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Una de tesoros. Revista “Muy historia”, monográfico “Tesoros perdidos”, julio de 2016.

 

El mundo está lleno de tesoros por descubrir. Y eso que es raro el día en el que no se produce un nuevo hallazgo. Sin ir más lejos, hace escasas semanas, en la localidad sevillana de Tomares, se encontraron fortuitamente diecinueve ánforas romanas datadas en el siglo IV de nuestra era. En su interior se cobijaban la nada despreciable cantidad de seiscientos kilos de monedas de bronce sin usar. Y como este, podríamos enumerar cientos de ejemplos parecidos. Uno más: a mediados de noviembre de 1992, en la pequeña localidad de Hoxne (Suffolk, Inglaterra), un jardinero jubilado llamado Eric Lawes estaba echándole una mano a su amigo Peter Whatling, un modesto agricultor, que andaba buscando un martillo que se le había extraviado. Lawes se puso a escudriñar aquellos campos con su detector de metales, cuando encontró unas cuantas cucharas de plata y algunas joyas y monedas de oro. Decidieron informar a las autoridades y se llevó a cabo una excavación de emergencia. El hallazgo fue tremendo: cerca de quince mil objetos romanos de oro, plata y bronce de finales del siglo IV.

Aunque esto no viene de ahora. A mediados del siglo XIX, en la huerta de Guarrazar, muy cerquita de Toledo, un jornalero llamado Francisco Morales encontró por azar un depósito de joyas visigodas. Con los años, en aquel mismo lugar, se fueron encontrando numerosas piezas más, que acabaron conformando el conocido Tesoro de Guarrazar, hoy en día repartido entre el Museo Cluny de París, la Armería del Palacio Real y el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Unas pocas décadas después, en 1929, se repitió la historia en Torredonjimeno (Jaén), cuando un humilde campesino, mientras cavaba unos olivos, dio con otro tesoro visigodo, compuesto mayoritariamente por coronas votivas dedicadas a las santas sevillanas Justa y Rufina. Y unos años más tarde, el 30 de septiembre de 1958, un albañil de Medina Sidonia (Cádiz), encontró en el cerro de El Carambolo (en el municipio de Camas, Sevilla), un brazalete de oro de 24 quilates. Sería la primera pieza de lo que se acabaría conociendo como el Tesoro de El Carambolo, una impresionante colección de joyas que tradicionalmente fue atribuida a la misteriosa civilización de Tartessos, pero que, de un tiempo a esta parte, se considera que tiene realmente un origen fenicio.

Y esto por poner solo varios ejemplos famosos de nuestra piel de toro que, además, tienen un importante valor histórico.

No es de extrañar, visto lo visto, que existan auténticos cazadores de tesoros, que armados con modernos detectores de metales, drones, georradares y GPS, tratan de hacerse millonarios gracias a algún descubrimiento de este tipo. Y muchos lo han logrado. Pero anteriormente, cuando estas tecnologías eran inimaginables, también existieron los buscadores de tesoros. De hecho, antes de que la arqueología fuese consideraba como una ciencia, y comenzase a exigirse un protocolo serio y riguroso, fueron estos primigenios cazatesoros los que sorprendieron al mundo con el hallazgo de los vestigios de antiguas civilizaciones desaparecidas.

Incluso los primeros arqueólogos científicos podrían considerarse como miembros de este selecto club. El británico Leonard Woolley, considerado el primer arqueólogo moderno, descubrió en los años veinte del siglo XX la mítica ciudad de Ur (Irak), uno de los grandes centros urbanos de la antigua Mesopotamia. Al margen del incalculable valor histórico de este hallazgo, Woolley se llevó para Gran Bretaña una inmensa cantidad de piezas de oro y piedras preciosas. Allí, en el Museo Británico, descansa esta magnífica colección, junto con otros tesoros arqueológicos desenterrados por otros investigadores y en otras latitudes, como la Piedra de Rosetta.

Claro, en aquella época el concepto de expolio no era exactamente el mismo que tenemos nosotros ahora. Unos años antes, en 1870, el millonario prusiano Heinrich Schliemann encontró las ruinas de mítica ciudad de Troya, de la que habló Homero en sus poemas. Allí, además, dio con el fantástico Tesoro de Príamo, datado con técnicas modernas en torno al año 2600 a.C. Pero este señor decidió llevarse aquella maravilla para Grecia, sin informar en ningún momento a las autoridades turcas, que decidieron denunciarle por expolio. El asunto se solucionó con el pago de una generosa cuantía al Imperio otomano, pero el tesoro nunca regresó a Turquía ya que, después de que Schliemann se lo llevase con él a Berlín, acabó desapareciendo tras la toma de esta ciudad por las tropas soviéticas a finales de la Segunda Guerra Mundial. Hasta que en 1993 se confirmó que estaba en el Museo Pushkin de Moscú.

Pero esta fiebre por los tesoros venía de lejos. Es más, varios siglos antes sucedió algo muy curioso, durante los años en los que los conquistadores europeos andaban asimilando el descubrimiento de un nuevo continente, América. Entre aquellos intrépidos señores se divulgó el rumor de la existencia de una ciudad de oro, El Dorado. Desde entonces, como era de esperar, docenas de expediciones se lanzaron en busca de aquel maravilloso lugar. Aunque esta legendaria ciudad nunca fue encontrada, merece la pena destacar la odisea que capitaneó Antonio de Sepúlveda: a este señor, a finales del siglo XVI, se le ocurrió que la mejor manera de comprobar si había oro en el fondo del profundo lago de Guatavita, una de las posibles ubicaciones de El Dorado, era vaciarlo. Así, con la ayuda de miles de trabajadores indígenas, abrió una enorme zanja y consiguió hacer descender unos ocho metros el nivel de las aguas, encontrando una apreciable cantidad de joyas y piedras preciosas. Todo acabó cuando las paredes del canal que había confeccionado para drenar el agua se desplomaron. ¿Es posible que las oscuras aguas del Guatavita escondan aún más riquezas? Probablemente sí.

El oro obnubiló a los conquistadores. Incluso Francisco Pizarro anduvo buscando por las tierras de los Incas el tesoro de Atahualpa, o al menos eso cuenta la leyenda: cuando el líder indígena fue apresado por las tropas españolas, se llegó a un acuerdo a cambio de su libertad. El trato consistía en llenar de oro la habitación en la que tenían encerrado al Inca, y de ello se encargó el general indígena Rumiñahui. Pero Atahualpa falleció antes de que aquel pudiese terminar su tarea, por lo que Rumiñahui decidió esconder el fabuloso tesoro en algún lugar perdido de las montañas de Llanganates (Ecuador). Pizarro no lo encontró, como tampoco lo encontraron las decenas de interesados que lo intentaron durante las décadas siguientes.

Muchos años después, a comienzos del siglo XX, el coronel británico Percival Harrison Fawcett desapareció en extrañas circunstancias en el Matto Grosso brasileño, durante la búsqueda de una ciudad que no sólo identificaba con El Dorado, sino que, según él, era una colonia de la mítica Atlántida. Se trataba de la ciudad perdida de Zeta. Ni la encontró, ni se le volvió jamás a encontrar a él.

Pero no es oro todo lo que reluce, ni todos los tesoros tienen un valor pecuniario. ¿Acaso no pueden ser considerados tesoros muchos de los hallazgos arqueológicos recientes, como los 8.000 guerreros de terracota que el emperador Quin Shui Huang Di enterró en su tumba en el siglo III a.C. y que fueron descubiertos en 1974? ¿Qué decir de los Moáis de la Isla de Pascua, avistados por primera vez por los europeos a comienzos del siglo XVIII? ¿Y la tumba de Tutankamón, la Biblioteca de Nínive o el fantástico santuario de Göbekli Tepe?

Como también son tesoros dos impresionantes hallazgos que se produjeron con muy pocos años de diferencia y que han revolucionado por completo la investigación sobre los orígenes del cristianismo: los Manuscritos del mar Muerto, cuyos primeros rollos fueron encontrados en 1947 por unos pastores beduinos del desierto de Israel, y la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi, descubierta en el sur de Egipto dos años antes.

Por supuesto, faltan muchísimos tesoros por encontrar. Aún no sabemos qué fue lo que consiguieron sacar, de ser cierta la leyenda, los cátaros del castillo de Montsegur durante el asedio que sufrieron a manos de los cruzados; ni sabemos dónde se encuentra el fabuloso tesoro que los templarios pusieron a buen recaudo antes de la caída de la orden en el año 1307 y que, según algunos atrevidos, pudo llegar a América; ni conocemos el paradero del mítico tesoro del rey Salomón, que, según se ha planteado, fue llevado a Roma por las tropas de Tito tras la conquista de Jerusalén en el año 70 d.C., para ser posteriormente tomado por Alarico y sus godos en el año 410, terminando, si hacemos caso a las crónicas, en Toledo; como tampoco tenemos ni idea de donde se encuentra el Arca de la Alianza, en la que, según las Escrituras judías, se custodiaron las Tablas de la Ley que YHWH le entregó a Moisés en el monte Sinaí.

A día de hoy, seguimos sin localizar las sepulturas de algunos importantes personajes de la historia. Por ejemplo, los restos de Alejandro Magno, el aguerrido rey macedonio que estuvo a punto de conquistar todo el mundo conocido en el siglo III a.C., siguen sin aparecer. Y ello a pesar de la multitud de intentonas y propuestas que se han hecho a lo largo de los siglos ―la última teoría apunta a que su cuerpo descansa en la basílica de San Marcos de Venecia―. Y no es la única tumba desaparecida y buscada: Gengis Kan, el líder de otro vastísimo imperio, el mongol, sigue enterrado en algún lugar desconocido desde que falleció en 1227, debido a que, según cuenta la leyenda, la guardia real, siguiendo órdenes expresas del fallecido emperador, asesinó a todos los testigos y obreros que participaron en la construcción de su tumba. Y después, los propios guardas se mataron unos a otros para proteger el misterioso emplazamiento y el enorme tesoro que se enterró junto al Kan, algo muy parecido a lo que ocurrió unos siglos atrás cuando los visigodos decidieron enterrar a su poderoso caudillo, Alarico, junto a un imponente ajuar funerario, en un sepulcro que hoy se sigue buscando bajo las aguas del río Busento (Italia).

Ni sabemos qué fue lo que encontró el abad Bérenger Saunière en la misteriosa iglesia de Rennes-Le-Château, aquel pueblo del Languedoc francés en el que está prohibido excavar; ni qué puede haber, si es que hay algo, en el Money Pit de la misteriosa Isla del Roble de la costa noreste de Norteamérica; ni conocemos, por supuesto, donde están algunos de los fabulosos tesoros perdidos de los piratas y bucaneros que navegaron por los siete mares siglos atrás, como los del Capitán William Kidd y el mítico Barbanegra, que en algún lugar desconocido dejaron enterradas sus enormes fortunas. O las decenas de galeones hundidos que nunca han vuelto a ver la luz y que esperan, en el fondo del mar, ser rescatados algún día.

Ni se han encontrado algunas de las grandes reliquias de la cristiandad, sobre las que se han escrito centenares de libros. Sigue desaparecido el Santo Grial, la copa que presuntamente utilizó Jesús durante la Última Cena, aunque, según la Iglesia, se custodia en la Catedral de Valencia; o la Lanza de Longinos, con la que, supuestamente, se atravesó el pecho de Jesús ―de ser cierto lo que comentó Juan el Evangelista―, pese a que muchos creen que se trata de la Lanza de San Mauricio (Museo de Historia del Arte de Viena). Por cierto, estos dos objetos interesaron sobremanera a los nazis, que también se dedicaron a buscar tesoros, además de saquear numerosos museos de los países que conquistaron, provocando uno de los mayores expolios de la historia; y que también dejaron para la posteridad un tesoro por descubrir, ya que, tras la caída del III Reich, una enorme fortuna, compuesta por miles de lingotes de oro, fruto del saqueo al que sometieron a Europa durante aquellos años, desapareció para siempre…

En definitiva, hay muchos tesoros ahí fuera. Y muchas leyendas que quizás sean verdad. O quizás no, pero de esto se nutren nuestras almas de buscadores. De la esperanza de que cualquier día, en cualquier lugar, podemos encontrar nuestro tesoro.

Pierre Plantard, el fabricante de mitos. Revista “El Ojo Crítico”, Nº80-81, julio 2016.

