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De héroe a falso culpable

El 27 de julio de 1996, pasada la medianoche, un artefacto explosivo estalló en el Centennial Olympic Park, un espacio abierto diseñado para que funcionase como plaza centra de los Juegos Olímpicos de verano que tuvieron lugar en Atlanta, Estados Unidos, en aquel año. Allí estaban reunidas miles de personas para un concierto del grupo Jack Mack & the Heart Attack.

Como consecuencia del atentado falleció Alice Hawthorne y hubo más de cien heridos —también murió de un infarto un cámara de televisión turco, Melih Uzunyol—. No se produjeron más víctimas gracias a que un anodino guardia de seguridad llamado Richard Jewell descubrió una mochila militar sospechosa debajo de un banco, cerca de una torre de iluminación, y alertó, nueve minutos después, a la policía. Jewell y sus compañeros comenzaron a despejar la plaza de gente y a preparar el terreno para los artificieros. Desafortunadamente, la bomba estalló antes de que todos los asistentes al evento hubiesen abandonado la plaza.

Richard Jewell, nuestro Homo insolitus de hoy, nacido en Danville, Virginia, el 17 de diciembre de 1962, fue considerado un héroe en un primer momento, pero tan solo cuatro días después del atentado los medios comenzaron a divulgar que las autoridades le estaban investigando como posible sospechoso. No andaban desencaminados. En efecto, el FBI llegó a la conclusión de que el terrorista debía ser un lobo solitario; consideraron que Jewell era una person of interest y comenzaron a investigarle. No tardó en extenderse la sospecha sobre él. Un tipo corpulento, con aspecto de bobalicón, soltero y que, pese a tener 33 años, vivía con su madre…

Nunca llegó a ser arrestado, pero ya era tarde. Los medios le hundieron en la miseria y su imagen quedó dañada inexorablemente.

Jewell dejó de ser sospechoso unos meses más tarde, en octubre de 1996; además, a principios de 1997 se produjeron dos nuevos atentados con bombas similares en una clínica abortista y en un club gay cerca de Atlanta. Poco después, un nuevo artefacto explotó en otra clínica, en esta ocasión de Birmingham, Alabama, matando a un guarda de seguridad. Gracias a las cámaras de seguridad y al testimonio de algún testigo, el FBI dio con un tal Eric Robert Rudolph, que se convirtió en el principal sospechoso. Por desgracia, este tipo inició una huida que duró más de cinco años y que le acabó convirtiendo en el fugitivo más buscado del país. Finalmente, fue detenido el 31 de mayo de 2003 en Murphy, Carolina del Norte, y en 2005 fue condenado a cuatro condenas de cadena perpetua por los cuatro atentados.

Durante los interrogatorios expresó que su motivación era política: quiso atentar contra las Olimpiadas porque consideraba que eran una expresión del socialismo internacional, y de camino, atacar al gobierno estadounidense por su permisividad con el aborto. Se trataba, en definitiva, de un fundamentalista cristiano de extrema derecha. Uno más.

Jewell, por otro lado, decidió demandar a varios medios de comunicación por difamación (entre otros, el New York Post, la NBC News y The Atlanta Journal-Constitution), así como a la empresa para la que había trabajado, Piedmont College, dado que su jefe en aquella época, Raymond Cleere, había contactado con el FBI proporcionándoles información falsa sobre este hombre. Ganó todos los juicios y fue indemnizado con bastante dinero (aunque las cuantías exactas no han trascendido). Además, en julio de 1997, Janet Reno, la fiscal general de Estados Unidos, le pidió disculpas públicamente y lamentó que se hubiese producido la dañina filtración a los medios.

Imaginen cómo debieron afectar estas infundadas acusaciones a un señor como Jewell, un tipo serio, servicial, tímido, sin demasiados amigos y entregado a su trabajo como guarda de seguridad. Anteriormente, tras dejar los estudios, que nunca le fueron del todo bien, había sido mecánico y carcelero en la comisaría del condado de Habersham, Georgia, a principios de los noventa, antes de ascender a alguacil poco tiempo después. Finalmente, en 1995 comenzó a trabajar como guarda en el campus universitario Piedmont College, trabajo que dejó en mayo de 1996 para irse a vivir con su madre a Atlanta y comenzar a trabajar para la organización de las Olimpiadas.

Tras aquella terrible experiencia, continuó trabajando como guarda de seguridad en varias ciudades del estado de Georgia. Además, conoció a Dana, una trabajadora social que terminó convirtiéndose en su esposa.  Sin embargo, no mucho tiempo después, el 29 de agosto de 2007, falleció. Tenía tan solo 44 años.

