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Homo insolitus 27: De sufragista a fascista

El 10 marzo de 1914, como respuesta al arresto de Emmeline Pankhurst, una conocida militante sufragista que luchaba por el derecho al voto de las mujeres, Mary R. Richardson asestó siete cortes con un cuchillo de cocina a la Venus del Espejo de Velázquez, que desde 1906 se conservaba (y se conserva) en la National Gallery de Londres ―anteriormente estaba en Rokeby Park (Yorkshire), tras ser robada durante la Guerra de Independencia Española por algún hijo de la Gran Bretaña.

«El primer golpe con mi hacha rompió el cristal protector. Pero, por supuesto hizo algo más que eso, hizo que el detective del museo se levantará de su silla con el periódico aún en su mano y rodeará su lujoso asiento de terciopelo rojo mirando a la cúpula de cristal que acaba de ser reparada. El ruido del cristal también llamó la atención del guarda que en sus frenéticos intentos por alcanzarme resbaló en el pulido suelo y cayó de cara, por lo que tuve un tiempo extra para asestarle cuatro cuchilladas más antes de ser atacada.»

Dañó con su cuchillo toda la zona de la espalda y los hombros de la señora del cuadro que el genio sevillano había pintado hacia 1650, pero solo fue condenada a seis meses de cárcel, la pena máxima que había en ese momento en Inglaterra por dañar una obra de arte. «El juez casi lloró cuando me juzgaron porque solo podía darme seis meses», dijo en declaraciones posteriores. Por fortuna, se consiguió restaurar con relativo éxito.

 

Richardson militaba en la Women’s Social and Political Union (WSPU, Unión Política y Social de las Mujeres), una asociación radical del movimiento sufragista, dirigida por Emmeline Parkhurst. En una reunión expuso sus motivos: «He tratado de destruir la imagen de la mujer más bella en la historia mitológica como protesta contra el gobierno de la destrucción de la señora Pankhurst, que es el personaje más bello de la historia moderna».

Los medios consideraron aquello como una afrente terrible orquestada por una feminista radical y puritana que no soportaba los desnudos y comenzaron a llamarle Mary la Acuchilladora (Slasher Mary). Al fin y al cabo, los periodistas, casi todos varones, veían la lucha sufragista del mismo modo que el resto de varones: como una extravagancia de caprichosas señoras de bien. No en vano, este ataque sirvió para perpetuar el manido cliché del odio de las feministas hacia el desnudo femenino en el arte.  Pero la intención real, como ya hemos visto, era otra.

Slasher Mary nació en Canadá (en Belleville, Ontario) hacia 1882, pero con tan solo 18 años, a principios del nuevo siglo, viajó a Europa y decidió quedarse en Inglaterra para apoyar el movimiento sufragista. Allí conoció a Emmeline Pankhurst, se afilió al WSPU y se acabó convirtiendo en una de las más violentas e iracundas activistas. Ya era conocida cuando destrozó el cuadro de Velázquez. Había sido una de las participantes en el Black Friday, el 18 de noviembre de 1910, cuando un grupo de unas trescientas activistas montaron una protesta frente al Parlamento Británico, después de que éste rechazase otorgar el derecho al voto a parte de las mujeres del país (a las ricas, por cierto). La manifestación terminó con más de doscientas mujeres agredidas y maltratadas por la policía y con más de cien detenidas. Entre ellas estaba Mary Clarke, hermana de Emmeline Pankhurst, que falleció poco después de su liberación, a finales de aquel mismo año.

Pero también participó en otro conocido acto de protesta que protagonizó su compañera Emily Davidson, otra activista feminista que, como Mary Richardson, fue detenida en numerosas ocasiones ―fueron las primeras mujeres alimentadas a la fuerza durante algunas de las numerosas huelgas de hambre que realizaron―. Pero el momento cumbre de Davidson tuvo lugar cuando el 4 de junio de 1913 tuvo los ovarios de saltar al circuito de Epsom, en Surrey, donde se estaba celebrando su famoso Derby. Y lo hizo justo delante del caballo del rey Jorge V, que montaba un tal Herbert Jones, con tan mala suerte que el animal le atropelló. Fallecería de una factura en el cráneo cuatro días más tarde, en mitad de una agria polémica. Pues bien, Mary Richardson aseguró que había sido su cómplice y que tuvo que salir huyendo de la carrera cuando algunos la vieron ondear banderas sufragistas.

Por si fuera poco, se sabe que fue una de las mujeres que rompieron a pedradas las ventanas del Ministerio de Interior, además de provocar algunos incendios e, incluso, colaborar en poner unas pequeñas bombas en una estación de tren, antes de atacar el cuadro de la National Gallery.

Todo un historial para una valiente y aguerrida Homo insolitus. Y no piensen que lo de «insolitus» se debe a este activismo guerrero y feminista, aunque en parte sea así. Se debe más bien a lo que sucedió después, cuando por fin pudo votar, terminada la Gran Guerra. Por un lado publicó alguna novela y varios volúmenes de poesías, pero también se metió en política. Entre 1922 y 1934, se presentó a las elecciones con el Partido Laborista, aunque nunca fue elegida. Lo sorprendente en que tras la última derrota se afilió a la British Union of Fascists (BUF, Unión Británica de Fascistas), organización creada por Oswald Mosley de la que se convirtió en Secretaria de Organización de la Sección Femenina. Como explicó en su momento, había quedado prendada por el trabajo de Mussolini en Italia.

Lo dejó al año siguiente, abandonando, de camino, la política, de la que nunca quiso volver a saber nada hasta su muerte, el 7 de noviembre de 1961.

¿Cómo una sufragista acaba perteneciendo a un partido fascista? Sencillo, porque una cosa no quita la otra; pero sobre todo porque el fascismo en aquel momento no era visto como una ideología conservadora. Mary Richardson llegó, incluso, a comparar ambos movimientos: «Me atrajeron primero los camisas negras porque vi en ellos el coraje, la acción, la lealtad, el don del servicio y la capacidad de servir que yo había conocido en el movimiento de sufragio». De hecho, muchas sufragistas tuvieron relación con el BUF, como Norah Elam, compañera y amiga de Richardson, que llegó incluso a presentarse al congreso por este partido. Es más, un veinte por cierto de la membresía del BUF fueron mujeres, una cifra extremadamente alta para un partido político de la época…

Si tienen la suerte de visitar la National Gallery, y miran de cerca la Venús del Espejo, podrán ver aún las marcas de los cuchillazos. Aunque, todo sea dicho, no fue el único cuadro atacado por las sufragistas. Ese mismo año, El maestro Thornhill, de George Romney, fue dañado el 8 de junio por Bertha Ryland, hija de otra conocida sufragista. Margaret Gibb atacó, el 16 de julio, un retrato de Thomas Carlyle en la National Portrait Gallery de Londres. Y es que estas luchadoras activistas, durante los meses inmediatamente anteriores a la Gran Guerra, que comenzó el 28 de julio de 1914, se mostraron especialmente activas e iracundas: incendiaron cientos de casas, colocaron numerosas bombas (una en la propia Abadía de Westminster) y destruyeron algunas otras obras de arte más. El objetivo era visibilizar un movimiento que, sin duda, era justo. Y lo consiguieron, aunque durante un tiempo las mujeres no pudieron entrar a los museos ingleses sin ir acompañadas por un hombre…

Publicado el domingo 26-11-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 26: What’s the frequency, Kenneth?

Hace unos días, el gran Jorge Barroso, amigo e historiador, me comentó una historia que sabía que me iba a interesar; una historia que había servido como inspiración para la canción de R.E.M. What’s the Frequency, Kenneth?, publicada en el álbum Monster (5 de septiembre de 1994). El tema, al parecer, hace referencia a un sorprendente ataque que sufrió un presentador de televisión a manos de un desconocido que le gritaba repetidamente «Kenneth, what’s the frequency?» («Kenneth, ¿cuál es la frecuencia?»). Jorge, que sabe lo fácil que es invocar mi afán investigador, lanzó el guante, y yo lo cogí en cuanto vi que detrás de esto se encontraba un gran Homo insolitus. Les cuento.

