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El falso asesino

El 8 de marzo de 1993, Thomas Quick, un enfermo mental de 42 años que estaba internado en una clínica psiquiátrica de Säter, Suecia, tras ser detenido por atracar vestido de Papa Noel a un banquero de su pueblo, confesó que había asesinado y violado a un niño de 11 años llamado Johan Asplund, del que no se sabía nada desde su desaparición, el 7 de noviembre de 1980.

Las autoridades comenzaron a investigar al asesino confeso para verificar su historia y, aunque el cadáver del joven Asplund no apareció, consideraron que su declaración era tan rica y explícita que tenía que ser cierta.

No quedó aquí el asunto. A lo largo de los siguientes años llegó a autoinculparse de 39 asesinatos, a cual más atroz y despiadado. Aseguraba haber violado a todas sus víctimas, haber desmembrado a muchas e, incluso, haberse comido a alguna.

Se convirtió en el más terrible asesino en serie de Suecia y fue condenado por ocho de aquellos crímenes.

Pero todo cambió el 2 de junio de 2008 cuando Quick, todavía recluido en Säter, se desdijo de todo gracias a la labor de un periodista, Hannes Råstam, que durante años estuvo obsesionado con aquella historia y con las múltiples contradicciones que fue encontrando entre las declaraciones de este señor y la evidencia material: no seguía un modus operandi, no usaba armas, no atacaba al mismo tipo de personas y, lo más sorprendente, no había ninguna pista que demostrase su participación ni ningún testigo. Todo se construyó en base a sus declaraciones.

Ni siquiera se llamaba así, sino que su nombre real era Sture Bergwall.

Llama la atención que el fiscal general del Estado por aquel entonces, un tal Christer Van der Kwast, tardase un año en presentar cargos contra él. Por si fuera poco, como posteriormente se supo, adornó sus declaraciones gracias a la información que recibía de sus propios terapeutas, que le intentaban ayudar a recordar con datos aportados por la propia policía.

Hoy se sabe que algunas de las confesiones fueron manipuladas. Bergwall se equivocaba una y otra vez, y en detalles tan importantes como el color del pelo de sus víctimas o el tiempo que hacía el día del supuesto crimen. Pero daba igual. Si algo contradecía la evidencia, los propios terapeutas y policías le corregían, él se desdecía y reconstruía la historia. Es más, esto mismo fue presentado como evidencia de que todo lo que decía era cierto. Los psiquiatras explicaban sus incoherencias como fruto de la ansiedad y como un intento inconsciente de borrar de su memoria aquellos terribles recuerdos.

Así, si bien el autoinculpado puso lo suyo, esto no hubiera ido a más de no ser por la connivencia entre la fiscalía, la policía y los psiquiatras, que se encargaron de interrogarle de forma bastante dudosa y de drogarle de manera industrial.

De hecho, en un momento determinado, algunos agentes cuestionaron cómo era posible que hubiera cometido sus asesinatos empleando 13 métodos diferentes, algo insólito en un asesino en serie. Fueron apartados de la investigación.

Todas las condenas han sido retiradas.

Como dice su abogado, Thomas Olsson, «Todos los casos fueron construidos igual: sin pruebas biológicas, sin huellas, sin rastros de ADN, sin testigos, sin evidencias». Con sus confesiones fue bastante, lo que deja claro que su defensor en aquella época, Claes Borgström, actuó con una torpeza y un poca profesionalidad extraordinarias. Algunos de los crímenes que reconoció ni siquiera estaban basados en sucesos reales…

Pero, ¿por qué hizo este Homo insolitus esto? Bergwall había sido un toxicómano toda su vida. Cuando le preguntaron por qué había mentido, dijo, sin ningún tapujo, que «fue una manera de conseguir ansiolíticos legalmente» y que aquello «le permitió tener la sensación de pertenecer a algo». «Me gustaba ver que se interesaban por mí», llegó a decir.