El héroe más grande de los Juegos Olímpicos de 1996 no ganó medallas ni rompió ningún récord.

Publicado el domingo 15-12-2019 en La Voz de Almería

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El espía que cambió el mundo

No todos los espías son como James Bond o como nos ha contado el cine en cientos de películas. De hecho, seguramente, ninguno es así. Hoy les vengo a hablar, precisamente, de un espía de lo más curioso, en primer lugar, por ser español, y en segundo lugar, y sobre todo, porque se puede decir, sin duda alguna, que ayudó a cambiar el mundo.

Conocí esta historia gracias al magnífico libro Avernum, de mi amigo José Apolo. En esta obra, centrada en varios personajes extraordinarios de la historia, se hablaba largo y tendido de nuestro Homo insolitus de hoy. Su nombre era Joan Pujol, y, al contrario que estos galanes típicos del cine de espías, era un señor bajito, tirando a feote, bastante corto de vista y de todo menos glamuroso y seductor. Claro que esto no fue impedimento para que fuese un espía cojonudo, gracias, sobre todo, a su perseverancia, su inteligencia y su poquita vergüenza. Y es que, este señor, tipical spanish, fue el responsable de que millones de personas salvasen su vida.

Pujol nació en Barcelona, el 14 de febrero de 1912, en el seno de una familia acomodada de la burguesía catalana. Durante su juventud se movió entre el ambiente liberal barcelonés, y, al estallar la Guerra Civil, optó por esconderse en casa de unos amigos. Pero el escondite solo le sirvió durante un tiempo, ya que finalmente fue detenido por las milicias republicanas. ¿El castigo? Fue enviado al frente, y encima a uno de los frentes más chungos, la Batalla del Ebro. Pero, haciendo gala de la tremenda habilidad que le caracterizaría con el tiempo, logró escaparse y cruzar las líneas hasta unirse a las tropas del general Franco.

No tardaron en darse cuenta de que estaba en el bando equivocado. Así que un buen día de 1940, tuvo la osada idea de presentarse en la embajada británica y ofrecerse para ser agente doble. Con dos narices. No le hicieron ni caso, pero la negativa no le hizo desfallecer. Así que se puso a darle vueltas a la cabeza, elaboró un increíble plan y se ofreció en esta ocasión a los alemanes. Estos sí que le hicieron caso. Y fue reclutado para el espionaje germano.

Aseguró a los alemanes que conocía a la perfección Gran Bretaña y sus costumbres, y que pasaría totalmente desapercibido a la hora de moverse en los terrenos por los que fluía la inteligencia. Y eso que nunca había estado allí… Así que en julio de 1941 fue enviado como espía a suelo británico.

En realidad, su plan era otro: jamás llego a Londres y Lisboa fue su destino real. Gracias a una guía de viajes de la ciudad de Londres, un mapa y una guía de trenes, se inventó los informes sobre movidas militares que enviaba a los servicios secretos alemanes. Y todo se lo inventaba. No había un solo dato que fuese real.

Solo le contaba a los alemanes lo que estaban deseando oír; psicológicamente, les estaba ganando la partida por goleada. En cambio, no conseguía convencer a los británicos de su utilidad como agente doble. Así que en 1942 ideó un plan para demostrarles su valía: comunicó a los alemanes que un convoy aliado se encontraba a punto de partir rumbo a Malta. Claro, el convoy nunca llegó, y Garbo lo justificó explicando que se había producido un cambio de planes de última hora por parte del mando militar aliado, algo bastante común. La jugada llegó a oídos del MI-6, el servicio secreto británico, que pudo verificar que un solo hombre había sido capaz de movilizar a la armada de Hitler. Fliparon con Pujol y le ficharon, tomando el nombre de Garbo por sus dotes interpretativas.

Una vez en suelo británico, informó a los alemanes de que su red había sido ampliada con cuatro nuevos agentes imaginarios. Por supuesto, para no levantar sospechas, las informaciones que enviaba a los nazis no siempre eran falsas. Con el tiempo, Garbo aumentó su nómina de agentes imaginarios hasta veinticinco. Cada uno con una personalidad, una vida familiar y una manera de hablar diferentes. Eran personajes realmente bien trabajados y bastante complejos. Cientos de informes secretos y miles de mensajes emitidos vía radio llegaron hasta los alemanes casi a diario. Y todos ellos salieron de la lúcida mente de Garbo.