Si buscan ustedes en internet información sobre Rennes-le-Château, casi con total seguridad van a encontrar cientos de enlaces en los que se repite una y otra vez la misma explicación a un misterio aún sin resolver: el origen de la fortuna del famoso abad Bérenger Saunière, el curita aquel que, de la noche a la mañana se hizo tremendamente rico. Les hablarán de unos pergaminos codificados, de unas extrañas y simbólicas pinturas, de una serie de documentos secretos divulgados por una mítica orden discreta y de un sorprendente linaje relacionado con una dinastía real franca, los merovingios, y con los descendientes del supuesto matrimonio entre Jesús y María Magdalena.

¿Hay algo de verdad en todo esto? Sinceramente, y mira que lo siento, no. La única verdad es que no sabemos por qué se hizo rico Saunière. El resto, toda esta fantástica historia, fue la delirante y maravillosa creación de una sola persona…

Vamos a verlo. Aunque, si os parece, empezaremos por el final.

 

TODO ES MENTIRA

 

En octubre de 1993 el juez francés Thierry Jean-Pierre estaba inmerso en una complicada investigación sobre la misteriosa muerte del ex-primer ministro socialista del país galo Pierre Bérégovoy ―que ejerció entre 1992 y 1993, siendo François Mitterrand Presidente de la República―, y su relación con un tal Roger-Patrice Pelat, dentro de un proceso más amplio en el que se investigaban diversos escándalos financieros de este último.

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François Mitterand en Rennes-le-Château (1981)

Bérégovoy (1925-1993) había fallecido unos meses antes, el 1 de mayo de 1993, de un disparo a quemarropa en la cabeza realizado con la pistola de su guardaespaldas. Desde el primer momento se estableció la tesis del suicidio como la más probable, y se intentó explicar aquella tragedia como fruto del tormento íntimo que padecía por culpa de una humillante derrota electoral, apenas dos meses antes, que le había dado el poder al conservador Édouard Balladur.

Pero la muerte de Bérégovoy nunca estuvo del todo clara, ya que había estado implicado en algunos asuntos turbios. De hecho, en una investigación posterior, se demostró que unos años antes había recibido un préstamo de un millón de francos de Roger-Patrice Pelat para comprar un piso en París. Pero, ¿quién era este señor? Pues fue un importante y conocido empresario francés que además era un íntimo amigo de François Mitterrand ―de hecho, fue el que le presentó a su esposa, Danielle Gouze-Rénal, con la que se casó en 1944―. Pelat, que había fallecido el 7 de marzo de 1989, estaba siendo investigado por corrupción y tráfico de influencias, pero no se pudo demostrar nada y la investigación quedó paralizada con su muerte.

Ahora bien, tras la muerte de Bérégovoy, el caso se reabrió ante la fundamentada sospecha de que el ex primer ministro estuviese relacionado con algún trapicheo y que, en ese caso, aquello fuese la causa real de su muerte, y no el pretendido suicidio. Por ese motivo, el juez Thierry Jean-Pierre se lanzó en la ardua búsqueda de oscuras maniobras en la oscuridad y de cualquier conexión entre ambos. Y encontró algo de lo más interesante: una carta escrita por un tal Pierre Plantard, un personaje mediático y bastante popular que desde un par de décadas atrás se había hecho bastante conocido en Francia por sus delirantes afirmaciones sobre la existencia de una misteriosa sociedad secreta, el Priorato de Sion, que desde la sombra habría estado dirigiendo la historia de Francia durante los últimos diez siglos.

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Pierre Plantard

Plantard, en aquella misiva pública, firmada el 6 de julio de 1989, afirmaba que después de abandonar en 1984 el cargo de gran maestre de aquella orden secreta, le habían sucedido dos personas: un colaborador y amigo suyo, el excéntrico marqués Philippe de Chérisey y… Roger-Patrice Pelat, al que reemplazó de nuevo Plantard tras la muerte de este en 1989.

Como aquel juez estaba investigando asuntos turbios relacionados con Pelat, no es de extrañar que la noticia de que podía pertenecer a una sociedad secreta le alarmara. Así que decidió averiguar qué había de verdad en aquello y ordenó que se interrogase a Pierre Plantard sobre su conexión con Pelat y la relación de este con aquella misteriosa sociedad.

Se encontró a un anciano de setenta y tres años que reconoció que todo había sido una gran farsa. Ni Pelat tuvo nada que ver con el Priorato de Sión ni esta sociedad había existido nunca. Todo era mentira. Una mentira que había estado alimentando desde, al menos, principios de los sesenta. Una mentira más de las muchas que ingeniosamente elaboró a lo largo de su vida…

 

CREANDO SOCIEDADES SECRETAS

 

Vayamos de nuevo al pasado. A la Segunda Guerra Mundial. Y a la Francia ocupada por los nazis. Allí, en 1941, con tan sólo veintiún años, Pierre Plantard había llegado a poner en alerta al servicio secreto francés por una extraña carta que envió, con el seudónimo de Varran de Vérestra, al mariscal Philippe Pétain (1856-1951) ―presidente de lo que quedaba de país tras la invasión nazi de 1940, la Francia de Vichy―, en la que le pedía ayuda para luchar contra la conspiración judeomasónica que amenazaba Europa y se ofrecía a sí mismo, y a una centena de seguidores que afirmaba tener, para defender a Francia contra el mal que había asolado el continente.

El 8 de febrero de 1941 se cerró el informe policial sobre el misterioso veinteañero, en el que, entre otras cosas, se mencionaban sus orígenes: se llamaba realmente Pierre Athanase Marie Plantard; nació el 18 de marzo de 1920 en París, hijo de Pierre Plantard, un mayordomo, y Amélie Raulo, cocinera; su madre quedó viuda sólo dos años después del nacimiento de Pierre —tras morir su padre, supuestamente, en un accidente de trabajo—. Desde 1927 vivieron en un modesto apartamento de París, el cual pagaban gracias al sueldo de su madre como cocinera y a una pequeña paga de viudedad que le quedó.

Pero lo más jugoso que se descubrió de Plantard, al que definían en el informe como un tipo visionario y pretencioso que se jactaba de tener vínculos con numerosos políticos, era que tenía cierta afición por  crear sociedades secretas: en 1937, con solo diecisiete primaveras, Pierre Plantard fundó una organización denominada Rénovation Nationale Française (Renovación Nacional Francesa), que, según apuntan algunos, llegó a tener dos mil miembros; y la Groupement Catholique de la Jeunesse (Agrupación Católica de la Juventud). Ambos proyectos venían a ser el mismo: una organización de ultraderecha, antisemita y antimasónica, influida por la Action Française de Charles Maurras (1868-1952) —un grupo católico de extrema derecha que, a pesar de fundarse en 1899, triunfó en esta época, y que contaba con su propia sección juvenil, los Camelots du Roi (Vendedores del Rey)—. Además, Plantard organizaba reuniones y campamentos de verano, como el que gestionó en 1939, tomando a su cargo a setenta y cinco adolescentes, en Plestin-les-Grèves (Côtes-du-Nord), una población de la Bretagne francesa. Y esto cuando nuestro protagonista tenía solamente diecinueve años…

 

ALPHA GALATAS

 

Estas organizaciones que Plantard había creado antes de la guerra fueron la antesala y el campo de prácticas para un proyecto mucho más ambicioso: la Orden Alpha-Galates (Alfa Gálatas), antecesora del futuro Priorato de Sion —como pueden comprobar, a este señor le chiflaba crear sociedades secretas.

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Número 1 de VAINCRE

 

Se trataba de una organización que aspiraba a un renacer nacional espiritual y religioso de Francia: querían rescatarla y situarla «donde realmente le pertenece, al servicio de “su verdadera misión”», y para ello tenían que «erradicar de su alma los elementos patógenos, los falsos dogmas tales como el secularismo, el ateísmo, y los principios corrompidos de la vieja democracia judeo-francmasónica». Esto apareció como declaración de intenciones en el primer número del boletín interno de la orden, Vaincre (del 21 de septiembre de 1942), dirigido por un tal Pierre de France que no era otro que Plantard. Entre septiembre de 1942 y febrero de 1943, se publicaron seis números del folleto —ya en plena ocupación alemana—. Uno cada mes. Y con unas tiradas que pasaron de mil cuatrocientos a cuatro mil quinientos ejemplares. Que no son pocos…

No es justo decir, como algunos han insinuado, que Plantard fue un nazi. En realidad era un joven nostálgico nacionalista francés de ultraderecha, con tendencias megalómanas y grandes proyectos que solamente podía realizar si se apegaba al poder imperante de aquel momento, Pétain, que comulgaba bastante con su credo particular. Antisemita era, claro, pero en aquella época, lamentablemente, no dejaba de estar muy extendido. De hecho, su principal problema lo tenía con los masones. Y por supuesto, como francés nacionalista que era, estaba en contra de la ocupación alemana, aunque considerase a los nazis aliados ideológicos. Curioso todo esto si ponemos la historia en perspectiva: años después, en la época del Priorato de Sion, afirmará que eran los custodios del linaje de la tribu de Benjamín —una de las doce tribus judías—, y habrá muchas, muchas relaciones con individuos reconocidos dentro del mundo de los masones.

Sea como fuere, el sexto y último número de Vaincre se publicó el de febrero de 1943. Y la orden Alpha Galates desapareció durante un tiempo. Aunque, poco después,  el 13 de febrero de 1945, la policía emitió un informe referido a la solicitud de registro de la sociedad, en el que se decía que era una organización de asistencia a los «jóvenes que han sufrido la opresión alemana (trabajos forzados, deportación, encarcelamiento)», mediante cursos, estudios y convivencias. Y se le vuelve a tachar de iluminado: «Plantard parece ser un extraño joven que se ha salido de los raíles, y que parece creer que él y solo él es capaz de proporcionar a los jóvenes franceses un liderazgo efectivo».

Ese mismo año, 1945, se casó con Anne-Léa Hisler (1930-1971), con la que vivió hasta 1971 (fecha de su muerte), a pesar de que Plantard diría que se habían divorciado en 1956.

Pero el rastro de Pierre Plantard se fue diluyendo durante los siguientes años, algo que pasará varias veces, misteriosamente, a lo largo de su historia. Al parecer se fue a vivir a Suiza, cerca del lago Léman, en 1947, según mencionan algunos. En 1951, según otro informe policial de 1954, regresaron a Francia y se establecieron en Annemasse, una comunidad de la Haute-Savoie a escasos kilómetros de la frontera suiza, donde ejerció como delineante.

 

DE GAULLE

 

Pero apenas sabemos nada de él durante la década de los cincuenta. Y esto se debe, según él mismo contaría un tiempo después, a que estuvo implicado con un turbio asunto que tenía que ver con unas operaciones financieras sospechosas, por las que fue, supuestamente, a prisión. Lo sorprendente es que esto estaba realacionado con una gigantesca conspiración…

Me explico: en diciembre de 1984, Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, los autores de la mítica obra El Enigma Sagrado (1982), recibieron un legajo de una sola página que pretendía ser el anuncio de un libro que iba a publicar un tal Jean-Luc Chaumeil con el que pretendía, supuestamente, desenmascarar a Plantard y al Priorato de Sion —el tal Chaumeil había sido esbirro de Plantard durante un tiempo, hasta que se pelearon—. En él se decía que «en 1952, Pierre Plantard efectuó ilícitamente la transferencia de Francia a Suiza (a la Union de Banques Suisses) de lingotes de oro por valor de más de cien millones [de francos]» y que «tuvo que comparecer ante el Tribunal Correccional por fraude».

Además, se afirmaba que esto no salió a la luz gracias a que Plantard era, a principios de 1958, «un agente secreto de De Gaulle, y se hizo cargo del secretariado de los Comités de Seguridad Pública».

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El dichoso legajo

 

Este legajo —que no se ha demostrado que sea cosa de Chaumeil—, aparte de exaltar la figura de Plantard, lo que pretendía realmente era relacionarle con una conspiración que realmente existió: aquellas enormes transferencias de oro estarían relacionadas con un complot político-militar que quería devolver el poder al general Charles de Gaulle (1890-1970), el líder heroico de la Resistencia francesa que, tras la liberación de París y de Francia, en agosto de 1944, fue nombrado presidente provisional de la República Francesa, cargo que ostentó hasta el 20 de enero de 1946. Desde entonces el país había entrado en barrena, y durante la crisis de la independencia de Argelia, muchos militares y ultraderechistas comenzaron a conspirar para que aceptase asumir el control de una Francia a la deriva. Y lo consiguieron: el 29 de mayo de 1958, Charles de Gaulle se presentó en París, aclamado por multitudes, aceptó la Presidencia y formó gobierno. Se iniciaba así la Quinta República francesa.

