Homo insolitus 19: La gran estafa de la Nueva Francia

Antes de la Revolución Industrial, las islas del Pacífico no eran demasiado atractivas para las grandes potencias europeas, pero, a partir del último cuarto del siglo XIX, con el desarrollo de los barcos a vapor, Europa comenzó a interesarse. En este contexto sucedió uno de los mayores fraudes modernos que, desafortunadamente, dejó un saldo de miles de estafados y, lo que es peor, algunas decenas de fallecidos. Y todo por culpa de un estrafalario noble francés, ambicioso como pocos, que hacia 1880 se hizo de oro vendiendo parcelas de una colonia francesa en el Pacífico sur que no existía, La Nouvelle France (Nueva Francia), pesé a que nunca visitó, ni mucho menos ocupó, la isla real donde se asentaba, Nueva Irlanda, en la actual Papúa Nueva Guinea.

Se llamaba Charles Marie Bonaventure du Breil de Rays, nació el dos de enero de 1832 en Lorient, en la Bretaña francesa y, aunque heredó el título de Marqués de Rays, en realidad fue un modesto aristócrata de segunda, casi un hidalgo, que solo disponía de un castillo, unas pocas tierras y algunas rentas; de ahí que, con tan solo diecinueve años, decidiese hacer fortuna viajando por el mundo, pero nunca consiguió triunfar. Así que en 1869 regresó a Francia, se casó y tuvo cinco hijos.

Unos cuantos años más tarde, en 1877, su vida dio un giro radical, cuando comenzó a anunciarse como el futuro gobernador de La Nouvelle France, un imperio imaginario del Pacífico sur formado por tierras que aún no habían sido controladas por ninguna potencia europea ―en 1843, Francia se había hecho con Tahití y con varios archipiélagos de la zona, que formaron la llamada Polinesia francesa; quizás por este motivo no extrañó tanto la propuesta del marqués.

Todo empezó con una pequeña nota que apareció publicada el 17 de julio de 1877 en el Petit-Journal parisino: «Colonia libre de Port-Breton, tierras a 5 francos la hectárea. Fortuna rápida y asegurada sin salir de su país. Para más información, diríjanse a M. du Breil de Rays, cónsul de Bolivia, en el castillo de Quimerc’h en Bannalec». El éxito fue inmediato.

La supuesta Colonia Libre de Port-Breton, el epicentro de la futura Nouvelle France, se encontraba en Nueva Irlanda. De Rays lo publicitó como si se tratase de una colonia floreciente, con un clima maravilloso ―similar al de la Riviera francesa en primavera―, estupendas carreteras, excelentes comunicaciones marítimas, y una tierra de cultivo fértil y trabajable; además de amplios terrenos para poder construir fábricas y factorías comerciales, mano de obra barata formada por chinos, indios y malayos, y una población autóctona amaba y hospitalaria. Además, contaba con el apoyo de la Iglesia Católica, ya vendía la aventura como una cruzada misionera por los mares del sur.

Miles de inversores franceses, a cambio de un módico precio, compraron terrenos de la Nueva Francia. En total, se ha estimado que recaudó unos 9 millones de francos, una cifra absolutamente descomunal para la época. Y más aún si tenemos en cuenta que la isla de Nueva Irlanda solo tenías unas 8500 hectáreas, muchas menos de las que vendió De Rays. Solo en la primera tirada vendió cien mil.

El fraude no quedó aquí. Había llegado el momento de pasar a la acción y enviar contingentes humanos para lanzar el proyecto de colonización. Así, entre 1879 y 1881, De Rays organizó cuatro expediciones de colonos, engatusando a cientos de pobres diablos de Francia, Bélgica, Italia y España, que, convencidos de que iban a encontrar fortuna, se lanzaron a la deriva: a cambio de 1800 francos de oro por persona, y del compromiso de permanecer allí durante al menos cinco años, obtendrían quince hectáreas de terreno y una casa de cuatro habitaciones, así como transporte y manutención durante los primeros seis meses. Todo eran ventajas.