Imaginen el nivel del trabajo realizado, tanto que en 1944 fue condecorado por su majestad el rey Jorge VI de Inglaterra, el del Discurso del rey, con la Orden del Imperio Británico. Y para colmo, a la vez, también recibió de los alemanes la Cruz de Hierro por sus servicios al III Reich.

Pero lo mejor estaba por venir. Cuando las fuerzas aliadas comenzaron a diseñar la invasión de Europa, tomaron conciencia de lo importante que era despistar a los nazis para que no se enterasen del lugar en el que iban a desembarcar, Normandía. El objetivo era hacer creer al mando alemán que los aliados desembarcarían en Calais, a unos 250 km de distancia.

La labor de Garbo fue determinante. Utilizando todo su ingenio, consiguió que, mediante informaciones contradictorias y todo tipo de ardides, los alemanes desviaran un gran contingente de sus tropas hasta Calais.

Ya saben cómo continúa la historia.

Tras la guerra, como es lógico, Garbo no tuvo más remedio que verse obligado a fingir su propia muerte, así que fue trasladado a Venezuela bajo una identidad falsa y con la idea de comenzar una nueva vida.

Ni siquiera su mujer y sus hijas tuvieron noticias de él hasta cuarenta años más tarde, en los años ochenta, cuando fue localizado por un periodista de investigación británico. Poco tiempo después, tras conocerse su historia, fue recibido y aclamado como un auténtico héroe en una visita que realizó a la capital británica. En España no nos enteramos de su historia hasta poco antes de su fallecimiento, el 10 de octubre de 1988.

Publicado el domingo 08-12-2019 en La Voz de Almería

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El falso asesino

El 8 de marzo de 1993, Thomas Quick, un enfermo mental de 42 años que estaba internado en una clínica psiquiátrica de Säter, Suecia, tras ser detenido por atracar vestido de Papa Noel a un banquero de su pueblo, confesó que había asesinado y violado a un niño de 11 años llamado Johan Asplund, del que no se sabía nada desde su desaparición, el 7 de noviembre de 1980.

Las autoridades comenzaron a investigar al asesino confeso para verificar su historia y, aunque el cadáver del joven Asplund no apareció, consideraron que su declaración era tan rica y explícita que tenía que ser cierta.

No quedó aquí el asunto. A lo largo de los siguientes años llegó a autoinculparse de 39 asesinatos, a cual más atroz y despiadado. Aseguraba haber violado a todas sus víctimas, haber desmembrado a muchas e, incluso, haberse comido a alguna.

Se convirtió en el más terrible asesino en serie de Suecia y fue condenado por ocho de aquellos crímenes.

Pero todo cambió el 2 de junio de 2008 cuando Quick, todavía recluido en Säter, se desdijo de todo gracias a la labor de un periodista, Hannes Råstam, que durante años estuvo obsesionado con aquella historia y con las múltiples contradicciones que fue encontrando entre las declaraciones de este señor y la evidencia material: no seguía un modus operandi, no usaba armas, no atacaba al mismo tipo de personas y, lo más sorprendente, no había ninguna pista que demostrase su participación ni ningún testigo. Todo se construyó en base a sus declaraciones.

Ni siquiera se llamaba así, sino que su nombre real era Sture Bergwall.

Llama la atención que el fiscal general del Estado por aquel entonces, un tal Christer Van der Kwast, tardase un año en presentar cargos contra él. Por si fuera poco, como posteriormente se supo, adornó sus declaraciones gracias a la información que recibía de sus propios terapeutas, que le intentaban ayudar a recordar con datos aportados por la propia policía.

Hoy se sabe que algunas de las confesiones fueron manipuladas. Bergwall se equivocaba una y otra vez, y en detalles tan importantes como el color del pelo de sus víctimas o el tiempo que hacía el día del supuesto crimen. Pero daba igual. Si algo contradecía la evidencia, los propios terapeutas y policías le corregían, él se desdecía y reconstruía la historia. Es más, esto mismo fue presentado como evidencia de que todo lo que decía era cierto. Los psiquiatras explicaban sus incoherencias como fruto de la ansiedad y como un intento inconsciente de borrar de su memoria aquellos terribles recuerdos.

Así, si bien el autoinculpado puso lo suyo, esto no hubiera ido a más de no ser por la connivencia entre la fiscalía, la policía y los psiquiatras, que se encargaron de interrogarle de forma bastante dudosa y de drogarle de manera industrial.

De hecho, en un momento determinado, algunos agentes cuestionaron cómo era posible que hubiera cometido sus asesinatos empleando 13 métodos diferentes, algo insólito en un asesino en serie. Fueron apartados de la investigación.