Pues bien, según aquel legajo de 1984, Plantard estaba en el ajo. En realidad, todo se trataba de una maravillosa artimaña con la pretendió relacionarse con aquellas maniobras clandestinas que llevaron a De Gaulle al poder. Pero además, él mismo aporto unas supuestas evidencias: una serie de artículos del diario Le Monde, escritos por un tal WAY, un pseudónimo de Plantard, que reconocía ser el líder del principal comité golpista, el de París. No merece la pena extenderse demasiado en esto, pero lo cierto es que todos estos artículos, que efectivamente se publicaron en aquel diario, fueron escritos en los días posteriores al triunfo de De Gaulle. Por lo tanto, se trataba de otra hábil manipulación de nuestro protagonista, que pretendió erigirse a posteriori en una éminence grise de alta categoría.

Pero lo importante es que, por esta misma época, realizó su gran creación: el 25 de junio de 1956, en la subprefectura de Saint-Julien-en-Genevois (Haute-Savoie), ajustándose con la ley francesa de asociaciones de 1901, registró el Priorato de Sión (con el subtítulo Chevalerie d’Institutions et Règles Catholiques, d’Union Indépendante et Traditionaliste, CIRCUIT, nombre también de su boletín interno) como una sociedad católica destinada a restituir la antigua caballería, y realizar estudios y proporcionar ayuda mutua entre los asociados.

Aquel día de junio comenzaron a moverse todos los engranajes…

 

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TESOROS

 

Y aquel día, de nuevo, desapareció Plantard.

6Hasta 1962, año en el que vio la luz una obra titulada Les Templiers sont parmi nous, ou L’Énigme de Gisors (Los templarios están entre nosotros, o El enigma de Gisors), escrita por un tal Gérard de Sède. En esta obra se contaba la historia de un jardinero llamado Roger Lhormoy que afirmaba haber encontrado, bajo el suelo del castillo de la normanda ciudad de Gisors, un gigantesco tesoro que sólo pudo ver de refilón y al que no pudo acceder posteriormente por diferentes motivos que no vienen al caso. De Sède, gracias a la información suculenta que había recibido de un misterioso personaje, llegó a la conclusión de que se trataba del mítico tesoro de la Orden del Temple, que habría sido escondido antes de su caída en desgracia.

Pero resulta que la enigmática fuente era nuestro amigo Pierre Plantard, quien, tras leer un artículo de prensa escrito por De Sède en 1960, se puso en contacto con él y le aportó las dos principales pruebas de cargo para demostrar la tesis clave del libro. Pruebas que, sobra decirlo, son absolutamente falsas —sería muy largo de explicar en este breve artículo, pero si quieren más información, les invito a que se hagan con mi libro Prohibido excavar en este pueblo (Booket, 2014), en el que analizo pormenorizadamente todo este asunto.

Fue el comienzo de una gran amistad. Y fue la entrada en escena del Priorato de Sion, del que se hablaba un poquito en el apéndice de aquel libro que, además, fue escrito por Plantard.

Ya por aquel entonces, 1962, nuestro protagonista había puesto sus ojos en otro tesoro y en otro misterio: en nuestra querida aldea del Languedoc, Rennes-le-Château. Y junto a Gérard de Sède, publicó en 1967 una obra clave: El Oro de Rennes, el primer libro centrado exclusivamente en esta historia y el que aportó la versión estándar del mito, que básicamente viene a ser la que todos ustedes conocen: el abad Saunière, tras el supuesto hallazgo unos pergaminos, que consiguió desencriptar, encontró algo que le hizo tremendamente rico… y no era un simple tesoro, cómo habían afirmado las publicaciones anteriores.

8Esta obra llegó, dos años después de su publicación, a manos de otro personaje clave en este lío: Henry Lincoln, un guionista de televisión inglés que rápidamente se quedó prendado, como tantos otros, de este misterio. Comenzó a investigarlo, descubrió algunas cosas, y realizó un documental para la BBC sobre el tema que se estrenó en 1972, The Lost Treasure of Jerusalem (El tesoro perdido de Jerusalén). Después vendrían dos documentales más y una obra esencial que llevó el mito a la estratosfera del riesgo y la historia ficción: El Enigma sagrado, que se publicó en 1982 y que coescribió junto a Michael Baigent y Richard Leigh.

En esta obra se relacionaba el asunto de Rennes-le-Château con una fascinante trama histórica, ya insinuada por De Sède, que procedía de una serie de legajos depositados en la Biblioteca Nacional de París entre 1964 y 1967, los llamados Dossiers Secrets, donde se exponía con tremenda profusión lo siguiente: el Priorato de Sion, aparte de crear la Orden del Temple, y de subvencionar varias herejías medievales, llevaba siglos custodiando a un linaje secreto procedente de una antigua casa real francesa, los merovingios, supuestamente desaparecida en el siglo IX tras ser fagocitada por los carolingios.

La supuesta dinastía secreta se había ido mezclando a lo largo de los años con varias casas nobiliarias francesas ―entre ellas la casa de los condes de Lorena, la casa de los condes de Bar, la de Plantard, la de Saint-Clair y la de Bouillon―, siempre bajo la atenta mirada del Priorato y sus grandes maestres, gente de la talla de Leonardo da Vinci, Isaac Newton o Víctor Hugo. ¿Qué tenía que ver todo esto con Rennes-le-Château? Sencillo: según los Dossiers Secrets, Saunière encontró una serie de genealogías que demostraban la supervivencia del linaje merovingio. Y por ello, supuestamente, fue bien recompensado.

Claro que en El Enigma Sagrado se dio un tremendo salto de fe al plantear que en realidad esa dinastía procedía de los descendientes de Jesús de Nazaret y María Magdalena, que en algún momento del pasado se mezclaron con estos merovingios… nada más y nada menos.

Además, en esta obra fue donde Pierre Plantard, la principal fuente de información tanto de estos autores como de De Sède, hizo su estelar aparición para el gran público ―aunque ya había parecido en el tercero de los documentales de Lincoln, The Shadow of the Templars―. Y es que resulta que Plantard aseguraba ser, agárrense, el último miembro de aquel linaje sagrado del que venimos hablando… Era el último merovingio y, por si fuera poco, el último descendiente de Jesús y la Magdalena…

Lo que no dijeron Lincoln y compañía es que también era la mente pensante que había creado aquella supuesta sociedad secreta, El Priorato de Sion, y que había sido el autor, solo o en compañía de algún colega, tanto de lo Dossiers Secrets como los pergaminos codificados que, supuestamente, había encontrado el abad Saunière.

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Plantard con Jean-Luc Chaumeil

 

LA TRAMA

 

Así, en algún momento posterior a 1956, fecha en la que se registró el Priorato de Sion y, de forma paralela, aparecieron las primeras noticias sobre Rennes-le-Château, la la maquinaria de Pierre Plantard se puso a trabajar para confeccionar su obra maestra, una monumental propuesta de historia-ficción en la que mezclaba la historia antigua de la orden que acababa de crear y la trama de Saunière.

Y todo ello vio la luz, por primera, vez en los dichosos Dossiers Secrets de los que ya hemos hablado anteriormente, fuente de inspiración para las obras El Oro de Rennes y El Enigma Sagrado, entre muchas otras. Fueron la base sobre la que se construyó este mito. Pero sobre todo, fue un trabajo sensacional de investigación histórica, tanto del tema específico de Rennes-le-Château como de la historia de Francia en el último milenio, todo ello sazonado con un derroche de imaginación desbordante.

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Uno de los Dossiers Secrets

 

Fue Plantard el que indicó a De Sède la existencia de esta documentación «secreta» que se albergaba en la Biblioteca Nacional de París, que usaría éste en su libro, El Oro de Rennes, para adornar la historia previa narrada por Noel Corbu y para relacionarla con el linaje merovingio. Y fue Plantard el que aportó gran parte de la información que aceptaron como válida los autores de El Enigma Sagrado, con los que llegó a interactuar bastante.

Además, tras esta última obra, Plantard se convirtió en un personaje bastante conocido, apareciendo en numerosas entrevistas y aportando información a varios autores más. Se convirtió en una estrella de cine.

Pero después la cosa se puso fea: se enemistó con De Sède, al parecer por culpa de los dividendos de El Oro de Rennes, y con su gran cómplice, Philiphe de Chérisey (el supuesto autor de los falsos pergaminos).

Y, debido a que ya habían surgido bastantes críticas sobre la veracidad de sus afirmaciones, en 1989, dio un giro radical a la trama, negando ahora, de buenas, toda la historia del Priorato de Sion que durante un par de décadas había estado contando. En la nueva versión, la orden secreta no tenía nada que ver con el Temple, ni había sido creada durante la época de las cruzadas. Según este nuevo giro de tuerca que dio Plantard, el Priorato fue creado en Rennes-le-Château en 1738 por un miembro de la familia Hautpoul, los señores de la villa, así que sólo los Grandes Maestres a partir de esa época eran reales.

En una carta del 6 de julio de ese año, dirigida supuestamente a los miembros del Priorato, dijo: «Durante este corto tiempo he podido poner las cosas en orden en nuestros antiguos archivos […] por fin he podido concluir las investigaciones sobre el origen del Priorato de Sion. He podido acabar con una “mitología” de falsos grandes maestres, con los que se pretendería formar una cadena que llegara hasta la Orden del Temple e incluso hasta Jesús». Esta fue la carta en la afirmaba que Roger-Patrice Pelat había sigo uno de los grandes maestres del Priorato… curiosamente escrita después de su muerte. Pelat había fallecido el 7 de marzo de 1989, tres meses antes.

Así trabajaba Plantard.

Pero, ¿por qué se produjo este cambio? No lo sabemos, pero por algún motivo, en 1989, Pierre Plantard decidió volver al candelero, y lo hizo deconstruyendo todo lo que había construido durante más de treinta años. Aniquiló y repudió todo el pasado templario, inventando un nuevo pasado más verosímil, aunque de nuevo falso, en el seno de los Hautpoul de Rennes y en el siglo XVIII.

Quizás el motivo fue que se había dado cuenta de lo tremendamente ridícula que era la versión anterior.

O quizás reculó porque le había pillado…

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Plantard con su hijo Thomas en 1979

 

EL OCASO DE UN MITO

 

En definitiva, gran parte del misterio que rodea Rennes-le-Château procede de una contaminación dirigida, coordinada y dosificada por Pierre Plantard. La mayor parte de la imaginería de este falso misterio (los pergaminos, los Dossiers Secrets, la relación con determinadas sociedades secretas, la trama merovingia, la relación con el linaje sagrado…) procede de Plantard, con la complicidad, todo sea dicho, de varios escritores. Y no sólo aquellos a los que embaucó con sus cantos de sirena, sino muchos otros que, a lo largo de los años, y hasta el día de hoy, han seguido repitiendo de manera acrítica y poco profesional algo que desde hace años se sabía que era mentira. Como le dijo a aquel juez en 1993.

Y algunos siguen erre que erre.

Desde entonces, desapareció del mapa. Cualquier intento de localizarlo o de ponerse en contacto con él fue nulo. Hasta su propia muerte estuvo adornada con ese halo de misterio que tanto le gustaba: su hijo, Thomas Plantard, anunció el fallecimiento de su padre en abril del año 2000, pero había muerto en realidad dos meses antes, el 3 de febrero…

Curiosamente, en 2003 apareció un comunicado del Priorato de Sion, firmado por un tal Gino Sandri, el supuesto nuevo gran maestre del Priorato, Pierre Plantard —fallecido tres años antes, recuerden— y G. Chyren, en el que se decía, entre otras cosas, que «a las puertas del profético año 2003, está todo preparado para el apogeo de Sion, ya que la presencia de la Mujer es indispensable»…

No tendrá nada que ver, pero unos meses antes, también en 2003, se publicó El código Da Vinci, la súper exitosa novela de Dan Brown que catapultó al Priorato y a los merovingios a la fama internacional y puso de moda a María Magdalena, el linaje sagrado y las Diosas Madre de la antigüedad. ¿Casualidad?

Imaginen el placer que hubiese supuesto para Pierre Plantard ver cómo aquella invención suya de 1956, evolucionada durante más de cincuenta años con un sinfín de historias nuevas, se convertía finalmente en parte de la cultura popular y era reconocida por todo el mundo.

Recordemos ahora, para finalizar, aquellas palabras que se dijeron a modo de introducción en la obra de Dan Brown:

 

El Priorato de Sion —sociedad secreta europea fundada en 1099— es una organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sion, entre los que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelli, Victor Hugo y Leonardo da Vinci.

 

Qué pena que Plantard no pudiese leerlas.

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Plantard en Rennes-le-Château junto a su hijo Thomas y Henri Buthion. Fecha desconocida.

La gran mentira de Rennes. Revista “El Ojo Crítico”, Nº 79, diciembre de 2015.

 

EL TESORO

El 1 de junio de 1885, un joven sacerdote llamado François-Bérenger Saunière (nacido en 1852), llegó a Rennes-le-Château, una pequeña localidad del Languedoc francés, situada en pleno corazón del valle del Aude, para hacerse cargo de la iglesia local. Allí pasaría el resto de sus días hasta su muerte, el 22 de enero de 1917.

Lo que se encontró no podía ser más descorazonador: una iglesia, consagrada a Santa María Magdalena, prácticamente en ruinas, y un pueblo, de no más de doscientos habitantes, tremendamente pobre y desolado.

1Lo primero que se propuso el nuevo cura fue restaurar, en la medida de lo posible, el templo. Y comenzó por cambiar el altar, gracias a una donación de una señora de la zona, Marie Cavailhé, como cumplimiento de una promesa que hizo un tiempo atrás, cuando cayó enferma en Rennes-le-Château y se recuperó milagrosamente. Aquí nacerá la leyenda, ya que, según se ha venido afirmando, al levantar la losa de piedra del altar, encontró, en uno de los pilares que la sujetaba, una serie de pergaminos.

Se dice que Saunière se los llevó para intentar descifrarlos. Pero el alcalde del pueblo se enteró y le pidió una traducción de ellos, que el sacerdote le dio tras un tiempo, escrita de su puño y letra. El texto, al parecer, tenía que ver con la construcción del altar. De hecho, ese tipo de cavidad era normal en los altares primitivos: se llamaba capsa y en ella, en el momento de la consagración de un templo, se solía introducir un documento que atestiguaba dicha ceremonia, a veces acompañado de alguna reliquia.

Pero por desgracia nada de esto se sabe con seguridad, ya que las distintas versiones de la historia difieren al respecto. Pero la versión más extendida, la que se acabará repitiendo hasta la sociedad y la que los franceses llaman La Belle Histoire, es la que planteó por primera vez Gérard de Sède, en El oro de Rennes. Este autor afirmaba que Bérenger Saunière había encontrado tres tubitos de madera con cuatro pergaminos en su interior. Hará una copia de ellos por petición del alcalde y luego, a instancias del obispo Billard, se marchará a París para que los descifren Émile Hoffet y el padre Bieil de Saint-Sulpice. Pero, curiosamente, no se aportaron los textos decodificados. Años después, en la clásica obra El enigma sagrado, se contó la misma historia que narró De Sède, aunque agregando unos cuantos datos más sobre los pergaminos: «Se dice que dos de los pergaminos eran genealogías, datando una de 1244 y la otra de 1644. Al parecer los otros dos documentos los había redactado en el decenio de 1780 uno de los predecesores de Saunière, el abate Antoine Bigou».  Y aquí, por fin, se muestran los textos desencriptados.4

La Belle Histoire continuaría tras el regreso de Saunière de París: desde entonces, sin que se sepa muy bien por qué, comenzó a mostrarse esquivo y errático. Y empezó a disponer de grandes cantidades de dinero, lo que le permitió remodelar por completo la Iglesia y reconstruir la casa parroquial. Además, compró una serie de terrenos, cercanos al templo, donde edificó una mansión palaciega, la Villa Betania, y una torre neogótica en la que alojó su biblioteca, la famosa Torre Magdala. Y todo esto sin tener en cuenta la enorme cantidad de dinero que invirtió en joyas, porcelanas, libros y demás.

La pregunta, necesaria, es: ¿de dónde sacó el dinero? La primera hipótesis que se planteó fue el tesoro. De hecho, mucho antes de que el affaire Rennes-le-Château saliera a la luz por primera vez, con aquellos míticos artículos publicados en enero de 1956 en La Dépêche du Midi por Noël Corbu ―aquel que se hizo con la antigua propiedad del abad Bérenger Saunière tras comprársela a Marie Dénarnaud, la heredera, compañera y fiel escudera del curita, la misma que le había asegurado a aquel que la gente de aquel pueblo estaba pisando oro sin saberlo―, un tal Jean Girou escribió una obra sobre un viaje que realizó por la zona, titulada L’Itinéraire en Terre d’Aude (El itinerario por tierras del Aude), en la que ya se asocian las extrañas construcciones de Rennes con el supuesto hallazgo de un tesoro por parte de un cura local. En un extracto de dicha obra dice lo siguiente:

A la salida de Couiza, una carretera asciende abruptamente hacia la izquierda. Ese es el camino de Rennes-le-Château. Sobre la cresta de la meseta se recorta un decorado singular: casas en ruinas, un ruinoso castillo feudal que sobresale y se confunde con el acantilado; también villas y torres con miradores, nuevas y modernas, que contrastan de forma extraña con las ruinas. Esta es la casa de un sacerdote que construyó esa suntuosa mansión con el dinero, dicen los lugareños, ¡de un tesoro descubierto!

Esto demuestra que Corbu no se sacó de la manga la historia del tesoro como explicación de la riqueza de Saunière. Ya se hablaba de ello en el pueblo, por lo menos, veinte años antes. Pero sí que fue, realmente, el que lanzó este misterio a la luz pública, ya que, interesado en rentabilizar la inversión que había efectuado en la finca, decidió montar un hotel en la famosa Villa Betania, la mansión palaciega que construyó el abad, y un restaurante en la conocidísima Torre Magdala, la biblioteca personal de Saunière reconvertida en ícono de Rennes-le-Château. Y claro, para poder sacarle partido a esta inversión, necesitaba darle publicidad al tema, para intentar convencer a los potenciales clientes de que merecía la pena subir al aislado pueblo. Será este el motivo de los artículos de La Dépêche

3Ahora bien, ¿qué planteaba Corbu en aquellos artículos? Argumentaba que Saunière había encontrado el tesoro perdido que siglos atrás había escondido allí la reina francesa Blanca de Castilla (1188-1252), regente de Francia en el periodo en el que su hijo, el rey Luis IX (1214-1270) estaba en las Cruzadas. ¿Por qué depositó esta reina este tesoro en Rennes-le-Château? La respuesta que aporta Corbu es, cuanto menos, curiosa: propone que la reina decidió sacar el tesoro real de Paris ante la amenaza que supuso la llamada Cruzada de los pastores, un curioso movimiento religioso liderado por un tal Maestro de Hungría que aspiraba a conseguir conquistar Tierra Santa bajo la protección de la Virgen. En realidad se trató de una horda de desheredados que bajo la batuta de aquel señor fueron arrasando todos los lugares por los que pasaban. Así, según Corbu, la reina Blanca, temiendo que saqueasen París, decidió poner a buen recaudo el tesoro real, trasladándolo a un lugar seguro. Y el lugar elegido fue Rennes-le-Château.

Esto es realmente difícil de aceptar, ya que en la época de Blanca de Castilla aún estaba en marcha la Cruzada contra los cátaros del Languedoc. Por lo tanto, el pueblo protagonista de nuestra historia, situado en el centro de aquella región, no era el lugar más indicado para esconder el tesoro real. Sobra decir que no existe constancia histórica de que se produjese ese traslado del tesoro real al sur de Francia, y mucho menos de que fuese llevado a Rennes-le-Château. Si Saunière encontró un tesoro, no fue el de la reina Blanca.

Demos un salto en el tiempo: Jean-Luc Robin ―gran conocedor de este tema porque durante años estuvo al cargo del domaine de Saunière y que, además, acabó siendo elegido alcalde, puesto que, por cierto, no llegó a disfrutar ya que falleció sospechosamente unos días antes de jurar el cargo, en el año 2008― en su imprescindible obra Rennes-le-Château, el secreto del abad Saunière (2007), propuso que lo que encontró Saunière fue un «tesoro» escondido por su antecesor de un siglo antes, Antoine Bigou, formado en parte por la herencia de Marie de Nègre, la ultima Marquesa de Blanchefort y señora de Rennes-le-Château ―recordemos que nuestro abad destruyó la lápida de esta señora, supuestamente porque contenía una clave importante para este misterio, aunque antes de ello fue transcrita por unos arqueólogos locales que visitaron la zona en 1905, algo curioso, porque si Saunière quiso ocultar algo al destruirla, lo hizo muchos años después de hacerse rico―.  Pero el tesoro, según Robin, también estaría formado por los propios ahorros de Bigou y los de varias familias de la zona que se los legaron antes de huir por culpa de la Revolución francesa. Claro que este autor también propone que Saunière sabía que tenía que buscar algo, y que había sido pagado para hacerlo: unos documentos de especial trascendencia para la casa de Habsburgo, que se encontrarían entre las pertenencias de la marquesa de Blanchefort. Según Robin, en definitiva, nada fue al azar…

Esta versión peca, como la mayoría de las que se han propuesto, de pretenciosa, y no se diferencia mucho de las que forman el corpus clásico de la tradición del misterio de Rennes-le-Château: la trama de los merovingios expuesta por Gérard De Sède(autor de El oro de Rennes ,1967)y la triada Henry Lincoln, Michael Baigent y Richard Leigh, autores de El enigma sagrado (1982), clave del arco de este mito moderno y fuente principal de la que bebió el bestseller de Dan Brown El Codigo da Vinci (2004). Según esta versión, la más extendida, aunque no por ello la más fiable, lo que encontró nuestro querido abad Saunière, también relacionado con la dichosa Marie de Nègre, fue una documentación que probaba que aquella famosa estirpe de reyes francos había perdurado en secreto a lo largo de los siglos, llegando hasta la actualidad. Por ello también fue pagado generosamente, aunque, además, encontró un tesoro, cuyo origen ya no está tan claro y que se le asigna a muchos de los sospechosos habituales de esta trama (templarios, cátaros, el tesoro del Templo de Salomón, etcétera). Claro que en El Enigma Sagrado la cosa va a mayores, como sabrán los que lo hayan leído, ya que llegan a plantear que ese linaje merovingio secreto se mezcló con la descendencia de Jesús de Nazaret y María Magdalena, llegando hasta la actualidad gracias a la protección de la ficticia sociedad secreta El Priorato de Sión.

Incluso el bueno de Noël Corbu, aunque exagerado, no planteaba que, aparte del tesoro monetario, hubiese un tesoro documental o espiritual. Su visión del misterio era más mundana y, posiblemente, cercana a la nuestra: Saunière encontró un tesoro que lo hizo enormemente rico, sin que hubiese de por medio ningún tipo de documentación interesante para nadie, ni ningún tipo de secreto por el que quién sabe quién podía pagar fortunas enormes. Simplemente, encontró oro, lo vendió y se forró.

Con esto no queremos afirmar que Bérenger Saunière encontrasé realmente un tesoro, simplemente porque no tenemos ninguna prueba que nos permita afirmarlo. Pero los gastos que acometió para reformar la iglesia, comprar terrenos y construir la Villa Betania y la Torre Magdala —junto con los suntuosos bienes muebles que contenían— tampoco se corresponden ni con el tráfico de misas del que le acusó la Iglesia ni con las fuentes que él mismo reconoció durante dicho proceso —donaciones, sueldos suyos y de la familia Dénarnaud…—.

La cantidad gastada, fuera cual fuese, es tan elevada que nada de esto parece encajar. De hecho, con que nos quedemos simplemente con las cifras que el mismo Bérenger Saunière presentó a sus superiores, durante la investigación a la que fue sometido por la propia Iglesia durante los últimos años de su vida, que ascendían a unos 196 000 francos (de aquella época, principios del siglo XX), tanto el tráfico de misas, de lo que era acusado, como las donaciones de particulares, parecen insuficientes para explicarlas. Y además, como podemos elucubrar, seguramente lo que gastó fue aún más, ya que esa relación es la que presentó ante la comisión que le estaba investigando y con la que, necesariamente, tenía que mostrarse conservador en las cifras. (Cuanto más dinero afirmase haber gastado, más dinero tenía que justificar)

Además, es posible —que conste que seguimos elucubrando— que se diesen todas estas circunstancias a la vez: que Saunière trapichease con las misas —como evidentemente parece que fue y ha sido más que demostrado, aunque no alcance a explicar la totalidad de su fortuna—, que recibiese donaciones de particulares y que encontrase un pequeño tesoro… entre otras actividades económicas que emprendió, como el tráfico ilegal de alcohol o la venta de una colección de treinta y tres postales que algo más de dinero aportarían al montante de su haber.5

Pero, ¿qué tesoro pudo encontrar? No lo sabemos, pero es posible que fuese algún tesoro visigodo, dado que Rennes-le-Château, fue antiguamente parte de una desaparecida ciudad visigoda llamada Rhedae. Lamentablemente, el registro arqueológico que disponemos no permite asegurarlo con rotundidad, aunque parece bastante probable que fuese así.

