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Rumbo a América. “Clío historia”, nº 200, junio 2018, págs. 16-23

ENTRE 1882 Y 1930, HOMBRES Y MUJERES DE TODOS LOS RINCONES DE EUROPA PROTAGONIZARON UN ESPECTACULAR MOVIMIENTO MIGRATORIO HACIA AMÉRICA ES BUSCA DE NUEVAS OPORTUNIDADES. AUNQUE ES DIFÍCIL PRECISAR CIFRAS, UNOS CUATRO MILLONES DE ESPAÑOLES AL OTRO LADO DEL ATLÁNTICO. CERCA DE LA MITAD SE DESPLAZARON A ARGENTINA, UN PAÍS TAN GRANDE COMO ESCASAMENTE POBLADO, QUE ADEMÁS INCENTIVÓ LA EMIGRACIÓN DE EUROPEOS. PERO MUCHOS OTROS DECIDIERON INTENTARLO EN ESTADOS UNIDOS. SU HISTORIA, TAN DESCONOCIDA COMO APASIONANTE, MERECE SER RESCATADA DEL OLVIDO.

 

Si bien la inmigración española hacia América fue mínima durante la primera mitad del siglo XIX, entre 1850 y 1880, como consecuencia de las guerras carlistas, y como respuesta a la dramática situación económica que entonces experimentaba España, se produjo un significativo incremento, con un número cercano a 23.000 personas en unos treinta años.

A partir de 1891, con la instauración en Estados Unidos de una serie de leyes de inmigración más restrictivas, el número se redujo de forma considerable. Pero la recuperación económica del país, gravemente perjudicado por las crisis económicas de 1873 y 1893, y el desarrollo espectacular que se produjo a principios del siglo XX, provocaron que llegasen nuevas oleadas de emigrantes europeos, en parte por la necesidad de mano de obra de las nuevas industrias.

Fue en esta época, durante el primer cuarto del siglo XX, cuando se disparó el flujo de españoles en Estados Unidos. Entre 1901 y 1910, se marcharon unas 27.000 personas, pero en la siguiente década el numeró se duplicó hasta llegar a más de 68.000.

A partir de entonces, y como consecuencia de la instauración de un sistema de cuotas por el Gobierno de Estados Unidos (en 1921), que favorecía a los europeos del norte, el número de emigrantes españoles se redujo de forma significativa. Aun así, entre 1921 y 1930, el país recibió cerca de 28.000 más. La Crisis del 29 y la Gran Depresión frenaron este ímpetu, junto al establecimiento de la República y la esperanza en una mejora de las condiciones de vida es nuestro país.

Posteriormente, tras la Guerra Civil y los primeros años de estancamiento del régimen dictatorial de Francisco Franco, se produjo un nuevo repunte, especialmente en la década de 1960, cuando cerca de 45.000 españoles se lanzaron de nuevo al país de las oportunidades.

En resumidas cuentas, durante las tres primeras décadas del siglo XX, el número de españoles que se instalaron en Estados Unidos ascendió a un total de 123.000, un número similar a los que se habían instalado en América durante los cuatro siglos anteriores. En la actualidad, y como consecuencia de la reciente crisis económica, hay unos 121.046 españoles inscritos en el registro consular del gobierno de España. La Oficina del Censo de Estados Unidos estima que, en 2016, unas 707.000 personas se autoidentificaron como españoles, aunque aquí se incluyen a los que tenían ascendencia familiar española.

Hay que tener en cuenta, además, que gran parte de la emigración era temporal. No todos iban para quedarse, sino para hacer fortuna y regresar a su tierra. De hecho, se estima que un 57% volvieron a España. Son los famosos indianos.

 

¿Quiénes eran?

 

El perfil medio de los inmigrantes españoles era obvio: varones, jóvenes (entre quince y veintitrés años) y solteros. Se calcula de que por cada mujer emigrante, había cinco hombres. Con el tiempo se produjo un aumento de emigración familiar y se produjo una importante reunificación de las familias.

La mayor parte procedían de las regiones menos favorecidas e industrializadas del país, especialmente Galicia, Cantabria, Andalucía y las Islas Canarias. Unas dos terceras partes eran campesinos, aunque muchos acabaron desarrollando otras actividades en Estados Unidos.

