Homo insolitus 6: La Princesa Caraboo

La noche del jueves 3 de abril de 1817, una extraña mujer apareció, desorientada y perdida, en mitad de una granja de la pequeña parroquia de Amondsbury (South Gloucestershire, Inglaterra). La joven, de unos veinticinco años, aparentaba modales aristocráticos y tenía un aspecto limpio y aliñado. Era morena, con los ojos negros, los dientes limpios y sanos y la piel blanca; llevaba un vestido negro con un chal de algodón negro a modo de turbante, un pañuelo rojo y negro sobre los hombros, zapatos de cuero y medias negras. Lo intrigante es que no pudieron comunicarse con ella porque hablaba un idioma incomprensible y extraño. Los vecinos, atónitos, la llevaron a la posada local y vieron sorprendidos como la joven, cuando se fue a acostar, cogió el colchón y lo tiró al suelo… y se acostó desnuda, algo inaudito en aquella época.

Poco después, el magistrado del condado, un tal Samuel Worrall, la alojó en su casa y, junto a su mujer, consiguió averiguar que se hacía llamar Caraboo. Pero la desconocida mostraba un comportamiento de lo más extraño. Entre otras cosas, se negaba a comer carne y a beber cerveza o sidra, limitándose a tomar verduras y agua.

Finalmente Worral decidió enviarla a Bristol, la localidad más importante de la zona, e ingresarle en el St. Peter’s Hospital para vagabundos. El enigma de su identidad se convirtió en la comidilla de Bristol, y, debido a esto, numerosos caballeros de la zona fueron a verla, trayendo consigo a amigos extranjeros de diversas nacionalidades con el objetivo de intentar averiguar el origen de la damisela.

Fue en este preciso momento cuando entró en escena un misterioso marinero portugués llamado Manuel Eynesso, que fue a visitarle al hospital. Este señor afirmó que podía entender el idioma de la enigmática señora, según él, una mezcla de varias lenguas habladas en Sumatra… Explicó que se trataba de la princesa Caraboo, que procedía de una isla del océano Índico llamada Javasu ―isla que, por cierto, no existe― que había sido capturada por unos piratas y que, tras un largo viaje desde la Polinesia hasta Gran Bretaña, consiguió saltar por la borda en el canal de Bristol y, después de vagar por el país durante seis semanas, llegó a Amondsbury.

BAG63289 Princess Caraboo of Javasu (Mary Baker), 1817 (oil on panel) by Bird, Edward (1722-1819) © Bristol City Museum and Art Gallery, UK English, out of copyright

Los lugareños se creyeron aquella fantástica historia, tanto que el señor y la señora Worrall decidieron darle alojamiento, de nuevo, en su casa. Allí vivió durante diez semanas, hasta el 6 de junio de 1817, desarrollando un peculiar modo de vida: usaba un turbante, salía a practicar el tiro con arco, nadaba desnuda, rezaba a un desconocido dios llamado Alla-Tallah, realizaba abluciones en el estanque de Knole Park y comía, mayoritariamente, arroz y pescado.

Jamás se le escuchó pronunciar una palabra que se pareciese a una lengua europea. Ni una.

Los periódicos locales se hicieron eco de la misteriosa Princesa Caraboo y reprodujeron un retrato suyo en portada. Además, el Dr. Wilkinson, un médico de Bath que fue a visitarle, no advirtió nada que pudiese ser considerado sospechoso. Es más, se mostró dispuesto a echarle un cable, moviendo a sus contactos en Londres, en el Ministerio de Asuntos Exteriores, para intentar ayudarle a regresar a su tierra.

La chica, por otro lado, parecía indiferente a la adulación y al dinero. Nunca robó nada ni mostró un carácter agresivo.

En definitiva, nada hacía pensar que se trataba de una estafa, pero se terminó descubriendo la verdad: Mrs. Neale, la portera de una casa de huéspedes de Bristol, reconoció la imagen de la señora en el Bristol Journal e informó a su jefe de que había ejercido como doncella en otra casa en la que trabajaba. Además, un joven viajero venido de Westbury comentó que la había conocido en una taberna, en la carretera que va hacia Almonsbury, y que le había visto comiéndose un filete y bebiendo ron, acompañada de un señor.

La princesa Caraboo, como es normal, negó en un primer momento aquellas acusaciones. Pero, tras un cara a cara con la señora Neale, acabó cantando por peteneras.

Su historia real era otra. Se trataba de Mary Willcocks, la hija de un zapatero de Witheridge (Devonshire) y había nacido en 1791. No recibió educación de ningún tipo por su disposición salvaje y la poca atención que prestaba. Con ocho años empezó a trabajar como hilandera en invierno, y en verano ayudaba a su padre con los caballos. Con dieciséis años, sus padres le encontraron un trabajo como sirvienta en la granja de Mr. Moon, en Brushford, cerca de Whiteridge. Allí estuvo durante dos años, pero, cuando exigió una subida de sueldo, la echaron. Tras una bronca monumental, la chica acabó escapando de la casa familiar y marchándose a Exeter, abandonando, de camino, a su prometido, un zapatero llamado Brooke. Desde entonces se dedicó a vagabundear por distintos sitios de la zona: Taunton, Bristol, Londres… y allí, en la capital, cayó gravemente enferma y paso un tiempo en el hospital de St. Giles.

Cuando se recuperó, consiguió trabajo como asistente en la casa de un tal Mrs. Matthews, con la que estuvo tres años, durante los cuales aprendió a leer. Pero, de nuevo, abandonó aquel hogar y volvió a la mendicidad, de ciudad en ciudad, realizando pequeños trabajos temporales que le permitían malvivir.

Además, aseguró que se acabó casando con un caballero extranjero, con el que llegó a tener un hijo que entregó en adopción, y que viajó un tiempo con una caravana de gitanos, dedicándose a predecir el futuro con una bola de cristal.

Y poco después, se montó la estafa de Caraboo.

La señora Worrall, indignada con aquello, quiso comprobar la historia y se dirigió a Whiteridge, la supuesta localidad de la chica, para comprobar qué había de verdad en todo aquello. Su padre, reconoció que sí, que era su hija, y contó que cuando tenía unos ocho años había enfermado gravemente y que desde entonces su carácter había sido extraño, inquieto y voluble.

Los Worrall, conmovidos por la historia, tiraron de contactos y la enviaron a Filadelfia el 28 de junio de 1817, con el nombre materno, Mary Burgess. Pronto se le perdió de vista. Los rumores cuentan que unos cuantos años después regresó a Gran Bretaña y se continuó exhibiendo como la Princesa Caraboo, y que estuvo haciendo lo mismo en España y Francia. Sea como fuere, en 1828, vivía en Bedminster con el nombre de Mary Burguess, tras casarse con un tal Richard Baker.

Diez años después vendía sanguijuelas en el hospital del Bristol.

Falleció en la nochebuena de 1864.

La pregunta clave es: ¿se conocían Mary y el marinero Eynesso, aquel que contó toda aquella fantástica historia sobre ella? No lo sabemos, pero, si no se conocían, este señor fue el auténtico creador del personaje de la princesa Caraboo.

Toda una Homo insolitus.

Publicado el domingo 28-05-2017 en La Voz de Almería

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