Rumbo a América. “Clío historia”, nº 200, junio 2018, págs. 16-23

ENTRE 1882 Y 1930, HOMBRES Y MUJERES DE TODOS LOS RINCONES DE EUROPA PROTAGONIZARON UN ESPECTACULAR MOVIMIENTO MIGRATORIO HACIA AMÉRICA ES BUSCA DE NUEVAS OPORTUNIDADES. AUNQUE ES DIFÍCIL PRECISAR CIFRAS, UNOS CUATRO MILLONES DE ESPAÑOLES AL OTRO LADO DEL ATLÁNTICO. CERCA DE LA MITAD SE DESPLAZARON A ARGENTINA, UN PAÍS TAN GRANDE COMO ESCASAMENTE POBLADO, QUE ADEMÁS INCENTIVÓ LA EMIGRACIÓN DE EUROPEOS. PERO MUCHOS OTROS DECIDIERON INTENTARLO EN ESTADOS UNIDOS. SU HISTORIA, TAN DESCONOCIDA COMO APASIONANTE, MERECE SER RESCATADA DEL OLVIDO.

 

Si bien la inmigración española hacia América fue mínima durante la primera mitad del siglo XIX, entre 1850 y 1880, como consecuencia de las guerras carlistas, y como respuesta a la dramática situación económica que entonces experimentaba España, se produjo un significativo incremento, con un número cercano a 23.000 personas en unos treinta años.

A partir de 1891, con la instauración en Estados Unidos de una serie de leyes de inmigración más restrictivas, el número se redujo de forma considerable. Pero la recuperación económica del país, gravemente perjudicado por las crisis económicas de 1873 y 1893, y el desarrollo espectacular que se produjo a principios del siglo XX, provocaron que llegasen nuevas oleadas de emigrantes europeos, en parte por la necesidad de mano de obra de las nuevas industrias.

Fue en esta época, durante el primer cuarto del siglo XX, cuando se disparó el flujo de españoles en Estados Unidos. Entre 1901 y 1910, se marcharon unas 27.000 personas, pero en la siguiente década el numeró se duplicó hasta llegar a más de 68.000.

A partir de entonces, y como consecuencia de la instauración de un sistema de cuotas por el Gobierno de Estados Unidos (en 1921), que favorecía a los europeos del norte, el número de emigrantes españoles se redujo de forma significativa. Aun así, entre 1921 y 1930, el país recibió cerca de 28.000 más. La Crisis del 29 y la Gran Depresión frenaron este ímpetu, junto al establecimiento de la República y la esperanza en una mejora de las condiciones de vida es nuestro país.

Posteriormente, tras la Guerra Civil y los primeros años de estancamiento del régimen dictatorial de Francisco Franco, se produjo un nuevo repunte, especialmente en la década de 1960, cuando cerca de 45.000 españoles se lanzaron de nuevo al país de las oportunidades.

En resumidas cuentas, durante las tres primeras décadas del siglo XX, el número de españoles que se instalaron en Estados Unidos ascendió a un total de 123.000, un número similar a los que se habían instalado en América durante los cuatro siglos anteriores. En la actualidad, y como consecuencia de la reciente crisis económica, hay unos 121.046 españoles inscritos en el registro consular del gobierno de España. La Oficina del Censo de Estados Unidos estima que, en 2016, unas 707.000 personas se autoidentificaron como españoles, aunque aquí se incluyen a los que tenían ascendencia familiar española.

Hay que tener en cuenta, además, que gran parte de la emigración era temporal. No todos iban para quedarse, sino para hacer fortuna y regresar a su tierra. De hecho, se estima que un 57% volvieron a España. Son los famosos indianos.

 

¿Quiénes eran?

 

El perfil medio de los inmigrantes españoles era obvio: varones, jóvenes (entre quince y veintitrés años) y solteros. Se calcula de que por cada mujer emigrante, había cinco hombres. Con el tiempo se produjo un aumento de emigración familiar y se produjo una importante reunificación de las familias.

La mayor parte procedían de las regiones menos favorecidas e industrializadas del país, especialmente Galicia, Cantabria, Andalucía y las Islas Canarias. Unas dos terceras partes eran campesinos, aunque muchos acabaron desarrollando otras actividades en Estados Unidos.

