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Rumbo a América. “Clío historia”, nº 200, junio 2018, págs. 16-23

ENTRE 1882 Y 1930, HOMBRES Y MUJERES DE TODOS LOS RINCONES DE EUROPA PROTAGONIZARON UN ESPECTACULAR MOVIMIENTO MIGRATORIO HACIA AMÉRICA ES BUSCA DE NUEVAS OPORTUNIDADES. AUNQUE ES DIFÍCIL PRECISAR CIFRAS, UNOS CUATRO MILLONES DE ESPAÑOLES AL OTRO LADO DEL ATLÁNTICO. CERCA DE LA MITAD SE DESPLAZARON A ARGENTINA, UN PAÍS TAN GRANDE COMO ESCASAMENTE POBLADO, QUE ADEMÁS INCENTIVÓ LA EMIGRACIÓN DE EUROPEOS. PERO MUCHOS OTROS DECIDIERON INTENTARLO EN ESTADOS UNIDOS. SU HISTORIA, TAN DESCONOCIDA COMO APASIONANTE, MERECE SER RESCATADA DEL OLVIDO.

 

Si bien la inmigración española hacia América fue mínima durante la primera mitad del siglo XIX, entre 1850 y 1880, como consecuencia de las guerras carlistas, y como respuesta a la dramática situación económica que entonces experimentaba España, se produjo un significativo incremento, con un número cercano a 23.000 personas en unos treinta años.

A partir de 1891, con la instauración en Estados Unidos de una serie de leyes de inmigración más restrictivas, el número se redujo de forma considerable. Pero la recuperación económica del país, gravemente perjudicado por las crisis económicas de 1873 y 1893, y el desarrollo espectacular que se produjo a principios del siglo XX, provocaron que llegasen nuevas oleadas de emigrantes europeos, en parte por la necesidad de mano de obra de las nuevas industrias.

Fue en esta época, durante el primer cuarto del siglo XX, cuando se disparó el flujo de españoles en Estados Unidos. Entre 1901 y 1910, se marcharon unas 27.000 personas, pero en la siguiente década el numeró se duplicó hasta llegar a más de 68.000.

A partir de entonces, y como consecuencia de la instauración de un sistema de cuotas por el Gobierno de Estados Unidos (en 1921), que favorecía a los europeos del norte, el número de emigrantes españoles se redujo de forma significativa. Aun así, entre 1921 y 1930, el país recibió cerca de 28.000 más. La Crisis del 29 y la Gran Depresión frenaron este ímpetu, junto al establecimiento de la República y la esperanza en una mejora de las condiciones de vida es nuestro país.

Posteriormente, tras la Guerra Civil y los primeros años de estancamiento del régimen dictatorial de Francisco Franco, se produjo un nuevo repunte, especialmente en la década de 1960, cuando cerca de 45.000 españoles se lanzaron de nuevo al país de las oportunidades.

En resumidas cuentas, durante las tres primeras décadas del siglo XX, el número de españoles que se instalaron en Estados Unidos ascendió a un total de 123.000, un número similar a los que se habían instalado en América durante los cuatro siglos anteriores. En la actualidad, y como consecuencia de la reciente crisis económica, hay unos 121.046 españoles inscritos en el registro consular del gobierno de España. La Oficina del Censo de Estados Unidos estima que, en 2016, unas 707.000 personas se autoidentificaron como españoles, aunque aquí se incluyen a los que tenían ascendencia familiar española.

Hay que tener en cuenta, además, que gran parte de la emigración era temporal. No todos iban para quedarse, sino para hacer fortuna y regresar a su tierra. De hecho, se estima que un 57% volvieron a España. Son los famosos indianos.

 

¿Quiénes eran?

 

El perfil medio de los inmigrantes españoles era obvio: varones, jóvenes (entre quince y veintitrés años) y solteros. Se calcula de que por cada mujer emigrante, había cinco hombres. Con el tiempo se produjo un aumento de emigración familiar y se produjo una importante reunificación de las familias.

La mayor parte procedían de las regiones menos favorecidas e industrializadas del país, especialmente Galicia, Cantabria, Andalucía y las Islas Canarias. Unas dos terceras partes eran campesinos, aunque muchos acabaron desarrollando otras actividades en Estados Unidos.

Galicia, por ejemplo, era una región dedicada casi por completo a la pesca, la agricultura y la ganadería, en la que abundaban los minifundios y la competencia hacía que apenas se pudiese vivir del campo. Fue la región con mayor número de emigrantes (cerca de un 40%), lo que ha llevado a que el término “gallego”, en Sudamérica, se use para identificar a los españoles en general. En Andalucía sucedía lo contrario: la mayoría de la tierra estaba en manos de ricos terratenientes, propietarios de grandes extensiones latifundistas, lo que provocaba que la masa de jornaleros tuviese que malvivir con los infrahumanos salarios que se pagaban.

Por otro lado, una parte importante de los emigrantes estaban vinculados a actividades que ejercían una cierta profesionalización. Por ejemplo, la emigración procedente de Asturias y el País Vasco era algo más especializada, ya que en el siglo XIX se produjo en estas regiones un desarrollo industrial importante gracias a la minería del carbón, la metalurgia y la construcción de barcos.

Aunque hay que tener en cuenta las diferencias sociales entre las distintas regiones de España, había varios puntos en común entre los emigrantes españoles en Estados Unidos. La inmensa mayoría eran católicos, y nunca renegaron de ello, pese a estar en un país de mayoría protestante, y le daban mucha importancia a la familia tradicional, aunque en esto último no se diferenciaban de las concepciones norteamericanas. Además, defendían valores contrarios al capitalismo norteamericano, ferviente defensor de la libertad individual y empresarial, pero carente de mecanismos solidarios entre los sujetos. Los españoles, en cambio, subordinaban el bien individual al colectivo y eran muy de poner por encima del mérito personal ideas como la lealtad en los negocios y las amistades.