El agredido fue Dan Rather, un veterano y conocido presentador de telediarios de la CBS News. Todo pasó el 4 de octubre de 1986, a las once menos cuarto de la noche, en el Upper East Side (Manhattan, Nueva York). Rather, que tenía por entonces 54 años, iba andando por Park Avenue, camino de su cercano domicilio, cuando se le acercaron dos tipos trajeados, blancos y de unos treinta años. Sin mediar palabra, uno de ellos comenzó a golpearle, pero Rather consiguió refugiarse en el vestíbulo de un edificio, donde de nuevo fue atacado, hasta que intervino el portero de aquel inmueble, un tal Danny Kavanaugh, y los misteriosos asaltantes salieron huyendo. Rather solo tenía algunos moratones y ciertos dolores, pero tuvo que ser atendido en un hospital.

Lo curioso es que durante todo el ataque, el agresor gritaba sin cesar aquello de «Kenneth, what’s the frequency?». ¿Quién era el tal Kenneth? ¿Por qué le atacaron? No se trataba de un robo, ni parecía posible que le hubieses confundido con otra persona, ya que era un personaje tremendamente popular en Estados Unidos. Hay quien planteó que se trataba de algún marido celoso o de un ajuste de cuentas. Algunos, más atrevidos, especularon con que era cosa de la KGB. No en vano, Rather iba a partir varios días después rumbo a Islandia para cubrir la histórica reunión entre Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos, y Mikhail S. Gorbachev, líder de la URSS, que se iba a celebrar el 11 y el 12 de octubre. ¿Tenía algo que ver con esto? Algunos pensaron que sí, sobre todo porque en aquella reunión se dieron los primeros pasos para el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio entre las dos superpotencias, que se firmó en 1987. Pero el presentador nada tenía que ver con aquello.

El misterio estaba servido. Y durante más de una década, aquella extraña historia que fascinó a los R.E.M., con los que Rather llegó a actuar en el show de David Letterman, no pudo esclarecerse. Además, aquello «what’s the frequency?» comenzó a emplearse coloquialmente para soltárselo a alguien cuando dijese alguna barbaridad y Kenneth devino en sinónimo de tonto.

Hasta que en 1997 se resolvió el enigma.

El 31 de agosto de 1994 (seis días antes de la publicación del disco de R.E.M.), un tramoyista de la NBC News llamado Campbell Theron Montgomery fue asesinado en las inmediaciones del Rockefeller Center de Nueva York. El asesino se llamaba William Tager, tenía 44 años, vivía en Carolina del Norte y sufría de esquizofrenia paranoide, lo que explica que solo fuese condenado a 25 años de prisión.

Según el psiquiatra forense que le examinó, el doctor Park Dietz, Tager aseguraba que recibía mensajes encriptados y dirigidos directamente a él desde la NBC. Además, cuando fue detenido, afirmó ser el responsable del ataque contra Dan Rather, aunque las autoridades no le investigaron porque el delito ya había prescrito. Pero el psiquiatra, interesando en el caso, se puso en contacto con Rather tres años después, en 1997, para cotejar la historia que le había contado Tager. Las versiones coincidieron en algunos detalles que no habían sido comunicados a los medios, y, lo que es más importante, el presentador reconoció a su atacante al ver una foto suya.

Tager reconocía haber matado a aquel pobre tramoyista cuando intentaba entrar armado en el edificio de la NBC con la intención de averiguar la frecuencia que usaban para emitir aquellos mensajes. Pero, ¿por qué atacó al presentador de televisión? Ahora viene lo bueno: Tager aseguraba que venía del año 2265, de un mundo regido por un gobierno global y dictatorial. En el futuro, explicó, cumplía condena en prisión por motivos políticos, hasta que un buen día el vicepresidente mundial, un tal Kenneth Burrows, le ofreció la libertad a cambio de su participación en un experimento con el que se pretendía viajar al pasado. Tager aceptó, pero, antes de mandarle a la Nueva York de los años ochenta, le implantaron un microchip en el cerebro para que, en caso de que decidiese quedarse más tiempo del permitido en el pasado, recibiese mensajes hostiles para recordarle que debía volver a su tiempo.