Galicia, por ejemplo, era una región dedicada casi por completo a la pesca, la agricultura y la ganadería, en la que abundaban los minifundios y la competencia hacía que apenas se pudiese vivir del campo. Fue la región con mayor número de emigrantes (cerca de un 40%), lo que ha llevado a que el término “gallego”, en Sudamérica, se use para identificar a los españoles en general. En Andalucía sucedía lo contrario: la mayoría de la tierra estaba en manos de ricos terratenientes, propietarios de grandes extensiones latifundistas, lo que provocaba que la masa de jornaleros tuviese que malvivir con los infrahumanos salarios que se pagaban.

Por otro lado, una parte importante de los emigrantes estaban vinculados a actividades que ejercían una cierta profesionalización. Por ejemplo, la emigración procedente de Asturias y el País Vasco era algo más especializada, ya que en el siglo XIX se produjo en estas regiones un desarrollo industrial importante gracias a la minería del carbón, la metalurgia y la construcción de barcos.

Aunque hay que tener en cuenta las diferencias sociales entre las distintas regiones de España, había varios puntos en común entre los emigrantes españoles en Estados Unidos. La inmensa mayoría eran católicos, y nunca renegaron de ello, pese a estar en un país de mayoría protestante, y le daban mucha importancia a la familia tradicional, aunque en esto último no se diferenciaban de las concepciones norteamericanas. Además, defendían valores contrarios al capitalismo norteamericano, ferviente defensor de la libertad individual y empresarial, pero carente de mecanismos solidarios entre los sujetos. Los españoles, en cambio, subordinaban el bien individual al colectivo y eran muy de poner por encima del mérito personal ideas como la lealtad en los negocios y las amistades.

Otra característica esencial era el ocio, al que daban un valor primario, tanto como herramienta de socialización como válvula de escape ante las interminables jornadas laborales. Además, los españoles, especialmente los del sur, destacaban, respecto a los estadounidenses, por su intensidad emocional y su apasionada forma de vivir la vida.

 

Asociaciones

 

En todos lados se produjo un fenómeno curioso, aunque habitual en las emigraciones masivas: las comunidades españolas en Estados Unidos se agruparon en torno a sus identidades regionales. Había centros de emigrantes de casi todas las regiones, como el Club Galicia de Cleveland, el Centro Vascoamericano de Nueva York o el Centro Asturiano de Tampa (Florida).

Pero también había asociaciones dedicadas a la ayuda mutua entre españoles. Por ejemplo, en Nueva York se fundó a principios del siglo XX la Unión Benéfica Española de los Estados Unidos, que llegó a contar con cuatro mil socios en 1920 y que tenía sucursales por varias localidades del estado (Albany, Niagara Falls, Waterbury). Entre otras actividades, se encargaban de proporcionar atención sanitaria, información para los nuevos emigrantes y ayuda para la repatriación.

En torno a la Unión Benéfica Española se desarrolló Little Spain, una barriada de Manhattan, situada en la Calle 14, que se formó a partir de 1902, cuando centenares de españoles se establecieron en la zona. El epicentro fue la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, fundada ese mismo año, el primer templo católico de habla hispana en la ciudad de los rascacielos.

El catalán José Camprubí, además de estudiar ingeniería en Harvard, trabajó en la construcción del metro de Nueva York entre 1905 y 1911, fue presidente de esta sociedad y, en 1913, comenzó a editar el primer diario en castellano de Estados Unidos, La Prensa, destinado a los emigrantes españoles en la ciudad de Nueva York. Por si fuera poco, era cuñado de Juan Ramón Jiménez (casado con la hermana de Camprubí, Zenobia).

Hubo sociedades similares en Illinois (la Unión Benéfica Española de Westfield, fundada en 1915), en California (la Unión Española de Beneficencia de San Francisco, de 1923), en Indiana (la Unión Benéfica Española de Gary) o en Pensilvania (la Unión Española de Jessup). La más antigua tuvo su sede también en la ciudad de Nueva York: la Sociedad Española de Socorro Mutuo, más conocida como “La Nacional”, fundada en 1868.

También hubo asociaciones deportivas, como el Sporting Club de Nueva York, y asociaciones culturales, como el Club Cervantes de Filadelfia.

 

¿Dónde se instalaron?

 

Los inmigrantes españoles se establecieron principalmente en cinco áreas de Estados Unidos: la populosa ciudad de Nueva York, Florida, California, las montañas del oeste y las zonas industriales del Middle West (medio-oeste).