Otra característica esencial era el ocio, al que daban un valor primario, tanto como herramienta de socialización como válvula de escape ante las interminables jornadas laborales. Además, los españoles, especialmente los del sur, destacaban, respecto a los estadounidenses, por su intensidad emocional y su apasionada forma de vivir la vida.

 

Asociaciones

 

En todos lados se produjo un fenómeno curioso, aunque habitual en las emigraciones masivas: las comunidades españolas en Estados Unidos se agruparon en torno a sus identidades regionales. Había centros de emigrantes de casi todas las regiones, como el Club Galicia de Cleveland, el Centro Vascoamericano de Nueva York o el Centro Asturiano de Tampa (Florida).

Pero también había asociaciones dedicadas a la ayuda mutua entre españoles. Por ejemplo, en Nueva York se fundó a principios del siglo XX la Unión Benéfica Española de los Estados Unidos, que llegó a contar con cuatro mil socios en 1920 y que tenía sucursales por varias localidades del estado (Albany, Niagara Falls, Waterbury). Entre otras actividades, se encargaban de proporcionar atención sanitaria, información para los nuevos emigrantes y ayuda para la repatriación.

En torno a la Unión Benéfica Española se desarrolló Little Spain, una barriada de Manhattan, situada en la Calle 14, que se formó a partir de 1902, cuando centenares de españoles se establecieron en la zona. El epicentro fue la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, fundada ese mismo año, el primer templo católico de habla hispana en la ciudad de los rascacielos.

El catalán José Camprubí, además de estudiar ingeniería en Harvard, trabajó en la construcción del metro de Nueva York entre 1905 y 1911, fue presidente de esta sociedad y, en 1913, comenzó a editar el primer diario en castellano de Estados Unidos, La Prensa, destinado a los emigrantes españoles en la ciudad de Nueva York. Por si fuera poco, era cuñado de Juan Ramón Jiménez (casado con la hermana de Camprubí, Zenobia).

Hubo sociedades similares en Illinois (la Unión Benéfica Española de Westfield, fundada en 1915), en California (la Unión Española de Beneficencia de San Francisco, de 1923), en Indiana (la Unión Benéfica Española de Gary) o en Pensilvania (la Unión Española de Jessup). La más antigua tuvo su sede también en la ciudad de Nueva York: la Sociedad Española de Socorro Mutuo, más conocida como “La Nacional”, fundada en 1868.

También hubo asociaciones deportivas, como el Sporting Club de Nueva York, y asociaciones culturales, como el Club Cervantes de Filadelfia.

 

¿Dónde se instalaron?

 

Los inmigrantes españoles se establecieron principalmente en cinco áreas de Estados Unidos: la populosa ciudad de Nueva York, Florida, California, las montañas del oeste y las zonas industriales del Middle West (medio-oeste).

El idioma ayudó a los que se establecieron en las regiones que anteriormente habían sido españolas (Florida, California, Texas y Nuevo México). Además, aunque se integraron bien y asimilaron el inglés, en su esfera privada fomentaban el uso del castellano, algo similar a lo que sucede en actualidad con los latinoamericanos.

Por otro lado, muchos mineros asturianos, especializados en la extracción del carbón, se desplazaron hasta Virginia Occidental a principios del siglo XX, y otros tantos relacionados con la industria del acero o el zinc se asentaron en Ohio, Illinois, Kansas, Michigan y Pensilvania. El abuelo materno de la cantante cubana Gloria Estefan fue uno de ellos.

Hubo un buen número de cántabros que se fueron a trabajar en las canteras de granito de Vermont, especialmente en la localidad de Barre, autoproclamada como “la capital del granito mundial” gracias a los vastos depósitos de Millstone Hill. También había canteras cántabras en Hallowell (Maine). El granito de los estados de Nueva Inglaterra, en el noreste de Estados Unidos, era muy solicitado en aquella época para la construcción de edificios.

En el Estado de Nueva York se produjo un hecho insólito. Muchos españoles montaron hoteles y restaurantes en las playas de Staten Island o New Jersey y, otros tantos levantaron casas rurales y balnearios en las montañas de Catskills. Pretendían con ello alojar a neoyorquinos que, hastiados por el calor veraniego de la Gran Manzana, huían a las playas del sur o a las montañas del norte. Un ejemplo curioso fue la Naturist Society que fundaron en 1929 un grupo de anarquistas españoles en la costa sur de Staten Island. Llama especialmente la atención el Rifton Hotel, un elegante complejo con casi cien habitaciones que fundaron Alfredo Díaz y su esposa Pilar, ambos nativos de Sama de Langreo (Asturias), en Rifton, en las Catskills.

Por otro lado, en la ciudad de Nueva York hubo varios importantes enclaves españoles, ente los que cabe destacar la ya citada Little Spain y la sección de East Harlem que actualmente aún se conoce como Spanish Harlem o “El Barrio”.

 

Andaluces en Hawái

 

Un caso tan significativo como interesante tuvo lugar tras la anexión, en 1898, de Hawái a Estados Unidos. Los empresarios americanos ya llevaban un tiempo cultivando caña de azúcar en aquellas islas, pero no veían con muy buenos ojos la mano de obra china y japonesa. Fue una consecuencia más del llamado “peligro amarillo”, que, entre otras cosas, llevó a la promulgación de varias leyes para evitar la inmigración asiática en Estados Unidos.

