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Homo insolitus 46: El primer latin lover

Mucho antes que Antonio Banderas triunfase en Hollywood, otro Antonio, madrileño en vez de malagueño, se convirtió en el primer actor de este país nuestro en triunfar en la Meca del Cine. Se trata de Antonio Moreno y en su extensa, aunque no demasiado brillante carrera, llegó a currar con D. W. Griffith, Alfred Hitchcock o John Ford, que se dice pronto…

En realidad se llamaba Antonio Garrido Monteagudo Moreno, aunque usaba el nombre artístico de Antonio Moreno y en Hollywood era conocido como “Toni Moreno”. Nació en Madrid en 1887, aunque se crio en Andalucía, tierra nuestra, concretamente en Sevilla, adonde se trasladó tras la muerte de su padre, militar profesional, y en Algeciras. Desde chiquitillo mostró poco interés por el colegio y los estudios. Y tampoco mostró mucho por trabajar. Así que cuando le comentó a su madre la idea de marcharse a buscarse la vida a los Estados Unidos, junto a dos amigos, no dudo en darle el visto bueno. Y eso que tenía solo quince años cuando cruzó al otro lado del charco.

Comenzó trabajando en bares y restaurantes de la ciudad de Boston (Massachusetts), sin demasiado interés por el cine, hasta que en 1910 tuvo la fortuna de conseguir un papel de extra, gracias a su agraciado físico, en la compañía teatral de Maude Adams, la actriz más popular de Broadway por aquella época. Junto a ella tuvo la oportunidad de interpretar un papel importante en la obra Two Women, de 1910, y consiguió vivir durante un tiempo del teatro, aunque su dicción, marcada por un fuerte acento español, no le permitía crecer como artista. En cambio, en el cine, que por aquel entonces aún era mudo, no importaba cómo hablase.

Su primera película fue Lola’s Promise, dirigida en 1912 por el gran D. W. Griffith para la Biograph, en la que actuaba una de las grandes estrellas del cine mudo, la diva Mary Pickford. Ese mismo año apareció en otras películas de Griffith, como An Unseen Enemy y Two Daughters of Eve protagonizadas por Lillian Gish y Mae Marsh, o So Near, Yet So Far, de nuevo con Mary Pickford.

En 1913 se pasó a la Vitagraph, para la que llegaría a hacer cerca de cincuenta películas —hay que recordar que las pelis de aquella época eran todas cortos o mediometrajes—, y poco a poco fue afianzando su imagen de latin lover, en menosprecio, quizá, de su calidad artística. De hecho, fue Antonio Moreno el que abrió una senda que luego recorrerían, con bastante más éxito, Rodolfo Valentino y Ramón Novarro.

En 1917 firmó con la Pathé, para la que protagonizó varios seriales cinematográficos, como The house of the hate, junto a Pearl White. Pero no estaba muy satisfecho con el camino que estaba tomando su carrera, así que cambió de nuevo de estudio y se marchó a la Paramount. Acertó, ya que, aunque empezó haciendo papeles secundarios, pronto consiguió algunos grandes papeles.

En 1922 rodó My American wife, dirigida por Sam Wood, y coprotagonizada por Gloria Swanson; y en 1923, Look Your Best, dirigida por Rupert Hughes; Lost and Found on a South Sea Island, de Raoul Walsh; y The Spanish Dancer (La bailarina española) dirigida por Herbert Brenon, y coprotagonizada por Pola Negri.

Ese mismo año se casó con una viuda multimillonaria llamada Daisy Canfield Danziger, de la que se divorciaría diez años después. Durante su vida matrimonial vivieron en una grandísima mansión, Crestmount House, por la que pasaron estrellas del tamaño de Buster Keaton, Errol Flynn o Mary Pickford.

Para 1924 ya era una estrella bastante conocida y reconocida, gracias a su aspecto latino seductor, a su simpatía y a sus dotes artísticas. Esto le permitió dar un nuevo salto, que le llevó al mayor estudio de aquellos tiempos, la Metro Goldwyn Mayer, con la que hizo sus mejores obras, como, por ejemplo The Tempress, dirigida en 1926 por Fred Niblo, con Greta Garbo como protagonista; Mare nostrum, dirigida ese mismo año por Rex Ingram junto a Alice Terry y rodada en diversas ciudades europeas, entre ellas el propio Madrid; o It (Ello), dirigida por Clarence G. Badger en 1927, secundando, atención, por Gary Cooper y Clara Bow. Fueron sus días de gloria.

