Homo insolitus 10: “¡Imposible! Tal vez, pero ver es creer”

El 25 de junio de 1947, hace setenta años justos, el diario East Oregonian de Pendleton (Oregón) publicó una escueta noticia, de solo 191 palabras, con un inquietante titular: «Impossible! Maybe, But Seein’ Is Believin’, Says Flyer» («“¡Imposible! Tal vez, pero ver es creer”, dice el aviador»). Según la breve nota, el día anterior, a las 3 de la tarde, un tal Kenneth Arnold, piloto civil, estaba volando en busca de un avión militar desaparecido cuando vio algo increíble en las cercanías del monte Rainier (Estado de Washington): nueve aeronaves, con forma de platillo y extremadamente brillantes, volando en formación, a gran velocidad («unas 1200 millas por hora») y a una altitud, según calculó, de entre 9500 y 10000 pies.

Fue el pistoletazo de salida para la ufología moderna, aunque ya se venía hablando en los tabloides de aeronaves y de luces en el cielo desde varias décadas atrás. Pero aquel día los objetos volantes no identificados entraron por la puerta grande en el maravilloso mundo de las anomalías de la ciencia y lo desconocido, en el maravilloso mundo del misterio.

Ken Arnold, el alucinado testigo, tenía por aquel entonces 32 años, y vivía, junto a su Esposa, Doris, y sus dos hijas pequeñas, en Boise, una localidad del cercano Estado de Idaho. Tras una época en la universidad, donde estuvo a punto de convertirse en jugador de futbol profesional, de no ser por una desafortunada lesión de rodilla que se lo impidió, aprendió a pilotar aviones y montó un pequeño negocio de materiales para incendios: the Great Western Fire Control Supply Company. Además, trabajaba realizando viajes con su avión CallAir A-2 para el servicio forestal de su ciudad y para cualquiera que le pagaba. Era, en definitiva, un señor respetado, y aparentemente honesto, y llevaba miles de horas de vuelo, lo que hacía que su historia resultara bastante creíble. Además, en ningún momento pensó que se tratase de aeronaves fabricadas por extraterrestres, sino que dedujo, con bastante lógica, que podría tratarse de algún prototipo militar secreto. De hecho, su primera decisión fue presentar un informe en la oficina del FBI de Pendleton, pero, al encontrarla cerrada, se dirigió al editor del Eastern Oregonian.

Al día siguiente, 26 de junio, se publicó una nueva entrevista en este diario, realizada por el periodista William Bequette, de Associated Press, y titulada Boise Flyer Maintains He Saw ‘Em, («Piloto de Boise asegura que les vio»), en la que el testigo entró en más detalles: Arnold volaba en su avión desde Chehalis rumbo a Yakima (ambas localidades del Estado de Washington), cuando tomó un desvió en la inmediaciones del monte Rainier para buscar los restos de un avión militar que se había estrellado unos meses antes, el 10 de diciembre de 1946, con 32 marines a bordo (había una recompensa de 5000 dólares para el que lo encontrara). Y allí fue donde vio lo que describió como aeronaves a reacción, grandes como un avión de cuatro motores, que volaban formando algo que describió como «la cola de una cometa china» y se movían como un platillo lanzado contra el agua. De aquí surgió el término flying saucers, tradicionalmente adjudicado al tal Bequette, aunque realmente él no fue el primero en utilizarlo.

Solo cuatro días después, el 28 de junio de 1947, el Idaho Statesman se hacía eco de la noticia, asegurando que Arnold los había descrito literalmente como flying saucers. Habían nacido los platillos volantes… Aunque su forma no tenía nada que ver con la tradicional imagen que ha pasado al inconsciente colectivo. Según explicó en aquella entrevista del 26 de junio, aquellos artefactos eran planos como un molde para pastel pero tenían una forma parecida a la de un murciélago con las alas desplegadas, una especie de media luna.