Todas las condenas han sido retiradas.

Como dice su abogado, Thomas Olsson, «Todos los casos fueron construidos igual: sin pruebas biológicas, sin huellas, sin rastros de ADN, sin testigos, sin evidencias». Con sus confesiones fue bastante, lo que deja claro que su defensor en aquella época, Claes Borgström, actuó con una torpeza y un poca profesionalidad extraordinarias. Algunos de los crímenes que reconoció ni siquiera estaban basados en sucesos reales…

Pero, ¿por qué hizo este Homo insolitus esto? Bergwall había sido un toxicómano toda su vida. Cuando le preguntaron por qué había mentido, dijo, sin ningún tapujo, que «fue una manera de conseguir ansiolíticos legalmente» y que aquello «le permitió tener la sensación de pertenecer a algo». «Me gustaba ver que se interesaban por mí», llegó a decir.

23 años después de su ingreso en Säter fue puesto en libertad sin cargos. En la actualidad vive en un lugar secreto con una identidad falsa.

Ojo, el tipo tampoco era un santo. Con 19 años ya fue detenido por abusar de un chico de 14; y poco después, por apuñalar a un amante de una noche. También es cierto que sufrió abusos sexuales por parte de su padre, siendo tan solo un crío de 4 años…

El fiscal general Christer Van der Kwast, hoy un anciano, sigue pensando que alguno de esos crímenes sí los cometió.

Por desgracia, los verdaderos asesinos nunca fueron encontrados y ningún terapeuta ni ningún policía de los que investigaron su caso han recibido algún tipo de castigo por su actuación.

Publicado el domingo 24-11-2019 en La Voz de Almería

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Rumbo a América. “Clío historia”, nº 200, junio 2018, págs. 16-23

ENTRE 1882 Y 1930, HOMBRES Y MUJERES DE TODOS LOS RINCONES DE EUROPA PROTAGONIZARON UN ESPECTACULAR MOVIMIENTO MIGRATORIO HACIA AMÉRICA ES BUSCA DE NUEVAS OPORTUNIDADES. AUNQUE ES DIFÍCIL PRECISAR CIFRAS, UNOS CUATRO MILLONES DE ESPAÑOLES AL OTRO LADO DEL ATLÁNTICO. CERCA DE LA MITAD SE DESPLAZARON A ARGENTINA, UN PAÍS TAN GRANDE COMO ESCASAMENTE POBLADO, QUE ADEMÁS INCENTIVÓ LA EMIGRACIÓN DE EUROPEOS. PERO MUCHOS OTROS DECIDIERON INTENTARLO EN ESTADOS UNIDOS. SU HISTORIA, TAN DESCONOCIDA COMO APASIONANTE, MERECE SER RESCATADA DEL OLVIDO.

 

Si bien la inmigración española hacia América fue mínima durante la primera mitad del siglo XIX, entre 1850 y 1880, como consecuencia de las guerras carlistas, y como respuesta a la dramática situación económica que entonces experimentaba España, se produjo un significativo incremento, con un número cercano a 23.000 personas en unos treinta años.

A partir de 1891, con la instauración en Estados Unidos de una serie de leyes de inmigración más restrictivas, el número se redujo de forma considerable. Pero la recuperación económica del país, gravemente perjudicado por las crisis económicas de 1873 y 1893, y el desarrollo espectacular que se produjo a principios del siglo XX, provocaron que llegasen nuevas oleadas de emigrantes europeos, en parte por la necesidad de mano de obra de las nuevas industrias.

Fue en esta época, durante el primer cuarto del siglo XX, cuando se disparó el flujo de españoles en Estados Unidos. Entre 1901 y 1910, se marcharon unas 27.000 personas, pero en la siguiente década el numeró se duplicó hasta llegar a más de 68.000.

A partir de entonces, y como consecuencia de la instauración de un sistema de cuotas por el Gobierno de Estados Unidos (en 1921), que favorecía a los europeos del norte, el número de emigrantes españoles se redujo de forma significativa. Aun así, entre 1921 y 1930, el país recibió cerca de 28.000 más. La Crisis del 29 y la Gran Depresión frenaron este ímpetu, junto al establecimiento de la República y la esperanza en una mejora de las condiciones de vida es nuestro país.

Posteriormente, tras la Guerra Civil y los primeros años de estancamiento del régimen dictatorial de Francisco Franco, se produjo un nuevo repunte, especialmente en la década de 1960, cuando cerca de 45.000 españoles se lanzaron de nuevo al país de las oportunidades.