Comenzando a destruir mitos, hay que dejar claro que el tesoro no tuvo porqué ser demasiado grande, ya que, repetimos, se ha exagerado mucho la cuantía de sus gastos. Y tampoco tuvo que ser —como ha planteado la optimista imaginación de alguno de los investigadores de este tema— un tesoro con mayúsculas, tipo el tesoro de los Cátaros, o el tesoro de los Visigodos, o el tesoro de los Templarios. Pudo, simplemente, ser UN tesoro de los visigodos, de los templarios, de los cátaros o de alguna familia local con posibles. Un tesoro normalito de los muchos, muchísimos, que se han encontrado y que han sido expoliados, vendidos, fundidos y dispersados.

Igual Saunière se topó, siguiendo con nuestra hipótesis, con un pequeño tesoro local, y en vez de informar a sus superiores o a las autoridades locales, que sin duda habrían querido quedárselo, decidió callarse, esconderlo y buscarse la vida para ir fundiéndolo o cambiándolo poco a poco, algo que, por otro lado, igual explica sus viajes y sus ausencias de varios días. Y es que, recordemos, en aquellos momentos y tras la Revolución Francesa, todas las propiedades de la Iglesia pasaron a ser del Estado, lo que implicaba que cualquier hallazgo que se produjese en el interior de un templo debía ser entregado…

LA MENTIRA

Lo maravilloso de todo este embrollo es que, en un momento clave de esta trama, a comienzos de los años sesenta del siglo pasado, alguien se enteró de esta historia y, en un derroche orgásmico de imaginación desbordada se inventó una rocambolesca historia que implicaba a la antigua casa de David, el tesoro del rey Salomón, los merovingios, los templarios, la masonería y a varias de las casas reales y aristócratas de Europa. De ello hablaremos en otra ocasión. Ahora, pasemos a desmontar algunos de las mentiras que se han vertido sobre este affaire.

  1. Los pergaminos son falsos. Son una falsificación moderna realizada en los años sesenta por el marqués Philippe de Chérisey, socio y amigo de Pierre Plantard, el gran mentiroso, del que también hablaremos en otra ocasión, como él mismo reconoció en los años ochenta. Por si quedaba alguna duda al respecto, en el año 2013, dos amigos e investigadores catalanes, Xavi Bonet y Alex Loro, publicaron una magistral investigación titulada El caballo del Diablo, en la que demuestran, con evidencia, no sólo que son falsos, sino que, además, estaban llenos de errores.
  2. Si los pergaminos son falsos, parte de la Belle Histoire cae por su peso: Y es que el mensaje desencriptado de esos supuestos pergaminos era fundamental para enlazar el asunto de Rennes-le-Château y la trama merovingia que proponían los autores de El Enigma Sagrado. Aquel supuesto viaje a París que realizó Saunière no se habría producido —al menos, no en los términos que se propone en las obras del Mito—. Y, por lo tanto, el curita no pudo entrar en contacto con la élite del ocultisimo parísino, ni habría conocido a Emma Calvé, su supuesta amante, tal y como se ha ido afirmando acríticamente.6
  3. Así que tampoco habría comprado los famosos cuadros en el Louvre (Los pastores de la Arcadia de Nicolas Poussin y Las tentaciones de San Antonio de Teniers, claves para la trama).
  4. Al ser falsos los pergaminos, y no comprar los cuadros en París, se cae por su peso otro de los mitos de esta historia: siempre se ha dicho que el cuadro de Poussin tenía que ver con una supuesta tumba que se encontraba muy cerquita de Rennes, en Arques, tremendamente parecida a la del cuadro. Sabemos, por otras fuentes, que esta tumba es de principios del siglo XX, pero además, sin pergaminos, no hay cuadros, ni relación con Poussin. Es más, existe evidencia documental que demuestra que la tumba fue manipulada en los setenta para que se pareciese aún más a la representa en la obra pictórica.
  5. Una de las leyendas más extendidas afirma que la iglesia de Rennes está llena de iconografía heterodoxa, lo que ha llevado a que muchos planteen que Saunière pudo pertenecer a algún tipo de sociedad secreta o a algún grupo ocultista. Al margen de que sabemos por su biografía que, en realidad, fue un fundamentalista cristiana, conservador y antirrepublicano, lo que no parece encajar con una personalidad relacionada con lo heterodoxo, no hay nada en este templo que sea realmente extraño. Y los ejemplos que se han propuesto, se han interpretado erróneamente. Veamos algunos de los significativos:

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Encima del arco de la puerta, aún perdura una inscripción que se ha hecho famosa, más que nada por lo tergiversado de su interpretación: TERRIBILIS EST LOCUS ISTE (Este lugar es terrible.) ¿Por qué pondrá eso en una iglesia? Clara manifestación de su heterodoxia dogmática, por no llamarlo herejía, dirán algunos —han dicho, de hecho—. Pero en realidad, esto remite a una referencia bíblica clara, del Génesis 28, 16-17, donde se narra el extraño episodio de Jacob, el ángel y la escalera al cielo: «Despertó Jacob de su sueño, y se dijo: “Ciertamente está Yahvé en este lugar, y yo no lo sabía”. Y atemorizado, añadió: “¡Qué terrible es este lugar! No es sino la casa de Dios y la puerta de los cielos”.». El versículo 17 en latín sería: «Pavensque: “Quam terribilis est, inquit, locus iste! Non est hic aliud nisi domus dei et porta coeli”». A eso se refería aquello de «Este lugar es terrible»… Aunque muchos hayan visto en esto una muestra de herejía…

Nada más entrar en la iglesia se encuentra uno de los grandes símbolos de esta historia, un feo demonio que, con un terrible gesto de dolor, soporta el peso de la pila de agua bendita. Tradicionalmente se ha identificado con el demonio bíblico Asmodeo, relacionado, en otras fuentes, con el tesoro del rey Salomón, del que fue custodio. Pero no hay nada que lo identifique como Asmodeo. Ni siquiera su iconografía se parece. Esta identificación se debe a De Sède, y a sus fuentes, que quisieron con ello proponer que igual había sido ese tesoro el que había encontrado Saunière. Lo cierto es que posiblemente Saunière no quiso representar a ningún demonio específico, sino al diablo genérico o Satán en persona. Por otro lado, cuando se comenta esto nunca se suele decir que estamos ante un grupo escultórico compuesto por el diablo, la pila de agua bendita y cuatro ángeles que hacen la señal de la cruz con sus manos. Esto es importante ya que, conociendo la personalidad del abad, es muy factible interpretar esto en una doble lectura religiosa y política: la República sería el demonio vencido por el signo de la Religión.8

Hay quien ha propuesto que, si cogemos un plano de la iglesia y trazamos una M uniendo los puntos en los que están ubicados las estatuas que hay en los muros, obtenemos la palabra GRAAL (San Graal o Santo Grial) con la primera letra de los nombres de los santos: Germana, Roque, Antonio (de Padua), Antonio (Abad) y Lucas. Ambos elementos, la M y GRAAL, serían claras evidencias de que Saunière estaba al tanto de la importancia de María Magdalena como esposa de Cristo y como auténtico Santo Grial, en este caso, como portadora de la descendencia del nazareno. Al margen de lo arbitrario de esta interpretación, hay algo que falla: la L de Lucas. Y es que el evangelista no está representado en ninguna estatua, sino en los relieves del púlpito. Y además, no está sólo, sino que aparece justo a los otros evangelistas y a Jesús.

Sobre el Viacrucis se han señalado muchas anomalías. Que sí aparece un niño con una túnica escocesa, lo que sería una clara alusión a la masonería; que si Jesús y Simón de Cirene aparecen con el mismo rostro, lo que vendría a demostrar que Saunière estaba haciendo referencia a una antigua leyenda gnóstica que afirma que Jesús no murió en la cruz, sino que le sustituyó Simón de Cirene; que si se representa a los súbditos sacando a Jesús de la tumba, con nocturnidad y alevosía, lo que vendría a indicar o que no murió realmente, o que sacaron su cuerpo para fingir la resurrección, según el autor… pero todo esto es falso, más que nada porque esa viacrucis se compró por catálogo a una empresa que los fabricaba en serie. Hay más de una decena de iglesias con el mismo viacrucis.

Se podrían aportar muchos más ejemplos de supuestos elementos heterodoxos en la iglesia, como el suelo ajedrezado o los extraños murales, pero sería extendernos en demasía. Lo que queda más que claro es que no hay nada extraño en ese templo, a excepción de lo tremendamente hortera y recargado que es.

En los pergaminos se habla de unas misteriosas «manzanas azules», que, según el mito, harían alusión a un fenómeno lumínico que se produce el 17 de enero de cada año, el día en el que  enfermó de muerte Saunière, además de una fecha clave en toda esta trama. Ese día, según se ha comentado hasta el hartazgo, la luz, al pasar por las vidrieras, crea en la pared de enfrente unas formas circulares de color azul, las dichosas manzanas azules. Esto es cierto, sí. Pero no sólo suecede ese día, sino que sucede durante gran parte del año. De hecho, aquí les adjunto una foto mía junto a ese misterioso fenómeno, tomada el 15 de octubre de 2014.

9

  1. Se ha propuesto que Saunière, una vez convertido en millonario, se dedicó a viajar por un montón de sitios. Algunos autores han aventurado que Saunière estuvo en Jaén, donde frecuento a la masonería local y dejó escrita una inscripción en el coro de la catedral, o que, yendo aún más lejos, que Saunière dejó descendencia en Girona, gracias a una amante con la que se relacionó durante años. Pero ambas teorías se sustentan sobre elementos totalmente quedradizos y endebles, por no decir fraudulentos. No existe evidencia alguna al respecto de ningún viaje de Saunière, teniendo en cuenta que toda su facturación está disponible y que se Marie, su fiel compañera, que durante años convivió con Noël Corbu, nunca comentó nada al respecto. Pero en ningún lado aparece nada de ningún viaje.
  2. Por último, siempre se ha dicho que su muerte fue sospechosa, debido a que, pese a que falleció el 22 de enero de 1917, Marie encargó el ataúd el día 12 de enero, cinco días antes de la apoplejía que terminó llevándoselo a la tumba. Es decir, que diez días antes, Marie sabía que iba a morir. Esto es totalmente falso. De hecho, Marie no pagó el ataúd hasta el 12 de junio de 1917, unos meses después de la muerte del abad, algo curioso si, como se ha dicho, disponía de una tremenda fortuna. Simplemente, los primeros investigadores confundieron juin, «junio», con jan, de janvier, «enero», como se puede comprobar al revistar, con un mínimo de atención, la factura de la compra de dicho ataúd.

Podríamos extendernos mucho más, pero no parece necesario. La evidencia demuestra que se la mayor parte de las tramas que se han propuesto para explicar este misterio son falsas, por un lado por haber utilizado fuentes documentales falsas y contaminadas, y, por otro lado, porque los sucesivos autores han ido aportando nuevas ramificaciones del tema, casi todas sin el más mínimo apoyo documental.

Eso sí, misterio queda. Aún no sabemos qué encontró Sauniére. Quizás algún día nos ayuda a descubrirlo si se consigue excavar en la iglesia, bajo la que, según parece, existe una cripta a la que, según se ha comentado hasta la saciedad, pudo llegar Saunière durante las obras de restauración del templo y pudo ser el lugar en el que encontró aquello que le hizo rico, como proponen los investigadores Juan Carlos Pasalodos (en su web Quaerendo-invenietis) o Enric Sabarich (en su libro imprescindible El secreto de Rennes-le-Château).