Apareció en Times Square el 1 de enero de 1986. Tenía varios meses de plazo, así que dedicó a convivir con aquellos humanos del pasado. Pero un desafortunado accidente con un parquímetro hizo que, según explicó, fuese condenado a un mes de prisión, lo que impidió que llegase a tiempo para coger la efímera puerta que le permitía regresar al futuro. Fue entonces cuando empezaron los mensajes, pero poco podía hacer, ya que debía esperar a que se abriese de nuevo la puerta temporal. Hasta que dio con el modo de librarse de aquellas señalas que le estaban mortificando: encontrar las frecuencias y neutralizarlas. Y en esas estaba cuando, un día de octubre de aquel mismo año, atacó a Rather, porque, según le explicó al psiquiatra, era muy parecido al vicepresidente Kenneth, probablemente un doble…

Años después, en 1994, harto ya de aquella existencia miserable, decidió dirigirse a los estudios de la NBC, donde, según había llegado a deducir, se retransmitían las emisiones procedentes del futuro.

Una historia alucinante, ¿no creen? William Tager fue puesto en libertad condicional en el año 2010, tras pasar dieciséis años en la cárcel. No se ha vuelto a saber nada de él, como tampoco se supo nunca quién era el otro atacante. Probablemente un colega vagabundo. O un compañero del futuro…

 

Post Scriptum: Dan Rather continuó con su exitosa carrera como presentador del telediario hasta que la lio en 2003, cuando emitió un reportaje en el que aseguraba que el entonces presidente George W. Bush se había metido en la Guardia Nacional para evitar ir a Vietnam. Se descubrió que era mentira y que las pruebas que aportaba eran falsas. Cayó en el más absoluto de los descréditos y dos años más tarde, después de 44 años en la NBC, dejó la cadena.

Publicado el domingo 12-11-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 25: Un japonés en la Guerra de España

El 17 y el 18 de julio de 1936 varios altos mandos del ejército español se sublevaron contra el gobierno legítimo de la Segunda República de España, compuesto por una coalición de izquierdas, el Frente Popular, formada por el PSOE, el PCE y otros partidos minoritarios. El golpe de estado, que llevaba gestándose varios meses, fracasó porque otros muchos altos mandos mostraron fidelidad al gobierno. La consecuencia, como ya sabrán, fue el inicio de la Guerra Civil española, una terrible guerra fratricida que terminó casi tres años después, el 1 de abril de 1939, dando inicio a la larga dictadura franquista, a la que solo pudimos poner fin con la muerte del dictador en la cama, el 20 de noviembre de 1975.

Europa se encontraba también al borde del precipicio. Las democracias europeas estaban enfrentadas a la Alemania de Hitler y a la Italia de Mussolini, y todos temían a la Unión Soviética de Stalin. Inglaterra y Francia decidieron que era mejor no intervenir en apoyo a la República para evitar una escalada bélica; en cambio, Stalin se posicionó a favor del gobierno, mientras que los fascistas apoyaron desde el principio a los sublevados. Así, aunque la guerra fue entre españoles, decenas de miles de soldados extranjeros lucharon en la Guerra Civil, convertida, además, en campo de pruebas del armamento que unos años después se emplearía en la Segunda Guerra Mundial.

Dada la negativa de Inglaterra y Francia a inmiscuirse en el conflicto, muchos voluntarios de izquierdas de ambos países decidieron viajar a España para apoyar a la República. A ellos se les unieron ciudadanos antifascistas de cerca de cincuenta países, muchos procedentes de las potencias fascistas, Italia y Alemania. Se calcula que fueron entre 40.000 y 60.000 los voluntarios que vinieron a España a luchar por la libertad. Cerca de un tercio murieron.

Y entre ellos había un japonés, el único que luchó en la Guerra Civil, un señor llamado Jack Shirai que formó parte del famoso Batallón Lincoln, un grupo de soldados estadounidenses (aunque también había cubanos y portorriqueños), integrado en las Brigadas Internacionales, que en su mayoría pertenecían al minoritario Partido Comunista de los Estados Unidos.