La primera expedición partió el 14 de septiembre de 1879, con 82 colonos a bordo, que no solamente sufrieron un viaje penoso, en condiciones inhumanas, sin apenas comida, sin médicos y con una tripulación que les agredía, sino que además lo que encontraron al llegar a Port-Breton, el 20 de enero de 1880, no podía ser más desolador: ni había ninguna ciudad, ni existía el maravilloso imperio de Nueva Francia, ni había fábricas, ni nada. Aquello no era el paraíso prometido, sino una isla tropical y selvática con un clima hostil, una tierra difícil de cultivar y un montón de enfermedades. Un infierno. Seis de ellos trataron de huir en una barcaza, con tan mala suerte que llegaron a las islas de Bougainville, donde cayeron en manos de una tribu de caníbales. Solo uno sobrevivió, y gracias a que se acabó integrando en la tribu…

El segundo barco partió desde Barcelona en marzo de 1880 con 135 colonos a bordo, la mayor parte soldados carlistas en busca del exilio, y llegó a finales de agosto sin ninguno de ellos, ya que todos habían abandonado el navío en Singapur, como protesta por la mano dura de la tripulación.

El tercer viaje terminaría siendo tristemente famoso debido a su trágico desenlace. En esta ocasión consiguieron convencer a unos 250 italianos, junto a otros 79 aspirantes a colonos de otros lugares. Partieron el 9 de julio de 1880, de nuevo desde Barcelona. El 14 de octubre de 1880 llegaron a su destino, después de un terrible viaje. Solo encontraron los restos abandonados de las expediciones anteriores. Pese a que en esta ocasión sí que se lanzaron a un esfuerzo colonizador, levantando algunas casas modestas de madera y cañas y cultivando algunos campos, no sirvió de nada. Las enfermedades, la escasa y mala alimentación, y las lluvias eternas, acabaron llevándose la vida de 123 colonos en menos de dos meses.

Poco después, el 20 de febrero de 1881, los supervivientes decidieron tomar el India y se marcharon rumbo a Australia. Pero en el camino hicieron escala en Nouméa, una colonia penitenciaria francesa de Nueva Caledonia. Las autoridades locales declararon que el barco no estaba en condiciones de navegar y le negaron el permiso para salir del puerto. Los italianos decidieron apelar al cónsul italiano en Australia para que les ayudase, y éste logró que las autoridades australianas se hicieran cargo del grupo de supervivientes, 217 colonos, que llegaron a Sídney el 7 de abril de 1881.

Lo curioso es que, tras pasar un tiempo buscándose la vida como jornaleros, acabaron instalándose, en 1882, en una pequeña zona despoblada de la región de Nueva Gales del Sur que se llamó New Italy (Nueva Italia), donde, a lo largo de los años, han continuado viviendo los descendientes de aquellos valientes.

Por último, se fletó una cuarta expedición, que partió a bordo del Nouvelle-Bretagne el 7 de marzo de 1881. Se estima que el marqués, entre las cuatro expediciones, recaudó unos siete millones de francos. De Rays no fue nunca a Nueva Irlanda. Pero sí a España, tras huir de Francia, en enero de 1880, cuando estalló el escándalo de sus fraudes. Terminó siendo arrestado en Madrid en julio de 1882.

Casi dos años más tarde, el 2 de enero de 1884, fue condenado a cuatro años de prisión, al pago de 3000 francos de multa y a la venta de todas sus posesiones, incluido su castillo, por fraude. Se retiraron los cargos por homicidio, cuando estaba más que claro que más de un centenar de personas habían fallecido por su culpa.

Tras su liberación, se fue tranquilamente a su Bretaña natal y terminó falleciendo el 29 de julio de 1893. Todo un Homo insolitus.

 

Publicado el domingo 24-09-2017 en La Voz de Almería

unnamed (1)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *