvió a sus campos.

En el año 439 a.C. fue llamado de nuevo por su hermano, el cónsul Tito Quincio Capitolino, cuando ya contaba ochenta años, y fue nombrado, por segunda vez, dictador, con la intención de frenar las insanas maquinaciones de Espurio Melio, que había intentado dar un golpe de estado. Lo volvió a hacer, y renunció de nuevo al cargo, pero poco después falleció.

Si bien existen bastantes dudas sobre la veracidad de esta historia, contada entre otros por Tito Livio (en el tercer libro de su Ad Urbe Condita), Cincinato se convirtió en toda una leyenda para los romanos. No en vano, le entregaron en bandeja el poder supremo de Roma en dos ocasiones, y en las dos ocasiones renunció estoicamente por su falta de ambición personal y su exorbitante integridad. Era el arquetipo perfecto del romano con virtus. Todo un Homo insolitus.

Un caso parecido al bueno de George Washington, considerado un Cincinato de los días de la Revolución americana, ya que, como había hecho siglos atrás el patricio romano, renunció a seguir dirigiendo el Ejército continental después de la contienda, el 23 de diciembre de 1783, y regresó a su granja de Mount Vernon, en Virginia. Cuatro años después, le convencieron para que se reintegrase en la arena política, fue nombrado presidente (el primero del país) y después de dos legislaturas (entre 1789 y 1797), renunció de nuevo, regresó una vez más a sus tierras y se dedicó, entre otras cosas, a destilar bebidas espirituosas.

Dos años más tarde, el 14 de diciembre de 1799, falleció en su granja por culpa de un constipado que se complicó.

Lord Byron (1788-1824), en su Oda de a Napoleón (1814), dedicada a criticar con dureza al francés, aclamó a Washington como «el Cincinato del oeste, a quien la envidia no se atrevió a odiar». Por ese motivo la Sociedad de los Cincinnati, cuyo primer presidente fue Washington, eligió ese nombre. De hecho, su propio lema lo dejaba claro: Omnia reliquit servare rempublicam («Renunció a todo para salvar a la República»). Pretendían honrar así a los civiles que sirvieron heroicamente en la contienda por la independencia y que, una vez terminada la batalla, regresaron a sus tierra para construir un nuevo país.

Publicado el domingo 06-05-2018 en La Voz de Almería

 

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Homo insolitus 44: La Magdalena

Todo lo que rodea la figura de Jesús de Nazaret es intrigante. La culpa la tuvieron sus «biógrafos oficiales», los evangelistas, que se mostraron muy parcos en detalles y que apenas ofrecieron información sobre la vida de Jesús antes de su bautismo en el Jordán a manos de Juan el Bautista, su maestro, uno de los pocos hechos que parecen, efectivamente, históricos. No sabemos apenas nada sobre su infancia, y lo que sabemos es contradictorio, ni sobre su adolescencia o su paso a la madurez. Y tampoco nos informaron de la mayor parte de sus discípulos, a excepción de tres o cuatro (Juan, Santiago y Pedro, los favoritos), como tampoco aportaron prácticamente nada sobre sus discípulas, que las hubo, y además, con bastante importancia.

Lucas fue el único que aportó un poco de información sobre el grupo de mujeres que seguían a Jesús. Pero, en vez de aclarar nada, lo que hizo es aumentar la sombra de la duda, ya que los versículos en los que menciona a las discípulas tienen más «chicha» de lo que una primera lectura permite deducir: «Iban con él los doce y algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que había expulsado siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes, Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes» (Lc 8,1-3).

Quédense con la última frase. «Le asistían con sus bienes». ¿Cómo es esto posible? En aquella época y en aquel lugar, la Palestina romana del siglo I, las mujeres vivían, como casi siempre lo han hecho en este mundo patriarcal, a la sombra de sus padres y, cuando se casaban, de sus maridos. No tenían derecho a tener ninguna posesión, excepto si quedaban viudas y no tenían hijos varones. ¿Quiénes eran, por lo tanto, esas mujeres que apoyaban económicamente la causa de Jesús?

La más intrigante de todas es nuestra Homo insolitus de hoy, María Magdalena. Solo doce pasajes hablan de ella y casi todos, excepto este de Lucas, están relacionados con la pasión y la resurrección de Jesús. Además, hay algo anómalo con ella: lo normal en el mundo judío, cuando se mencionaba a una mujer, era relacionarla con su padre o con su marido. Sin embargo, con ella esto no se cumple. Siempre se ha planteado que esto de «Magdalena» era una referencia a su lugar de nacimiento, pero también sería bastante anómalo. Ni siquiera los hombres, salvo contadas excepciones, eran definidos con su gentilicio. Esto solo pasa con otro personaje evangélico importante. ¿Adivinan cuál? Pues sí, ni más ni menos que Jesús, al que siempre se le nombra como Jesús el Nazareno, y no como Jesús hijo de José, como hubiese sido normal.