Galicia, por ejemplo, era una región dedicada casi por completo a la pesca, la agricultura y la ganadería, en la que abundaban los minifundios y la competencia hacía que apenas se pudiese vivir del campo. Fue la región con mayor número de emigrantes (cerca de un 40%), lo que ha llevado a que el término “gallego”, en Sudamérica, se use para identificar a los españoles en general. En Andalucía sucedía lo contrario: la mayoría de la tierra estaba en manos de ricos terratenientes, propietarios de grandes extensiones latifundistas, lo que provocaba que la masa de jornaleros tuviese que malvivir con los infrahumanos salarios que se pagaban.

Por otro lado, una parte importante de los emigrantes estaban vinculados a actividades que ejercían una cierta profesionalización. Por ejemplo, la emigración procedente de Asturias y el País Vasco era algo más especializada, ya que en el siglo XIX se produjo en estas regiones un desarrollo industrial importante gracias a la minería del carbón, la metalurgia y la construcción de barcos.

Aunque hay que tener en cuenta las diferencias sociales entre las distintas regiones de España, había varios puntos en común entre los emigrantes españoles en Estados Unidos. La inmensa mayoría eran católicos, y nunca renegaron de ello, pese a estar en un país de mayoría protestante, y le daban mucha importancia a la familia tradicional, aunque en esto último no se diferenciaban de las concepciones norteamericanas. Además, defendían valores contrarios al capitalismo norteamericano, ferviente defensor de la libertad individual y empresarial, pero carente de mecanismos solidarios entre los sujetos. Los españoles, en cambio, subordinaban el bien individual al colectivo y eran muy de poner por encima del mérito personal ideas como la lealtad en los negocios y las amistades.

Otra característica esencial era el ocio, al que daban un valor primario, tanto como herramienta de socialización como válvula de escape ante las interminables jornadas laborales. Además, los españoles, especialmente los del sur, destacaban, respecto a los estadounidenses, por su intensidad emocional y su apasionada forma de vivir la vida.

 

Asociaciones

 

En todos lados se produjo un fenómeno curioso, aunque habitual en las emigraciones masivas: las comunidades españolas en Estados Unidos se agruparon en torno a sus identidades regionales. Había centros de emigrantes de casi todas las regiones, como el Club Galicia de Cleveland, el Centro Vascoamericano de Nueva York o el Centro Asturiano de Tampa (Florida).

Pero también había asociaciones dedicadas a la ayuda mutua entre españoles. Por ejemplo, en Nueva York se fundó a principios del siglo XX la Unión Benéfica Española de los Estados Unidos, que llegó a contar con cuatro mil socios en 1920 y que tenía sucursales por varias localidades del estado (Albany, Niagara Falls, Waterbury). Entre otras actividades, se encargaban de proporcionar atención sanitaria, información para los nuevos emigrantes y ayuda para la repatriación.

En torno a la Unión Benéfica Española se desarrolló Little Spain, una barriada de Manhattan, situada en la Calle 14, que se formó a partir de 1902, cuando centenares de españoles se establecieron en la zona. El epicentro fue la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, fundada ese mismo año, el primer templo católico de habla hispana en la ciudad de los rascacielos.

El catalán José Camprubí, además de estudiar ingeniería en Harvard, trabajó en la construcción del metro de Nueva York entre 1905 y 1911, fue presidente de esta sociedad y, en 1913, comenzó a editar el primer diario en castellano de Estados Unidos, La Prensa, destinado a los emigrantes españoles en la ciudad de Nueva York. Por si fuera poco, era cuñado de Juan Ramón Jiménez (casado con la hermana de Camprubí, Zenobia).

Hubo sociedades similares en Illinois (la Unión Benéfica Española de Westfield, fundada en 1915), en California (la Unión Española de Beneficencia de San Francisco, de 1923), en Indiana (la Unión Benéfica Española de Gary) o en Pensilvania (la Unión Española de Jessup). La más antigua tuvo su sede también en la ciudad de Nueva York: la Sociedad Española de Socorro Mutuo, más conocida como “La Nacional”, fundada en 1868.

También hubo asociaciones deportivas, como el Sporting Club de Nueva York, y asociaciones culturales, como el Club Cervantes de Filadelfia.

 

¿Dónde se instalaron?

 

Los inmigrantes españoles se establecieron principalmente en cinco áreas de Estados Unidos: la populosa ciudad de Nueva York, Florida, California, las montañas del oeste y las zonas industriales del Middle West (medio-oeste).