23 años después de su ingreso en Säter fue puesto en libertad sin cargos. En la actualidad vive en un lugar secreto con una identidad falsa.

Ojo, el tipo tampoco era un santo. Con 19 años ya fue detenido por abusar de un chico de 14; y poco después, por apuñalar a un amante de una noche. También es cierto que sufrió abusos sexuales por parte de su padre, siendo tan solo un crío de 4 años…

El fiscal general Christer Van der Kwast, hoy un anciano, sigue pensando que alguno de esos crímenes sí los cometió.

Por desgracia, los verdaderos asesinos nunca fueron encontrados y ningún terapeuta ni ningún policía de los que investigaron su caso han recibido algún tipo de castigo por su actuación.

Publicado el domingo 24-11-2019 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 64: El mago de los cohetes

En 1942, Jack Parsons inventó el primer combustible sólido y moldeable para cohetes, inaugurando así una senda que llevaría a perfeccionar, unos años después, a la conquista del espacio y a la fabricación de mortíferas de guerra. Además, Parsons colaboró en la fundación del Laboratorio de Propulsión a Chorro, junto al Instituto de Tecnología de California (más conocido como Caltech), claro antecedente de la posterior NASA. Sus contribuciones nos han permitido poner robots en Marte, tomar muestras del polvo de la cola de algún cometa y enviar sondas más allá de los confines del Sistema Solar. Lo curioso es que Parsons también estaba muy interesado en el ocultismo. Tanto que llegó, incluso, a unirse al grupo ocultista que fundó el británico Aleister Crowley… Todo un Homo insolitus que merece la pena conocer con cierto detalle.

John Whiteside Parsons nació en Los Ángeles en 1914. No brilló en la enseñanza secundaria, pero si mostró desde pequeño un interés por la lectura y la ciencia ficción. Tampoco tenía demasiadas dotes sociales, pero construyó una fuerte amistad con su vecino Edward S. Forman, con el que compartía su afición por el espacio y con el que comenzó a fabricar, siendo aún niños, los primeros cohetes.

Se propuso estudiar química en la Escuela Universitaria de Pasadena y consiguió graduarse en 1933, pero nunca pudo dar el siguiente paso y, aunque se matriculó en la Universidad de Stanford, no aguanto ni un mes por sus problemas económicos.

Mientras tanto, había continuado experimentando junto a su amigo Ed. Querían acabar con las burlas que muchos científicos, y el propio gobierno de los Estados Unidos, habían realizado sobre la tecnología de los cohetes espaciales. Lo veían como algo propio de la ciencia ficción y de las revistas pulp a lo Amazing Stories. Lo curioso es que fue precisamente esto lo que atrajo a estos dos inquietos jóvenes.

Esta inquietud le llevó a dirigirse en marzo de 1935, junto a su amigo y cómplice Ed, convertido en un mecánico experto, hasta Caltech, con la intención de captar a algún científico para su causa. Lo consiguieron: un tal Frank Malina, recién graduado, estaba trabajando como asistente en un túnel de viento, realizando estudios sobre los motores de propulsión para aviones. Malina se interesó por sus propuestas y pronto comenzaron a trabajar juntos. En febrero de 1936 formaron un trío que fue conocido, de forma despectiva, como El escuadrón suicida.

Malina, como científico que era, se centró más en los aspectos teóricos, pero Parsons y Forman, desde el primer momento, se dedicaron a confeccionar modelos de cohetes. No lo consiguieron. Eso sí, durante los tres primeros años no contaron con presupuesto alguno y tuvieron que pagar todos los gastos de su bolsillo, teniendo que trabajar casi siempre durante las noches o los fines de semana.

Por aquella misma época, finales de la década de 1930, cuando rondaba los 24 años, Parsons comenzó a frecuentar las reuniones del Ordo Templi Orientis (OTO), una sociedad ocultista creada por Aleister Crowley que llegó a tener gran difusión en la zona de Los Ángeles. Allí, entre misas gnósticas, encuentros sexuales comunitarios y orgías etílicas, se fue iniciando en la filosofía Thelema de Crowley, cuyo principio básico era «haz lo que quieras que sea la totalidad de la Ley».