Todo esto provocó un terremoto para Arnold y su familia. Se hizo famoso de la noche a la mañana. Los periodistas se peleaban por entrevistarle y recibió en pocas semanas miles de cartas de interesados en saber más sobre su fantástica experiencia. Todo el país comenzó a hablar de flying saucers («platillos volantes»). Y no solo eso: durante los siguientes días se produjeron un montón de avistamientos de platillos volantes a lo largo de todo el Midwest estadounidense. Lo curioso es que no se parecían a los objetos que había visto Arnold. Los testigos vieron platillos volantes, como esos de los que hablaba la prensa…

Mi gran amigo ufólogo José Antonio Caravaca, no lo podía haber expresado mejor cuando le pregunté sobre esta cuestión: «La tremenda  repercusión del avistamiento de Kenneth Arnold no puede interpretarse sin tenerse en cuenta el inusitado contexto político/social donde se produjo. La finalización de la Segunda Guerra Mundial, las enormes expectativas de futuro que se abrían,  junto al temor de un nuevo y definitivo conflicto bélico,  fueron un excelente caldo de cultivo para que la narración, aparentemente anecdótica de este piloto civil sobre nueve extrañas aeronaves se convirtieran en un auténtico fenómeno social».

En un primer momento, los militares no prestaron demasiada atención, pero, cuando se produjeron nuevos avistamientos, pasaron a la acción, decidieron estudiar el caso y entrevistar a Ken Arnold. Así, el 12 de julio de 1947, se reunió con el capitán William Davidson y el teniente Frank Brown, ambos oficiales del servicio de inteligencia de la Air Force. La conclusión fue clara: el ejército desconocía qué eran aquellos misteriosos artefactos y negaba que se tratase de algún tipo de arma o aeronave experimental. Debía tratarse de algún tipo de globo meteorológico, como dijeron posteriormente sobre el famoso incidente ovni de Roswell (que se produjo antes, el 14 de junio de 1947, aunque no saltó a la luz hasta varias semanas después, el 8 de julio). Curioso, porque el avistamiento de Arnold, y los cientos que se produjeron después, llevaron a la creación del Sign Proyect, a finales de 1947, la primera investigación oficial del gobierno de Estados Unidos sobre los no identificados…

¿Eran aeronaves de procedencia extraterrestre? Muchos pensaron que sí. Los más escépticos consideraron otras posibilidades: desde nubes de nieve compactas a gotitas de agua en la ventana del avión de Arnold, pasando por fragmentos de meteoritos o pelicanos blancos americanos, las aves más grandes de Norteamérica.

Moisés Garrido, también amigo y ufólogo, lo tiene claro: «sabemos además que por sus características se trataban más bien de prototipos experimentales secretos, probablemente un modelo conocido como Northrop YB-49, o en su defecto, un prototipo alemán recuperado tras la Segunda Guerra Mundial, el Horten Ho-IX. Así que, aunque hay avistamientos reales de OVNIs, resulta muy curioso que el primer avistamiento oficial hoy podamos explicarlo perfectamente. Aun así, quienes nos dedicamos a la ingrata investigación ufológica, celebramos dicho aniversario con mucha ilusión». Algo parecido me comentó otro amigo ufólogo, Pedro P. Canto, que considera posible que se tratase «de prototipos experimentales del Chance Vought F4U Corsair fighters, difícilmente detectables desde el suelo, ya que los bajos de la aeronave están pintados de azul. Creo que la interpretación de su avistamiento debería seguir esa línea».

O quizás la explicación sea otra… Como defiende Caravaca, Arnold pudo haber leído un artículo publicado en el número de enero de 1947 de la revista Popular Science, muy conocida por aquella época, dedicado a las novedades en maquinarias contra incendios, su actividad laboral. Pues bien, en aquel mismo número se hablaba de unos futuristas prototipos del ejército estadounidense, los XB-35, que guardaban un inquietante parecido con lo que aseguraba haber presenciado Arnold, aunque supuestamente no iban a estar fabricados hasta varias años más tarde. ¿Es posible que lo viese realmente fuesen nueve de estos Xb-35? ¿O puede tratarse de una distorsión provocada, como defiende Caravaca, por algún desconocido agente externo que manipula la mente de los testigos de avistamientos ovnis? Esto, queridos amigos, es otra historia…

Mencionar, a modo de conclusión, que Arnold se interesó por el fenómeno ovni tras su asombrosa experiencia, llegando, incluso, a escribir un libro junto a Raymond Palmer, The comingo of the Saucers: A Documentary Report on Sky Objects That Have Mystified the World, publicado en 1952, para posteriormente acabar desencantado con todo esto de los ovnis.

Sea como fuere, gracias, Mr. Arnold. ¡Y feliz cumpleaños, ufólogos!

Publicado el domingo 25-06-2017 en La Voz de Almería

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