En resumidas cuentas, durante las tres primeras décadas del siglo XX, el número de españoles que se instalaron en Estados Unidos ascendió a un total de 123.000, un número similar a los que se habían instalado en América durante los cuatro siglos anteriores. En la actualidad, y como consecuencia de la reciente crisis económica, hay unos 121.046 españoles inscritos en el registro consular del gobierno de España. La Oficina del Censo de Estados Unidos estima que, en 2016, unas 707.000 personas se autoidentificaron como españoles, aunque aquí se incluyen a los que tenían ascendencia familiar española.

Hay que tener en cuenta, además, que gran parte de la emigración era temporal. No todos iban para quedarse, sino para hacer fortuna y regresar a su tierra. De hecho, se estima que un 57% volvieron a España. Son los famosos indianos.

 

¿Quiénes eran?

 

El perfil medio de los inmigrantes españoles era obvio: varones, jóvenes (entre quince y veintitrés años) y solteros. Se calcula de que por cada mujer emigrante, había cinco hombres. Con el tiempo se produjo un aumento de emigración familiar y se produjo una importante reunificación de las familias.

La mayor parte procedían de las regiones menos favorecidas e industrializadas del país, especialmente Galicia, Cantabria, Andalucía y las Islas Canarias. Unas dos terceras partes eran campesinos, aunque muchos acabaron desarrollando otras actividades en Estados Unidos.

Galicia, por ejemplo, era una región dedicada casi por completo a la pesca, la agricultura y la ganadería, en la que abundaban los minifundios y la competencia hacía que apenas se pudiese vivir del campo. Fue la región con mayor número de emigrantes (cerca de un 40%), lo que ha llevado a que el término “gallego”, en Sudamérica, se use para identificar a los españoles en general. En Andalucía sucedía lo contrario: la mayoría de la tierra estaba en manos de ricos terratenientes, propietarios de grandes extensiones latifundistas, lo que provocaba que la masa de jornaleros tuviese que malvivir con los infrahumanos salarios que se pagaban.

Por otro lado, una parte importante de los emigrantes estaban vinculados a actividades que ejercían una cierta profesionalización. Por ejemplo, la emigración procedente de Asturias y el País Vasco era algo más especializada, ya que en el siglo XIX se produjo en estas regiones un desarrollo industrial importante gracias a la minería del carbón, la metalurgia y la construcción de barcos.

Aunque hay que tener en cuenta las diferencias sociales entre las distintas regiones de España, había varios puntos en común entre los emigrantes españoles en Estados Unidos. La inmensa mayoría eran católicos, y nunca renegaron de ello, pese a estar en un país de mayoría protestante, y le daban mucha importancia a la familia tradicional, aunque en esto último no se diferenciaban de las concepciones norteamericanas. Además, defendían valores contrarios al capitalismo norteamericano, ferviente defensor de la libertad individual y empresarial, pero carente de mecanismos solidarios entre los sujetos. Los españoles, en cambio, subordinaban el bien individual al colectivo y eran muy de poner por encima del mérito personal ideas como la lealtad en los negocios y las amistades.

Otra característica esencial era el ocio, al que daban un valor primario, tanto como herramienta de socialización como válvula de escape ante las interminables jornadas laborales. Además, los españoles, especialmente los del sur, destacaban, respecto a los estadounidenses, por su intensidad emocional y su apasionada forma de vivir la vida.

 

Asociaciones

 

En todos lados se produjo un fenómeno curioso, aunque habitual en las emigraciones masivas: las comunidades españolas en Estados Unidos se agruparon en torno a sus identidades regionales. Había centros de emigrantes de casi todas las regiones, como el Club Galicia de Cleveland, el Centro Vascoamericano de Nueva York o el Centro Asturiano de Tampa (Florida).

Pero también había asociaciones dedicadas a la ayuda mutua entre españoles. Por ejemplo, en Nueva York se fundó a principios del siglo XX la Unión Benéfica Española de los Estados Unidos, que llegó a contar con cuatro mil socios en 1920 y que tenía sucursales por varias localidades del estado (Albany, Niagara Falls, Waterbury). Entre otras actividades, se encargaban de proporcionar atención sanitaria, información para los nuevos emigrantes y ayuda para la repatriación.

En torno a la Unión Benéfica Española se desarrolló Little Spain, una barriada de Manhattan, situada en la Calle 14, que se formó a partir de 1902, cuando centenares de españoles se establecieron en la zona. El epicentro fue la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, fundada ese mismo año, el primer templo católico de habla hispana en la ciudad de los rascacielos.