Jack Shirai nació en Japón hacia 1900, aunque no se conoce ni la fecha exacta ni el lugar (se cree que era de la zona de Hokkaido, al norte del país). En realidad, lo poco que conocemos sobre su vida se debe a varios autores japoneses (Ayako Ishigaki, que le conoció en persona es Nueva York, y You Kawanari) que, tras interesarse en el tema, comenzaron a indagar en la vida de Shirai. Gracias a ellos sabemos que era huérfano y que recibió su nombre en un orfanato regentado por sacerdotes franceses del monasterio trapista de Tobetsu; que fue marino mercante en Japón, aunque estaba destinado a la cocina; y que a los veintinueve años emigró ilegalmente a Nueva York, donde estuvo viviendo un tiempo. Es decir, llegó a la Gran Manzana, al puente de Ellis Island, justo antes del crack del 24 de octubre de 1929.

Allí trabajó como cocinero en algunos restaurantes japoneses (entre ellos el que regentaban Ayako Ishigaki y su esposa) y tomó contacto con los comunistas de la ciudad. Al poco tiempo ya estaba repartiendo propaganda y organizando manifestaciones. La crisis económica estaba exponiendo las deficiencias del capitalismo, y el comunismo, aunque hoy nos parezca mentira, llegó a crecer exponencialmente en Estados Unidos.

En 1936, cuando llegaron las noticias del estallido de la guerra en España, Jack Shirai decidió unirse a los cientos de americanos que estaban dispuestos a luchar contra el fascismo. Así, tras un breve paso por Francia a finales de aquel año, llegó a Madrid en enero del año siguiente y colaboró un tiempo en la resistencia de la ciudad, hasta que poco después se marchó a Albacete, centro estratégico de las Brigadas Internacionales.

Fue destinado a cocinas en la XV Brigada Internacional, conocida como la Brigada Lincoln (formada por varios batallones, entre los que estaba el propio Batallón Lincoln, formado por unos 500 soldados), aunque un tiempo después le colocaron en artillería. Según dijeron algunos compañeros, decía que había venido a matar fascistas, no a cocinar. Harry Fisher, un brigadista estadounidense que luchó junto a Shirai, mencionó en su libro Comrades: Tales of a Brigadista in the Spanish Civil War («Camaradas: historias de un brigadista en la Guerra Civil Española») que habían hablado de montar juntos un restaurante en Nueva York cuando terminase la guerra, en el que siempre comerían gratis todos los que hubieran peleado en España.

Durante unos meses estuvo luchando por todo el frente de Madrid, combatiendo en batallas tan importantes como la del Jarama (entre el 6 y el 27 de febrero de 1937), hasta que en la batalla de Brunete, el 8 de julio de 1937, perdió la vida de un disparo que recibió cuando salió de la trinchera para auxiliar a un camión con víveres que había quedado bloqueado en mitad del campo de batalla. Peter O’Connor, un irlandés que luchó también en el Batallón Lincoln, relató los momentos finales de Shirai en su libro Soldiers of Liberty, Recollections of a Socialist and Anti-Fascist Fighter («Soldados de la libertad: Recuerdos de un luchador socialista y antifascista»): «Mientras estábamos tomando un respiro, estaba sentado al lado de Jack Shirai cuando recibió una bala explosiva en la frente. Murió al instante. Todos lamentamos mucho perder a un gran antifascista japonés».

En Brunete, por cierto, estuvo a las órdenes del capitán Oliver Law, el primer oficial afroamericano estadounidense al mando de un batallón (hasta la Guerra de Corea, en los años cincuenta, no hubo ninguno más, ni siquiera en la Segunda Guerra Mundial), otro Homo insolitus del que algún día espero hablarles, que también falleció en Brunete.

No se sabe dónde fue enterrado, aunque existe una imagen de su entierro, publicada en el libro de Fisher, y se cree que, como tantos otros caídos en aquella batalla, sus restos están en el Cerro del Mosquito.

No piensen que en Japón le han rendido los honores justos y necesarios… Sirva esta escueta reseña como nuestro particular homenaje a este brigadista que vino a luchar por la libertad y por España.

Gracias por venir.

Post Scriptum. Gracias al bueno de Félix Martín por hacerme llegar esta fascinante historia. Eternamente agradecido.