El idioma ayudó a los que se establecieron en las regiones que anteriormente habían sido españolas (Florida, California, Texas y Nuevo México). Además, aunque se integraron bien y asimilaron el inglés, en su esfera privada fomentaban el uso del castellano, algo similar a lo que sucede en actualidad con los latinoamericanos.

Por otro lado, muchos mineros asturianos, especializados en la extracción del carbón, se desplazaron hasta Virginia Occidental a principios del siglo XX, y otros tantos relacionados con la industria del acero o el zinc se asentaron en Ohio, Illinois, Kansas, Michigan y Pensilvania. El abuelo materno de la cantante cubana Gloria Estefan fue uno de ellos.

Hubo un buen número de cántabros que se fueron a trabajar en las canteras de granito de Vermont, especialmente en la localidad de Barre, autoproclamada como “la capital del granito mundial” gracias a los vastos depósitos de Millstone Hill. También había canteras cántabras en Hallowell (Maine). El granito de los estados de Nueva Inglaterra, en el noreste de Estados Unidos, era muy solicitado en aquella época para la construcción de edificios.

En el Estado de Nueva York se produjo un hecho insólito. Muchos españoles montaron hoteles y restaurantes en las playas de Staten Island o New Jersey y, otros tantos levantaron casas rurales y balnearios en las montañas de Catskills. Pretendían con ello alojar a neoyorquinos que, hastiados por el calor veraniego de la Gran Manzana, huían a las playas del sur o a las montañas del norte. Un ejemplo curioso fue la Naturist Society que fundaron en 1929 un grupo de anarquistas españoles en la costa sur de Staten Island. Llama especialmente la atención el Rifton Hotel, un elegante complejo con casi cien habitaciones que fundaron Alfredo Díaz y su esposa Pilar, ambos nativos de Sama de Langreo (Asturias), en Rifton, en las Catskills.

Por otro lado, en la ciudad de Nueva York hubo varios importantes enclaves españoles, ente los que cabe destacar la ya citada Little Spain y la sección de East Harlem que actualmente aún se conoce como Spanish Harlem o “El Barrio”.

 

Andaluces en Hawái

 

Un caso tan significativo como interesante tuvo lugar tras la anexión, en 1898, de Hawái a Estados Unidos. Los empresarios americanos ya llevaban un tiempo cultivando caña de azúcar en aquellas islas, pero no veían con muy buenos ojos la mano de obra china y japonesa. Fue una consecuencia más del llamado “peligro amarillo”, que, entre otras cosas, llevó a la promulgación de varias leyes para evitar la inmigración asiática en Estados Unidos.

Así, a principios del siglo XX, agrupados como la Hawaiian Sugar Planter’s Association (Asociación de cultivadores de azúcar de Hawái), lanzaron un programa de reclutamiento de familias de origen europeo con el objetivo de “blanquear” la población. Pusieron sus ojos en algunas regiones de tradición azucarera, como Madeira, las Azores y el sur de España, especialmente Almería, Málaga y Granada, y, a cambio de un pasaje gratuito y con la promesa de una vivienda, un acre de tierra y un futuro halagüeño, consiguieron convencer a muchos para “hacer las Américas” en Hawái.

El 26 de abril de 1907, el barco británico Heliopolis llegó a Honolulu con 2246 inmigrantes malagueños, 52 de ellos bebés nacidos durante la travesía. Entre ese año y 1913, llegaron a Hawái cinco barcos más (Osteric, Willesden, Harpalion, Willesden y Fular), y cerca de nueve mil doscientos hombres, mujeres y niños españoles, aunque muchos murieron en el camino. Por poner un ejemplo, del alpujarreño pueblo granadino de Capileira salieron con ese destino 25 familias, lo que suponía casi una quinta parte de su población.

Mucho de ellos acabaron “re-emigrando” a California, como demuestra el censo de 1930, que incluía solo a 1219 residentes de ascendencia española en Hawái. Rocklin, un pueblo de California que nació para dar cobijo a emigrantes irlandeses que llegaron para construir el ferrocarril, fue el destino final de la gran mayoría de españoles procedentes del Pacífico. La mayoría acabó por convertirse en propietarios de ranchos y haciendas y acabaron por integrarse totalmente en el país.