Así, la tradición ha considerado que María Magdalena procedía de un lugar llamado Magdala. Pero hay un problema, al que también teníamos que enfrentarnos en el caso de Jesús: esa ciudad, como Nazaret, no aparece por ninguna parte ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo, ni es mencionada por ningún historiador contemporáneo. Sí, en la actualidad hay una ciudad llamada Al-Migdal, a orillas del mar de Galilea, que, según los cristianos, se corresponde con la antigua Magdala. Pero esto no está nada claro. Como casi todo lo relacionado con este esquivo personaje.

¿Cómo es posible que sepamos tan poco sobre María Magdalena cuando los propios evangelistas le dan un papel protagonista durante la muerte, el entierro y la resurrección de Jesús? La tradición cristiana, siempre atenta, solucionó esto a su manera: en realidad hay más episodios protagonizados por ella, aunque de forma anónima o con otro nombre. Por un lado, María Magdalena sería también María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro de Betania (aquel que, según el Evangelio de Juan, resucitó gracias a Jesús); pero también sería la pecadora pública que según Lucas ungió con perfume los pies de Jesús mientras este disfrutaba de una buena comida en la casa de Simón el Fariseo (Lc 7, 36-47). De ahí que, como ustedes sabrán, siempre se haya considerado que era una prostituta.

Pero, ojo, ¡no hay nada que indique que se trate de la misma persona! Tanto es así que la propia Iglesia, en una fecha tan tardía como 1969, acabó reconociéndolo. Aunque ya el daño estaba hecho: la identificación entre María Magdalena y esta supuesta prostituta estuve vigente durante más de un milenio, y ayudó a que la santa, porque la Magdalena es santa, fuese considerada como el ejemplo perfecto de redención: la prostituta que, arrepentida, es devuelta al redil por Jesús, convirtiéndose en el ejemplo perfecto de su perdón y su acción bienhechora.

Sin duda, María Magdalena tenía una relación más profunda con Jesús de lo que señalan los Evangelios canónicos. De hecho, algunos Evangelios apócrifos, los gnósticos, la consideran como su discípula favorita, por encima, incluso, de los apóstoles. Además, muestran una cercanía especial, tanto que algunos han especulado que estos cristianos considerados herejes pensaban que eran pareja. Y esto nos lleva a otro lugar común que, como consecuencia del tremendo éxito de El código Da Vinci, la afamada novela de Dan Brown, ha levantado ríos de tinta en los últimos años. ¿Eran marido y mujer? ¿Tuvieron descendencia? ¿Es este el motivo por el que los evangelistas ningunearon su papel? Difícil saberlo, pero entra dentro de lo posible. Al menos podemos especular con ello. Pero no tengo más que mil palabras…

¿Qué pasó con María Magdalena después de la muerte de Jesús? Tampoco lo sabemos con seguridad, entre otras cosas porque la propia cristiandad ha aportado dos relatos distintos y contradictorios. Por un lado, algunos consideran que huyó hasta Éfeso junto a Juan el Apostol y la Virgen María, y que allí pasó el resto de sus días. En cambio, otra leyenda, mucho más extendida, defiende que huyó en un barco de piedra y sin velas hasta la Provenza francesa, donde había una importante colonia judía en el siglo I, y que, tras predicar un tiempo en aquella zona, se acabó convirtiendo en un eremita. Finalmente, falleció y sus restos mortales se cobijan desde entonces en la Basílica de Saint-Maximim, en el pueblo homónimo, donde cada 22 de julio, día de la santa, son sacados en procesión.