Sus compañeros no vieron con buenos ojos su acercamiento a estas extrañas actividades, pero, por otro lado, cada vez quedaba más claro que era un genio fabricando combustibles para cohetes. Alguno de ellos recuerda como solía cantar el Hymn to Pan de Crowley antes de encender sus prototipos…

Finalmente, en 1941, tras conseguir sus primeros éxitos, Parsons y sus colegas fundaron la Aerojet Engineering Corporation, con la intención de vender cohetes para el ejército. Triunfaron. Y dos años más tarde, ya en plena Segunda Guerra Mundial, ayudó a fundar el Laboratorio de Propulsión a Chorro.

Por aquella misma época se convirtió en el líder del OTO en la costa oeste, carteándose a menudo con un anciano Crowley, que por aquel entonces tenía 72 años —falleció el 1 de diciembre de 1947—. Todo esto nos puede parecer extraño, y de hecho, lo era. Pero no para Parsons, que veía sus actividades con los cohetes como el camino perfecto para que los humanos fuesen capaces de explorar el universo y contactar, por fin, con las esquivas divinidades.

De hecho, con el dinero que ganó gracias a la venta de cohetes, compró una enorme mansión de madera en Pasadena que se convirtió en el centro de operaciones de OTO —recibió el nombre de The Parsonage—. Allí se mezclaban científicos interesados en la propulsión a chorro con sacerdotisas vestidas solo con túnicas. Por supuesto, no faltaban las drogas en aquella casa.

Claro, su creciente excentricidad tenía un precio. No estaba bien visto que alguien que trabajaba en un tema tan delicado se dedicase en su tiempo libre a la magia. Y, finalmente, en 1943, decidió vender sus acciones de Aerojet (por 20000 dólares) y abandonó sus estudios sobre cohetes, al menos de forma oficial.

Por si fuera poco, fue bastante amigo de L. Ronald Hubbard, el fundador de la Iglesia de la Cienciología. Pero la cabra tira al monte, y en julio de 1946, Hubbard, con la excusa de una inversión lucrativa en una empresa textil, le timó 20000 dólares. Fue el comienzo del final. Desahuciado y sin un dólar, trabajó en una gasolinera, aunque esporádicamente rentabilizaba sus conocimientos científicos fabricando explosiones para películas de Hollywood.

Podría haber dado muchísimo más juego, de no ser porque falleció como consecuencia de una explosión que se produjo en el laboratorio de su casa en junio de 1952, cuando tenía solo 37 años. Cuando llegaron las ambulancias y la policía, Parsons aún vivía, aunque la explosión le había arrancado media cara, haciendo visible su cráneo, y el brazo derecho.

En el suelo encontraron cientos de planos de cohetes mezclados con dibujos ocultistas y pentagramas.

Publicado el domingo 20-01-2019 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 63: Una heroína liberal

Mariana Pineda nació y murió en Granada. Nació el 1 de septiembre de 1804 en el seno de una familia atípica. Su padre, Mariano de Pineda, granadino, capitán de barco y caballero calatravo, nunca se casó con su madre, María de los Dolores Muñoz, sevillana. Se desconoce el motivo, aunque sabemos que, antes de nacer Mariana, tuvieron a una hija en Sevilla que falleció al poco tiempo de nacer; y que la relación nunca fue placida. Tanto es así que, cuando Mariana tenía solo un año, su padre consiguió su tutela. No duró mucho, ya que el hombre padecía una enfermedad crónica que pronto acabaría con su vida. La joven niña quedó al cargo de su tío paterno, que a su vez la cedió a una pareja que trabajaba para él, José de Mesa y Úrsula de la Presa. Fueron estos los que criaron a Mariana… Y los que se apoderaron de las posesiones que había heredado de su padre; posesiones que nunca recuperó.