Este reclutamiento masivo generó cierta controversia en España, en parte por el resentimiento ante las recientes perdidas de Cuba y Filipinas tras la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898. Vieron esto como una nueva humillación al antiguo y derrotado Imperio español. En un artículo del diario ABC del 27 de diciembre de 1912, titulado “Consejos para emigrantes”, además de aclarar que “el viaje se realiza en barcos que no están autorizados por el gobierno de España, y, por lo tanto, cualquier reclamo hecho ante ese gobierno no será atendido”, se explica que “no hay que olvidar que en el archipiélago donde murió Cook, los hacendados yanquis y japoneses miran a los peones españoles como seres abyectos, dignos únicamente del látigo y de toscos insultos”.

El cónsul español en Hawái, Luis Guillén Gil, mostró su opinión en 1916 de la siguiente forma: “En Hawái hay 91,409 japoneses, 21,770 chinos y 15,290 filipinos; si a estos números agregamos los nativos de la isla, los blancos somos una minoría. La raza blanca no puede competir con la raza negra o la raza amarilla, especialmente esta última, debido a su característica sobriedad: un plato de arroz es su ración diaria habitual; soportan el trabajo difícil con admirable resignación; están acostumbrados a las dificultades, y las condiciones miserables en que viven estas personas desafortunadas son inapropiadas para los trabajadores agrícolas europeos, que nunca podrán soportarlos”.

No tenía en cuenta que esas mismas condiciones laborales las padecían muchos jornaleros españoles en su propio país.

 

Vascos en Idaho

 

Otro caso peculiar fue el de los vascos de Idaho, atraídos inicialmente por el descubrimiento de grandes yacimientos de plata en la región. Si bien muchos regresaron al País Vasco, otros tantos se acabaron instalando allí, especialmente en Boise, la capital del estado y la ciudad más poblada, hermanada desde hace tiempo con Guernica. En Boise existe en la actualidad una comunidad de vascoamericanos importante y cuentan con un Euskal Etxea, un importante centro cultural vasco, que está a la vanguardia de la North American Basque Organizations, Inc, una organización de clubes vascos con presencia en Idaho, California, Nevada y Oregón, entre otros estados.

Boise es parte del País Vasco”, comento el alcalde la ciudad, David H. Bieter, durante la Jaialdi de 2015, a la que asistió el lendakari Iñigo Urkullu, una fiesta callejera que se celebra cada cinco años, desde 1987, como homenaje a las tradiciones euskaldunas.

También hubo vascos en Nueva York. Por ejemplo, Valentín Aguirre, un emigrante nacido en Busturia (Vizcaya) en 1871, se estableció en la Gran Manzana en 1895. Durante las primeras décadas del siglo XX, regentó junto a su esposa, Benita Orbe, una pensión en la zona portuaria de East River, entre los puentes de Brooklyn y Manhattan, que se llamó Jai Alai. Como los inmigrantes tenían que informar a las autoridades, nada más llegar, de donde pensaban alojarse, muchos vascos tenían clara la respuesta: “en Casa Aguirre”.

Algo parecido pasó en Newark (New Jersey), donde reside la comunidad de descendientes de inmigrantes gallegos más importante de Estados Unidos, tanto que ha pasado a ser conocida como “Little Galicia” (“la pequeña Galicia”).

Para terminar, merece la pena comentar dos historias que guardan relación con el mundo del cine. Tenemos, por ejemplo a Francisco Estévez Martínez, nacido en Salceda de Caselas (Galicia), que emigró a Cuba en 1916 para acabar instalándose un par de años después en Ohio, donde conoció a la que sería su mujer, la inmigrante irlandesa Mary Ann Phelan. El matrimonio tuvo una hija y nueve hijos. Uno de ellos fue el célebre actor Martin Sheen, cuyo nombre real es Ramón Gerard Antonio Estévez, padre de los también actores Charlie Sheen y Emilio Estévez.

Eduardo Cansino, un bailarín y actor estadounidense, nacido en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), destacó en las Ziegfield Follies de Broadway y se casó en 1917 con Volga Hayworth, también bailarina. Fruto de este matrimonio nacerían tres hijos: Eduardo, Vernon y Margarita Carmen Cansino, más conocida como Rita Hayworth. Su abuelo, el padre de Eduardo Cansino, fue Antonio Cansino, un célebre bailarín y guitarrista flamenco de Paradas (Sevilla).