Pero todo tiene su fin. Y la carrera de Antonio Moreno se vio afectada por dos crueles giros del destino: por un lado, la llegada del sonoro, en 1929, un cataclismo que destruyó la carrera de muchísimos actores y actrices y que afectó especialmente a los extranjeros con marcados acentos. Por otro lado, la efímera moda de los latin lovers también se acabó.

De todos modos ya tenía sus añicos, cuarenta y dos para ser exactos, y había gozado de bastante éxito, popularidad y dinero. Además, no dejó el cine: se dedicó durante unos años a doblar películas al español y trabajó en varias dobles versiones, un sistema que funcionó durante unos años en Hollywood y que consistía en rodar la misma película en varios idiomas y con actores distintos. Intentó también lanzarse como director, y llegó a realizar la primera película sonora mexicana, Santa (1931), pero no tuvo demasiado éxito. Y llegó un momento en el que tuvo claro que solo podía continuar en el mundo del cine con actor de reparto. Y eso hizo. Trabajó en un sinfín de producciones, tuvo la oportunidad de ponerse a las órdenes de algunos de los grandes directores de los años cuarenta y cincuenta y acabó participando en algunas de las películas más grandes de la historia: The Spanish Main (Los piratas del mar Caribe), dirigida en 1943 por Frank Borzague; Notorious (Encadenados, 1946, Alfred Hitchcock); Captain from Castille (Capitán De Castilla, 1947, Henry King); Creature from the Black Lagoon (La Mujer y El Monstruo, 1954, Jack Arnold); o The searchers (Centauros Del Desierto, 1956, John Ford).

Ojo, nunca dejó España del todo. Durante su época dorada viajaba a menudo para visitar a su madre; además, en enero de 1936 rodó en nuestro país María de la O, junto a Carmen Amaya. Eso sí, tras la Guerra Civil, y tras la muerte de su madre, no regresó nunca más.

A principios de los sesenta, tras varios años de retiro, la salud comenzó a fallarle, hasta que el 15 de febrero de 1967, a los 79 años, un ataque de apoplejía se lo llevó por delante. Está enterrado en el Forest Lawn Memorial Park de Glendale, Los Angeles, California.

Publicado el domingo 13-05-2018 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 45: Omnia reliquit servare rempublicam

En el condado de Hamilton, en el estado de Ohio, se encuentra la ciudad de Cincinnati, una de las más importantes del medio oeste de Estados Unidos. La historia que les voy a contar hoy guarda relación con el origen del nombre de esta localidad, que en los tiempos de la conquista del oeste (mediados del siglo XIX) llegó a ser una de las ciudades más pobladas y prósperas del interior del país.

Cincinnati fue fundada en 1788 por varios colonos que se asentaron entre los ríos Little Miami y Great Miami, al norte del río Ohio, convirtiéndose en la primera ciudad fundada después de la Revolución americana (que concluyó con la independencia de Estados Unidos respecto a Gran Bretaña).

Un año después se levantó allí Fort Washington, en honor al presidente libertador, y en 1790, un tal Arthur St. Clair, gobernador del Territorio del Noroeste (que comprendía todas las tierras al oeste de Pensilvania y al noroeste del río Ohio), le puso el nombre de Cincinnati en honor a la Sociedad de los Cincinnatis, de la que era presidente, una sociedad fundada en 1783 por Henry Knox con la intención de preservar los ideales y la camaradería de los oficiales que habían combatido en el Ejército Continental contra Inglaterra durante la Guerra Revolucionaria.

Lo curioso es que esta sociedad, y por extensión la ciudad, recibió ese nombre por Lucio Quincio Cincinato (Cincinnatus en latín, que significa «de pelo rizado»), un patricio romano de la familia Quintia que vivió entre el año 519 y el 439 a.C. y que, asqueado por los trapicheos y los tejemanejes de los políticos romanos, se negó a participar en la vida política y se marchó a vivir en su finca, al oeste del río Tíber.

Como era un hombre prestigioso y de demostrado honor, fue llamado por el Senado romano en el año 460 a.C. y recibió el cargo de cónsul de reemplazo para mediar en un conflicto entre tribunos y plebeyos que, entre otras consecuencias, terminó con la muerte de uno de sus hijos. Pero Cincinato, en vez de intentar vengarse por la muerte de su vástago, renunció al cargo y regresó a su vida rural.