Si complicada fue su infancia, debido a su condición de hija no reconocida, más complicada fue su adolescencia. Se casó con tan solo quince años con un ex militar llamado Manuel de Peralta, con el que tendría dos hijos, José María (1820) y Úrsula María (1821). Poco tiempo después de nacer el segundo, enviudó. Tenía solo dieciocho años.

Justo en aquella época, España estaba viviendo una época convulsa que ha pasado a la historia como el Trienio Liberal. Resumiendo: Fernando VII regresó, aclamado, en 1814, y lo primero que hizo fue cargarse las reformas políticas y legislativas de la constitución de Cádiz de 1812, la Pepa, restableciendo así el Antiguo Régimen y el poder absoluto del monarca. Los liberales se vieron obligados a huir, aunque desde la sombra orquestaron varios intentos de derrocar al Borbón. Él último de ellos, dirigido por el teniente coronel Rafael de Riego, tuvo lugar el día de año nuevo de 1820. Este golpe militar, conocido como el Pronunciamiento de Riego, triunfó y dio pasó al citado Trienio Liberal. Fernando VII se vio obligado a jurar la Pepa y a suprimir la Inquisición, que aún existía. Pero no duró mucho. Francia decidió que había que ayudar al monarca y, gracias a los Cien Mil Hijos de San Luis, Fernando VII fue repuesto, se dieron por finalizados estos tres años de efervescencia liberal y comenzó la Década Ominosa (1823-1833).

Pues bien, Mariana abrazó con entusiasmo esta causa y, después del trágico desenlace, simbolizado a la perfección por el ahorcamiento público de Riego, se dedicó durante años a ayudar a los liberales perseguidos. Por esa misma época se casó con el abogado José de la Peña, padre de la que sería su tercera hija, Luisa (1829).

A finales de la década de 1820 parecía inminente un levantamiento liberal generalizado en Andalucía, encabezado por el general José María Torrijos. Se llegó incluso a fijar una fecha: el 20 de marzo de 1831. Pero Francisco Calomarde, ministro de Justicia de Fernando VII, estaba al tanto y logró evitar el golpe. Así, el 18 de marzo, dos días antes, Mariana Pineda fue detenida, acusada de colaborar con la insurrección.

En su casa de Granada encontraron una bandera a medio bordar, “señal indubitada del alzamiento que se forjaba”.

No la llevaron presa, sino que fue retenida en su propio domicilio. Craso error. Tres días después consiguió escapar disfrazada de anciana, pero el guarda que estaba encargado de su custodia consiguió detenerla. Fue entonces cuando la encerraron en el convento de las Arrecogidas (prostitutas) Santa María Egipcíaca.

Las autoridades tenían claro que no se trataba de una dirigente del frustrado golpe, pero la retuvieron con la esperanza de que cantara y les dijera los nombres de los implicados. No lo hizo. “Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios”, dijo.

Y fue juzgada. ¿El motivo? La dichosa bandera, “el signo más decisivo y terminante de un alzamiento contra la soberanía del Rey N.S. y su gobierno monárquico y paternal”. No sabemos cómo era aquella bandera. Según el expediente, era un paño morado con un triángulo en el centro, en cuyos lados aparecían tres palabras bordadas en rojo, igualdad, libertad y ley, y algunas letras sueltas que no pudieron identificarse.

Le acusaron de rebelión contra España y el monarca, delito que estaba castigado con la muerte. La defensa planteó que no se trataba de una bandera liberal, sino de una enseña masónica. Como las mujeres no podían pertenecer a la masonería, solo se le podía acusar de relacionarse con una secta prohibida, pero no de rebelión. En efecto, esa bandera tenía mucho que ver con la masonería: los colores morados y verde corresponden al grado 22 (Caballero de la Real Hacha) del rito escocés rectificado; y el triángulo es un icono claramente masónico.

Pero claro, los masones estaban relacionados con los movimientos liberales subterráneos de aquella época, así que de poco sirvió esta defensa. Al contrario.