 

Dios ha vuelto en versión 2.0. La Voz de Almería

Tras abordar las figuras de Jesús de Nazaret y de María Magdalena en sus proyectos anteriores, el investigador Óscar Fábrega se deja de rodeos para acercarse directamente al todopoderoso Dios. De hecho, su nuevo libro sostiene que ‘Dios ha vuelto’ -así se titula este ensayo publicado por Guante Blanco, sello que dirige- aunque en versión 2.0. 

La obra, que verá la luz el próximo 27 de septiembre con prólogo de Jesús Callejo y José Antonio Caravaca, explora la relación directa entre la decadencia más o menos generalizada de las grandes religiones y la aparición, desde el siglo XIX, de nuevos movimientos religiosos que han ocupado su espacio. “En realidad, salvo algunas excepciones, se trata más bien de versiones 2.0 de las religiones tradicionales”, explica a LA VOZ el escritor.


Según expone, han surgido cristianismos nuevos que, si bien no hacen sombra, por ahora, al catolicismo o a las iglesias protestantes más populares, están creciendo como la espuma. Por ejemplo, los Testigos de Jehová o la Iglesia Adventista del Séptimo Día -religiones aparecidas en Estados Unidos en el siglo XIX- cuentan con más de diez millones de fieles en el mundo.

Portada de su nuevo proyecto.
Portada de su nuevo proyecto.LA VOZ

“Pero también han nacido nuevas formas de Islam, como la Fe Baha’í o la Comunidad Ahmadía, y nuevas versiones del judaísmo, como los rastafaris o los hebreos negros de EEUU”, señala el ensayista.

Por otro lado, Fábrega dedica cerca de la mitad del libro a analizar dos fenómenos curiosísimos: las religiones ovni, que toman como punto de partida el supuesto contacto de algunos iluminados con entidades procedentes de otros planetas -“algunas tremendamente populares, como la Cienciología o el Raëlismo”- y, por otro lado, las religiones satíricas, que pretenden burlarse de los sistemas religiosos tradicionales mediante propuestas que siguen la misma estructura que estas y que, en la práctica, funcionan como filosofías vitales de lo más interesantes. “Hay un sinfín de ejemplos, pero me quedo con dos: la Iglesia del Monstruo de Espagueti Volador y la Fe Jedi”, subraya.

Entre las manifestaciones religiosas más curiosas que repasa ‘Dios ha vuelto’ destaca por su popularidad The Nation of Islam, un extravagante movimiento que surgió en EEUU en los años 30 del siglo pasado. “Además de defender la supremacía racial de los afroamericanos respecto a los blancos -con connotaciones claramente racistas-, son antisemitas, practican una versión muy ‘sui generis’ del Islam, abogan por la creación de un país propio para los negros y defienden que antes del fin del mundo, los elegidos -ellos- serán rescatados por una nave espacial, lo que les permitirá sobrevivir a la tragedia”, relata.

“Aunque The Nation of Islam no es lo que era -llegó a contar con cerca de dos millones de fieles-, sigue teniendo unos 25.0000 creyentes en EEUU. El mítico Malcolm X llegó a ser una de las principales figuras de esta religión; de hecho, terminó siendo asesinado por antiguos compañeros después de renunciar a la Iglesia”, expresa.

A juicio de este especialista en historia de las religiones, este apogeo de fervor se debe a que el ser humano necesita creer en Dios “en un sentido muy amplio”. “La idea de que la muerte no es el fin de la vida ha acompañado al Homo sapiens desde hace 30.000 o 40.000 años; se trata de un mecanismo evolutivo similar a nuestra capacidad para el lenguaje o para fabricar y usar herramientas: un guerrero de una tribu del Paleolítico no se enfrentaba igual a un enemigo o a un animal que quisiese cazar si creía en la existencia de algo después de la muerte. Esto es mucho más complejo, pero para eso está el libro”

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Dios ha vuelto: mormones, rastafaris, alienígenas ancestrales y espaguetis con albóndigas