Pero, por ahora, como bien saben, está prohibido excavar en este pueblo. Aunque igual alguien anda excavando sin que lo sepamos…

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P.D. Un aspecto sumamente interesante de todo este affaire, que no aparece en la bibliografía publicada, es el significativo hecho de que el abad Saunière, allá por 1906, confeccionó una colección de treinta y tres postales que puso a la venta en el balneario del cercano pueblo de Rennes-les-Bains, muy frecuentado por turistas. Lo curioso es que en aquellas postales, aparte de mostrar el antiguo castillo del pueblo, se centraba en exponer públicamente las construcción que él mismo había realizado en su finca ¿Por qué un cura rural de un pueblo tremendamente modesto, aunque venido a más gracias a una fortuna de origen incierto, se fotografía a sí mismo en sus inexplicadas construcciones y, además, vende esas postales a los turistas, a los que, de camino, invitaba a visitar su domaine? Sea cual sea la explicación, esto parece indicar que Saunière, una vez convertido en nuevo rico y tras levantar sus grandilocuentes construcciones se vio en la necesidad de mostrarlas al público. Sin duda es un claro ejemplo de su desmedido ego y de sus pretensiones megalómanas. Y de que quizás fue el propio abad el primero en vender el misterio sobre su persona y su desconcertante riqueza.

 

Óscar Fábrega

 

 

 

 

 

 

La Gran Mentira de Rennes-le-Château. Revista digital “Diaphoros”, Octubre de 2014.

La Gran Mentira de Rennes-le-Château

Por Óscar Fábrega

Una gran mentira, sí. Un cúmulo de mentiras a quemarropa, rumores infundados, teorías sin evidencia, ensoñaciones melancólicas, dimes y diretes. Una gigantesca patraña que acabó convirtiendo la curiosa y decadente historia de un curita rural que, sepa Dios por qué, se hizo rico de la noche a la mañana, no solo en un mito moderno sino, también, en un lugar común en el mundo del misterio con el que todo, temerariamente, se quiere relacionar.

Pero no importa. De hecho, al menos para mí, lo interesante de esta historia es la mentira―al margen de la insana curiosidad por saber qué demonios convirtió en millonario a aquel curita, recordemos, el autentico misterio que nos convoca―. Y es que, afortunadamente, desde un primer momento la imaginación tomó las riendas de la trama, acompañada, como era de esperar, por una necesidad casi angustiosa de generar réditos económicos por parte de algunos de los implicados. Aunque no todos. Aunque no siempre. En fin, veamos quién o quiénes han sido los mentirosos, los manipuladores, que han acabado construyendo, piedra a piedra, una de las historias “misteriosas” más interesantes del siglo XX. Eso sí, perdonen mi escepticismo.

CORBU

El primero fue Noël Corbu, un industrial parisino que fue el responsable del disparo que dio inicio a la carrera: gracias a sus informaciones, a mediados de enero de 1956 apareció en el periódico francés La Dépêche du Midi una serie compuesta por tres artículos, firmados por el periodista Albert Salamon y con el sugerente título de La fabuleuse découverte du curé aux milliards de Rennes-le-Château (El fabuloso descubrimiento del cura de los millardos de Rennes-le-Château). El título del primero de ellos, el del día 12, exponía lo que se acabó convirtiendo en una de las primeras explicaciones de este misterio: «¡A un golpe de pico en el pilar del altar mayor, el abad Saunière descubre el tesoro de Blanca de Castilla!».

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Artículos de la Dépêche du Midi

Corbu necesitaba rentabilizar la inversión que había hecho al adquirir el antiguo domaine de Bérenger Saunière, y para ello había montado un pequeño hotel familiar en la fastuosa y tremendamente hortera casa señorial, llamada Villa Betania, que aquel extraño cura rural se había construido en las inmediaciones de la hoy famosísima iglesia de Santa María Magdalena, en Rennes-le-Château, y junto a la que construiría la no menos famosa Torre Magdala. Pero claro, el negocio no fue un éxito, como cualquiera con un par de dedos de frente podía haber pensado. ¿Quién iba alojarse en aquel hotel, en un pueblo apartado del mundo, con una carretera de acceso terrible y con nada que ver ni visitar?

«O igual sí que hay algo que puede incentivar al personal», pensó Corbu. Y es que estaba el misterio, aún pendiente, de la fortuna del cura, aquel misterio que ni siquiera le había resuelto Marie Dénarnaud, la antigua criada y compañera del abad Saunière, a la que había comprado, más o menos, la propiedad (que a su vez había heredado ella de su inseparable partenaire Bérenger Saunière). Siempre defendió que la anciana Marie, en más de una ocasión le había dicho cosas como «No se preocupe usted por sus problemas de dinero, querido señor Noël. Usted ha sido muy bueno conmigo y, antes de morirme, le revelaré un secreto que le hará muy rico», o «Verás, querido, verás. Antes de morir, te contaré el secreto y tendrás tanto dinero que le tendrás que preguntar a la gente cómo gastarlo».

Desgraciadamente, se llevó el secreto a la tumba, ya que murió el 29 de enero de 1953 sin soltar prenda.

Y dejando a Corbu desolado. Había fallecido la única persona que podía revelar el secreto de la fortuna del abad Saunière, según ella misma había prometido. Eso sí, el testamento de Marie le cedía toda la finca, así como todo lo que había en su interior, incluidos los archivos del sacerdote, que contenían todas las facturas de las obras, sus diarios, su contabilidad y sus cartas. Igual gracias a esto conseguía dar con el origen de aquella enorme riqueza, pensaba Corbu, que cada vez estaba más convencido de que Saunière había encontrado un tesoro.

El tesoro existía.

Creía.

Pero no apareció ni una sola pista entre todos sus papeles. Y además, el dinero comenzaba a escasear y los gastos eran enormes, así que a Corbu se le ocurrió lo de montar un negocio, el Hôtel de la Tour, que se inauguró el día de Pascua de 1955, y que, como hemos comentado, fue un fracaso. Pero Corbu tuvo una idea magistral: vender el misterio como gancho para captar clientes. Así, en un primer momento, iba mesa por mesa contando la historia que él, por otro lado, iba construyendo a medias entre su investigación y su imaginación. Más tarde decidió grabar una cinta magnetofónica que ponía a sus clientes. Y finalmente, decidió contactar con Albert Salamon y publicar aquellos tres artículos en La Dépêche du Midi.

El anzuelo estaba lanzado. Y gracias a ello, a partir de la siguiente temporada, Corbu descubrió el único tesoro que encontraría en toda su vida: su Hôtel de la Tour comenzó a llenarse, el dinero a entrar y, de paso, la leyenda comenzó a crecer.

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Cartel que anunciaba el Hôtel de la Tour (http://www.benhammott.com/henri-buthion-bullet-riddled-car.html)

 

¿Cuál fue la versión de Corbu? Pues, en resumidas cuentas, que Bérenger Saunière, durante las obras de rehabilitación de la iglesia, al levantar la piedra del altar, encontró unos pergaminos que le sirvieron de pista, entre otras cosas que ya habrán comentado mis compañeros, para encontrar el tesoro de Blanca de Castilla (1188-1252), que había sido regente del trono francés mientras su hijo, Luis IX de Francia (1214-1270) y conocido como San Luis, estaba en las cruzadas. Veamos brevemente qué dice la Historia sobre estos personajes y que dijo Corbu al respecto: La reina Blanca fue nieta de la legendaria Leonor de Aquitania (1122-1204), hija de Alfonso VIII de Castilla (1155-1214) y esposa del monarca francés Luis VIII (1187-1226), conocido como el León, que falleció el 8 de noviembre de 1226, no sin antes proclamar soberano a su hijo Luis, que solo tenía doce años, por lo que su esposa, Blanca, se convirtió en reina regente, por primera vez. En 1248 su hijo, Luis IX, encabezó una nueva cruzada contra el Islam que acabó, como era de esperar, en un estrepitoso fracaso y con la captura del propio monarca. La marcha de su hijo hacia Tierra Santa provocó que la reina regresase a la primera fila de la política, haciéndose de nuevo cargo del país. Por esta época se produjo la llamada revuelta de los pastores, que Corbu señala como la causa de que la reina Blanca tuviera que trasladar el tesoro a un lugar seguro, a Rennes-le-Château, precisamente. De esto no existe confirmación histórica, pero sí de ese extraño suceso, la Cruzada de los Pastores: a mediados del siglo XIII, numerosos jóvenes de las regiones del norte del país comenzaron a engrosar las filas de un movimiento liderado por un curioso caudillo, conocido como el maestro de Hungría, un asceta iluminado de unos sesenta años que afirmaba que la mismísima Virgen se le había aparecido y le había pedido que iniciase la Cruzada de los Pastores con el fin de obtener para la cristiandad, de una vez por todas, las perdidas colonias de Tierra Santa. Consiguiendo reunir auténticas hordas de miles de personas, la historia se puso realmente compleja cuando los jóvenes cruzados deciden dirigirse hacia París, y convierten el movimiento en una auténtica subversión que amenazaba directamente a la Corona. Y a ello tuvo que hacer frente la reina Blanca, que por aquel entonces tenía cerca de sesenta años.

Tras entrevistarse con el maestro de Hungría, decide que lo mejor es dejarlos marchar. No en vano su intención era llegar a Tierra Santa, lo que podría representar una ayuda para su hijo, el rey San Luis, que había caído preso en Egipto —durante lo que se conoce como la Séptima Cruzada—.

En realidad lo que hizo fue dar permiso a una horda de muchachos que, dirigidos por un lunático, fueron saqueando y destrozando todo aquello que encontraban en su camino. Tanto es así que al final el propio maestro cayó muerto en una de sus tropelías.

Pues bien, Corbu propuso que Blanca de Castilla, al tomar el control del país mientras su hijo estaba preso en Egipto, y durante el episodio aquel de la revuelta de los pastores, se llevó el tesoro de la Corona a un lugar seguro, eligiendo para ello a Rennes-le-Château. Se trataba de un tesoro tan enorme que, cuando seis siglos después lo encontró Bérenger Saunière, no lo pudo gastar al completo, a pesar de derrochar a manos llenas.

Esto en resumidas cuentas, es algo realmente difícil de aceptar, ya que en la época de Blanca de Castilla, recordemos, aún estaba en marcha la Cruzada contra los cátaros del Languedoc, por lo que el pueblo protagonista de nuestra historia, situado en el centro de aquella región, no era el lugar más indicado para esconder el tesoro real. Aun así, Corbu afirmó que había sido llevado a Rennes y que el secreto de su localización solo lo conocía San Luis, quien a la vez se lo confió a su propio hijo, Felipe el Atrevido (1342-1404), su sucesor en el trono de Francia.

Lamentablemente, no existe constancia histórica de que se produjese ese traslado del tesoro real al sur de Francia, y mucho menos de que fuese llevado a Rennes-le-Château. ¿De dónde sacó aquella idea Corbu? Seguramente se trate de alguna leyenda local que toma como protagonista a un personaje de singular importancia y carisma como fue Blanca de Castilla.

Si Saunière encontró un tesoro, no fue el de la reina Blanca.

Sea como sea, esta misma versión aparece en un libro de 1962 del escritor e investigador Robert Charroux, titulado Trésors du Monde enterrées, emmurés, engloutis (Tesoros ocultos: enterrados, emparedados, sumergidos). Pero aquí hay un añadido clave: Saunière, según esta versión actualizada, viajó a París para intentar desencriptar aquellos pergaminos que había encontrado, algo que consiguió con la ayuda de algunos expertos, y que permitió guiarle hacia el tesoro.

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Portada del libro de Robert Charroux Trésors du Monde enterrées, emmurés, engloutis.

 

GISORS

Ese mismo año vio la luz otra obra clave, aunque no tenía nada que ver con Rennes-le-Château. Se trata de Les Templiers sont parmi nous, ou L’Énigme de Gisors (Los templarios están entre nosotros, o El enigma de Gisors), escrito por Gérard de Sède. En esta obra se plantea que un jardinero llamado Roger Lhormoy había encontrado bajo el suelo del castillo de la normanda ciudad de Gisors el tesoro de los templarios, tras la caída de la orden. Tesoro que vio de refilón y al que no pudo acceder posteriormente por diferentes motivos que no vienen al caso. Lo importante de esto es que la principal fuente de De Sède para aquella obra, junto a Lhormoy, fue un señor que se puso en contacto con el escritor tras leer un artículo de prensa previo a la redacción del libro: se trata de un tal Pierre Plantard, que, como pretendo demostrar en mi libro, Prohibido excavar en este pueblo, aportó las dos principales pruebas de cargo para demostrar la tesis clave del libro, que allí, en Gisors, se encontraba el tesoro del temple. Pruebas que, por otro lado, son absolutamente falsas.