Dos años después, en el año 468 a.C., fue llamado de nuevo para ayudar contra la invasión de los ecuos y los volscos, que habían ocupado posiciones en el este del futuro imperio, y fue nombrado dictador, una magistratura extraordinaria que el Senado romano otorgaba en momentos de crisis con la intención de dotar de todo el poder en una sola persona de forma temporal (seis meses como mucho). Al parecer, un grupo de senadores fue a buscarle a su granja y se lo encontraron arando. Cincinato aceptó y en solo dieciséis días consiguió parar la invasión. Pero, para sorpresa de todos, dimitió como dictador y volvió a sus campos.

En el año 439 a.C. fue llamado de nuevo por su hermano, el cónsul Tito Quincio Capitolino, cuando ya contaba ochenta años, y fue nombrado, por segunda vez, dictador, con la intención de frenar las insanas maquinaciones de Espurio Melio, que había intentado dar un golpe de estado. Lo volvió a hacer, y renunció de nuevo al cargo, pero poco después falleció.

Si bien existen bastantes dudas sobre la veracidad de esta historia, contada entre otros por Tito Livio (en el tercer libro de su Ad Urbe Condita), Cincinato se convirtió en toda una leyenda para los romanos. No en vano, le entregaron en bandeja el poder supremo de Roma en dos ocasiones, y en las dos ocasiones renunció estoicamente por su falta de ambición personal y su exorbitante integridad. Era el arquetipo perfecto del romano con virtus. Todo un Homo insolitus.

Un caso parecido al bueno de George Washington, considerado un Cincinato de los días de la Revolución americana, ya que, como había hecho siglos atrás el patricio romano, renunció a seguir dirigiendo el Ejército continental después de la contienda, el 23 de diciembre de 1783, y regresó a su granja de Mount Vernon, en Virginia. Cuatro años después, le convencieron para que se reintegrase en la arena política, fue nombrado presidente (el primero del país) y después de dos legislaturas (entre 1789 y 1797), renunció de nuevo, regresó una vez más a sus tierras y se dedicó, entre otras cosas, a destilar bebidas espirituosas.

Dos años más tarde, el 14 de diciembre de 1799, falleció en su granja por culpa de un constipado que se complicó.

Lord Byron (1788-1824), en su Oda de a Napoleón (1814), dedicada a criticar con dureza al francés, aclamó a Washington como «el Cincinato del oeste, a quien la envidia no se atrevió a odiar». Por ese motivo la Sociedad de los Cincinnati, cuyo primer presidente fue Washington, eligió ese nombre. De hecho, su propio lema lo dejaba claro: Omnia reliquit servare rempublicam («Renunció a todo para salvar a la República»). Pretendían honrar así a los civiles que sirvieron heroicamente en la contienda por la independencia y que, una vez terminada la batalla, regresaron a sus tierra para construir un nuevo país.

Publicado el domingo 06-05-2018 en La Voz de Almería

 

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La Magdalena: verdades y mentiras. YA A LA VENTA

Todo lo que rodea la figura de Jesús es misterioso. Pero hay un personaje, con permiso de Juan el Bautista, que llama poderosamente la atención por la escasez de datos que los evangelistas aportaron en sus textos, pese a que todos lo sitúan en algunos de los momentos más importantes de la vida de Jesús. Se trata, como quizá hayan imaginado, de María Magdalena, un personaje secundario de la trama cristiana que, de un tiempo a esta parte, ha adquirido gran importancia.
¿Quién fue realmente? ¿Por qué motivo se silenció si fue, como parece, una de sus discípulas más importantes? ¿Tuvo una relación sentimental con Jesús, como algunos han afirmado? ¿Llegó realmente a Francia tras la crucifixión de su maestro? ¿Fue la auténtica redactora de la primera versión del Cuarto Evangelio? Difícil responder a todo esto, pero voy a intentar responder a estas y otras cuestiones relacionadas con María Magdalena, siempre con mi habitual estilo crítico y documentado.

Una nueva obra, que siguiendo la senda de Pongamos que hablo de Jesús, habla de uno de los personajes evangélicos más misteriosos interesantes. Además, forma parte de la colección El círculo del misterio, que como sabrán, dirijo, editaba por Alberto Cerezuela.

Ya a la venta por solo 10,95€ con gastos de envío incluido, aquí.

 

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Ruleta rusa 2: I want to know;  “Enigmas”, nº 270, mayo 2018, pág. 98

El mes que viene, cuando salga la revista nueva, lo subiré en más calidad. Ahora, si queréis leerlo, a por la revista!!

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