Homo insolitus 9: “Marjorie, voy a tener que morir”

El 11 de abril de 1963, en la pequeña isla antillana de Barbados, por entonces una colonia británica, nacieron June y Jennifer, dos gemelas idénticas.

Poco tiempo después, sus padres, Gloria, ama de casa, y Aubrey, un técnico que trabajaba para la Royal Air Force, junto a sus dos hijos mayores, se trasladaron desde su pequeña isla en el Caribe hasta Haverfordwest, una pequeña ciudad de Gales.

Eran la única familia negra de la comunidad, lo que tuvo graves consecuencias para June y Jennifer, que durante años padecieron el rechazo de sus compañeros de colegio. Las gemelas comenzaron a mostrar una especial empatía entre ellas desde su más tierna infancia, algo normal entre los gemelos, pero que en este caso fue mucho más extremo. Se convirtieron en inseparables y se alejaron voluntariamente de su familia, de su barrio y del resto del mundo.

Pero había algo más: a los ocho años, cuando fueron transferidas a otro colegio, leían y escribían perfectamente, pero no hablaban absolutamente con nadie. Se trata de lo que se conoce en el argot médico como «mutismo selectivo», un trastorno relacionado con la ansiedad extrema que consiste en dejar de hablar voluntariamente en determinadas situaciones; una especie de fobia a hablar provocada, en casi todos los casos, por situaciones familiares o sociales de estrés, violencia y rechazo. En el caso de las gemelas Gibbons, el desencadenante bien pudo ser el traslado desde Barbados hasta Gales, pero las consecuencias fueron extraordinarias: solo se comunicaban entre ellas, limitándose la comunicación con la familia a unas pocas palabras.

Y lo más curioso es que su introversión mutua y retroalimentada les llevó a un nivel mucho más perturbador: llegaron a crear un lenguaje propio, incomprensible para los demás. Y no solo esto: las gemelas andaban siempre sincronizadas y respondían a la par cuando llamaban a una de ellas. Si una se caía, la otra se tiraba al suelo. Si una lloraba, la otra le imitaba.

Como es normal, los padres y los profesores se alarmaron ante el extraño comportamiento de las niñas e hicieron que fueran estudiadas por varios médicos y logopedas, sin que se consiguiese solucionar nada.

Finalmente, a los catorce años, fueron ingresadas en Easthgate, un centro de educación especial situado en Penbroke, cerca de su casa. Un año después, en 1978, fueron separadas: Jennifer siguió en Easthgate, pero June fue trasladada al centro St. David de Camarthen. Fue un desastre: ante la separación, mostraron una actitud violenta y sufrieron numerosos ataques de nervios. Dos meses después, June regresó a Easthgate tras un intento de suicidio.

Fue por esta época cuando comenzaron a escribir una serie de extraños relatos, fruto de sus largas conversaciones oníricas, en los que canalizaron sus inquietudes y su perturbadora imaginación, y en los que hablaban sobre jóvenes, sexo, violencia, venganza, suicidio y crimen. Por ejemplo, en uno de ellos, titulado The Pepsi-Cola Addict, escrito por June, se cuenta la historia de un chico, Preston, enganchado a esa bebida refrescante, que, tras ser sodomizado por un profesor y entrar en un correccional, termina suicidándose echando una tonelada de barbitúricos en una Pepsi por recomendación de otra interna llamada June…

Curiosamente, todas sus historias estaban ambientadas, por un motivo desconocido, en Malibú (California).

Además escribieron numerosos poemas, que acabaron reuniendo en un volumen llamado September poems, en los que se pueden encontrar reflexiones de los más interesantes. Por ejemplo, June escribió cosas como: «Con un esposo, sí. Con una esposa, sí. Con un hijo, sí. Pero mi hermana es como una sombra negra que me roba la luz del sol, es mi único tormento». Y Jennifer, por su parte, se expresó así: «Ella quiere que seamos iguales. Hay cierto brillo asesino en sus ojos. Querido Dios, le tengo miedo. No es normal… alguien está haciendo que mi hermana se vuelva loca. Soy yo».

Finalmente, tras acabar sus estudios secundarios, salieron de Easthgate y regresaron a casa. Fue entonces cuando dio inicio su espiral delictiva: comenzaron a consumir drogas, se dedicaron a hacer gamberradas y actos vandálicos, empezaron a acosar a algunos jóvenes, cometieron algunos pequeños robos y provocaron algún incendio. Además de intentar matarse una a la otra en varias ocasiones.

Esto llevó a que en 1981, en cuanto cumplieron los dieciocho años y tras intentar incendiar un bar, fuesen detenidas y condenadas, por piromanía y robo, a reclusión bajo custodia en el hospital psiquiátrico de alta seguridad Broadmoor. Allí, sedadas y drogadas, rodeadas de criminales dementes, psicópatas y violadores, estuvieron durante doce años. Los celadores y médicos las separaban en cuartos diferentes a menudo, pero cuando esto pasaba entraban en estado catatónico o se volvían agresivas, así que volvían a reunirlas. Y vuelta a empezar.

De aquella terrible experiencia dejaron constancia en sus diarios. Jennifer, por ejemplo, escribió lo siguiente, en referencia a su hermana: «¿Sin mi sombra, moriré? ¿Sin mi sombra, tendré una vida? ¿Seré libre o me dejarán morir? Sin mi sombra, me identifico con el rostro de la miseria, el engaño y el asesinato». Ese era su terrible drama: si estaban separadas, sentían una tremenda soledad y entraban en estado catatónico, pero, si estaban juntas, se atacaban e intentaban matarse.

A mediados de los ochenta, contactó con ellas la periodista Marjorie Wallace, del diario The Sunday Times. Wallace llevaba siguiendo el caso desde el juicio en el que fueron condenadas, juicio en el que no dijeron ni una palabra para defenderse. La periodista había visitado su casa, donde encontró cientos de relatos, poemas y dibujos realizados por las chicas, y había tenido acceso a las miles de páginas de diarios redactados durante su reclusión, en los que hacían una detalladísima descripción de su día a día. Gracias a esto pudo reconstruir el triste drama de sus vidas y consiguió entrar en su mundo interior. Desde entonces fueron numerosas las conversaciones entre las gemelas y a periodista, entre las que se creó una amistad fría y distante, pero con confianza y respeto por ambas partes.

Entre otras cosas, le confesaron que la única manera de ser libres era que una de las dos muriese. «Marjorie, voy a tener que morir. Es lo que hemos decidido», dijo un buen día Jennifer.

Y así fue: al día siguiente de salir de Broadmoor, en marzo de 1993, durante el traslado en ambulancia a un hospital de mínima seguridad, Jennifer, que tenía solo 29 años de edad, falleció de una miocarditis aguda. Se había cumplido el pacto del que hablaba Marjorie Wallace. June declaró que su gemela, antes de morir, le dijo «por fin estamos libres». Pero no se encontró resto de ningún tipo de veneno o droga en su cuerpo. El dictamen de la autopsia fue claro: muerte natural.

Lo cierto es que, desde entonces, June comenzó a socializar más, se volvió más comunicativa, comenzó a hablar con la gente e, incluso, concedió algunas entrevistas a diarios como el Harper’s Bazaar o The Guardian.

En el año 2000, tras ser sometidas a numerosas pruebas psiquiátricas, se le dio el alta. No tenía enfermedad alguna.

En la tumba de Jennifer se puede leer el siguiente epitafio, escrito por June: «una vez fuimos dos, las dos éramos una. Ya no somos dos, sino una a través de la vida. Descanse en paz».

Publicado el domingo 18-06-2017 en La Voz de Almería

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