¿Por qué los rastafaris consideran la marihuana como una planta sagrada? ¿Quién es Xenu, el extraterrestre que, según los cienciólogos, visitó la Tierra hace millones de años? ¿Por qué algunos nacionalistas negros de Estados Unidos creen que son los auténticos hebreos? ¿En qué creen los Testigos de Jehová? ¿Por qué algunos pueblos de la Melanesia veneran al príncipe Felipe, esposo de la reina Isabel II de Inglaterra? ¿Quién asesinó a Malcolm X? ¿Qué relación hay entre el Libro de Urantia, los cereales para el desayuno y los adventistas del séptimo día? ¿A qué fue Jesús a América antes de ascender al Cielo? ¿A qué se debe que los fieles de la Iglesia Maradoniana consideren el 22 de junio como un día sagrado? ¿Cuál es la relación entre el cambio climático, el descenso en el número de piratas y el Monstruo de Espagueti Volador? ¿Saben que en los años ochenta un californiano fabricó unicornios? ¿Por qué demonios se llama este libro Dios ha vuelto? Todas estas preguntas encontrarán respuesta, o no, en este nuevo libro del especialista en historia de las religiones Óscar Fábrega, autor de Pongamos que hablo de Jesús y La Magdalena; verdades o mentiras

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Homo insolitus 64: El mago de los cohetes

En 1942, Jack Parsons inventó el primer combustible sólido y moldeable para cohetes, inaugurando así una senda que llevaría a perfeccionar, unos años después, a la conquista del espacio y a la fabricación de mortíferas de guerra. Además, Parsons colaboró en la fundación del Laboratorio de Propulsión a Chorro, junto al Instituto de Tecnología de California (más conocido como Caltech), claro antecedente de la posterior NASA. Sus contribuciones nos han permitido poner robots en Marte, tomar muestras del polvo de la cola de algún cometa y enviar sondas más allá de los confines del Sistema Solar. Lo curioso es que Parsons también estaba muy interesado en el ocultismo. Tanto que llegó, incluso, a unirse al grupo ocultista que fundó el británico Aleister Crowley… Todo un Homo insolitus que merece la pena conocer con cierto detalle.

John Whiteside Parsons nació en Los Ángeles en 1914. No brilló en la enseñanza secundaria, pero si mostró desde pequeño un interés por la lectura y la ciencia ficción. Tampoco tenía demasiadas dotes sociales, pero construyó una fuerte amistad con su vecino Edward S. Forman, con el que compartía su afición por el espacio y con el que comenzó a fabricar, siendo aún niños, los primeros cohetes.

Se propuso estudiar química en la Escuela Universitaria de Pasadena y consiguió graduarse en 1933, pero nunca pudo dar el siguiente paso y, aunque se matriculó en la Universidad de Stanford, no aguanto ni un mes por sus problemas económicos.

Mientras tanto, había continuado experimentando junto a su amigo Ed. Querían acabar con las burlas que muchos científicos, y el propio gobierno de los Estados Unidos, habían realizado sobre la tecnología de los cohetes espaciales. Lo veían como algo propio de la ciencia ficción y de las revistas pulp a lo Amazing Stories. Lo curioso es que fue precisamente esto lo que atrajo a estos dos inquietos jóvenes.

Esta inquietud le llevó a dirigirse en marzo de 1935, junto a su amigo y cómplice Ed, convertido en un mecánico experto, hasta Caltech, con la intención de captar a algún científico para su causa. Lo consiguieron: un tal Frank Malina, recién graduado, estaba trabajando como asistente en un túnel de viento, realizando estudios sobre los motores de propulsión para aviones. Malina se interesó por sus propuestas y pronto comenzaron a trabajar juntos. En febrero de 1936 formaron un trío que fue conocido, de forma despectiva, como El escuadrón suicida.

Malina, como científico que era, se centró más en los aspectos teóricos, pero Parsons y Forman, desde el primer momento, se dedicaron a confeccionar modelos de cohetes. No lo consiguieron. Eso sí, durante los tres primeros años no contaron con presupuesto alguno y tuvieron que pagar todos los gastos de su bolsillo, teniendo que trabajar casi siempre durante las noches o los fines de semana.

Por aquella misma época, finales de la década de 1930, cuando rondaba los 24 años, Parsons comenzó a frecuentar las reuniones del Ordo Templi Orientis (OTO), una sociedad ocultista creada por Aleister Crowley que llegó a tener gran difusión en la zona de Los Ángeles. Allí, entre misas gnósticas, encuentros sexuales comunitarios y orgías etílicas, se fue iniciando en la filosofía Thelema de Crowley, cuyo principio básico era «haz lo que quieras que sea la totalidad de la Ley».