El idioma ayudó a los que se establecieron en las regiones que anteriormente habían sido españolas (Florida, California, Texas y Nuevo México). Además, aunque se integraron bien y asimilaron el inglés, en su esfera privada fomentaban el uso del castellano, algo similar a lo que sucede en actualidad con los latinoamericanos.

Por otro lado, muchos mineros asturianos, especializados en la extracción del carbón, se desplazaron hasta Virginia Occidental a principios del siglo XX, y otros tantos relacionados con la industria del acero o el zinc se asentaron en Ohio, Illinois, Kansas, Michigan y Pensilvania. El abuelo materno de la cantante cubana Gloria Estefan fue uno de ellos.

Hubo un buen número de cántabros que se fueron a trabajar en las canteras de granito de Vermont, especialmente en la localidad de Barre, autoproclamada como “la capital del granito mundial” gracias a los vastos depósitos de Millstone Hill. También había canteras cántabras en Hallowell (Maine). El granito de los estados de Nueva Inglaterra, en el noreste de Estados Unidos, era muy solicitado en aquella época para la construcción de edificios.

En el Estado de Nueva York se produjo un hecho insólito. Muchos españoles montaron hoteles y restaurantes en las playas de Staten Island o New Jersey y, otros tantos levantaron casas rurales y balnearios en las montañas de Catskills. Pretendían con ello alojar a neoyorquinos que, hastiados por el calor veraniego de la Gran Manzana, huían a las playas del sur o a las montañas del norte. Un ejemplo curioso fue la Naturist Society que fundaron en 1929 un grupo de anarquistas españoles en la costa sur de Staten Island. Llama especialmente la atención el Rifton Hotel, un elegante complejo con casi cien habitaciones que fundaron Alfredo Díaz y su esposa Pilar, ambos nativos de Sama de Langreo (Asturias), en Rifton, en las Catskills.

Por otro lado, en la ciudad de Nueva York hubo varios importantes enclaves españoles, ente los que cabe destacar la ya citada Little Spain y la sección de East Harlem que actualmente aún se conoce como Spanish Harlem o “El Barrio”.

 

Andaluces en Hawái

 

Un caso tan significativo como interesante tuvo lugar tras la anexión, en 1898, de Hawái a Estados Unidos. Los empresarios americanos ya llevaban un tiempo cultivando caña de azúcar en aquellas islas, pero no veían con muy buenos ojos la mano de obra china y japonesa. Fue una consecuencia más del llamado “peligro amarillo”, que, entre otras cosas, llevó a la promulgación de varias leyes para evitar la inmigración asiática en Estados Unidos.

Así, a principios del siglo XX, agrupados como la Hawaiian Sugar Planter’s Association (Asociación de cultivadores de azúcar de Hawái), lanzaron un programa de reclutamiento de familias de origen europeo con el objetivo de “blanquear” la población. Pusieron sus ojos en algunas regiones de tradición azucarera, como Madeira, las Azores y el sur de España, especialmente Almería, Málaga y Granada, y, a cambio de un pasaje gratuito y con la promesa de una vivienda, un acre de tierra y un futuro halagüeño, consiguieron convencer a muchos para “hacer las Américas” en Hawái.

El 26 de abril de 1907, el barco británico Heliopolis llegó a Honolulu con 2246 inmigrantes malagueños, 52 de ellos bebés nacidos durante la travesía. Entre ese año y 1913, llegaron a Hawái cinco barcos más (Osteric, Willesden, Harpalion, Willesden y Fular), y cerca de nueve mil doscientos hombres, mujeres y niños españoles, aunque muchos murieron en el camino. Por poner un ejemplo, del alpujarreño pueblo granadino de Capileira salieron con ese destino 25 familias, lo que suponía casi una quinta parte de su población.

Mucho de ellos acabaron “re-emigrando” a California, como demuestra el censo de 1930, que incluía solo a 1219 residentes de ascendencia española en Hawái. Rocklin, un pueblo de California que nació para dar cobijo a emigrantes irlandeses que llegaron para construir el ferrocarril, fue el destino final de la gran mayoría de españoles procedentes del Pacífico. La mayoría acabó por convertirse en propietarios de ranchos y haciendas y acabaron por integrarse totalmente en el país.