El catalán José Camprubí, además de estudiar ingeniería en Harvard, trabajó en la construcción del metro de Nueva York entre 1905 y 1911, fue presidente de esta sociedad y, en 1913, comenzó a editar el primer diario en castellano de Estados Unidos, La Prensa, destinado a los emigrantes españoles en la ciudad de Nueva York. Por si fuera poco, era cuñado de Juan Ramón Jiménez (casado con la hermana de Camprubí, Zenobia).

Hubo sociedades similares en Illinois (la Unión Benéfica Española de Westfield, fundada en 1915), en California (la Unión Española de Beneficencia de San Francisco, de 1923), en Indiana (la Unión Benéfica Española de Gary) o en Pensilvania (la Unión Española de Jessup). La más antigua tuvo su sede también en la ciudad de Nueva York: la Sociedad Española de Socorro Mutuo, más conocida como “La Nacional”, fundada en 1868.

También hubo asociaciones deportivas, como el Sporting Club de Nueva York, y asociaciones culturales, como el Club Cervantes de Filadelfia.

 

¿Dónde se instalaron?

 

Los inmigrantes españoles se establecieron principalmente en cinco áreas de Estados Unidos: la populosa ciudad de Nueva York, Florida, California, las montañas del oeste y las zonas industriales del Middle West (medio-oeste).

El idioma ayudó a los que se establecieron en las regiones que anteriormente habían sido españolas (Florida, California, Texas y Nuevo México). Además, aunque se integraron bien y asimilaron el inglés, en su esfera privada fomentaban el uso del castellano, algo similar a lo que sucede en actualidad con los latinoamericanos.

Por otro lado, muchos mineros asturianos, especializados en la extracción del carbón, se desplazaron hasta Virginia Occidental a principios del siglo XX, y otros tantos relacionados con la industria del acero o el zinc se asentaron en Ohio, Illinois, Kansas, Michigan y Pensilvania. El abuelo materno de la cantante cubana Gloria Estefan fue uno de ellos.

Hubo un buen número de cántabros que se fueron a trabajar en las canteras de granito de Vermont, especialmente en la localidad de Barre, autoproclamada como “la capital del granito mundial” gracias a los vastos depósitos de Millstone Hill. También había canteras cántabras en Hallowell (Maine). El granito de los estados de Nueva Inglaterra, en el noreste de Estados Unidos, era muy solicitado en aquella época para la construcción de edificios.

En el Estado de Nueva York se produjo un hecho insólito. Muchos españoles montaron hoteles y restaurantes en las playas de Staten Island o New Jersey y, otros tantos levantaron casas rurales y balnearios en las montañas de Catskills. Pretendían con ello alojar a neoyorquinos que, hastiados por el calor veraniego de la Gran Manzana, huían a las playas del sur o a las montañas del norte. Un ejemplo curioso fue la Naturist Society que fundaron en 1929 un grupo de anarquistas españoles en la costa sur de Staten Island. Llama especialmente la atención el Rifton Hotel, un elegante complejo con casi cien habitaciones que fundaron Alfredo Díaz y su esposa Pilar, ambos nativos de Sama de Langreo (Asturias), en Rifton, en las Catskills.

Por otro lado, en la ciudad de Nueva York hubo varios importantes enclaves españoles, ente los que cabe destacar la ya citada Little Spain y la sección de East Harlem que actualmente aún se conoce como Spanish Harlem o “El Barrio”.

 

Andaluces en Hawái

 

Un caso tan significativo como interesante tuvo lugar tras la anexión, en 1898, de Hawái a Estados Unidos. Los empresarios americanos ya llevaban un tiempo cultivando caña de azúcar en aquellas islas, pero no veían con muy buenos ojos la mano de obra china y japonesa. Fue una consecuencia más del llamado “peligro amarillo”, que, entre otras cosas, llevó a la promulgación de varias leyes para evitar la inmigración asiática en Estados Unidos.

Así, a principios del siglo XX, agrupados como la Hawaiian Sugar Planter’s Association (Asociación de cultivadores de azúcar de Hawái), lanzaron un programa de reclutamiento de familias de origen europeo con el objetivo de “blanquear” la población. Pusieron sus ojos en algunas regiones de tradición azucarera, como Madeira, las Azores y el sur de España, especialmente Almería, Málaga y Granada, y, a cambio de un pasaje gratuito y con la promesa de una vivienda, un acre de tierra y un futuro halagüeño, consiguieron convencer a muchos para “hacer las Américas” en Hawái.