El problema, como suele pasar con esto de las reliquias, es que hay varios restos mortales más, pero esa es otra historia…

 

Publicado el domingo 29-04-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 43: Los Hermanos Collyer

Cada cierto tiempo aparece alguna noticia en la prensa que habla de acaparadores extremos que se dedican a acumular durante años cantidades ingentes de basura en sus casas. Es lo que se conoce como síndrome de Diógenes, una afección psicológica que consiste en eso, en acumular compulsivamente objetos que, para la persona en cuestión, tienen algún sentido y, por ese motivo, los atesora, unas veces de forma ordenada y otras en un absoluto y poco higiénico caos. Difícil explicar las causas, aunque tiene que ver con el aislamiento social, la depresión o la propia demencia. Existen varios casos emblemáticos de este peculiar fenómeno, aunque, sin duda, uno de los más interesantes es este del que os voy a hablar hoy: la fascinante historia de los hermanos Homer y Langley Collyer, dos neoyorquinos que murieron asesinados por las propias trampas que habían colocado en su particular museo de la inmundicia para impedir que los forasteros entrasen.

Procedían de una de las familias más antiguas de la ciudad, los Collyer. Sus padres fueron Herman Livingston Collyer, un conocido ginecólogo, y Susie Cage, una antigua cantante de ópera. Homer, el mayor, nació en 1881 y estudio derecho en la Universidad de Columbia, profesión que ejerció hasta 1933. Langley, nacido en 1885, también estudió en Columbia (Ingeniería), aunque se dedicó a dar conciertos de piano, llegando a actuar incluso en el Carnegie Hall.

Vivieron juntos durante décadas en una casa tres plantas de piedra rojiza en Harlem, en el número 2078 de la Quinta Avenida (esquina con la Calle 128), a la que se habían trasladado sus padres en 1909, y donde vivieron tras el divorcio de ellos, en 1919, junto a su madre. Diez años después, tras la muerte de esta, los hermanos heredaron todo. Por aquella época aun socializaban. Homer seguía trabajando como abogado, y Langley trabajaba como vendedor de pianos.

Pero en 1933, Homer se quedó ciego por culpa de unas hemorragias en los ojos, y su hermano decidió hacerse cargo de sus cuidados. Convencido de que podía curarse gracias a la vitamina C, le alimentó durante años con una dieta compuesta por cien naranjas semanales, pan negro y crema de cacahuete. Además, comenzó a guardar los periódicos día tras día, para que, cuando recuperase la vista, pudiera leerlos. Fue el comienzo de su aislamiento, que se vio acrecentado por la creciente paranoia racial de ambos, molestos porque Harlem se estaba poblando de afroamericanos procedentes del sur. Langley decidió salir de casa solo por las noches y solo para comprar comida o coger cosas de la basura.

En 1937 decidieron cortar el teléfono porque, según explicó posteriormente Langley, no tenían nadie con quien hablar. Al año siguiente les cortaron el gas, la electricidad y el agua, por no pagar, y desde entonces vivieron a oscuras, sin calefacción y sin agua caliente. Cocinaban con queroseno.

En agosto de 1942, una periodista llamada Helen Worden se interesó por ellos y consiguió hablar con Langley una noche. Le preguntó si era cierto que tenían un bote de remos en el ático y un Ford T en el sótano. Langley respondió que sí, que se trataba de la canoa y del antiguo coche de su padre, un personaje bastante excéntrico ya que, según comentó, iba cada día al trabajo en la dichosa canoa. Además, explicó que estaba al cuidado de su hermano, que no podía moverse porque, además de perder la visión, se había quedado paralítico por culpa del reuma, y que vestía con ropas raídas para disimular su riqueza.

El artículo de Worden, publicado en el New York World-Telegram, convirtió a los Collyer en unas leyendas vivas. Pero también tuvo consecuencias: comenzaron a difundirse rumores sobre sus macabras actividades nocturnas y sus tesoros ocultos. Llegó a afirmarse que vivían sobre montañas de dinero porque no creían en los bancos, empezaron a ser hostigados por sus vecinos y sufrieron varios robos.

Después de que unos vándalos destrozasen sus ventanas a pedradas, las taparon con maderas, quedando absolutamente incomunicados del exterior. Fue entonces cuando Langley, desarrollando sus habilidades en ingeniería, comenzó a poner trampas explosivas por si a algún valiente se le ocurría entrar en la casa.

En noviembre de 1942, el Bowery Saving Bank comenzó los procedimientos de desahucio por el impago de la hipoteca de la casa durante tres años. Cuando la policía se presentó en la casa, encontraron a Langley en un hueco entre la basura. Ni corto ni perezoso, sacó su talonario y firmó un cheque por el importe de 6700 dólares que debían.