Publicado el domingo 05-11-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 24: El hacha contra el alcohol

Las bebidas alcohólicas estuvieron prohibidas en Estados Unidos entre 1920 y 1933, aunque, curiosamente, no el consumo, que era considerado un derecho individual. Seguro que conocen algo sobre esta época gracias a las películas de gangsters. La culpa la tuvo un tipo llamado Andrew Volstead, presidente de una comisión judicial organizada por la Casa Blanca para tratar este espinoso asunto y principal redactor de la Ley Volstead, más conocida como Ley Seca. Pensaban, algo ingenuamente, que el alcohol era el culpable de gran parte de los males de la sociedad yanqui y que los podrían solucionar prohibiéndolo. El propio Volstead vislumbraba un futuro utópico cuando se consiguiese destruir la masiva embriaguez:

«El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno».

Estaba terriblemente equivocado. Pero se entiende. Hacía años que diversos movimientos sociales luchaban contra el demonio del alcohol, entre los que cabe destacar la American Temperance Society (Sociedad Norteamericana por la Templanza), que se fundó en Estados Unidos en 1826 y se benefició del renovado interés que el país sentía por la moralidad y la religión. En doce años llegó a tener ocho mil agrupaciones locales y más de un millón y medio de miembros.

Pues bien, en el extremo más fanático de este movimiento se encontraba nuestra Homo insolitus de hoy. Las mujeres estadounidenses fueron especialmente activas contra el alcohol, ya que eran las más perjudicadas por el alcoholismo (de sus maridos), que llevaba a que la violencia doméstica fuese masiva y endémica. Carrie Nation, nuestra protagonista de hoy, la señora de la foto, una mujer que hacha en mano invadía tabernas y destruía todo lo que allí encontraba para combatir al demonio de la bebida, fue el mejor exponente de este movimiento por la templanza.

Nacida como Carrie Amelia Moore el 25 de noviembre de 1846, en el sur, en Kentucky, comenzó a luchar contra los males del alcohol tras un desastroso primer matrimonio con un tal Charles Gloyd, un alcohólico con el que se casó en 1867 y que falleció menos de un año después, dejando a su viuda embarazada. Deshecha, decidió rehacer su vida, obtuvo la licencia para poder ejercer como maestra, y en 1877, diez años más tarde, se casó en segundas nupcias con un abogado y sacerdote texano llamado David Nation, dueño de una plantación de algodón en Houston (Texas). Carrie abandonó su apellido de soltera y pasó a llamarse Carrie A. Nation, nombre que formaba un bonito juego de palabras, ya que en inglés «carry a nation» se puede traducir libremente como «cuidar a una nación».

Una década después, en 1889, la familia se trasladó a Kansas. Allí, Carrie, aparte de administrar un hotel, comenzó a relacionarse con una rama de la American Temperance Society coordinada por mujeres. Al principio se limitada a asistir a las reuniones y a repartir propaganda por las calles pero con el paso del tiempo, ya en el nuevo siglo, su nivel de convencimiento de las maldades del alcohol colmó el vaso y pasó a la acción. La señora, que medía un metro y ochenta centímetros, nada normal para su época, se convirtió en el azote de los viciosos. Comenzó a liarla en todos los bares y tabernas del condado. Mientras recitaba frases de la Biblia, destrozaba las botellas de whisky y los barriles de cerveza a hachazos, convencida como estaba de que cumplía órdenes divinas. De hecho, consideraba que era una especie de «bulldog que corre a los pies de Jesús, ladrando a lo que él rechaza».

Claro, aquellas llamativas y violentas acciones contra los tugurios de Kansas y Misuri tuvieron consecuencias: entre 1900 y 1910 fue detenida unas treinta veces, pero casi siempre salía indemne con el pago de una multa, que solía sufragar con el dinero obtenido mediante donaciones y por la venta de unos pins en forma de hacha, modelos a escala de aquéllas con las que imponía su ley de sobriedad, y de unos botones con la inscripción «A Home defender» («Un defensor del hogar»).

La Asociación de Mujeres Cristianas Abstemias erigió en su honor una placa con una inscripción que decía: «Fiel a la causa de la abstinencia, hizo lo que pudo». Pero, siendo rigurosos, no fue la única. Otras muchas mujeres de estados sureños, especialmente de Kansas y Texas, se dedicaron a destruir bares desde mediados del siglo XIX. De hecho, Kansas fue el primer estado en el que se prohibió el alcohol (en 1881), aunque costó mucho aplicar allí la ley, lo que llevó a un incremento en la actividad de estos colectivos por la templanza.