Así, a principios del siglo XX, agrupados como la Hawaiian Sugar Planter’s Association (Asociación de cultivadores de azúcar de Hawái), lanzaron un programa de reclutamiento de familias de origen europeo con el objetivo de “blanquear” la población. Pusieron sus ojos en algunas regiones de tradición azucarera, como Madeira, las Azores y el sur de España, especialmente Almería, Málaga y Granada, y, a cambio de un pasaje gratuito y con la promesa de una vivienda, un acre de tierra y un futuro halagüeño, consiguieron convencer a muchos para “hacer las Américas” en Hawái.

El 26 de abril de 1907, el barco británico Heliopolis llegó a Honolulu con 2246 inmigrantes malagueños, 52 de ellos bebés nacidos durante la travesía. Entre ese año y 1913, llegaron a Hawái cinco barcos más (Osteric, Willesden, Harpalion, Willesden y Fular), y cerca de nueve mil doscientos hombres, mujeres y niños españoles, aunque muchos murieron en el camino. Por poner un ejemplo, del alpujarreño pueblo granadino de Capileira salieron con ese destino 25 familias, lo que suponía casi una quinta parte de su población.

Mucho de ellos acabaron “re-emigrando” a California, como demuestra el censo de 1930, que incluía solo a 1219 residentes de ascendencia española en Hawái. Rocklin, un pueblo de California que nació para dar cobijo a emigrantes irlandeses que llegaron para construir el ferrocarril, fue el destino final de la gran mayoría de españoles procedentes del Pacífico. La mayoría acabó por convertirse en propietarios de ranchos y haciendas y acabaron por integrarse totalmente en el país.

Este reclutamiento masivo generó cierta controversia en España, en parte por el resentimiento ante las recientes perdidas de Cuba y Filipinas tras la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898. Vieron esto como una nueva humillación al antiguo y derrotado Imperio español. En un artículo del diario ABC del 27 de diciembre de 1912, titulado “Consejos para emigrantes”, además de aclarar que “el viaje se realiza en barcos que no están autorizados por el gobierno de España, y, por lo tanto, cualquier reclamo hecho ante ese gobierno no será atendido”, se explica que “no hay que olvidar que en el archipiélago donde murió Cook, los hacendados yanquis y japoneses miran a los peones españoles como seres abyectos, dignos únicamente del látigo y de toscos insultos”.

El cónsul español en Hawái, Luis Guillén Gil, mostró su opinión en 1916 de la siguiente forma: “En Hawái hay 91,409 japoneses, 21,770 chinos y 15,290 filipinos; si a estos números agregamos los nativos de la isla, los blancos somos una minoría. La raza blanca no puede competir con la raza negra o la raza amarilla, especialmente esta última, debido a su característica sobriedad: un plato de arroz es su ración diaria habitual; soportan el trabajo difícil con admirable resignación; están acostumbrados a las dificultades, y las condiciones miserables en que viven estas personas desafortunadas son inapropiadas para los trabajadores agrícolas europeos, que nunca podrán soportarlos”.

No tenía en cuenta que esas mismas condiciones laborales las padecían muchos jornaleros españoles en su propio país.

 

Vascos en Idaho

 

Otro caso peculiar fue el de los vascos de Idaho, atraídos inicialmente por el descubrimiento de grandes yacimientos de plata en la región. Si bien muchos regresaron al País Vasco, otros tantos se acabaron instalando allí, especialmente en Boise, la capital del estado y la ciudad más poblada, hermanada desde hace tiempo con Guernica. En Boise existe en la actualidad una comunidad de vascoamericanos importante y cuentan con un Euskal Etxea, un importante centro cultural vasco, que está a la vanguardia de la North American Basque Organizations, Inc, una organización de clubes vascos con presencia en Idaho, California, Nevada y Oregón, entre otros estados.

Boise es parte del País Vasco”, comento el alcalde la ciudad, David H. Bieter, durante la Jaialdi de 2015, a la que asistió el lendakari Iñigo Urkullu, una fiesta callejera que se celebra cada cinco años, desde 1987, como homenaje a las tradiciones euskaldunas.

También hubo vascos en Nueva York. Por ejemplo, Valentín Aguirre, un emigrante nacido en Busturia (Vizcaya) en 1871, se estableció en la Gran Manzana en 1895. Durante las primeras décadas del siglo XX, regentó junto a su esposa, Benita Orbe, una pensión en la zona portuaria de East River, entre los puentes de Brooklyn y Manhattan, que se llamó Jai Alai. Como los inmigrantes tenían que informar a las autoridades, nada más llegar, de donde pensaban alojarse, muchos vascos tenían clara la respuesta: “en Casa Aguirre”.

Algo parecido pasó en Newark (New Jersey), donde reside la comunidad de descendientes de inmigrantes gallegos más importante de Estados Unidos, tanto que ha pasado a ser conocida como “Little Galicia” (“la pequeña Galicia”).

Para terminar, merece la pena comentar dos historias que guardan relación con el mundo del cine. Tenemos, por ejemplo a Francisco Estévez Martínez, nacido en Salceda de Caselas (Galicia), que emigró a Cuba en 1916 para acabar instalándose un par de años después en Ohio, donde conoció a la que sería su mujer, la inmigrante irlandesa Mary Ann Phelan. El matrimonio tuvo una hija y nueve hijos. Uno de ellos fue el célebre actor Martin Sheen, cuyo nombre real es Ramón Gerard Antonio Estévez, padre de los también actores Charlie Sheen y Emilio Estévez.

Eduardo Cansino, un bailarín y actor estadounidense, nacido en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), destacó en las Ziegfield Follies de Broadway y se casó en 1917 con Volga Hayworth, también bailarina. Fruto de este matrimonio nacerían tres hijos: Eduardo, Vernon y Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth. Su abuelo, el padre de Eduardo Cansino, fue Antonio Cansino, un célebre bailarín y guitarrista flamenco de Paradas (Sevilla).