Sus compañeros no vieron con buenos ojos su acercamiento a estas extrañas actividades, pero, por otro lado, cada vez quedaba más claro que era un genio fabricando combustibles para cohetes. Alguno de ellos recuerda como solía cantar el Hymn to Pan de Crowley antes de encender sus prototipos…

Finalmente, en 1941, tras conseguir sus primeros éxitos, Parsons y sus colegas fundaron la Aerojet Engineering Corporation, con la intención de vender cohetes para el ejército. Triunfaron. Y dos años más tarde, ya en plena Segunda Guerra Mundial, ayudó a fundar el Laboratorio de Propulsión a Chorro.

Por aquella misma época se convirtió en el líder del OTO en la costa oeste, carteándose a menudo con un anciano Crowley, que por aquel entonces tenía 72 años —falleció el 1 de diciembre de 1947—. Todo esto nos puede parecer extraño, y de hecho, lo era. Pero no para Parsons, que veía sus actividades con los cohetes como el camino perfecto para que los humanos fuesen capaces de explorar el universo y contactar, por fin, con las esquivas divinidades.

De hecho, con el dinero que ganó gracias a la venta de cohetes, compró una enorme mansión de madera en Pasadena que se convirtió en el centro de operaciones de OTO —recibió el nombre de The Parsonage—. Allí se mezclaban científicos interesados en la propulsión a chorro con sacerdotisas vestidas solo con túnicas. Por supuesto, no faltaban las drogas en aquella casa.

Claro, su creciente excentricidad tenía un precio. No estaba bien visto que alguien que trabajaba en un tema tan delicado se dedicase en su tiempo libre a la magia. Y, finalmente, en 1943, decidió vender sus acciones de Aerojet (por 20000 dólares) y abandonó sus estudios sobre cohetes, al menos de forma oficial.

Por si fuera poco, fue bastante amigo de L. Ronald Hubbard, el fundador de la Iglesia de la Cienciología. Pero la cabra tira al monte, y en julio de 1946, Hubbard, con la excusa de una inversión lucrativa en una empresa textil, le timó 20000 dólares. Fue el comienzo del final. Desahuciado y sin un dólar, trabajó en una gasolinera, aunque esporádicamente rentabilizaba sus conocimientos científicos fabricando explosiones para películas de Hollywood.

Podría haber dado muchísimo más juego, de no ser porque falleció como consecuencia de una explosión que se produjo en el laboratorio de su casa en junio de 1952, cuando tenía solo 37 años. Cuando llegaron las ambulancias y la policía, Parsons aún vivía, aunque la explosión le había arrancado media cara, haciendo visible su cráneo, y el brazo derecho.

En el suelo encontraron cientos de planos de cohetes mezclados con dibujos ocultistas y pentagramas.

Publicado el domingo 20-01-2019 en La Voz de Almería

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Homo insolitus 63: Una heroína liberal

Mariana Pineda nació y murió en Granada. Nació el 1 de septiembre de 1804 en el seno de una familia atípica. Su padre, Mariano de Pineda, granadino, capitán de barco y caballero calatravo, nunca se casó con su madre, María de los Dolores Muñoz, sevillana. Se desconoce el motivo, aunque sabemos que, antes de nacer Mariana, tuvieron a una hija en Sevilla que falleció al poco tiempo de nacer; y que la relación nunca fue placida. Tanto es así que, cuando Mariana tenía solo un año, su padre consiguió su tutela. No duró mucho, ya que el hombre padecía una enfermedad crónica que pronto acabaría con su vida. La joven niña quedó al cargo de su tío paterno, que a su vez la cedió a una pareja que trabajaba para él, José de Mesa y Úrsula de la Presa. Fueron estos los que criaron a Mariana… Y los que se apoderaron de las posesiones que había heredado de su padre; posesiones que nunca recuperó.

Si complicada fue su infancia, debido a su condición de hija no reconocida, más complicada fue su adolescencia. Se casó con tan solo quince años con un ex militar llamado Manuel de Peralta, con el que tendría dos hijos, José María (1820) y Úrsula María (1821). Poco tiempo después de nacer el segundo, enviudó. Tenía solo dieciocho años.