Carrie A. Nation falleció en Leavenworth (Kansas) el 9 de junio de 1911. Nueve años después se impuso la desastrosa Ley Seca. No se consiguió frenar el problema del alcoholismo. Al revés, el problema se agudizó porque el alcohol se continuó produciendo y distribuyendo de forma clandestina, lo que produjo un incremento espectacular del crimen organizado y un descenso tremendo en la calidad de las bebidas. El pastel a repartir entre los mafiosos era enorme, ya que la prohibición había multiplicado el precio del alcohol, lo que a su vez agravaba el problema de los alcohólicos. Así, gracias a la prohibición se amasaron fortunas enormes, fortunas que apenas palidecieron con el Crack del 29 (ya que su dinero era ilegal) y que dejaron un reguero de sangre tremendo. Por si fuera poco, la población carcelaria se disparó, pasando de cuatro mil reclusos en 1920 a 26.859 en 1932. Hacer cumplir aquella ambiciosa ley costaba carísimo. Así, el presidente Roosevelt, dos meses después de tomar posesión de su cargo, derogó la Ley Volstead.

¿Lo único bueno de la Ley Seca? El Jazz.

Publicado el domingo 29-10-2017 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 23: El hombre que pudo cambiar la historia

«El hecho de que varias naciones tengan bombas atómicas desembocará inevitablemente en una mentalidad neurótica que hará que, dominados por el miedo, todos estén prestos a apretar el gatillo».

Como saben, nadie apretó el gatillo, aunque durante décadas, durante aquello que se conoció como «Guerra Fría», el mundo estuvo a punto de desaparecer por culpa de la proliferación de armas nucleares. Cuando nuestro Homo insolitus de hoy escribió esta advertencia, en julio de 1946, solo unos meses después del fin de la Segunda Guerra Mundial y del lanzamiento de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki, parecía que iba a ser inminente. O al menos así pensaba Henry A. Wallace, antiguo Vicepresidente con Franklin D. Roosevelt. Wallace vislumbró lo que se acabaría convirtiendo en la Guerra Fría antes que nadie y advirtió de lo que podía pasar. No le hicieron caso, pese a lo atinadas que eran sus predicciones… Y eso que por aquel entonces solo Estados Unidos tenía la Bomba.

Wallace, nacido en una pequeña aldea llamada Orient (Iowa) en 1888, fue agrónomo antes que político y llegó a crear algunas variedades de cereales que le llevaron al éxito empresarial tras montar un par de exitosas compañías de semillas. En 1933 dio el salto a la política tras ser nombrado por Roosevelt Secretario de Agricultura, al igual que su padre, Henry Cantwell Wallace, que ocupó años atrás el mismo cargo. Fue una pieza clave del famoso New Deal, ayudando a reconstruir la economía primaria del país tras el Crack del 29 y a reducir el capitalismo laissez-faire que había provocado el colapso.

Aunque también era considerado un bicho raro, tanto por su  enfermiza pasión por el desarrollo científico de la agricultura como por sus relaciones con Nicholas Roerich, la teosofía y la masonería. Es más, gracias a su insistencia, el Gran Sello de Estados Unidos y la pirámide truncada con el «ojo que todo lo ve» aparecieron en los billetes de un dólar de 1935, clara referencia al Gran Arquitecto del Universo de los masones. Nada raro en aquel país…

El momento cumbre le llegó cuando Roosevelt, que veía en él a su futuro sucesor, le pidió que le acompañase en su tercera candidatura a la presidencia como segundo de a bordo. Ganaron y ambos fueron nombrados el 20 de enero de 1941.

El mundo lleva un año y pico en guerra. Inglaterra y la URSS se enfrentaban a la Alemania de Hitler, aliada con el Imperio de Japón (en aquel momento toda una superpotencia militar). Estados Unidos entró en la contienda el 7 de diciembre de 1941, tras el ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor, pero la guerra duraría casi cuatro años más.