 

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Ruleta rusa 2: I want to know;  “Enigmas”, nº 270, mayo 2018, pág. 98

Hace unos días, un amiguete del barrio, negacionista radical, me dijo algo que me dejó pensativo y que me ha llevado a la siguiente reflexión. «¿Pero tú crees en todas estas cosas? Pensaba que eras una persona racional», me preguntó. Le respondí que no tenía tiempo para conversaciones bizantinas, pero que no se trata de creer, sino de saber, de conocer, de descubrir y solucionar los misterios que, indudablemente, nos rodean y ponen en tela de juicio nuestra prepotente seguridad.

Esto es más importante de lo que parece, porque, en justicia, los investigadores y estudiosos de los enigmas históricos y de las anomalías no explicadas por la ciencia, por ahora, no debemos partir de ideas preconcebidas. Sí, tenemos que plantear hipótesis que intenten explicar los misterios a los que nos enfrentemos y someterlas a la dura prueba de la casuística y la evidencia. Si explican los fenómenos, las podemos dar por buenas y aceptar como posibles explicaciones; si no, no. Pero claro, esto no es sencillo, sobre todo porque los misterios son difíciles de enmarcar, y porque la evidencia suele ser esquiva y guarda mucha relación con un aspecto difícilmente controlable: los testigos.

El problema es que muchos de nuestros compañeros han hecho justo lo contrario: han tomado como punto de partida una explicación de la que no dudan. Un ejemplo: los ovnis. Muchos de los especialistas en este tema parten de la firme convicción de son artefactos extraterrestres. A partir de aquí, encuentran en los casos las evidencias necesarias que les permiten apuntalar su premisa y afirmar la existencia de habitantes de fuera de la Tierra que nos visitan. Pero el problema es que su premisa no es una hipótesis, sino una verdad que no se cuestionan. No se puede explicar un fenómeno misterioso mediante otro fenómeno misterioso. Otra cosa es que lo consideremos una hipótesis. Por desgracia, la hipótesis extraterrestre no explica al completo la tremendamente compleja y desconcertante casuística ovni. Por lo tanto, no es una verdad, sino una hipótesis que, por falta de rotundidad empírica, no se puede considerar un hecho.

El hecho es que los ovnis existen, y el misterio, nuestra labor como investigadores, consiste en tratar de saber qué son. La existencia de extraterrestres, y la posibilidad de que nos visiten, sería otro misterio sin explicación, por lo tanto, no sirve para explicar nada. ¿Me siguen?

Sustituyan «ovnis» y «extraterrestres» por «fenómenos paranormales» y «vida más allá de la muerte»…

Lo que decía antes: tenemos que delimitar muy bien lo que creemos y lo que sabemos. Eso es lo que caracteriza a una mente racional. Esa es la diferencia entre creer y saber. Y yo, al contrario que el agente Mulder, quiero saber. No me basta con creer.

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María Magdalena. Apóstol de apóstoles. “Más Allá”, nº 350, mayo de 2018, págs. 16-23.

MARÍA MAGDALENA

APÓSTOL DE APÓSTOLES

Por Óscar Fábrega. Historiador y especialista en historia de las religiones.

 

SIGUE SIENDO UNO DE LOS PERSONAJES MÁS MISTERIOSOS DE LOS RELATOS EVANGÉLICOS. DESCONCIERTA LA ESCASEZ DE DATOS QUE LOS EVANGELISTAS APORTARON SOBRE ELLA, PESE A QUE LA SITÚAN EN ALGUNOS DE LOS MOMENTOS ESENCIALES DE LA VIDA DE JESÚS. ¿QUIÉN FUE MARÍA MAGDALENA? ¿POR QUÉ ESTE PERTURBADOR SILENCIO? ¿SABEMOS QUÉ FUE DE ELLA TRAS LA MUERTE DE JESÚS?

 

MAGDALA

 

Todas las mujeres mencionadas en el Nuevo Testamento aparecen relacionadas con algún varón, ya sea su marido o su padre (María de Cleofás, María de Santiago, Juana, la mujer de Cusa). Todas excepto María Magdalena.

Lucas la describe en su Evangelio como “María, que se llamaba Magdalena” (8, 2); y los demás evangelistas la denominan, simplemente, como “María la Magdalena”. Esto ha llevado a pensar que el epíteto era una referencia a su lugar de origen. Pero también sería algo inusual. Solo un personaje evangélico importante es definido, según la tradición, por su gentilicio: Jesús de Nazaret. Y ni siquiera esto está claro.

Pero no se sabe con seguridad a qué lugar hacía referencia, aunque siempre se ha considerado que se trataba de una ciudad llamada Magdala o Al-Majdal. El problema es que ninguna localidad con ese nombre aparece en el Nuevo Testamento, ni en al Antiguo Testamento, ni en ninguna de las obras de los historiadores de la época. Lo mismo que pasaba con Nazaret, una esquiva ciudad que nadie pudo localizar hasta que santa Helena de Constantinopla, madre del emperador Constantino, la encontró en el siglo IV, y de forma bastante sospechosa.

Muy significativo que los supuestos lugares de nacimiento de Jesús y María Magdalena no aparezcan en ninguna fuente.

Eso sí, la tradición cristiana considera que la supuesta Magdala de tiempos de Jesús se encuentra bajo la actual ciudad israelita de Migdal, situada unos kilómetros al sur de Cafarnaúm, muy cerquita de la actual Nazaret y a orillas de mar de Tiberíades. Efectivamente, allí se conservan unas ruinas que, según los arqueólogos, se corresponden con un importante núcleo urbano del siglo I, que quedó prácticamente destruido tras la Primera Guerra Judía. Se sabe también que Flavio Josefo hizo varias referencias a esta localidad, cuando narró una batalla entre las fuerzas judías y las de Vespasiano durante la Primera Guerra Judeorromana, aunque no la nombró como Magdala sino como Tariqueae, su nombre griego.