Justo en aquella época, España estaba viviendo una época convulsa que ha pasado a la historia como el Trienio Liberal. Resumiendo: Fernando VII regresó, aclamado, en 1814, y lo primero que hizo fue cargarse las reformas políticas y legislativas de la constitución de Cádiz de 1812, la Pepa, restableciendo así el Antiguo Régimen y el poder absoluto del monarca. Los liberales se vieron obligados a huir, aunque desde la sombra orquestaron varios intentos de derrocar al Borbón. Él último de ellos, dirigido por el teniente coronel Rafael de Riego, tuvo lugar el día de año nuevo de 1820. Este golpe militar, conocido como el Pronunciamiento de Riego, triunfó y dio pasó al citado Trienio Liberal. Fernando VII se vio obligado a jurar la Pepa y a suprimir la Inquisición, que aún existía. Pero no duró mucho. Francia decidió que había que ayudar al monarca y, gracias a los Cien Mil Hijos de San Luis, Fernando VII fue repuesto, se dieron por finalizados estos tres años de efervescencia liberal y comenzó la Década Ominosa (1823-1833).

Pues bien, Mariana abrazó con entusiasmo esta causa y, después del trágico desenlace, simbolizado a la perfección por el ahorcamiento público de Riego, se dedicó durante años a ayudar a los liberales perseguidos. Por esa misma época se casó con el abogado José de la Peña, padre de la que sería su tercera hija, Luisa (1829).

A finales de la década de 1820 parecía inminente un levantamiento liberal generalizado en Andalucía, encabezado por el general José María Torrijos. Se llegó incluso a fijar una fecha: el 20 de marzo de 1831. Pero Francisco Calomarde, ministro de Justicia de Fernando VII, estaba al tanto y logró evitar el golpe. Así, el 18 de marzo, dos días antes, Mariana Pineda fue detenida, acusada de colaborar con la insurrección.

En su casa de Granada encontraron una bandera a medio bordar, “señal indubitada del alzamiento que se forjaba”.

No la llevaron presa, sino que fue retenida en su propio domicilio. Craso error. Tres días después consiguió escapar disfrazada de anciana, pero el guarda que estaba encargado de su custodia consiguió detenerla. Fue entonces cuando la encerraron en el convento de las Arrecogidas (prostitutas) Santa María Egipcíaca.

Las autoridades tenían claro que no se trataba de una dirigente del frustrado golpe, pero la retuvieron con la esperanza de que cantara y les dijera los nombres de los implicados. No lo hizo. “Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios”, dijo.

Y fue juzgada. ¿El motivo? La dichosa bandera, “el signo más decisivo y terminante de un alzamiento contra la soberanía del Rey N.S. y su gobierno monárquico y paternal”. No sabemos cómo era aquella bandera. Según el expediente, era un paño morado con un triángulo en el centro, en cuyos lados aparecían tres palabras bordadas en rojo, igualdad, libertad y ley, y algunas letras sueltas que no pudieron identificarse.

Le acusaron de rebelión contra España y el monarca, delito que estaba castigado con la muerte. La defensa planteó que no se trataba de una bandera liberal, sino de una enseña masónica. Como las mujeres no podían pertenecer a la masonería, solo se le podía acusar de relacionarse con una secta prohibida, pero no de rebelión. En efecto, esa bandera tenía mucho que ver con la masonería: los colores morados y verde corresponden al grado 22 (Caballero de la Real Hacha) del rito escocés rectificado; y el triángulo es un icono claramente masónico.

Pero claro, los masones estaban relacionados con los movimientos liberales subterráneos de aquella época, así que de poco sirvió esta defensa. Al contrario.

Fue condenada a muerte.

Se le ejecutó en el Campo del Triunfo, mediante el terrible garrote vil, el 26 de mayo de 1831. Tenía 26 años de edad. Granada lloró su muerte.

No tardó en convertirse en una mártir y en un símbolo de la lucha por la libertad.

Algunas fuentes consideran que en realidad todo fue un montaje y que la policía introdujo la bandera en casa de Mariana para poder acusarla de cómplice de la frustrada rebelión liberal. Es bastante posible.

 

¡Oh! Qué día tan triste en Granada,
que a las piedras hacía llorar
al ver que Marianita se muere
en cadalso por no declarar.

Publicado el domingo 13-01-2019 en La Voz de Almería

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