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Portada del libro de Gérard de Sède Les Templiers sont parmi nous.

Fue el comienzo de una gran amistad. Y fue la entrada en escena del personaje clave en la gestación del mito de Rennes-le-Château, Pierre Plantard, que ya en el apéndice de aquel libro, esbozó parte de lo que sería la posterior cosmovisión que acabaría creando, centrada en una supuesta sociedad secreta llamada el Priorato de Sión.

EL ORO DE RENNES

Por aquel entonces, en 1962, Pierre Plantard había puesto sus ojos en otro tesoro y en otro misterio, en nuestra querida aldea del Languedoc. Y junto a su colaborador Gérard de Sède, publicarán en 1967 una obra clave: El Oro de Rennes, el primer libro centrado exclusivamente en esta historia y que aportó la versión estándar del mito, que básicamente viene a ser la que ya había contado Corbu, aunque ampliada: todo gira en torno a los cuatro pergaminos (antes no se había dicho cuantos eran), dos de ellos codificados, que consiguió desencriptar el curita gracias a la ayuda de Émile Hoffet, un religioso e intelectual experto en códigos que no solo descubrió el mensaje oculto en los textos (que permitió a Sauniére encontrar algo), sino que introdujo a nuestro protagonista en el ambiente esotérico y ocultista del París de principios del siglo XX. Introduce además varias novedades: por ejemplo, durante aquel viaje a París, según De Sède, había comprado varias reproducciones de cuadros, entre ellas una de Les Bergers d’Arcadie (Los pastores de la Arcadia) de Nicolas Poussin; además, menciona la existencia de una segunda lápida de Marie de Nègre y se introduce el personaje de Henri Boudet, el cura de Rennes-les-Bains, al que hasta entonces nadie había nombrado. Y, por cierto, extiende la lista de posibles candidatos a dueños del tesoro: no solo pudo ser el Blanca de Castilla, sino que plantea como posibles el tesoro de los Visigodos, el de los templarios, el de los cátaros o, lo que es más importante, un tesoro de índole no material. Y es que De Sède fue el primero en proponer, inspirado por ya sabemos quién, la conexión con los merovingios, la dinastía franca que gobernó parte de Francia durante siglos y que, según ciertas fuentes que manejó, había sobrevivido en secreto, tras la muerte de Dagoberto II, precisamente en Rennes-le-Château, donde vivió escondido el hijo de este, Sigeberto IV, el iniciador de un linaje que llegaría en la sombra hasta la actualidad y que, por lo tanto, era legitimo pretendiente al trono de la republicana Francia.

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Diferentes portadas de L’Or de Rennes de Gérard de Sède.

LINCOLN Y CIA.

Esta obra, El oro de Rennes, llegó, dos años después de su publicación, en 1969, a manos de otro personaje clave en este lio: Henry Lincoln, un guionista de televisión inglés que rápidamente se quedó prendado, como tantos otros, de este misterio. Tanto que comenzó a investigarlo, descubriendo algunas cositas, y propuso a la BBC realizar un documental sobre el tema que se estrenará en 1972, The Lost Treasure of Jerusalem (El tesoro perdido de Jerusalén). Después vendrían dos documentales más y una obra esencial que llevó el mito a la estratosfera del riesgo y la historia ficción: The Holy Blood and The Holy Grail (El Enigma sagrado), que vio luz en 1982 y que coescribió junto a Michael Baigent y Richard Leigh. ¿Qué cuenta esta obra? Pues sobre Rennes-le-Château básicamente lo mismo. Pero ahonda en la trama merovingia insinuada por De Sède, gracias a un extenso análisis de una serie de legajos depositados en la Biblioteca Nacional de París, con el nombre colectivo Dossiers Secrets, que exponían con una tremenda profusión de datos la historia aquella que se había insinuado en El Oro de Rennes: que una sociedad secreta, el Priorato de Sión, había estado custodiando el linaje secreto merovingio tras la muerte de Dagoberto II, sociedad secreta de la que había surgido la Orden del Temple y que había tenido como Grandes Maestres a gente de la talla de Leonardo da Vinci, Isaac Newton o Victor Hugo.

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Portada de The Holy Blood and The Holy Grail.

Claro que, en El Enigma Sagrado, se da un salto de fe tremendo al plantear que en realidad aquel linaje custodiado procedía, nada más y nada menos, que de los descendientes de Jesús de Nazaret y María Magdalena, que en algún momento del pasado se mezclaron con estos merovingios.

Además, en este libro se introduce la idea (ya comentada en uno de sus documentales), de que en aquel misterio tenía algo que ver el cuadro antes mencionado, Los pastores de la Arcadia, de Nicolas Poussin. Y es que resulta que no muy lejos de Rennes-le-Château, cerca de Arques, existió una tumba muy parecida a la del dichoso cuadro, con el que además parecía coincidir parte del paisaje del fondo. ¿Cuál es la importancia de esto? Pues que en uno de los dos pergaminos encriptados, el texto en claro hacía mención claramente a esta obra y a su autor, lo que lo relacionaba con el supuesto hallazgo de Saunière. Por cierto, es en esta obra donde, por primera vez aparecen para el gran público los mensajes ocultos en aquellos pergaminos (en la obra de De Sède, significativamente, no aparecen).

Y, además, en esta obra es donde Pierre Plantard, la principal fuente de información para Gérard de Sède, hace su estelar aparición para el gran público (aunque ya había parecido en el tercero de los documentales de Lincoln, The Shadow of the Templars. Y es que resulta que era, agárrense, el ultimo de aquel linaje sagrado del que hablábamos antes.

Lo que no dijeron Lincoln y compañía es que el tal Plantard era en realidad la mente pensante que había creado aquella supuesta sociedad secreta, El Priorato de Sión y que había sido el autor tanto de lo Dossiers Secrets como los pergaminos codificados (aunque acompañado por algún lacayo…).

Pero, ¿Quién fue realmente este señor y qué papel jugó en toda esta trama? Veamoslo:

PIERRE PLANTARD

El 18 de marzo de 1920 nació en París Pierre Athanase Marie Plantard. Sus padres fueron Pierre Plantard y Amélie Raulo. Años después afirmaría llamarse en realidad Pierre Plantard de Saint-Clair, pretendiendo con ello ser descendiente de la conocida familia de origen normando St. Clair o Sinclair, muy relacionada con el origen de la masonería, los templarios y la famosa, enigmática y escocesa capilla Rosslyn. Afirmaría además ser conde de Saint-Clair —de Saint-Clair-sur-Epte, un pueblo cercano a París— y conde de Rhedae —nombre que lleva sin utilizarse un milenio y título que no parece haber existido nunca—.

Desgraciadamente, para él no era así: su padre era un mayordomo y su madre, cocinera y viuda solo dos años después del nacimiento de Pierre —tras morir su padre, supuestamente, en un accidente de trabajo—. En los ochenta entregó una partida de nacimiento a los autores de El enigma sagrado en la que su padre aparecía con aquel título, pero estos investigadores dieron con la partida real y no decía nada de eso. Plantard se justificaría diciendo que durante la ocupación nazi modificaron la partida original y la sustituyeron para ocultar su estatus a los alemanes —algo que efectivamente se hacía. Sea como fuere, si eran de sangre noble, no ejercían como tales. Desde 1927 vivirá en un modesto apartamento de París junto a su madre, el cual pagaban gracias al sueldo de esta como cocinera y a una pequeña paga de viudedad que le quedó.

No se sabe mucho sobre sus primeros años. Hay quien dice que fue a la universidad a estudiar Arqueología tras acabar sus estudios primarios en 1939, y que allí conocería a Philippe de Chérisey, su socio en los posteriores embustes. Pero no está del todo claro y, desde luego, nunca presentó un título académico. Por otro lado, se dice que en su adolescencia trabajó como sacristán en la iglesia de Saint-Louis d’Antin de París.

Sí sabemos que su adolescencia se desarrolló en una época tempestuosa para Francia: el período de entreguerras, una época oscura y nihilista en la que la sociedad francesa necesitaba un nuevo renacer. Además, en el contexto internacional el comunismo había triunfado en Rusia y el fascismo en Italia. Y pronto lo haría Hitler en Alemania. El mundo estaba cambiando, y la sociedad con él. Europa estaba a punto de volver a arder y Francia se hallaba en todo el centro.

Pues bien, en este contexto, en 1937, con solo diecisiete primaveras, Pierre Plantard fundó una organización denominada Rénovation Nationale Française (Renovación Nacional Francesa), que, según apuntan algunos, llegó a tener diez mil miembros (aunque otros, como Luis Miguel Martínez Otero, afirman que eran dos mil en 1939, una cifra menor pero significativa). Eran aún menos, en realidad. Se tratará de una organización de ultraderecha, antisemita y antimasónica, influida, sin duda, por la Action Française de Maurras y otros movimientos juveniles como el de Canudo, y que organizaba reuniones y campamentos de verano.

Y esto cuando nuestro protagonista tenía solamente diecisiete años…

¿Cómo sabemos esto? Pues porque conocemos todas estas actividades iniciales de Plantard gracias a un informe policial del 8 de febrero de 1941 —cuando tenía veintiún años— que se elaboró sobre su persona. Y es que resulta que en diciembre de 1940, utilizando el apodo de Varran de Vérestra, mandó una carta al mariscal Pétain, entonces presidente de lo que quedaba de país, en la que le pedía ayuda para luchar contra la conspiración judeomasónica que amenazaba Europa y ofreciéndose a sí mismo y a una centena de hombres más que, dice, le siguen, para defender a Francia… Lo hizo a través de un tal monsieur de Brinon y se dice que «el envío de esta carta no era más que una especie de subterfugio diseñado para atraer la atención del jefe de Estado a la persona que la envió».

En ese informe, al que hemos tenido acceso, se mencionan sus orígenes, así como esas organizaciones que había creado. Rénovation Nationale Française solo tenía, según esta investigación, cien miembros en aquel momento —número que contradice las optimistas cifras mostradas por algunos y que parece mucho más probable—. El informe revela que en 1938 solicitó permiso para publicar un periódico de la organización titulado La Rénovation Française (La Renovación Francesa), solicitud que fue rechazada. Aun así lo editó y publicó como un panfleto gratuito, con una tirada de diez mil ejemplares —quizá venga de aquí la idea, a nuestro entender errónea, de que contaba con diez mil afiliados—. Después, tras la ocupación, intentó volver a publicarlo, pero se le denegaría el permiso.

Además lo definen como un tipo visionario y pretencioso. El informe policial afirma, literalmente, esto: «De hecho, Plantard, quien se jacta de tener vínculos con numerosos políticos, parece ser uno de esos hombres iluminados y pretenciosos jóvenes que dirigen grupos más o menos ficticios en un esfuerzo para parecer importantes y que se están aprovechando de la actual tendencia hacia la adopción de un mayor interés por los jóvenes con el fin de atraer la atención del Gobierno. La vida privada de Plantard no ha dado lugar a ningún comentario. No tiene antecedentes penales».

Así pues, en diciembre de 1940, con solo veinte años, había fundado ya dos asociaciones juveniles ultraderechistas, reaccionarias, antisemitas y antimasónicas, y se había dirigido directamente al jefe de Estado, Pétain, en plena guerra, para prestarle su ayuda y, a la vez, pedirla.

Ya apuntaba maneras…

VAINCRE

Y lo volvió a hacer, más grande y mejor. Y es que un tiempo después fundó algo más serio y pretencioso: la Orden Alpha-Galates, antecesor del futuro Priorato de Sion, y que sí tuvo una publicación, un boletín, propio: Vaincre (Vencer), un folleto gratuito de pocas páginas, de extrema derecha, que dirigía —y redactaba en gran parte— Pierre de France, como firmaba en aquel entonces Plantard, supuesto gobernador general de la Orden de los Alpha-Galates. Tenía su sede en el número 10 de la Rue Labouteux del distrito 17 de París; nada más y nada menos que… ¡el domicilio de Plantard!