Le identificación con la ciudad de Magdala viene antiguo. Algunos peregrinos cristianos afirmaron haber visitado la casa y la Iglesia de María Magdalena en aquella localidad hacia el siglo VI. De hecho, en un texto anónimo llamado Vida de Constantino, de esta misma época, se dice que la construcción de aquella iglesia fue cosa de santa Helena, y que se edificó sobre el lugar en el que había vivido María Magdalena. Pero también es cierto que los peregrinos de la época de las cruzadas no mencionaron ninguna iglesia en aquel sitio.

Por lo tanto, nadie, que sepamos, mencionó a Magdala antes del siglo IV. Así que quizás lo de Magdalena no sea un gentilicio.

En Siria y Palestina eran habituales los apellidos Majdal y Majdalani, que significan “de Majdal”. Majdal significa “torre” en árabe, al igual que la palabra hebrea migh-dál. Así, podríamos elucubrar que María de Magdala significaba “María de la Torre”. Es más, no hace demasiado tiempo, durante un prolongado periodo de sequía, el mar de Tiberíades bajó tanto de nivel que permitió que saliesen a la luz los cimientos de una antigua torre, lo que llevó a que algunos arqueólogos, siempre deseosos de encontrarse con alguno de los santos lugares evangélicos, planteasen que podría tratarse de la torre que dio nombre a la ciudad y a la santa, y que podría ser un faro.

Pero, de haber existido una ciudad importante en el siglo I bajo la actual aldea de Al-Majdal, ¿cómo puede ser que ni los relatos evangélicos ni Flavio Josefo la mencionen por ese nombre?

Esto ha llevado a que algunos planteen una sugerente alternativa: en algunos pasajes del Antiguo Testamento (Éxodo 14, 2  y Números 33, 7)  se habla de una ciudad llamada Migdol o Migdal, en la que acamparon los israelitas justo antes de cruzar el Mar Rojo, durante el famoso éxodo del pueblo hebreo. Como ya hemos visto, migh-dál en hebreo significa “torre”; de ahí que algunos eruditos hayan planteado que el Midgal egipcio podría hacer referencia a algún tipo de atalaya defensiva situada en la frontera egipcia. Sea como fuere, no sabemos dónde estuvo esta torre o esta localidad.

¿Es posible que María Magdalena procediese de esta misteriosa y perdida ciudad? Sin duda, aunque esto nos llevaría a una curiosa conclusión: la santa fue egipcia.

 

UNA Y TRINA

 

La figura de María Magdalena está repleta de misterios sin resolver. Su origen sería el primero, pero hay más: no existe ninguna mención procedente de los historiadores de su época, ni existe ningún documento o evidencia arqueológica que avale su existencia. Lo que sabemos de ella, lo sabemos gracias a los Evangelios y la interpretación que de estos hicieron los Padres de la Iglesia. Pero, siguiendo su tónica habitual, los evangelistas aportaron poquísima información.

Solo doce pasajes hablan de ella y todos están relacionados con la pasión y la resurrección de Jesús, excepto uno, un perturbador episodio que solo aparece en el Evangelio de Lucas: “Jesús caminaba por pueblos y aldeas predicando y anunciando el Reino de Dios. Iban con él los doce y algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que había expulsado siete demonios” (Lc 8,1-2).

Lucas la describió como una de las seguidoras de Jesús que, al parecer, sostenían económicamente su ministerio, algo de lo más inusual en el contexto judío del siglo I. Además, se ha interpretado que aquello de los “siete demonios” podría hacer referencia a algún tipo de desorden psicológico, aunque, como este pasaje solo aparece en este Evangelio, muchos estudiosos dudan de su veracidad.

Todos los evangelistas coinciden al situarla durante la crucifixión, pese a que la lista de allí presentes varía de uno a otro, en que estuvo presente mientras José de Arimatea daba sepultura a Jesús (Mc 15, 47),  y en que fue una de las primeras testigos de las apariciones tras la resurrección. Y nada más.

Sin embargo, y pese a la falta alarmante de detalles sobre su historia, es la mujer cuyo nombre se menciona en más ocasiones en el Nuevo Testamento. Tampoco debería extrañarnos. Los evangelistas escatimaron datos en otros muchos personajes de esta trama, empezando por el propio Jesús y terminando con la Virgen María o el bueno de Juan el Bautista. No era nada raro. O sí. A la Iglesia, desde luego, se lo pareció, ya que, durante siglos, han considerado que María Magdalena aparecía en otras escenas, aunque con otro nombre.

Por un lado, era la “pecadora pública” que ungió con perfume y lágrimas los pies de Jesús, mientras este disfrutaba de una buena comida en la casa de Simón el Fariseo, de la que habló Lucas (7, 36-39) justo antes de comentar lo de María Magdalena y sus demonios. De aquí proceden dos de los característicos símbolos de la iconografía de la santa, su generosa cabellera y el jarro de alabastro, así como la extendida idea de que era una prostituta. Pero no hay nada indique que este pasaje se refiera a ella, entre otras cosas porque la escena original, que apareció en el Evangelio de Marcos, no mencionaba a ninguna pecadora, sino a una anónima señora de Betania.

Curioso, porque esto nos lleva al otro personaje tradicionalmente identificado con María Magdalena: María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro de Betania, que aparece en varios momentos del Evangelio de Juan (y en ningún otro), y que también ungió los pies de Jesús con perfume (Jn 12, 3).