Cinco años después, el 21 de marzo de 1947, la policía recibió una llamada anónima que informaba de la muerte de un hombre en la casa. Después de forzar la entrada, y tras abrirse camino por un maremágnum de cajas llenas de periódicos y muebles apilados, a través de los túneles que los propios hermanos habían ideado, encontraron el cadáver de Homer sentado en una silla y vestido solo con un albornoz. La autopsia dejó claro que había muerto de inanición unas diez horas antes. Pero, por mucho que buscaron, no pudieron dar con el otro hermano, del que sospechaban que había sido el que había avisado a las autoridades.

Diez días más tarde, el 31 de marzo, un juez ordenó que se vaciase la casa. Encontraron más de veinticinco mil libros (solo de derecho había unas dos mil quinientas obras), centenares de listines telefónicos, cofres llenos de objetos sin usar (cientos de metros de sedas, porcelanas, cuberterías), docenas de tapices, alfombras y máquinas de coser, seis trenes de juguete, decenas de carritos de muñecas, cientos de paraguas, trece relojes de armario, cinco violines y 14 pianos de cola, entre otros muchos instrumentos musicales, y algo realmente perturbador: varios órganos humanos conservados en escabeche.

Langley ni siquiera asistió al funeral de su hermano, celebrado el 1 de abril. Aparecieron rumores que indicaban que había sido visto en Atlantic City, Maine y Delaware. Pero nada. No aparecía.

Dos días más tarde, el 3 de abril, se informó de que se habían retirado más de 50 toneladas de cosas. Otros cinco días después, y tras retirar una cantidad similar, encontraron el cuerpo de Langley, enterrado bajo una montaña de papel. Había muerto tras enredarse en uno de sus cables trampa explosivos. Estaba solo a tres metros de donde se había encontrado a Homer. Su cuerpo, en avanzado estado de descomposición, había sido casi roído por completo por las ratas.

El forense dictaminó que llevaba muerto cerca de un mes.

El 9 de abril se ordenó la demolición de la mansión, que fue destruida tres meses más tarde. Desde entonces, en aquel lugar se construyó un pequeño parque (un pocket park, «parque de bolsillo»), que aún se puede visitar.

Homer y Langley vivieron durante años en unos nidos que se construyeron sobre las pilas de basura, casi a ras del techo.

Aunque la mayoría de artículos que había en la casa no tenían valor, se hizo una valoración de unos 91000 dólares con lo que sí servía, una fortuna para la época. Cincuenta y seis personas, casi todos primos, reclamaron la herencia. Se lo repartieron, tras una decisión judicial, entre veintitrés herederos reales.

Publicado el domingo 22-04-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 42: La primera mujer en el espacio

«Si las mujeres pueden ser ferroviarias en Rusia, ¿por qué no pueden volar en el espacio?». Esto dijo, a mediados de 1963, nuestra Homo insolitus de hoy, la primera mujer que viajó al espacio, la soviética Valentina Vladímirovna Tereshkova.

No se pierdan su historia.

Nació en el seno de una familia rural de Máslennikovo, un pequeño pueblo de Yaroslavl, en la actual Rusia, el 6 de marzo de 1937. Su padre falleció cuando tenía solo tres años, durante la recién iniciada Segunda Guerra Mundial, luchando contra los nazis en algún lugar de Finlandia. No pudo terminar sus estudios primarios por culpa de la precaria situación económica de su familia, aunque, tras trabajar un tiempo en una fábrica de neumáticos y en una fábrica textil, consiguió estudiar por correspondencia y, posteriormente, en una escuela nocturna. Además, se interesó por el paracaidismo —realizó su primer salto en 1959, con 22 años, y se convirtió en monitora de un club en Yaroslavl— y por la política  —fue secretaria de la organización juvenil del Partido Comunista, el Komsomol.

En 1962, con veinticinco años, consiguió ser seleccionada para el cuerpo femenino de cosmonautas. Un año antes, Yuri Gagarin se había convertido en el primer humano en viajar al espacio en la Vostok I. Sergey Korolyov, responsable de los proyectos espaciales de la URSS, estaba interesado en determinar si las mujeres tenían la misma resistencia física y psicología en el espacio,  y con esa intención llegó a reunir cerca de cuatrocientas mujeres. Valentina quedó entre las cinco finalistas para la primera misión femenina, y gracias a su filiación al partido y a su experiencia como paracaidista, terminó siendo la elegida, a pesar de que no era miembro del ejército.

Tras un entrenamiento intensivo y brutal, el 16 de junio de 1963, a las 9:29 hora local, fue lanzada a bordo de la Vostok VI, desde la base de Baikonur, convirtiéndose en la primera mujer y el primer civil que viajaba al espacio. Estados Unidos tardaría dos décadas más hacerlo (con Sally Ride, en 1983). Pero no piensen que en Rusia fue habitual esto de las mujeres astronautas: hasta 1982 ninguna otra soviética siguió los pasos de Valentina —lo hizo Svetlana Savítskaya.