Fue condenada a muerte.

Se le ejecutó en el Campo del Triunfo, mediante el terrible garrote vil, el 26 de mayo de 1831. Tenía 26 años de edad. Granada lloró su muerte.

No tardó en convertirse en una mártir y en un símbolo de la lucha por la libertad.

Algunas fuentes consideran que en realidad todo fue un montaje y que la policía introdujo la bandera en casa de Mariana para poder acusarla de cómplice de la frustrada rebelión liberal. Es bastante posible.

 

¡Oh! Qué día tan triste en Granada,
que a las piedras hacía llorar
al ver que Marianita se muere
en cadalso por no declarar.

Publicado el domingo 13-01-2019 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 62: El devorador de hígados

No sé si conocerán ustedes la película Las aventuras de Jeremiah Johnson, una sensacional obra maestra que dirigió en 1972 el gran Sidney Pollack y que le permitió a Robert Redford hacer uno de sus mejores papeles. Como buen amante del cine de los años setenta, siempre sentí especial devoción hacia esta película, devoción que se convirtió en puro amor cuando descubrí que se trataba de una adaptación de la historia de un tipo real, todo un Homo insolitus que merece la pena conocer con cierto detalle.

Su nombre real era John Jeremiah Garrison Johnston, nació en 1824 en una pequeña aldea de Nueva Jersey llamada Little York, y se educó en el seno de una conflictiva familia (de cinco hermanos) marcada por el carácter violento de su padre, Isaac Garrison. Tanto es así que, en cuanto pudo, dejó el hogar familiar y, tras trabajar un tiempo en una granja, decidió enrolarse como grumete en un barco ballenero. Tenía solo trece años, pero ya mostraba pinceladas del duro carácter que le caracterizaría, carácter que se iría fraguando durante los cerca de doce años que trabajó cazando ballenas. Cansado de este oficio, no dejó el mar, sino que se alistó en la Marina, durante la guerra de Estados Unidos contra México, aunque terminó desertando —tras herir a un oficial en una pelea— y decidió lanzarse hacia el oeste en busca de fortuna.

Como sabrán, la mayor parte de lo que hoy son los Estados Unidos, desde las montañas Apalaches hasta la costa oeste, era un territorio virgen donde solo vivían los nativos americanos, a los que poco a poco fueron arrinconando —y exterminando— los colonos europeos. Con la independencia del país del Reino Unido, comenzó una lenta pero constante conquista que terminó en 1848 con la adquisición de California. Aun así, aunque en el mapa tenía el país unas fronteras similares a las actuales, más de la mitad de aquellas tierras permanecían inexploradas. Hasta allí se dirigieron millones de europeos en busca de fortuna, sobre todo cuando en aquel mismo año, 1848, se descubrió oro en California y Oregón.

Fue en este contexto donde nuestro protagonista, después de cambiar su apellido por Johnson —recuerden, había desertado de la Marina—, tomó contacto con la terrible vida del hombre de frontera. Atraído en un primer momento por la fiebre del oro, se dirigió hasta la costa oeste, hacia California, pero, como tantos otros, no tuvo suerte. Lo intentó también en Montana, pero tampoco triunfó. Tuvo que buscarse la vida como pudo, trabajando como leñador, como vendedor de pieles, como fabricante y comerciante de whisky e, incluso, como explorador para el ejército a las órdenes del mítico general Miles Nelson.

Cuenta la leyenda que Jeremiah, tras instalarse en Montana, se casó con Cisne, una joven de la tribu salish, con la que tuvo un hijo y con la que se estableció en una cabaña en el bosque. Pero la desgracia tocó a su puerta cuando un fatídico día, mientras Jeremiah se encontraba ausente, su familia fue asesinada por una partida de indios crow. Fue el comienzo de una espiral de sangre y venganza. Jeremiah juró acabar con todos los crows que se encontrase. Y no solo eso. Juró que se comería sus hígados, órgano al que daban mucha importancia los nativos de aquella zona, ya que pensaban que resulta indispensable para el pase a la otra vida.