Este reclutamiento masivo generó cierta controversia en España, en parte por el resentimiento ante las recientes perdidas de Cuba y Filipinas tras la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898. Vieron esto como una nueva humillación al antiguo y derrotado Imperio español. En un artículo del diario ABC del 27 de diciembre de 1912, titulado “Consejos para emigrantes”, además de aclarar que “el viaje se realiza en barcos que no están autorizados por el gobierno de España, y, por lo tanto, cualquier reclamo hecho ante ese gobierno no será atendido”, se explica que “no hay que olvidar que en el archipiélago donde murió Cook, los hacendados yanquis y japoneses miran a los peones españoles como seres abyectos, dignos únicamente del látigo y de toscos insultos”.

El cónsul español en Hawái, Luis Guillén Gil, mostró su opinión en 1916 de la siguiente forma: “En Hawái hay 91,409 japoneses, 21,770 chinos y 15,290 filipinos; si a estos números agregamos los nativos de la isla, los blancos somos una minoría. La raza blanca no puede competir con la raza negra o la raza amarilla, especialmente esta última, debido a su característica sobriedad: un plato de arroz es su ración diaria habitual; soportan el trabajo difícil con admirable resignación; están acostumbrados a las dificultades, y las condiciones miserables en que viven estas personas desafortunadas son inapropiadas para los trabajadores agrícolas europeos, que nunca podrán soportarlos”.

No tenía en cuenta que esas mismas condiciones laborales las padecían muchos jornaleros españoles en su propio país.

 

Vascos en Idaho

 

Otro caso peculiar fue el de los vascos de Idaho, atraídos inicialmente por el descubrimiento de grandes yacimientos de plata en la región. Si bien muchos regresaron al País Vasco, otros tantos se acabaron instalando allí, especialmente en Boise, la capital del estado y la ciudad más poblada, hermanada desde hace tiempo con Guernica. En Boise existe en la actualidad una comunidad de vascoamericanos importante y cuentan con un Euskal Etxea, un importante centro cultural vasco, que está a la vanguardia de la North American Basque Organizations, Inc, una organización de clubes vascos con presencia en Idaho, California, Nevada y Oregón, entre otros estados.

Boise es parte del País Vasco”, comento el alcalde la ciudad, David H. Bieter, durante la Jaialdi de 2015, a la que asistió el lendakari Iñigo Urkullu, una fiesta callejera que se celebra cada cinco años, desde 1987, como homenaje a las tradiciones euskaldunas.

También hubo vascos en Nueva York. Por ejemplo, Valentín Aguirre, un emigrante nacido en Busturia (Vizcaya) en 1871, se estableció en la Gran Manzana en 1895. Durante las primeras décadas del siglo XX, regentó junto a su esposa, Benita Orbe, una pensión en la zona portuaria de East River, entre los puentes de Brooklyn y Manhattan, que se llamó Jai Alai. Como los inmigrantes tenían que informar a las autoridades, nada más llegar, de donde pensaban alojarse, muchos vascos tenían clara la respuesta: “en Casa Aguirre”.

Algo parecido pasó en Newark (New Jersey), donde reside la comunidad de descendientes de inmigrantes gallegos más importante de Estados Unidos, tanto que ha pasado a ser conocida como “Little Galicia” (“la pequeña Galicia”).

Para terminar, merece la pena comentar dos historias que guardan relación con el mundo del cine. Tenemos, por ejemplo a Francisco Estévez Martínez, nacido en Salceda de Caselas (Galicia), que emigró a Cuba en 1916 para acabar instalándose un par de años después en Ohio, donde conoció a la que sería su mujer, la inmigrante irlandesa Mary Ann Phelan. El matrimonio tuvo una hija y nueve hijos. Uno de ellos fue el célebre actor Martin Sheen, cuyo nombre real es Ramón Gerard Antonio Estévez, padre de los también actores Charlie Sheen y Emilio Estévez.

Eduardo Cansino, un bailarín y actor estadounidense, nacido en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), destacó en las Ziegfield Follies de Broadway y se casó en 1917 con Volga Hayworth, también bailarina. Fruto de este matrimonio nacerían tres hijos: Eduardo, Vernon y Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth. Su abuelo, el padre de Eduardo Cansino, fue Antonio Cansino, un célebre bailarín y guitarrista flamenco de Paradas (Sevilla).

 

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