El nombre en clave de Valentina fue Chaika, que significa «gaviota», y así fue conocida durante el resto de su vida, tanto que en su honor se le puso ese nombre a un asteroide (1671 Chaika). No es para menos. Aquello fue una auténtica proeza. Las 70 horas y 50 minutos que pasó en el espacio, durante las que pudo dar cuarenta y ocho vueltas alrededor de la Tierra, suponían más tiempo de vuelo que la suma de todos los tiempos de todos los astronautas estadounidenses que habían volado antes de esa fecha. Pero fueron terribles para ella. Además del malestar generalizado, de los mareos y de los vómitos durante aquellos tres días, no pudo ponerse de pie durante un mes por culpa de la brutal pérdida de calcio que sufrió. Y no solo eso: a su regreso tuvo que lanzarse en paracaídas desde más de seis mil metros de altura, tras abandonar su cápsula espacial, tomando tierra en Karaganda (actual Kazajstán). El enérgico golpe sufrido en la cara mientras discurría la maniobra de catapultamiento le produjo un enorme moratón facial.

Según explicó posteriormente, una lugareña que le ayudó en aquel accidentado aterrizaje, le preguntó si había visto a Dios. Valentina le contestó que no, seguramente porque su nave había seguido otra ruta y no se habían cruzado…

Fue, en definitiva, un gran paso para la carrera espacial rusa y, especialmente, para la igualdad de derechos entre géneros, aunque, todo sea dicho, algunos de sus compañeros varones de la fuerza aérea rusa le acusaron de haber estado borracha durante el viaje y de insubordinación. Pero la mayor parte de sus paisanos la recibieron con honores y, a lo largo de los años, recibió numerosas condecoraciones en la URSS, además de varias distinciones internacionales, como la medalla de oro Joliot-Curie o el premio Simba, en 1982, por su importante labor en la promoción de la mujer.

De hecho, Valentina estuvo a punto de dirigir la primera misión espacial con una tripulación compuesta solo por mujeres, pero la muerte del astronauta Vladímir Komarov en 1967, durante el vuelo de regreso de otra misión, anuló los planes.

Tuvo una hija, Yelena, fruto de su matrimonio con Andrian Nikolayev, un astronauta que había viaja al espacio unos meses después de Gagarin, en 1962, con el que se casó cinco meses después su proeza (el 3 de noviembre de 1963). Las malas lenguas aseguran que el enlace fue cosa de Nikita Kruschev, dirigente del país, con la intención de comprobar si la estancia de ambos en el espacio podía afectar a su fertilidad. Sea como fuere, el nacimiento de Yelena en 1964, solo un año después, suscitó gran interés porque se trataba de la primera persona que nacía de padres que habían estado en órbita. Nació completamente normal, pero el embarazo fue complicadísimo para Valentina por culpa de las secuelas físicas de su misión. Hoy en día es cirujana.

Y continuó predicando con el ejemplo: en 1968 fue nombrada jefa del comité de mujeres soviéticas; en 1969, el mismo año que los yanquis llegaban a la Luna, se graduó como ingeniera espacial en la academia Zhukovsky de la fuerza aérea soviética, y en 1977 se doctoró; además fue diputada del Sóviet Supremo entre 1966 y 1974, y llegó a ser elegida miembro del Presidium, una especie de jefatura de estado colectiva dentro del Sóviet Supremo, entre 1974 y 1989.

En 2013, el presidente Vladimir Putin la galardonó con la Orden de Alexánder Nevski en conmemoración del cincuenta aniversario de su periplo espacial. Durante aquel homenaje expresó su deseo de viajar a Marte: «Conocemos los límites humanos. Y para nosotras, esto sigue siendo un sueño. Lo más probable es que el primer vuelo sea de una sola dirección. Pero estoy lista».

Una curiosidad para terminar: tras su regreso, las autoridades soviéticas le preguntaron qué podían hacer por ella como agradecimiento por su labor. Valentina pidió que buscasen el lugar donde había fallecido su padre. No solo lo encontraron, sino que levantaron un monumento en su honor en una localidad llamada Lemetti, muy cerca de la frontera con Finlandia.

Eso sí, nunca pudo conducir una locomotora, su gran sueño incumplido… por ahora.

Publicado el domingo 15-04-2018 en La Voz de Almería

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