No tardó en pasar a ser conocido como John “el devorador de hígados” Johnson (John Liver-Eating Johnson). Los nativos le temían como si se tratase del mismísimo espíritu del mal hecho hombre.

Pero todo esto es un mito. Las crónicas exageraron en extremo sus “hazañas”, adjudicándole historias protagonizadas por otros, aunque sí que es cierto que era un tipo extremadamente violento, a lo que tampoco ayudaba su afición por la bebida ni su 1,80 de altura. Ni protagonizó una vendetta personal contra los indios crow (al contrario, se llevaba bien con ellos), ni se aficionó a comerse sus hígados, ni llegó a casarse nunca…

En realidad, el origen de esta leyenda procede de una historia bien diferente: al parecer, en 1868, durante una refriega con los indios sioux en la que se vio involucrado junto a varios leñadores, Jeremiah apuñaló a uno en el costado y, tras sacar el cuchillo, le ofreció a uno de sus compañeros de tropelías un cachito de hígado.

Es verdad que unos años antes de esta última anécdota, en el invierno de 1863, se unió a la caballería de la Unión para luchar contra los rebeldes sureños durante la Guerra de Secesión; pero también es cierto que solo estuvo cinco días porque, nada más cobrar su primera paga, se lo gastó en bebidas y decidió huir, aunque unas semanas después volvió a alistarse. Sea como fuere, en 1865, una vez finalizada aquella guerra fratricida, tras recibir sendos disparos en una pierna y en un hombro, regresó a Montana, buscándose la vida como proveedor de bienes y maderas para los buscadores de oro. Desde entonces sus enfrentamientos con los sioux y los lakota fueron continuos. De hecho, participó en algunas masacres famosas. Aunque, por otro lado, hacia negocios con ellos, vendiéndoles whisky y armas.

Pero, hacia la década de 1870, cuando ya contaba más de cincuenta primaveras, y tras trabajar esporádicamente como conductor de diligencias, como explorador, como actor en un show de circo, e, incluso, como Marshall en Red Lodge, Montana, construyó una cabaña en los bosques de esta última localidad y se retiró del mundanal ruido. Allí pasó más de una década.

Finalmente, en 1899, decidió terminar sus días en una residencia para veteranos de la Guerra de Secesión de Santa Mónica, California.

El 21 de enero de 1900 dejaba este mundo.

Publicado el domingo 16-12-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 61: El ¿verdadero? padre del cine

Siempre se ha dicho que el cine fue inventado por un par de hermanos franceses que el 28 de diciembre de 1895 proyectaron la que se considera la primera película de la historia, La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir (Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir). Ya saben, los hermanos Auguste y Louis Lumière. Esto es cierto en parte. Es verdad que estos hermanos, que patentaron su cinematógrafo el 13 de febrero de aquel mismo año, fueron los primeros en grabar y proyectar en público una cinta. Pero también es cierto que antes que ellos hubo varias personas que plantearon inventos similares. Otro francés, Charles-Emile Reynaud, patentó en 1888 un ingenio llamado praxinoscopio que venía ser una versión primigenia del cinematógrafo, aunque nunca consiguió proyectar imágenes reales, sino animaciones. Tres años después, Thomas Alva Edison, junto a su colaborador William Laurie Dickson, ideó un ingenio capaz de grabar y reproducir imágenes en movimiento, el kinetoscopio, aunque solo podía ser disfrutado de uno en uno. Por eso no se considera cine.

Pero hubo otro francés, todo un Homo insolitus, que, con bastante justicia, puede ser considerado como el padre del cine, aunque siempre con los necesarios matices. Se trata de Louis Aimé Augustin Le Prince, nacido en 1841, cuya historia merece la pena ser reseñada brevemente.

