Homo insolitus 41: El Schindler ciclista

Hace un tiempo dediqué uno de mis Homo insolitus a Albert Richter, un ciclista alemán que tuvo las agallas de rebelarse ante las imposiciones del régimen nazi. Hoy les voy a hablar de otro ciclista que la historia acabó convirtiendo en héroe por méritos propios: un italiano, nacido en 1914, en una aldea cercana a Florencia (Ponte a Ema), llamado Gino Bartali, que gracias a sus dos victorias en el Tour de Francia (en 1938 y 1948), y a las tres del Giro (1936, 1937 y 1947), se convirtió en uno de los ciclistas más importantes de la historia. Pero, además, fue todo un héroe antifascista que durante la Segunda Guerra Mundial consiguió salvar la vida de unos ochocientos judíos italianos que iban a ser deportados a un campo de concentración de Alemania.

Paradójicamente, Bartali fue considerado durante años como el ciclista del régimen de Mussolini, que miraba excitado como el florentino, con tan solo 24 años, y tras haberse adjudicado ya dos Giros, ganaba el Tour de Francia y se convertía en el segundo italiano en conseguirlo. Y eso que en su primera victoria en el Giro se negó a dedicar la victoria al Duce. Pero claro, llegó la guerra, y todas las competiciones deportivas se paralizaron, y como consecuencia de esto, la carrera de Bartali se detuvo en seco, justo cuando estaba en su plenitud física. De ahí que el palmarés de este señor no sea más abultado de lo que es. Lo sorprendente es que, cuando regresó a la competición, tras la contienda, volvió a ganar ambas carreras: el Giro en 1947 y el Tour en 1948, diez años después de su primer triunfo.

Esta segunda victoria, además, tuvo un papel importante en la historia de Italia. Bartali protagonizó una auténtica proeza el 14 de julio de 1948, el mismo día en el que el líder del Partido Comunista Italiano, Palmiro Togliatti, fue tiroteado por un exaltado fascista. Quedó seriamente herido, pero este intento de asesinato provocó una tremenda crisis política que pudo llegar a mayores de no ser por los llamamientos a la calma del propio Togliatti, y por el estado de júbilo general que provocó el triunfo de Bartoli en el Tour. Tuvo que ser épico: cuando comenzó la etapa de aquel día, la decimocuarta de aquel año, entre Briançon y Aix-les-Bains, estaba a más de veinte minutos del líder de la general, el francés Louison Bobet. Pero, tras ofrecer toda una exhibición en los Alpes, Bartali ganó la etapa, y se puso líder del Tour.

Giulio Andreotti, antiguo primer ministro italiano, dijo en cierta ocasión que, «si bien decir que una victoria en el Tour de Francia consiguió impedir la guerra es bastante excesivo, pero sí que es cierto que aquel 14 de julio de 1948, el día del ataque a Togliatti, Bartali contribuyó a aliviar las tensiones».

Por cierto, su historia está íntimamente ligada a la de su archienemigo en las carreras, aunque amigo en lo privado, Fausto Coppi (1919-1960). Se convirtieron en los representantes de dos Italias distintas: Bartali, católico y conservador, durante la guerra, permaneció en la Italia fascista de Mussolini, y se convirtió en una de sus banderas propagandísticas, mientras que Coppi, izquierdista y ateo, se marchó a combatir en el frente de África durante la guerra, defendiendo un régimen al que detestaba, y acabó siendo arrestado por los ingleses.

Posteriormente, Coppi, reconvertido en Il Campionissimo, acabó sustituyéndole como principal exponente del ciclismo italiano al ganar cinco veces el Giro y dos el Tour, en 1949 y 1952, ambas frente a Bartali. Así, no es de extrañar que aquella rivalidad en lo deportivo se reinterpretase simbólicamente en lo político por los italianos, que se posicionaron en torno a dos grandísimos campeones.

Por cierto, existe una antigua polémica sobre una famosa fotografía, la que acompaña este escrito, que realizaron a ambos ciclistas durante la ascensión del Col du Galibier en el Tour de 1952, en la que se ve como uno le da agua al otro. Dicen que en ese momento se hicieron amigos para siempre, pero el problema es que no está claro quién daba agua a quién. Ni siquiera ellos se pusieron de acuerdo, ya que ambos se adjudicaban el detalle.

Bartali, una vez retirado de la competición, dirigió algún equipo ciclista y fue comentarista de la RAI durante años. Falleció en el año 2000, a los 85 años de edad, de un infarto de miocardio. Pero se llevó a la tumba un secreto que, un tiempo después, sería descubierto de pura casualidad y que cambiaría esa imagen de Bartali como el ciclista de Mussolini.

En el año 2003, los hijos de un tal Giorgio Nissim encontraron un diario de su padre en el que se contaban sus andanzas durante la Segunda Guerra Mundial y en el que, entre otras cosas, se hablaba de una red clandestina que organizó y que estuvo dedicada a salvar la vida de cientos de judíos. En aquella red jugó un papel esencial Gino Bartali: tras el ofrecimiento del cardenal de Florencia, el arzobispo Elia Dalla Costa, se dedicó durante un par de años a transportar, escondidos entre los tubos de su bicicleta, fotografías y documentos falsificados que la red del tal Nissim elaboraba en varias imprentas clandestinas. Gracias a aquellos papeles, muchos pudieron cruzar la frontera y huyeron del país. Bartali ayudó a salvar a más de 800 judíos.

Era lógico. Con la excusa de estar entrenando, nuestro protagonista, que era tremendamente conocido, se podía pasear por todos lados sin levantar sospecha alguna; además, su recorrido siempre era entre Florencia, su ciudad, y Asís, a unos 170 km al sur, una zona en la que todo el mundo le conocía. Al parecer, en cierta ocasión, fue interrogado por el jefe de la policía secreta fascista en Florencia, y Bartali consiguió librarse tras solicitar encarecidamente que su bicicleta no fuera tocada, ya que todas sus partes estaba perfectamente calibradas para alcanzar el máximo rendimiento.

Y no solo eso, durante un tiempo, dio refugio a su amigo judío Giacomo Goldenber y a su familia, ocultándoles en el sótano de su casa pese al riesgo que ello suponía, ya que los alemanes mataban a todo aquel que escondiera judíos.

Por todo esto, en el año 2013, fue nombrado Justo entre las naciones por la institución israelí Yad Vashem, un reconocimiento que otorga el estado de Israel a aquellos que ayudaron a los judíos durante el Holocausto.

Pero Gino, en vida, nunca contó nada, ni a su familia, ni a nadie.

Publicado el domingo 08-04-2018 en La Voz de Almería

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