El 26 de abril de 1907, el barco británico Heliopolis llegó a Honolulu con 2246 inmigrantes malagueños, 52 de ellos bebés nacidos durante la travesía. Entre ese año y 1913, llegaron a Hawái cinco barcos más (Osteric, Willesden, Harpalion, Willesden y Fular), y cerca de nueve mil doscientos hombres, mujeres y niños españoles, aunque muchos murieron en el camino. Por poner un ejemplo, del alpujarreño pueblo granadino de Capileira salieron con ese destino 25 familias, lo que suponía casi una quinta parte de su población.

Mucho de ellos acabaron “re-emigrando” a California, como demuestra el censo de 1930, que incluía solo a 1219 residentes de ascendencia española en Hawái. Rocklin, un pueblo de California que nació para dar cobijo a emigrantes irlandeses que llegaron para construir el ferrocarril, fue el destino final de la gran mayoría de españoles procedentes del Pacífico. La mayoría acabó por convertirse en propietarios de ranchos y haciendas y acabaron por integrarse totalmente en el país.

Este reclutamiento masivo generó cierta controversia en España, en parte por el resentimiento ante las recientes perdidas de Cuba y Filipinas tras la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898. Vieron esto como una nueva humillación al antiguo y derrotado Imperio español. En un artículo del diario ABC del 27 de diciembre de 1912, titulado “Consejos para emigrantes”, además de aclarar que “el viaje se realiza en barcos que no están autorizados por el gobierno de España, y, por lo tanto, cualquier reclamo hecho ante ese gobierno no será atendido”, se explica que “no hay que olvidar que en el archipiélago donde murió Cook, los hacendados yanquis y japoneses miran a los peones españoles como seres abyectos, dignos únicamente del látigo y de toscos insultos”.

El cónsul español en Hawái, Luis Guillén Gil, mostró su opinión en 1916 de la siguiente forma: “En Hawái hay 91,409 japoneses, 21,770 chinos y 15,290 filipinos; si a estos números agregamos los nativos de la isla, los blancos somos una minoría. La raza blanca no puede competir con la raza negra o la raza amarilla, especialmente esta última, debido a su característica sobriedad: un plato de arroz es su ración diaria habitual; soportan el trabajo difícil con admirable resignación; están acostumbrados a las dificultades, y las condiciones miserables en que viven estas personas desafortunadas son inapropiadas para los trabajadores agrícolas europeos, que nunca podrán soportarlos”.

No tenía en cuenta que esas mismas condiciones laborales las padecían muchos jornaleros españoles en su propio país.

 

Vascos en Idaho

 

Otro caso peculiar fue el de los vascos de Idaho, atraídos inicialmente por el descubrimiento de grandes yacimientos de plata en la región. Si bien muchos regresaron al País Vasco, otros tantos se acabaron instalando allí, especialmente en Boise, la capital del estado y la ciudad más poblada, hermanada desde hace tiempo con Guernica. En Boise existe en la actualidad una comunidad de vascoamericanos importante y cuentan con un Euskal Etxea, un importante centro cultural vasco, que está a la vanguardia de la North American Basque Organizations, Inc, una organización de clubes vascos con presencia en Idaho, California, Nevada y Oregón, entre otros estados.

Boise es parte del País Vasco”, comento el alcalde la ciudad, David H. Bieter, durante la Jaialdi de 2015, a la que asistió el lendakari Iñigo Urkullu, una fiesta callejera que se celebra cada cinco años, desde 1987, como homenaje a las tradiciones euskaldunas.

También hubo vascos en Nueva York. Por ejemplo, Valentín Aguirre, un emigrante nacido en Busturia (Vizcaya) en 1871, se estableció en la Gran Manzana en 1895. Durante las primeras décadas del siglo XX, regentó junto a su esposa, Benita Orbe, una pensión en la zona portuaria de East River, entre los puentes de Brooklyn y Manhattan, que se llamó Jai Alai. Como los inmigrantes tenían que informar a las autoridades, nada más llegar, de donde pensaban alojarse, muchos vascos tenían clara la respuesta: “en Casa Aguirre”.

Algo parecido pasó en Newark (New Jersey), donde reside la comunidad de descendientes de inmigrantes gallegos más importante de Estados Unidos, tanto que ha pasado a ser conocida como “Little Galicia” (“la pequeña Galicia”).

Para terminar, merece la pena comentar dos historias que guardan relación con el mundo del cine. Tenemos, por ejemplo a Francisco Estévez Martínez, nacido en Salceda de Caselas (Galicia), que emigró a Cuba en 1916 para acabar instalándose un par de años después en Ohio, donde conoció a la que sería su mujer, la inmigrante irlandesa Mary Ann Phelan. El matrimonio tuvo una hija y nueve hijos. Uno de ellos fue el célebre actor Martin Sheen, cuyo nombre real es Ramón Gerard Antonio Estévez, padre de los también actores Charlie Sheen y Emilio Estévez.