Wallace comenzó a ganarse enemigos por su postura de cercanía y comprensión con la Unión Soviética. Tenía claro que los rusos estaban realizando una tremenda labor conteniendo a las tropas de Hitler en Europa, con un coste de millones de vidas humanas, y que Estados Unidos debía aceptar que otras visiones del mundo y de la economía eran compatibles con el American Way of Life. Wallace era pacifista, antiimperialista y antifascista, y contemplaba con repulsa las actividades secretas de su gobierno en algunos países de su influencia, además de criticar con dureza a las empresas estadounidenses que se habían lucrado vendiendo armas y materias primas al Tercer Reich. Era, en definitiva, un humanista que creía que otro mundo era posible. Estas palabras suyas, tomadas de un discurso que dio en mayo de 1942, nos permitirán hacernos una idea de su pensamiento:

«Algunos han hablado del “siglo americano”. Pero yo digo que el siglo que saldrá de esta guerra puede y debe ser el siglo del hombre corriente. […] Los carteles internacionales que sirven a la codicia norteamericana y a la ambición de poder alemana deben desaparecer. La marcha hacia la libertad de los pasados ciento cincuenta años ha sido una gran revolución del pueblo. Hemos vivido ya la Revolución americana de 1775, la Revolución francesa de 1792, las revoluciones latinoamericanas de la época bolivariana, la Revolución alemana de 1848 y la Revolución rusa de 1917. Todas hablan para el hombre corriente. […] La revolución del pueblo está en marcha».

A pesar de su atrevida sensatez, y pese a ser uno de los demócratas más populares (una encuesta de Gallup de 1944 dio como resultado que un 57% de los estadounidenses le quería como presidente), las manos negras del poder comenzaron a conspirar contra él. Así, durante la Convención Nacional Demócrata de 1944, los sectores más derechistas del partido decidieron que no debía acompañar a Roosevelt en su cuarta presidencia, eligiendo como candidato, con artimañas bastante sucias, a un personaje que hasta entonces había sido un mindundi senador de Misuri, sin apenas carrera política y sin estudios, Harry S. Truman.

Roosevelt ganó de nuevo, pero lamentablemente falleció solo tres meses después de su nombramiento, el 12 de abril de 1945. Truman se convirtió, en un sorprendente giro del destino, en Presidente de Estados Unidos.

Wallace, tras verse obligado a dimitir como Secretario de Comercio, cargo de segunda al que le había condenado el nuevo presidente, fue el principal enemigo de la política exterior del nuevo gobierno estadounidense. Pensaba que era mejor aliarse con la URSS y tenía claro que no había que proseguir con la investigación de la bomba atómica, ya que la rendición de Japón parecía inminente. No sirvió de nada. El 6 y el 9 de agosto, solo tres meses después de que Truman tomase el poder, ordenó lanzar dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El objetivo real era meter miedo a los rusos. Y lo consiguió.

Nunca cesó en su empeño de acabar con la incipiente escalada bélica con la URSS. En 1946, tras marcharse del Partido Demócrata, anunció su candidatura a la presidencia con el Partido Progresista. En su programa incluía la creación de un sistema universal de salud y la necesidad de hacer la paz con los rusos, además de abogar por la abolición de la segregación racial. Tanto es así que incluyó en sus listas a varios candidatos afroamericanos, dando incluso mítines con ellos en algunos estados del sur. Fue atacado con huevos y tomates y, muchas veces, tuvo que salir huyendo de algún mitin.

Fracasó. Las derechas norteamericanas le acusaron de comunista pro-soviético y ejecutaron una agresiva campaña en su contra que se acabó materializando en el desastre de las elecciones de 1948. Wallace solo obtuvo un 2,3 % de los votos. Para más inri, volvió a ganar Truman, con un 51,1 %. La Guerra Fría era inevitable.

Fue el fin de la vida política del hombre que podía haber cambiado el mundo. Quién sabe qué hubiese pasado si hubiera conseguido convertirse en vicepresidente en 1944, venciendo al belicoso y anticomunista Truman. Quizás las bombas nunca hubiesen caído sobre Japón. Quizás no hubiese existido la Guerra Fría.

Wallace, tras el desastre de 1948, regresó a la tranquilidad de los campos y a sus investigaciones agrícolas. Años después apoyó a los republicanos, votó por Eisenhower en 1956 y se reunió en secreto con Nixon en 1960. Cinco años más tarde, el 18 de noviembre de 1965, fallecía en su granja de Connecticut.

Publicado el domingo 22-10-2017 en La Voz de Almería

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