Era lógico: para los cristianos no tenía sentido que un personaje tan importante como el que ungió a Jesús, anticipando su muerte, no estuviese luego presente a los pies de la cruz. Allí, como ya hemos comentado, estaba María Magdalena.

Fue el papa Gregorio I el primero que, en una homilía del año 591, realizó esta identificación. Pero no hay que indique que esto sea así. ¿Por qué se le llama María Magdalena en vez de María de Betania? Se ha respondido argumentando que pudo mudarse y, por lo tanto, cambiar de gentilicio. Pero, de ser así, ¿por qué en los distintos episodios de la unción no se dice su nombre? ¿Por qué Lucas dice que era una pecadora?

 

RECUADRO 1. LA MAGDALENA HOY

 

Finalmente, en 1969, el papa Pablo VI (1897-1978) desmintió la asociación con prostituta de Lucas, aunque mantuvo la vinculación con María de Betania. Un tiempo después, en 1988, Juan Pablo II la volvió a nombrar “Apostola apostolorum” (“apóstol de apóstoles”),  tal y como aparecía en los Evangelios gnósticos.

Así, de prostituta y pecadora ha pasado a ser la discípula más importante, la elegida por Jesús para transmitir su mensaje, la que mediante sus lágrimas de dolor muestra el camino de la vida. No olvidemos que, pese a todo, es una santa reconocida por la Iglesia católica desde el siglo VI.

 

SEGÚN LOS GNÓSTICOS…

 

Pero no todos los cristianos ningunearon el papel real de María Magdalena. Los cristianos gnósticos, que se extendieron sobre todo en Egipto, tenían la firma convicción de que era una persona muy especial para Jesús, tanto que consideraban que pudo haber sido su discípulo preferido y la persona que eligió para sustituirle. Así lo demuestra la cercanía con la que se describe la relación que tenían en algunos de sus Evangelios. Por ejemplo, en el Evangelio de María, del siglo II, se dice lo siguiente: “Mariam, hermana, nosotros sabemos que el Salvador te amaba más que a las demás mujeres”.

Este texto, como muchos otros procedentes de los cristianos gnósticos, sitúa a la Magdalena como conocedora de algunas enseñanzas secretas de Jesús, como la custodia del conocimiento, solo para iniciados, que su maestro le legó. De ahí la manifiesta animadversión por parte de los demás apóstoles, especialmente Pedro, que aparece una y otra vez en los Evangelios gnósticos. No podían comprender por qué ellos no habían sido premiados con ese privilegio.

Así se entienden mejor las palabras que el bueno de Tertuliano, un Padre de la Iglesia del siglo II, el único que no fue canonizado por su relación con los montanistas, una secta herética, que dijo lo siguiente sobre los gnósticos en su obra De Praescriptione haereticorum (41.5): “las mujeres de esos herejes, ¡qué desenfrenadas son! Tienen la osadía de enseñar, discutir, exorcizar, curar, y aun bautizar”.

Aunque también podría considerarse que había algo más entre Jesús y María Magdalena, o al menos eso parece deducirse tras la lectura de algunos versículos de estos textos gnósticos. Por ejemplo, en el Evangelio de Felipe, del siglo III, se dice: “La Sofía, a quien llaman ‘la estéril’, es la madre de los ángeles; la compañera [de Cristo es María] Magdalena. [El Señor amaba a María] más que a [todos] los discípulos (y) la besó en la [boca repetidas] veces”.

Esto de “compañera” es una traducción algo complicada de la palabra copta koikonós, que puede traducirse como “consorte” y hacer referencia a una unión sexual, pero también a una unión puramente espiritual, sentido con el que, según parece, la emplearon los gnósticos. Pero esto, junto a aquello que comentaba el Evangelio de María (“el Salvador te amaba más que a las demás mujeres”) ha llevado a que algunos estudiosos planteen que la especial consideración que estos cristianos tenían por María Magdalena se debía a que era la esposa o la pareja sentimental de Jesús.

 

EL MATRIMONIO SAGRADO

 

De ser así, ¿por qué lo ocultaron los evangelistas? Los defensores de esta teoría consideran que lo hicieron porque, tras la muerte de Jesús, tomaron el timón del movimiento cristiano Pedro y sus secuaces, los enemigos declarados de Magdalena en estos textos gnósticos, y los fundadores de la Iglesia de Roma y de la ortodoxia cristiana. Así, el papel de María fue deliberadamente desdibujado y, si no fue eliminado del todo, es porque su presencia en determinados momentos de la historia de Jesús era demasiado conocida y difícil de borrar por completo.

¿Es posible encontrar en los Evangelios alguna pista que permita sostener la teoría de un posible matrimonio entre Jesús y la Magdalena? A priori parece difícil, pero por ejemplo, la ya comentada escena de la pecadora de Lucas tiene un claro matiz sensual y erótico, aunque, como ya vimos, no hay nada que indique que se trate de la Magdalena.

Los apologistas de esta teoría suelen mencionar el extraño episodio de las Bodas de Caná, solo descrito en el Evangelio de Juan, como evidencia del supuesto matrimonio sagrado. Siendo estrictos, es una escena muy inquietante. Por un lado, no se especifica quién se casaba. Además, tanto Jesús como su madre parecen tener un rol más importante que el de unos simples invitados. ¿Por qué le invitaron a aquella boda si aún no había comenzado sus predicaciones? ¿Por qué María le insiste tanto a su hijo para que solucione el tema del vino? Aquello no era cosa suya, sino de los anfitriones. A no ser que, como algunos han propuesto, Jesús fuese el que se casase. Lo malo es que, aun aceptando que el novio fuese Jesús, a la Magdalena no le menciona por ningún lado.