Eduardo Cansino, un bailarín y actor estadounidense, nacido en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), destacó en las Ziegfield Follies de Broadway y se casó en 1917 con Volga Hayworth, también bailarina. Fruto de este matrimonio nacerían tres hijos: Eduardo, Vernon y Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth. Su abuelo, el padre de Eduardo Cansino, fue Antonio Cansino, un célebre bailarín y guitarrista flamenco de Paradas (Sevilla).

 

Dios ha vuelto en versión 2.0. La Voz de Almería

Tras abordar las figuras de Jesús de Nazaret y de María Magdalena en sus proyectos anteriores, el investigador Óscar Fábrega se deja de rodeos para acercarse directamente al todopoderoso Dios. De hecho, su nuevo libro sostiene que ‘Dios ha vuelto’ -así se titula este ensayo publicado por Guante Blanco, sello que dirige- aunque en versión 2.0. 

La obra, que verá la luz el próximo 27 de septiembre con prólogo de Jesús Callejo y José Antonio Caravaca, explora la relación directa entre la decadencia más o menos generalizada de las grandes religiones y la aparición, desde el siglo XIX, de nuevos movimientos religiosos que han ocupado su espacio. “En realidad, salvo algunas excepciones, se trata más bien de versiones 2.0 de las religiones tradicionales”, explica a LA VOZ el escritor.


Según expone, han surgido cristianismos nuevos que, si bien no hacen sombra, por ahora, al catolicismo o a las iglesias protestantes más populares, están creciendo como la espuma. Por ejemplo, los Testigos de Jehová o la Iglesia Adventista del Séptimo Día -religiones aparecidas en Estados Unidos en el siglo XIX- cuentan con más de diez millones de fieles en el mundo.

Portada de su nuevo proyecto.
Portada de su nuevo proyecto.LA VOZ

“Pero también han nacido nuevas formas de Islam, como la Fe Baha’í o la Comunidad Ahmadía, y nuevas versiones del judaísmo, como los rastafaris o los hebreos negros de EEUU”, señala el ensayista.

Por otro lado, Fábrega dedica cerca de la mitad del libro a analizar dos fenómenos curiosísimos: las religiones ovni, que toman como punto de partida el supuesto contacto de algunos iluminados con entidades procedentes de otros planetas -“algunas tremendamente populares, como la Cienciología o el Raëlismo”- y, por otro lado, las religiones satíricas, que pretenden burlarse de los sistemas religiosos tradicionales mediante propuestas que siguen la misma estructura que estas y que, en la práctica, funcionan como filosofías vitales de lo más interesantes. “Hay un sinfín de ejemplos, pero me quedo con dos: la Iglesia del Monstruo de Espagueti Volador y la Fe Jedi”, subraya.

Entre las manifestaciones religiosas más curiosas que repasa ‘Dios ha vuelto’ destaca por su popularidad The Nation of Islam, un extravagante movimiento que surgió en EEUU en los años 30 del siglo pasado. “Además de defender la supremacía racial de los afroamericanos respecto a los blancos -con connotaciones claramente racistas-, son antisemitas, practican una versión muy ‘sui generis’ del Islam, abogan por la creación de un país propio para los negros y defienden que antes del fin del mundo, los elegidos -ellos- serán rescatados por una nave espacial, lo que les permitirá sobrevivir a la tragedia”, relata.

“Aunque The Nation of Islam no es lo que era -llegó a contar con cerca de dos millones de fieles-, sigue teniendo unos 25.0000 creyentes en EEUU. El mítico Malcolm X llegó a ser una de las principales figuras de esta religión; de hecho, terminó siendo asesinado por antiguos compañeros después de renunciar a la Iglesia”, expresa.

A juicio de este especialista en historia de las religiones, este apogeo de fervor se debe a que el ser humano necesita creer en Dios “en un sentido muy amplio”. “La idea de que la muerte no es el fin de la vida ha acompañado al Homo sapiens desde hace 30.000 o 40.000 años; se trata de un mecanismo evolutivo similar a nuestra capacidad para el lenguaje o para fabricar y usar herramientas: un guerrero de una tribu del Paleolítico no se enfrentaba igual a un enemigo o a un animal que quisiese cazar si creía en la existencia de algo después de la muerte. Esto es mucho más complejo, pero para eso está el libro”