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Portada de Vaincre, con una imagen de Pierre Plantard, por entonces, Pierre de France (http://www.templeofmysteries.com/priory-of-sion/pierre-plantard-the-grand-master.php)

 

Aunque siempre defendió que Alfa Gálatas fue fundada en 1934 por Georges Monti (un conocido personaje del mundo del ocultismo y las sociedades secretas, así como su supuesto mentor), no es hasta septiembre de 1942 (año en el que Plantard contaba veintiún primaveras), cuando tenemos la primera noticia de esta sociedad, en el primer número de Vaincre, donde se recogen los estatutos de la orden, así como sus objetivos: ayudar al renacer nacional, espiritual y religioso de Francia:  «erradicar de su alma los elementos patógenos, los falsos dogmas tales como el secularismo, el ateísmo, y los principios corrompidos de la vieja democracia judeo-francmasónica. De este modo, nuestra orden servirá como un laboratorio para una nueva patria ardiente, orgullosa y respetada, exactamente como la queremos construir. Queridos amigos, tal es nuestro propósito. Alpha-Galates os espera». Firmando, Pierre Plantard.

En definitiva, una sociedad apegada al zeitgeist del momento: antimasónica, antisemita, ultranacionalista, ultracatólica y conservadora. Y, como será tónica habitual en él, quiso engalanar la nueva sociedad, creada por él, con un pasado de alta alcurnia. Pero no, fue un invento suyo. Suyo y solamente suyo.

Sea como fuere, el sexto y último número de Vaincre fue el de febrero de 1943. No sabemos muy bien por qué. En aquella época, Alemania ya había tomado el control total sobre Francia y  quizá sus actividades no estaban tan cubiertas y protegidas como lo estaban con Vichy. Lo curioso de esto es que, años después, Plantard tendría el rostro de decir que en realidad Vaincre era la revista de la Resistencia francesa, y que tuvo que cerrar porque le pillaron y fue a la cárcel de la Gestapo… lo cierto es que otro informe policial, del 13 de febrero de 1945, se hace eco de esta sociedad, pero no se dice nada de que fuese encarcelado ni que tuviese antecedentes penales, pero sí esto: «Plantard parece ser un extraño joven que se ha salido de los raíles, y que parece creer que él y solo él es capaz de proporcionar a los jóvenes franceses un liderazgo efectivo».

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Curiosa imagen aparecida en uno de los números de Vaincre… (http://www.nouvelordremondial.cc/2012/01/19/nouvelle-aube-nazi-lordre-dalpha-galates/)

 

Sea como sea, desde entonces desaparece del mapa, viviendo a medio camino entre Suiza y Francia. Y estuvo involucrado en algún tipo de fraude financiero que le llevó a prisión, aunque, por desgracia, este es un episodio no aclarado en su biografía. En realidad parece que fue condenado por malversación de fondos, y solo a unos meses. Plantard diría años después que se debió a una serie de transacciones de oro que hizo para ayudar a la causa del general Charles de Gaulle, que, tras dimitir como presidente, era reclamado, a finales de los cincuenta, por las derechas durante los complicados momentos de la Crisis de Argelia, en los que se pensaba que era el único que podía evitar la independencia de la colonia africana.  De hecho, Plantard, constructor del mito de su propia persona, diría a posteriori que había sido uno de los jefazos de una sublevación en la sombra, organizada por la extrema derecha y el ejército, para rehabilitar a De Gaulle en su cargo.

EL PRIORATO DE SIÓN

Pero lo importante es que, por esta misma época, realizó su gran creación: el 25 de junio de 1956, en la subprefectura de Saint-Julien-en-Genevois (Haute-Savoie), ajustándose con la ley francesa de asociaciones de 1901, registró el Priorato de Sión (con el subtitulo Chevalerie d’Institutions et Règles Catholiques, d’Union Indépendante et Traditionaliste, CIRCUIT, nombre también de su boletín interno) como una sociedad católica destinada a restituir la antigua caballería, y realizar estudios y proporcionar ayuda mutua entre los asociados.

Aunque, ¿qué tiene todo esto que ver con Rennes-le-Château? Veámoslo: Ni Alga Gálatas ni el Priorato de Sión, en un principio, tenían nada que ver con el tema. Pero, tras el libro que escribieron juntos Plantard y De Sède sobre el supuesto tesoro de Gisors, pusieron su mirilla en nuestro querido pueblo en busca de otro tesoro. Y esto tuvo que ocurrir en algún momento a principios de los sesenta, cuando ambos, o solamente Plantard, entraron en contacto con Nöel Corbu, posiblemente enterados del tema gracias a los artículos de la Dépêche du Midi.

Sea como sea, rápidamente la maquinaria de Pierre Plantard se puso a trabajar para confeccionar su obra maestra, una monumental propuesta de historia-ficción en la que mezclaba la historia antigua de la orden que acababa de crear, el Priorato de Sión, totalmente inventada, y la trama de Saunière en Rennes-le-Château. Y todo ello vio la luz, por primera, vez en los dichosos Dossiers Secrets de los que ya hemos hablado anteriormente, fuente de inspiración para las obras El Oro de Rennes y El Enigma Sagrado, entre muchas otras.

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Varias páginas de los famosos Dossiers Secrets.

 

Los Dossiers Secrets son una serie de legajos depositados entre 1964 y 1967 en la Biblioteca Nacional de París, con autores inventados, y confeccionados de una manera muy tosca: algunos son meras fotocopias, otros folios mecanografiados con fragmentos de otros textos pegados, otros genealogías complejísimas, otros supuestos extractos de otros libros… vienen a argumentar, con variantes, que lo encontró el abad Saunière fue, por un lado, los dos famosos pergaminos, que vinculaban a los merovingios y a Poussin y su Arcadia en la trama; y por otro lado, una serie de genealogías que demostraban la supervivencia del linaje merovingio, aportadas por la familia Hautpoul, los señores de Rennes. Estas genealogías serían usadas por unos ficticios expertos para demostrar que los merovingios se fueron mezclando con varias casas nobles francesas, entre ellas la casa de los condes de Lorena, la casa de los condes de Bar, la de Plantard, la de Saint-Clair y la de Bouillon.

Pero además, los Dossiers Secrets pretendían demostrar que ese linaje había sido custodiado en la sombra por una organización llamada el Priorato de Sión, fundada por un representante del linaje, Godofredo de Bouillon, en 1090, y que había tenido como Grandes Maestres a una serie de personajes interesantes: unos conocidos (como Da Vinci, Victor Hugo o Newton), otros desconocidos pero pertenecientes a algunas de las familias del linaje, y algunos personajes relacionados con la alquimia (Nicolas Flamel, Robert Fludd) o con las incipientes sociedades secretas (Robert Boyle, Charles Radclyffe, Valentin Andrea…)

Por cierto, el último miembro de todas aquellas genealogías y, por lo tanto, legitimo descendiente (según él) al trono francés, era ni más ni menos que… Pierre Plantard.

¿Cómo no?

No en vano él había sido el autor de estas obras, que eran a la vez una muestra de imaginación desbordante y un estudio histórico tremendo, tanto del tema de Rennes-le-Château como de la historia de Francia en el último milenio. Y fue Plantard el que indicó a De Sède la existencia de esta documentación “secreta”, que usaría éste en su libro El Oro de Rennes para adornar la historia previa narrada por Corbu y para relacionarla con el linaje merovingio, aunque, curiosamente, no se mencione al Priorato de Sión. Y fue Plantard el que aportó gran parte de la información que aceptaron como válida los autores de El Enigma Sagrado, con los que llegó a interactuar bastante.

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Pierre Plantard y Philiphe de Chérisey en las cercanías de Rennes-le-Château (http://lamochiladelaura.wordpress.com/2013/05/13/)

 

Sea como sea, tras esta última obra, Plantard se hizo un personaje bastante conocido, que aparecía en numerosos entrevistas y que aportaba información a varios autores más. Después la cosa se puso fea: se enemistó con De Sède y con su gran complice, Philiphe de Chérisey (supuesto autor de los falsos pergaminos). Y, debido a que ya habían surgido bastantes críticas sobre la veracidad de sus afirmaciones, en 1989, dio un giro radical a la trama, negando ahora, de buenas, todo el pasado del Priorato de Sión anteriormente contado: había sido creado en realidad en Rennes-le-Château en 1738 por un miembro de la familia Hautpoul, así que solo los Grandes Maestres a partir de esa época eran reales. ¿Qué es todo esto? Pues por algún motivo, en 1989, Pierre Plantard decidió volver al candelero, y lo hizo deconstruyendo todo lo que había construido durante más de treinta años. Aniquiló y repudió todo el pasado templario, inventando un nuevo pasado más verosímil, aunque de nuevo falso, en el seno de los Hautpoul de Rennes y en el siglo XVIII.

Quizás el motivo fue que se había dado cuenta de lo tremendamente ridícula que era la versión anterior.

En definitiva, gran parte del misterio que rodea Rennes-le-Château procede de una contaminación dirigida, coordinada y dosificada por Pierre Plantard. Gran parte de la imaginería de este misterio (los pergaminos, los Dossiers Secrets, la relación con determinadas sociedades secretas, la trama merovingia, la relación con el linaje sagrado…) procede de Plantard, con la complicidad, todo sea dicho, tanto de Corbu, como de varios escritores…

Pero, oiga, que quede clara una cosa: antes de que este fenómeno se hiciese famoso, ya se hablaba de él, aunque en una escala más pequeña. Por ejemplo, tenemos, veinte años antes de los famosos artículos de Noël Corbu, en 1936, a un tal Jean Girou que escribió una obra sobre un viaje que realizó por la zona, titulada L’Itinéraire en Terre d’Aude (El itinerario por tierras del Aude), en la que ya se asocian las extrañas construcciones de Rennes con el supuesto hallazgo de un tesoro por parte de un cura local. En un extracto de dicha obra dice lo siguiente:

“A la salida de Couiza, una carretera asciende abruptamente hacia la izquierda. Ese es el camino de Rennes-le-Château. Sobre la cresta de la meseta se recorta un decorado singular: casas en ruinas, un ruinoso castillo feudal que sobresale y se confunde con el acantilado; también villas y torres con miradores, nuevas y modernas, que contrastan de forma extraña con las ruinas. Esta es la casa de un sacerdote que construyó esa suntuosa mansión con el dinero, dicen los lugareños, ¡de un tesoro descubierto!”

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Portada del libro de Jean Girou.

 

Esto demuestra que Corbu no se sacó de la manga la historia del tesoro como explicación de la riqueza de Saunière. Ya se hablaba de ello en el pueblo, por lo menos, veinte años antes.

Por otro lado, el 4 de marzo de 1948 —doce años después de que Girou publicara su libro, y dos desde que la familia Corbu se fuera a vivir con Marie Dénarnaud— apareció un artículo firmado por un tal Roger Crouquet titulado «Visite à une ville morte: Rennes-le-Château, autrefois Capitale du Comté de Razès, Aujourd’hui bourgade abandonnée» (Visita a una ciudad muerta: Rennes-le-Château, antiguamente capital del condado de Razès, hoy aldea abandonada) y que fue publicado por el magacín belga Le Soir Illustré, del que era corresponsal. Crouquet había ido a la zona del Aude para visitar a un amigo suyo, Jean Mauhin, un belga que había montado una fábrica en Quillan. Fue él quien le propuso visitar Rennes-le-Château, pues estaba enterado de la extraña historia del cura local. En dicho artículo se hace la primera referencia escrita que se conoce sobre Bérenger Saunière, del que dice que, según le contó un lugareño, era «un sacerdote extraño que prefería el vino y las mujeres a practicar el sacerdocio. A finales del siglo XIX tuvo una original idea: puso en periódicos extranjeros, sobre todo en Estados Unidos, un anuncio en el que afirmaba que el pobre cura de Rennes-le-Château vivía entre herejes y que los recursos de que disponía para ello eran bastante exiguos. Provocó así en cristianos de todo el mundo una profunda lástima al relatar que la vieja iglesia, una joya arquitectónica, se veía abocada inevitablemente a la destrucción si los trabajos de restauración no se llevaban a cabo lo antes posible». Crouquet menciona, además, que «la pila de agua bendita, que adorna la entrada a la capilla, es llevada por un demonio con cuernos y pezuñas. Una anciana nos dijo: “Es el viejo sacerdote, convertido en un demonio”.».

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Artículo de Rouger Crouquet.

 

Significativamente, haciéndose eco de lo que le cuentan los lugareños, no menciona el hallazgo de ningún tesoro, pero sí habla del tráfico de misas y de las donaciones que recibía de sus fieles.

Esto nos demuestra que entre los habitantes de Rennes-le-Château se manejaban, ya antes de Corbu —al que, curiosamente, no se menciona para nada, a pesar de que por entonces vivía ya en el domaine del abad—, ambas tentativas de explicar el misterio de la riqueza de Saunière: el tesoro de la reina Blanca y las misas.

Había misterio antes de Plantard… y lo sigue habiendo.