Le Prince conoció en su juventud de Louis Daguerre, el creador del daguerrotipo y uno de los padres de la fotografía. Fue así como nació su amor y su interés por intentar aprehender la realidad y, de hecho, llegó a ganarse la vida como fotógrafo. Hasta que en 1866, John Whitley, un amigo de la universidad (estudió Química), le ofreció un trabajo en un empresa de ingeniería de Leeds, Inglaterra. Le Prince se estableció allí, se casó con Elizabeth Whitley, hermana de su amigo, y unos años después, en 1871, montó junto a ella una escuela de artes en la que se prestaba especial atención a la fotografía. Cuatro años más tarde comenzó a obsesionarse, como tantos otros, por la posibilidad de captar imágenes en movimiento.

No fue fácil. Le llevó más de diez años, pero en 1886 consiguió terminar, mientras vivía en Nueva York por asuntos laborales, su primera cámara, un ingenio dotado con 16 objetivos que resultó ser un fracaso. No cesó en su empeñó, y dos años más tarde, patentó una segunda cámara, dotada ya con un solo objetivo. Y en esta ocasión sí que triunfó. El 14 de octubre de 1888 grabó en Leeds lo que se conoce como Roundhay Garden Scene (La escena del Jardín Roundhay), una toma de solo dos segundos, la primera de las cuatro tomas que se conservan de las rodadas por Le Prince (Accordion Player, Man Walking Around the Corner y Traffic Crossing Leeds Bridge, todas de dos segundos)

Lo había conseguido, pero aún era necesario perfeccionar tanto el método de rodaje como la proyección. Pero, siendo estrictos, había grabado en una película fotográfica imágenes en movimiento.

En 1890 decidió cruzar de nuevo el charco y presentar su invento en Nueva York, donde residía su mujer —un año antes habían obtenido la doble nacionalidad—. Pero antes de marchar fue a reunirse con su hermano en Dijon, Francia. Y es en este preciso momento donde comienza el misterio. Tres días después, tras visitar a su hermano, el 16 de septiembre de 1890, tomó el tren de regreso a París, pero nunca llegó a su destino. Nadie le vio bajarse. No se encontró su equipaje. Se había esfumado.

Tanto la policía francesa como la británica se lanzaron en su búsqueda, pero nunca apareció y, lo que es más inquietante, no se encontró ninguna pista. Pronto, como es normal, surgieron las especulaciones. Su familia estaba convencida de que alguien había acabado con él para arrebatarle su invento, pero otros pensaban que había desaparecido por voluntad propia o que había huido junto a un amante varón para ocultar su homosexualidad.

Nunca se supo. La policía le dio por muerto siete años después, en 1897. Un año más tarde, uno de sus hijos, Adolphe, testificó contra Edison argumentando que le había robado el invento a su padre. La sentencia tuvo una importancia tremenda ya que, aunque Edison fue absuelto, se le prohibió el monopolio de sus kinestocopios, lo que abrió la puerta a la llegada del cinematógrafo de los Lumière a América. Lo raro es que poco tiempo después Adolphe fue asesinado de un disparo y nunca se supo ni el motivo ni se descubrió al culpable.

La cuestión quedó en el olvido hasta hace unos años… Por un lado, en 2003, se encontró una fotografía en los archivos de la policía parisina de un hombre ahogado, en 1890, que se parecía mucho a Le Prince. Por si fuera poco, en 2008, algunos medios (como la revista Materials Today) se hicieron eco de una anotación en el cuaderno personal de Edison que decía lo siguiente: “Eric me ha llamado hoy desde Dijon. Está hecho. Prince ya no existe”… Aunque no está claro que se trate de un cuaderno auténtico del controvertido inventor y empresario estadounidense.

El misterio continúa. Pero lo que si debemos tener claro es que en 1888 Le Prince fue el primero en grabar imágenes en movimiento. Sí, no es cine propiamente dicho porque nunca se proyectaron sus breves tomas, pero nadie duda de que, si no hubiese desaparecido, con total seguridad lo habría conseguido antes que los Lumière.

Publicado el domingo 02-12-2018 en La Voz de Almería

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