Otra escena que llama poderosamente la atención, desde esta perspectiva, es la primera aparición de Jesús resucitado a la Magdalena según Juan. En un primer momento, la mujer no le reconoció, pero finalmente se acabó dando cuenta de que era su amado e intentó acercarse a él, probablemente con intención de abrazarlo y comérselo a besos. Pero Jesús, algo arisco, le dijo: “no me toques” (Jn 20, 13-17). Curioso cuanto menos. ¿Por qué le diría Jesús esto?

Lo cierto es que casi todos estos episodios están presentes en el Evangelio de Juan, la obra más gnóstica y mística de las cuatro canónicas. ¿Es este el motivo de la preferencia que le dieron los cristianos gnósticos a María Magdalena, sabiendo como sabemos que este era su Evangelio favorito?

 

RECUADRO. LOS CÁTAROS Y EL MATRIMONIO SAGRADO.

 

Algunos cátaros también lo creían. Al menos, eso afirma la Historia Albigensis que el monje cisterciense francés Pierre des Vaux-de-Cerna escribió entre 1211 y 1218, en la que explicó que durante el asedio de Béziers un grupo de cátaros que se refugiaron en la Iglesia de Santa María Magdalena afirmaban “en sus asambleas secretas que Cristo, el que nació en la visible y terrestre Belén y fue crucificado en Jerusalén, era malvado, y que María Magdalena fue su concubina”.

En 1213, Ermengaud de Béziers, otro de los cruzados contra los cátaros, escribió algo parecido en su obra Contra haereticus: “Además, ellos enseñan en sus reuniones secretas que María Magdalena fue la esposa de Cristo”.

Pero hay que tener mucho cuidado al utilizar esto como prueba, ya que es posible que se distorsionase la realidad para desprestigiar a los cátaros. Sin olvidar que muchas de las declaraciones y confesiones de estos pobres condenados por herejes se obtuvieron mediante torturas.

Pero de ahí a afirmar que sabían que eran pareja, y que aquello fue el motivo real por el que fueron exterminados durante la Cruzada Albigense, hay un mundo.

 

EL LINAJE SAGRADO

 

Como es lógico, los defensores del matrimonio entre Jesús y María Magdalena consideran que tuvieron descendencia, pese a que no exista ningún testimonio que avale esta idea. Obras clásicas como El enigma sagrado (Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln) o La revelación de los templarios (Lynn Picknett y Clive Prince) han planteado esta posibilidad, relacionándola a la vez con uno de los enigmas más inquietantes del siglo XX: el misterio de Rennes-le-Château.

Como sabrán, allí ejerció un extravagante y ambicioso curita llamado Bérenger Saunière, que, según contaban las leyendas postmodernas, se hizo rico de la noche a la mañana, sin que nadie supiese el origen de su fortuna. Gracias a su repentina riqueza, vivió como un aristócrata y se construyó, justo al lado de la Iglesia de Santa María Magdalena, una mansión palaciega a la que llamó Villa Betania y una torre neogótica que se ha convertido en el símbolo de aquel pueblo, la Torre Magdala. Todo tenía que ver con nuestra protagonista, que, no en vano, es la patrona de Rennes-le-Château.

Los autores de El enigma sagrado plantearon que la explicación a la extraordinaria fortuna de Saunière podía deberse al hallazgo de algún tipo de evidencia sobre el matrimonio de Jesús y la Magdalena y su descendencia, y argumentaron que ese secreto había sido custodiado durante siglos por una sociedad secreta llamada El Priorato de Sion. Solo esto, pensaban, podría explicar la obsesión de Saunière por la santa. Para Baigent, Lincoln y Leigh, María Magdalena fue en realidad el Santo Grial del que hablaban las leyendas medievales. Pero no era la copa con la que Jesús instauró la Eucaristía durante la Última Cena, ni aquella en la que José de Arimatea recogió la sangre de Jesús, sino que era ella, María, fue la depositaria de la sangre de Jesús, entendida esta como su descendencia.

Por desgracia, no parece cierto. Toda la información que manejaron estos autores precedía de un señor llamado Pierre Plantard que, como demostré en mi libro Prohibido excavar en este pueblo, se dedicó durante años a contaminar a numerosos investigadores con documentación falsificada. Saunière no encontró nada relacionado con Jesús, ni ningún tesoro, ni unas genealogías, ni nada por el estilo, aunque su misterio, el origen de su fortuna, sigue sin ser explicado.

 

LA LEYENDA PROVENZAL

 

La tradición cristiana ortodoxa considera que María Magdalena, tras la muerte de Jesús, viajó junto a Juan el apóstol y la Virgen María hasta la antigua colonia griega de Éfeso, en la costa occidental de la actual Turquía, y que allí terminó siendo enterrada. En cambio, la tradición católica defiende que llegó hasta el sur de Francia y que, tras predicar durante un tiempo, falleció en los alrededores de Marsella.

Esta historia aparece, con ciertas variaciones, en la obra La Leyenda dorada, del obispo dominico de Génova Jacobo de la Voragine, una monumental compilación de hagiografías que se escribió hacia 1260 y fue muy popular durante la Edad Media

La leyenda cuenta que María Magdalena llegó en un barco de piedra sin velas ni remos, huyendo de la persecución de los judíos, a un pequeño pueblo de la Camarga, en la Provenza francesa, llamado Saintes-Maries-de-la-Mer, junto a varios personajes más: María de Cleofás, María Salomé (las “Marías” que dan nombre al pueblo), José de Arimatea, Marta y Lázaro de Betania (supuestos hermanos de María Magdalena); y varios discípulos de Jesús (Marcela, Susana, Maximim, Amadour y Cedonius).

Nuestra protagonista, después de predicar un tiempo por la zona de Marsella, lo que le convertiría en una apóstol más del mensaje de Jesús, y tras realizar algunos asombrosos milagros, dejó el apostolado y se retiró como ermitaña a una cueva para vivir en absoluta soledad. Desde entonces viviría desnuda, vistiendo solo una frondosa y larguísima cabellera, y alimentándose solo con el canto de los ángeles, que la elevaban al cielo siete veces al día…

Treinta años después, un sacerdote que pasaba por allí pudo contemplar, atónito, el ritual diario de los ángeles y la Magdalena. Fascinado por la visión, quiso acercarse a investigar, pero no pudo hacerlo, ya que una invisible y oscura fuerza le impidió acceder a la cueva, hasta que la propia señora se acercó a hablarle y le contó su historia, además de anunciarle que el momento de dejar este mundo estaba próximo, y de pedirle que fuese a buscar al obispo Maximim (uno de sus compañeros de viaje) para anunciarle que el día de Pascua sería llevada por unos ángeles hasta su oratorio, donde la encontraría. Y así sucedió un tiempo más tarde. Maximim le dio su última comunión y, justo después, el cuerpo de la Magdalena se desplomó sobre el altar y su alma se elevó a los cielos. El obispo, con grandes honores, procedió a enterrarla, solicitando a sus familiares que él mismo fuese enterrado allí cuando falleciese.

La cueva que mencionaba De la Voragine, aquella en la que, según su relato, estuvo viviendo como eremita durante varias décadas, fue localizada poco tiempo después en una serranía cercana a Marsella (a unos cuarenta kilómetros al oeste) y pasó a conocerse como la grotte de la Sainte-Baume (“Santo Bálsamo”), clara asociación con la mujer que ungió a Jesús en los Evangelios.

Y el lugar donde fueron depositados sus restos mortales está ubicado en una localidad llamada Saint-Maximim-La-Sainte-Baume (a veinte kilómetros al sur de la cueva), aunque durante mucho tiempo estuvieron perdidos. La tradición local cuenta que en el siglo V, un tal Jean Cassien, fundador de la orden de los cassianites, descubrió sus restos y los donó a una comunidad que había fundado en Saint-Maximim. Allí estuvieron hasta que se escondieron en un lugar desconocido durante la invasión musulmana.

Varios siglos después, en 1279, Carlos de Anjou (1226-1285), rey de Sicilia, Nápoles y Jerusalén,  comenzó a buscar los supuestos restos mortales de la Magdalena, hasta que dio con un sarcófago de alabastro que contenía un cadáver y un documento que indicaba que el cuerpo había sido inhumado cuatrocientos sesenta años antes para protegerlo de los sarracenos. “Hic requiescit corpus Mariae Magdalenae” (“Aquí reposan los restos de María Magdalena”).

Obviamente, ambos elementos eran muy dudosos, pero eso no impidió que el monarca nombrase a la Magdalena protectora de la Provenza y que allí mismo, en Saint-Maximim-La-Sainte-Baume, levantase una basílica en su honor en 1295. Ni ha sido impedimento para que, desde entonces, cada domingo posterior al 22 de julio se saque en procesión al supuesto cráneo de María Magdalena recubierto con una máscara de oro.

Lo inquietante de esto es que ya había unos restos mortales de la Magdalena en otro lugar de Francia. Al menos eso defendían, desde un par de siglos antes, los monjes de la abadía benedictina de Vézelay, construida en el pueblo homónimo de la Borgoña francesa, que adoptaron el patronato de la santa. Aseguraban que un monje llamado Badilon había traído los restos de la santa desde Saint-Maximim en el año 749, cumpliendo órdenes del fundador de la Abadía de Vézelay, Girard de Vienne.

Vézelay llegó a convertirse en un importante lugar de peregrinación desde que en 1103 el papa Pascual II autorizase por bula la veneración de las reliquias. Personajes de la talla de Ricardo Corazón de León, Bernardo de Claraval (que el 31 de marzo de 1146 predicó allí la Segunda Cruzada) o Francisco de Asís (que fundó allí el primer establecimiento franciscano en Francia), fueron a rendirle pleitesía. Pero todo cambió cuando en 1254 el rey Luis IX de Francia acudió a orar a la Magdalena a Saint-Maximim, y, sobre todo, después de que Carlos de Anjou encontrase los nuevos restos mortales.

Finalmente, en 1295 el papa Bonifacio VIII (1235-1303) favoreció los restos de la Provenza, validando la versión ofrecida por los dominicos de Saint-Maximim, que argumentaban que los restos que había encontrado el monje Badilon no eran los de la santa, sino los de Cedonius, y autorizando la construcción de la basílica de Saint-Maximim.

Por lo tanto, como suele pasar con el peliagudo tema de las reliquias, tenemos dos templos en Francia que aseguran tener los auténticos restos mortales de nuestra protagonista. Sea como fuere, esta curiosa pugna demuestra que a lo largo del siglo XIII se produjo un incremento tremendo en el culto a María Magdalena en Francia. En poco tiempo se convirtió en la santa más popular del país.

 

Para saber más:

Óscar Fábrega: La Magdalena: verdades y mentiras (Guante Blanco, 2018)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ruleta rusa. Nueva colaboración en la revista Enigmas.

Os comento una cosica muy chula: a partir de este mes tendré el honor de participar en una nueva sección de la revista Enigmas, llamada “Ruleta rusa”, junto a dos grandes de las letras y el misterio: Mariano Fernández Urresti y Javier Arries. Cada mes, uno de los tres, escribirá una pequeña columna en la última página de la revista. Y en esta ocasión me ha tocado a mí con un texto llamado “¿Malos tiempos para el misterio?”
Si lo queréis leer, ya sabéis, en cualquier kiosco os podéis hacer con vuestro ejemplar.